Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de
2008
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¿Reencarnación o resurrección?
Introducción
La idea de la reencarnación de las almas experimenta un aumento
de popularidad en Occidente, de la mano de movimientos
religiosos de impronta New Age y de doctrinas propias de
religiones orientales (budismo, hinduismo). ¿Es posible
conciliar la reencarnación con el cristianismo? ¿Es coherente
con la grandeza de la existencia humana? Recogemos algunos
párrafos tomados de dos artículos, uno del Cardenal Christoph
Schönborn, arzobispo de Viena, y el otro del cardenal Walter
Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los
Cristianos, incluidos en el libro Temas actuales de escatología.
¿Hay pruebas científicas de la reencarnación?
Schöborn.
¿Es cierto que nos aproximamos a una «prueba científica» de la
reencarnación? Algunos lo afirman, apoyándose en experiencias «que
sugieren la existencia de vidas sucesivas». (...)
Tomemos como ejemplo el célebre «caso Bridey Murphy». Una mujer
americana, la señora Ruth Simons, revela en estado de hipnosis
muchos hechos de una vida anterior, que habría vivido en Irlanda
en el siglo XIX, bajo el nombre de Bridey Murphy. (...)
Suponiendo que la investigación no haya sido trucada, quedaría
una constatación metodológica que hacer: aunque los hechos se
revelan exactos, sigue siendo discutible su interpretación.
(...)
\Lógicamente, no se trata de negar experiencias. Si una persona
afirma que se encuentra en un escenario del siglo XIX y es capaz
de describir con detalle ese lugar, ese paisaje y si esas
descripciones se comprueban que son exactas, no se puede hacer
otra cosa que registrar con atención todos esos datos. Sin
embargo, cuando se trata de interpretarlos se pasa a otro nivel.
(...) Se trata de situarlos en un cuadro más amplio para
formular una teoría explicativa. Pero una teoría explicativa no
es nunca el simple resultado de un cúmulo de datos
experimentales. (...) La reencarnación es una teoría explicativa.
Presupone principios generales a la luz de los cuales se
interpretan determinadas experiencias. En este sentido, no hay y
no podrá haber jamás una prueba estrictamente científica de la
reencarnación, del mismo modo que no podrá haber una prueba
estrictamente científica de su rechazo. En efecto, la teoría de
la reencarnación deriva de una concepción filosófica o religiosa
de la naturaleza del hombre, de su origen y de su destino. Quien
acepta esa concepción del hombre interpretará algunas
experiencias como «pruebas» de sus convicciones. Quien no las
acepta dará otras explicaciones según los principios de su «visión
del mundo».
(...) Pero si no puede haber pruebas científicas a favor o en
contra de la reencarnación, tampoco es necesario contentarse con
valoraciones puramente subjetivas o, incluso, arbitrarias. Hay
argumentos a favor y en contra, pero que se sitúan en el plano
filosófico y teológico.
¿Cómo surge la doctrina de la reencarnación?
Kasper.
La muerte es un problema fundamental de la humanidad. En
realidad, los hombres siempre se han preguntado: ¿qué es lo que
sucede con la muerte?, ¿qué hay después de la muerte?, ¿se acaba
todo con la muerte o hay vida después de la muerte?. (...) La
doctrina de la reencarnación, es decir, la vuelta en un cuerpo y
el volver a nacer o también la transmigración de las
almas(metempsicosis), es una de las más antiguas respuestas a
esa pregunta. (...) Se encuentra entre los así llamados pueblos
primitivos, entre los antiguos egipcios, entre los celtas, en la
filosofía griega (órficos, Pitágoras, Empédocles, Platón,
Plotino), en el poeta latino Virgilio, entre los gnósticos
cristianos, entre los maniqueos y los cátaros y entre la Cábala
judía. Sin embargo, en todas esas religiones o escuelas
filosóficas, la teoría de la reencarnación es sólo un elemento
entre otros. En la India, por el contrario (hinduismo y
budismo), se convierte en el dogma dominante de toda la religión
y del conjunto del pensamiento.
El común denominador de las teorías hindúes, que, sin embargo,
en los detalles particulares son muy diferentes, es la doctrina
del Karma (acción, obra). Según esta doctrina, el destino de
cada persona, en esta vida y en la futura, está determinado por
las consecuencias de precedentes o actuales buenas o malas obras.
