Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Ecumenismo: Por qué, para qué
Julián García Hernando
"Por muchas razones todos amamos la paz y deseamos la
concordia.
Valoramos mucho la unidad de los cristianos, pero entre
nosotros existen diversas
opiniones sobre cómo alcanzar este gran don y qué medios
utilizar para llevar a buen término esta sagrada tarea.
En esto estamos divididos".
Las palabras que introducen nuestro tema fueron pronunciadas por
el cardenal Bessarión en el discurso dogmático sobre la unidad
de la Iglesia durante el concilio de Florencia [1439], en el que
se logró una pasajera unión entre la Iglesia católica y la
ortodoxa. Después de más de quinientos años estas palabras
continúan teniendo tristísima realidad. ¿Cómo conseguir la
unidad entre los cristianos todavía divididos e incluso
enfrentados?
El 30 de mayo de 1995 fue presentada en el Vaticano y también en
Madrid la duodécima encíclica del fallecido Papa Juan Pablo II,
que lleva por título "Ut unum sint" ("Que sean uno"). Es la
primera vez que una encíclica aborda el tan importante como
insoslayable tema del ecumenismo. Con su estilo peculiar el Papa
habla de las condiciones y el método a seguir para acelerar el
proceso de acercamiento en el que se hallan comprometidas las
iglesias, que se preocupan del problema de su desunión.
En su escrito, el Papa reitera el compromiso adquirido por la
Iglesia católica en el concilio Vaticano II, de promover el
movimiento ecuménico, tendente a la consecución de la unidad:
"El ecumenismo, el movimiento a favor de la unidad de los
cristianos, no es sólo un mero 'apéndice' que se añade a la
actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece
orgánicamente a su vida y a su acción y debe, en consecuencia,
inspirarlas y ser como el fruto de un árbol que, sano y lozano,
crece hasta alcanzar su pleno desarrollo".
ECUMENISMO: ¿UNO O MÚLTIPLE?
En realidad no hay más que un solo ecumenismo. El ecumenismo
apoyándose en la base doctrinal común a todos los cristianos,
trata de acortar distancias entre las iglesias para llegar a la
unidad de las mismas. En cuanto método o sistema para alcanzar
su objetivo, es común a todas las iglesias que se hallan
empeñadas en esta causa.
Cuando los padres conciliares empezaron a estudiar el esquema
preparatorio sobre el decreto de ecumenismo, se les presentó
esta formulación: “Principios del ecumenismo católico”.
Alguien, precisamente el entonces arzobispo de Zaragoza y luego
de Madrid, Casimiro Morcillo, les hizo reparar en lo incorrecto
de tal formulación. No debía de hablarse de ecumenismo católico,
como si éste estuviera contrapuesto al ecumenismo protestante u
ortodoxo. El ecumenismo no puede ser más que uno. La formulación
más exacta sería decir: “Principios católicos del ecumenismo”.
Al cambiar el emplazamiento del adjetivo católico, para
referirlo a los principios en que se basa la acción ecuménica y
no al ecumenismo, en cuanto metodología, se dio un paso
importante en el camino de la reconciliación. Es cierto que los
principios doctrinales de la Iglesia católica son distintos de
los de las otras iglesias. Si fueran los mismos ya no habría
necesidad de la labor ecuménica, porque ya se habría verificado
la unión.
Pero, si bien los principios doctrinales todavía son
divergentes, el método que deben utilizar todos los ecumenistas,
para acabar con las diferencias, debe ser el mismo. El
ecumenismo es como una baraja, la misma para todos, y que han de
utilizar cuantos se hallan empeñados en el tan difícil como
santo juego de la reconstrucción de la unidad. Las mismas cartas
para todos, si se quiere que ese maravilloso juego sea realmente
leal.
