Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
|
Orientaciones para votar: “Hay principios no negociables”
Del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân sobre Doctrina
Social de
la Iglesia
Nieves San Martín
ZENT
ROMA, jueves, 10 abril 2008 – Cuando un católico va a votar debe
tener en cuenta que hay «principios no negociables», afirma el
director del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân sobre
Doctrina Social de la Iglesia, Stefano Fontana, en un comunicado
enviado a Zenit.
Entre estos principios no negociables se encuentran la vida,
familia, libertad de educación y libertad religiosa.
El Observatorio colabora con conferencias episcopales y
organismos eclesiales para promover la Doctrina Social,
compartiendo los objetivos y orientaciones del Consejo
Pontificio para la Justicia y la Paz.
Fontana se pregunta si los católicosempeñados en política, como
candidatos o como electores, no están dispuestos a hacer
componendas ante estos «principios no negociables»
Según Fontana, estos principios «expresan valores de razón y de
fe fundamentales para construir una sociedad respetuosa de la
dignidad de la persona humana» por lo que «no pueden ser objeto
de negociación».
Pero en cada periodo electoral estos principios son cuestionados,
pues según algunos «la política es el arte de lo posible».
¿Cómo responder a esto?, se pregunta Fontana. Y responde que hay
algunas cuestiones que «no dejan espacio a la componenda». «El
derecho a la vida, a ser concebido y no producido, a nacer en
una familia, son derechos no disponibles y no se comprende en
estos casos en qué puede consistir la componenda».
Luego se pregunta qué significan los «valores de los otros».
«Los ‘valores' que no respetan los principios fundamentales de
la ley moral natural no son valores», afirma.
Respecto a la afirmación de que si en política todos afirmaran
valores absolutos nadie estaría dispuesto a la negociación y se
daría un enfrentamiento, Fontana responde que «no es verdad que
haciendo referencia a valores absolutos se dé necesariamente un
enfrentamiento».
En primer lugar porque muchas cuestiones no son absolutas. Y en
segundo, «porque atenerse a los valores absolutos no significa
querer imponerlos a la fuerza».
Por el contrario, «precisamente el valor absoluto de la dignidad
de la persona garantiza un diálogo pacífico y respetuoso».
De hecho, considera que es exactamente al revés: «El
enfrentamiento nace de la renuncia a los valores absolutos por
lo que todo se hace posible, incluso la violencia».
Muchos distinguen entre comportamiento personal y comportamiento
público, en el que se debe encontrar una componenda. A esto
Fontana responde que «la distinción entre convicciones
personales y su expresión pública» no vale para todo. «Cuando se
trata de acciones que hieren profundamente la dignidad de la
persona humana no se puede distinguir entre convicción personal
y actuar político», porque las verdades fundamentales de la
persona no dependen de uno.
A la pregunta de si quien desempeña un papel institucional debe
renunciar a la propia conciencia, Fontana responde que «los
papeles institucionales desempeñados no pueden ser una excusa
para acallar nuestra conciencia».
Se pregunta si no por qué Juan Pablo II habría propuesto a Tomás
Moro como patrono de los políticos. «La objeción de conciencia
tiene (y tendrá cada vez más) un gran significado político y, en
ciertos casos, la objeción de conciencia exige incluso la
dimisión del cargo».
Si la objeción de conciencia comportara un éxodo de la política,
hay quien afirma que los católicos dejarían el campo a los demás
y no tendrían la oportunidad de hacer el bien o reducir los
daños.
A esta afirmación Fontana responde que «no es lícito hacer el
bien a través del mal y las acciones absolutamente malas no se
deben realizar nunca».
Hay quien afirma que hacer pasar las propias convicciones
religiosas dentro de las leyes y las instituciones significa ser
integristas.
Fontana responde que «los principios no son negociables», «son
preceptos de la ley moral natural, preceptos de la razón,
ulteriormente reforzados, si se quiere por la fe. No es por
tanto integrismo luchar pacíficamente por su salvaguardia».
Según Fontana, si fuera verdad la tesis de la imposibilidad de
aplicar en política los «principios no negociables», entonces «tendrían
lugar dos consecuencias absurdas para el católico».
La primera sería que «el Magisterio se equivocaría o sería
consciente de dar sólo indicaciones ideales abstractas, dejando
luego a la conciencia individual de los laicos la tarea de la
componenda».
Pero, añade, que esto no es posible porque el Magisterio no ha
mantenido nunca que se pueda hacer lo que es intrínsecamente
equivocado.
La segunda es que el papel de los laicos en política se vería
disminuido. «Serían cristianos destinados por vocación a la
componenda, mientras que los laicos ‘deben ordenar a Dios las
cosas temporales'. Tal visión debilitada del laicado
contrastaría con la teología católica del laicado».
En conclusión, afirma Fontana, «corresponde a los laicos
empeñados en política trabajar para permitir la aplicación
política de los principios no negociables, liberándose del
destino a la componenda».
Si no existieran «principios no negociables», añade, «no es
posible el bien común porque nada impediría la discriminación
del hombre sobre el hombre».
«El bien común no es el menor mal común. Quien pretende imponer
una democracia de la componenda a la baja, sosteniendo que todo
valor absoluto sería de por sí violento, aplica el mismo
terrorismo integrista que querría combatir», subraya Fontana.
Por ello, indica, «urgen nuevos laicos y nuevos católicos,
capaces de dialogar no para limitarse sino para enriquecer, no
para adaptarse a lo existente sino para proponer metas
ambiciosas, para encontrarse sobre la vida, la familia, la
libertad de educación, la libertad religiosa y por una vida
plenamente humana».
|