La doctrina de la reencarnación es, por tanto, una doctrina de
la justa recompensa o de la compensación reparadora. En su
interior se encuentra la idea de justicia. Al mismo tiempo debe
responder al problema de la teodicea, es decir, de la
justificación de Dios ante el hecho de que a menudo a los buenos
las cosas les van mal, mientras el malo triunfa.
¿El cristianismo ha aceptado alguna vez la reencarnación?
Schönborn.
¿Es verdad que el cristianismo ha rechazado siempre la
reencarnación? Según algunos autores, parecería que no. En la
literatura a favor de la reencarnación habitualmente se pretende
que el cristianismo primitivo ha conocido y aceptado la doctrina
de la reencarnación. Se resaltan, por ejemplo, las palabras de
Cristo sobre Juan el Bautista: «Si lo queréis aceptar, él es
aquel Elías que debía venir» (Mt 11-14). ¿Sería, por tanto, Juan
Bautista una reencarnación de Elías?. Orígenes, el mayor teólogo
del siglo III, mostró ya lo que la exégesis contemporánea
confirma, es decir, que este caso, como otros textos similares,
nada tiene que ver con la reencarnación. En su comentario del
Evangelio de San Juan, Orígenes recuerda este otro pasaje, de
Lucas 1, 17, que dice que Juan precede al Señor «con el espíritu
y la fuerza de Elías».
Por otra parte, precisamente Orígenes es fácilmente citado como
testigo cristiano de las creencias de la reencarnación., (...)
Pues bien, el estudio detallado de los textos de Orígenes
muestra claramente que rechaza explícitamente la metempsicosis
(transmigración de las almas). Por el contrario enseña la
preexistencia de las almas, antes de su incorporación, de su
venida a los cuerpos, y es precisamente esta doctrina, y no la
de la reencarnación, la que el Concilio de Costantinopla ha
atribuido a Orígenes, condenándola en el año 543.
Un texto del Concilio Vaticano II contiene al menos un rechazo
implícito de la reencarnación; se trata de la Constitución
dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium (n.48) Ahí se habla del
«único curso de nuestra vida terrena», con intención de rechazar
la idea de la reencarnación. Por lo que yo sé, la Iglesia nunca
ha condenado explícitamente la reencarnación, no porque
considere que es una doctrina compatible con la fe cristiana,
sino, bien al contrario, porque la reencarnación contradice tan
manifiestamente los principios de esta fe, que una condena nunca
ha parecido necesaria.
¿Es un punto de contacto con la antigua sabiduría oriental?
Kasper.
La teoría de la reencarnación encontró un renovado interés en la
época moderna, a partir del período neoclásico y romántico.
Poetas y pensadores como Kant, Lessing, Lichtenberg, Herder,
Goethe y Schopenhauer se interesaron por ella. La antroposofía
de Rudolf Steiner contribuyó mucho a su difusión. También en los
nuevos movimientos religiosos, especialmente en el movimiento
New Age y en los movimientos que le están emparentados, tiene un
papel importante.
(...) Sin embargo, no se debe pensar que, con las nuevas teorías
de la reencarnación, se haya vuelto a tomar contacto con la
antigua sabiduría de la espiritualidad oriental. Al contrario,
entre las teorías de la reencarnación orientales (hinduista y
budista) y las occidentales modernas hay una diferencia
fundamental. Para la religiosidad oriental, el ciclo de volver a
nacer es algo temible, del que se quiere escapar y liberar. La
teoría de la vuelta a un cuerpo está en ese caso
inseparablemente unida con el tema de la culpa y la expiación,
de la purificación o catarsis; la rueda del volver a nacer es
castigo y maldición y provoca horror y miedo.
En el pensamiento occidental, por el contrario, la posibilidad
de la reencarnación significa una nueva ocasión positiva, para
realizar todas las posibilidades humanas y recuperar una vida
fracasada y equivocada, para lo que una vida única sería
demasiado breve. En este caso la reencarnación no es peso, sino
consuelo por la apertura de posibilidades posteriores. No se
encuentra bajo el signo de la redención de la sed de la
existencia, sino de la auto realización en la existencia. Es
más, se encuadra en el típico optimismo occidental sobre el
progreso, que, desde el momento en que tiene más o menos todos
los medios externos para la existencia, mira hacia un
alargamiento espiritual de la conciencia y hacia una cada vez
más amplia manifestación de la chispa divina en el mundo y en el
hombre. Desde este punto de vista, a menudo hoy la teoría de la
reencarnación se une con las nuevas teorías de la evolución, que
parten de una dinámica de autoorganización y de
autotransformación del universo que trasciende cada vez más. (F.