VARIEDAD DE ECUMENISMOS
Si bien el ecumenismo es uno sólo y el mismo para cuantos están
implicados en él, los caminos por los que discurre, las tareas
en que se realiza, y las situaciones de las personas que lo
promueven es múltiple y variada. Por eso se suele hablar de
distintos ecumenismos. Como diría el cardenal Congar:
"El ecumenismo es como un órgano con cuatro teclados y con
muchos registros. El ecumenismo va todo él dirigido hacia el
futuro, hacia el Reino, pero mantiene su referencia a la
Escritura y a la tradición, a la vez que revisa nuestras
antiguas querellas tomadas desde sus raíces. Se centra en la
unidad de la Iglesia y en la unidad de la humanidad. Es
teológico y práctico, doctrinal y secular, espiritual y
sociopolítico. No debe restringirse su ambición...
No cabe pensar en el ecumenismo sin tener en cuenta la tensión
entre lo personal y lo institucional. La historia enseña, sin
embargo, que la primacía recae al principio sobre el individuo,
sobre los pioneros del ecumenismo, hombres carismáticos que con
una visión profética emprendieron la andadura ecuménica antes de
que éste tomara formas propias de lo 'institucional'".
1. Ecumenismo doctrinal
La separación de las iglesias se produjo, principalmente, por
motivos teológicos y cuestiones doctrinales, presentes todavía
entre las diferentes iglesias. Para intentar salvar esas
diferencias se han suscitado innumerables coloquios, encuentros
y diálogos a diferentes niveles, que pretenden dar verdaderos
pasos hacia la unidad cristiana en plenitud. Es innegable que
existen otras dimensiones ecuménicas no estrictamente
doctrinales y que, sin resolverse, difícilmente se hace creíble
una eventual unidad cristiana.
Pero es del todo incuestionable que el diálogo doctrinal está
hoy en el núcleo del movimiento ecuménico, por ello las
comisiones mixtas de teólogos, representantes de las diversas
iglesias en el diálogo doctrinal, constituyen la mejor prueba de
que las comunidades cristianas están seriamente comprometidas en
el movimiento ecuménico.
Pero es del todo incuestionable que el diálogo doctrinal está
hoy en el núcleo del movimiento ecuménico, por ello las
comisiones mixtas de teólogos, representantes de las diversas
Iglesias en el diálogo doctrinal, constituyen la mejor prueba de
que las comunidades cristianas están seriamente comprometidas en
el movimiento ecuménico.
Son muchos los documentos resultantes de múltiples diálogos
bilaterales (entre dos Iglesias) o multilaterales (entre tres o
más tradiciones eclesiales). En su elaboración, que lleva
normalmente años de trabajo, participan teólogos y pastores de
las iglesias implicadas en el diálogo. Son resultado de un
amplio movimiento que mira hacia el futuro, no pretenden decir
la última palabra, ni seguramente han alcanzado la mejor de las
posibles.
Teniendo en cuenta que en la composición de los equipos mixtos
participan delegados oficiales y teólogos de diferentes
nacionalidades y de diversas tradiciones teológicas, los
trabajos tienen unas características especiales, entre las que
hay que destacar su provisionalidad, porque de un documento
teológico interconfesional no puede exigirse la precisión y
exactitud termino lógica que cabe esperar de un documento
confesional; todo texto, por imparcial que se confiese, comporta
una cierta ambigüedad, la cual va desapareciendo a medida que
las interpretaciones y lecturas de unos y otros, criticándose
mutuamente y dentro de la provisionalidad, van convergiendo en
textos posteriores que enmiendan lagunas; cada documento es
jalón necesario para la siguiente etapa que conduce a la meta
final.
Si el texto está firmado por teólogos, pastores o sacerdotes de
grupos ecuménico s privados, sin oficialidad eclesial alguna, su
autoridad depende del grado de solidaridad y verdad que
mantengan con la fe de su propia Iglesia. En ningún caso el
texto o declaración en cuestión implica a las Iglesias como
tales, ya que son grupos no oficiales, pero con frecuencia su
peso moral es una importante contribución a la tarea teológica
interconfesional.