Capra, H. Von Dithfurt).
¿Es compatible con el cristianismo?
Kasper.
El juicio de todos los teólogos católicos es absolutamente
claro: las teorías modernas de la reencarnación son
incompatibles con la esperanza cristiana en la vida nueva y
eterna, y contradicen no sólo los versículos específicos de la
Sagrada Escritura o alguna afirmación dogmática aislada de la
Iglesia, sino que van contra las ideas esenciales de la fe
cristiana, situándose en contraste con el conjunto de esa fe.
(Incluso un teólogo como Hans Küng, tan disponible a ponerse de
acuerdo con las representaciones de otras religiones, piensa que
aquí «un acuerdo entre las diferentes mentalidades es imposible
y es inevitable elegir»).
Un primer argumento procede de la visión bíblica del tiempo y de
la historia. Mientras casi todas las demás religiones se
representan el tiempo bajo la imagen circular de un eterno
retorno y ven los acontecimientos como un repetirse cíclico de
un acontecimiento primordial, la Biblia pone el acento sobre la
unicidad y la irrepetibilidad del actuar de Dios en la historia.
Especialmente la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo
son algo que ha sucedido de una vez por todas. La categoría
bíblica fundamental de una vez por todas sirve análogamente para
la vida humana. A cada persona se le ha otorgado un período de
tiempo único. (...) También se dice muy claramente: del mismo
modo que Jesucristo se ha ofrecido una sola vez, igualmente
«está establecido que los hombres mueran una sola vez, después
de lo cual viene el juicio» (Hb 9, 27 s.). Únicamente esta
unicidad del vivir y del morir da a la vida su tensión y su
seriedad. La vida no es un juego descomprometido, en la vida se
deben tomar decisiones definitivas. Cada instante es algo que ya
no vuelve y, por ello, algo único.
¿El cuerpo no importa?
Kasper.
Un segundo argumento se refiere a la concepción cristiana de la
unidad de alma y cuerpo. Según esta visión, alma y cuerpo no son
dos realidades que se han acercado y se han juntado. El alma es
la forma sustancial del cuerpo y el cuerpo es la expresión y el
símbolo real del alma. Por tanto, el hombre es «corpore et anima
unus» . Por ello la esperanza cristiana en el más allá no
concierne sólo a la inmortalidad del alma, sino a todo el
hombre, tal como dice la fe en la resurrección de la carne, es
decir, del cuerpo. En relación con esta forma de pensar
unitaria, las teorías de la reencarnación son expresión de un
dualismo extremo, que debe llevar a plantearse una doble
pregunta: ¿Se puede garantizar la identidad del alma, y la
persona, si se manifiesta sucesivamente bajo diversas formas
corpóreas? ¿No se trata quizá de una desvalorización total del
cuerpo, que es concebido como una corteza externa, que al final
simplemente uno se quita de encima?
¿Ley del Karma o don de la gracia?
Kasper.
El tercer y último argumento se coloca en el centro de la fe
cristiana. El mensaje central del Evangelio es que la
realización del hombre no es obra nuestra ni fruto de nuestro
propio esfuerzo, sino, más bien, don de la gracia de Dios. En el
cristianismo no vale, como en la doctrina del Karma, la ley de
la obra personal y la recompensa, sino el principio de la
gracia. Lo que esto significa se revela en la parábola de los
viñadores. El dueño de la viña es bueno y por ello incluso los
que han trabajado solo una hora reciben la recompensa completa
de una jornada de trabajo, igual que los que han soportado el
peso y el calor de todo el día. (Mt 20, 1-6).
Especialmente Pablo afirma varias veces de un modo muy claro que
no somos justificados por nuestras obras y realizaciones, sino
por la fe en la gracia de Dios en Jesucristo (Rm 3, 20-28).
«Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe, y esto
no por vosotros, sino que es don de Dios; tampoco procede de las
obras, para que ninguno se gloríe» (Ef 2,8 s.).
¿No es demasiado poco una única vida?
Schönborn.
Lo que impulsa a muchos de nuestros contemporáneos a creer en la
reencarnación es el sentimiento de que una única vida terrestre
es demasiado breve para sostener el paso de una decisión que
tiene alcance eterno. Al mismo tiempo existe el sentimiento de
que nuestros actos humanos, tan fuertemente condicionados por
muy diversas circunstancias, no pueden tener ese carácter
definitivo que la tradición bíblica les atribuye. Así surge el
intento de imaginar existencias sucesivas que permitan
«corregir» lo que ha faltado en la vida presente.
A primera vista este modo de ver las cosas parece más indulgente
con las debilidades humanas, aunque, en realidad, es de una
dureza inhumana, pues de hecho hace recaer en el hombre el peso
de una liberación que sólo puede recibirse de Dios.
Efectivamente, desde esa perspectiva, es el hombre solo quien
debe llevar a buen término la propia vida. ¿Quién puede afirmar
que obtendrá un resultado mejor la próxima vez? ¿No seguirá
estando, igual que ahora, sometido a debilidades? Y aunque
consiguiese escapar a ciertas carencias, que le oprimen en la
existencia presente, ¿quién podrá prepararle contra nuevas
dificultades, quizás más graves que las de ahora? Realmente de
este modo no se escapa de la idea alucinante de ininterminables
existencias sucesivas, con altos y bajos infinitamente
variables, sin posibilidad de salida, desde el momento en que,
para poder salir, es necesario que el hombre fuese capaz de una
vida completamente lograda, íntegra, perfecta. ¿Cómo podría
lograrlo en mil vidas mejor que en una sola, si en todas y cada
una depende de sus solas fuerzas? ¿Quizá lo que no se quiere es
precisamente salir del círculo de la propia vida? ¿Y si eso
fuese precisamente el infierno?.
¿No será un rechazo a dejarse salvar?
Schörborn.
¿No provendrá la creencia en la reencarnación de un rechazo
profundo a dejarse salvar? Lo que decide nuestra suerte eterna
no es la calidad de nuestros éxitos, sino solamente esto: que
hayamos abierto la puerta a Aquel que llama y que quiere entrar
para darnos la vida eterna. Pero para oír a Aquel que está a la
puerta (cfr. Ap 3,20) es necesario tener deseos de ser salvados.
Poco importa que una vida sea larga o breve; lo que es decisivo
para nuestra salvación eterna no depende de la cantidad de años,
sino únicamente de haber acogido el amor salvador de Cristo, que
no busca otra cosa que salvar a todos aquellos que lo desean,
aunque no sea más que en los últimos instantes de su vida: «Jesús,
acuérdate de mí cuando estés en tu Reino» (Lc 23,42).
El rechazo a la reencarnación no se deriva de una doctrina
abstracta, ni de una fidelidad terca a los dogmas recibidos,
sino que procede directamente de la experiencia cristiana
básica, que San Pablo ha descrito con esta célebre frase: «Para
mí vivir es Cristo y morir una ganancia». (Flp 1,21).
(...) Si la reencarnación no tiene espacio en el cristianismo,
esto es debido a que la vida en Cristo es el fin definitivo.
Haberle encontrado significa que no tiene sentido proseguir en
una larga búsqueda, de vida en vida, tras una realización última
y lejana. El fin está ya presente (cfr. 1 Co 10, 11). La larga
búsqueda del hombre ha terminado. Dios ha encontrado al hombre.
Después de este encuentro, ¡ya no hay más que buscar! Ahí está
lo que el hombre ha buscado siempre, e incluso mucho más, desde
el momento en que supera infinitamente cualquier esperanza
humana.
Lo que cree la Iglesia católica
La fe cristiana es incompatible con la reencarnación, como puede
advertirse en diversas verdades afirmadas en el Catecismo de la
Iglesia Católica.
«La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del
tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para
realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir
su último destino. Cuando ha tenido fin el 'único curso de
nuestra vida terrena»(Lumen gentium, n, 48), «ya no volveremos a
otras vidas terrenas». «Está establecido que los hombres mueran
una sola vez» (Hb 9, 27). No hay «reencarnación» después de la
muerte» (n. 1013).
«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su
retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a
Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar
inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para
condenarse inmediatamente para siempre» (n. 1022)
«Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la
resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro
cuerpo transformado reuniéndolo con nuestra alma. Así como
Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros
resucitaremos en el último día» (n. 1016).
Bibliografía
Congregación para la Doctrina de la Fe. Temas actuales de
escatología. Documentos, comentarios y estudios. Palabra.
Madrid.
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