Si el texto está firmado por los miembros de los equipos mixtos
o comisiones oficiales, pero todavía no ha recibido el respaldo
de las jerarquías eclesiásticas, no goza de valor oficial y por
tanto sus conclusiones permanecen bajo la sola responsabilidad
de sus autores. De ahí que no sea considerado todavía como
"declaración de Iglesia" y no autorice el cambio de la
disciplina o normas vigentes. El hecho de que sea publicado
significa que puede ayudar y enriquecer la reflexión teológica y
el cambio de mentalidad del pueblo fiel.
Los interlocutores del diálogo intereclesial son, como se ha
dicho, múltiples y es interesante destacar que desde el concilio
Vaticano II, la experiencia de la Iglesia católica, es inédita
en la historia. Ningún concilio tras las viejas divisiones de
oriente y occidente, a excepción del concilio de
Ferrara-Florencia [1438-1442], había considerado a las otras
iglesias y a sus miembros sino bajo la perspectiva del anatema.
Los padres del Vaticano II se plantearon por primera vez en la
historia, la posibilidad de referirse a ellos fuera de todo
contexto polémico. El diálogo venía a sustituir a la polémica. Y
en el nuevo contexto, el diálogo doctrinal ocupa un puesto de
honor.
2. Ecumenismo institucional
Es el promovido, impulsado y realizado por las iglesias, y
dentro de esas instituciones hay que destacar al Consejo
Ecuménico de las Iglesias, sin equivalente alguno en la historia
del cristianismo. No es una Iglesia, no es una superIglesia, ni
es la Iglesia del futuro. No es tampoco un "concilio universal"
en el sentido católico u ortodoxo del término, ni siquiera
podría equipararse a un "sínodo", según la terminología de
muchas iglesias reformadas.
Es sin embargo, la expresión más completa de los anhelos de
unidad cristiana que existe hoy entre las iglesias, pero no
abarca todo el movimiento ecuménico ni ha tenido nunca la
pretensión de atribuirse la totalidad de la tarea ecuménica.
Desde el momento en que está compuesto por más de 334 iglesias
de todas las tradiciones eclesiales y de casi todos los paises
del mundo y mantiene relaciones fraternales con muchas Iglesias
que no forman parte de él, como es el caso de la Iglesia
católica, debe afirmarse que constituye hoy la realización más
importante, mejor organizada y más representativa de la decidida
voluntad del cristianismo dividido por expresar visiblemente la
unidad que quiso Cristo para su Iglesia.
El CEI no puede tomar decisiones en nombre de las Iglesias
representadas, ni tiene autoridad impositiva sobre ellas. La
teología del CEI no se funda sobre una concepción particular de
la Iglesia, ni es el instrumento de una de ellas en particular.
Es más, la adhesión de una Iglesia a este organismo no implica
que considere desde ese momento su concepción de Iglesia como
relativa. Pero desde perspectivas positivas se afirma que las
Iglesias miembros del CEI se apoyan en el Nuevo Testamento para
declarar que la Iglesia de Cristo es una, reconocen en las otras
iglesias al menos elementos de la verdadera Iglesia que les
obliga a reconocer su solidaridad, a prestarse ayuda mutua y
asistencia en caso de necesidad y a abstenerse de todo acto
incompatible con el mantenimiento de relaciones fraternales.
La pertenencia de una Iglesia al CEI depende de la aceptación de
su base doctrinal, que propiamente no es una confesión de fe.
Cada Iglesia tiene su propia confesión de fe, a la que no
renuncia por su entrada en el organismo ecuménico. Es evidente
que al CEI no pueden pertenecer organizaciones seculares,
partidos políticos o sociedades religiosas no cristianas.
Solamente pueden ser miembros las iglesias que, considerándose
cristianas, pueden en conciencia suscribir la base doctrinal. La
base que actualmente está vigente aprobada en la asamblea de
Nueva Delhi [1961] es: "El CEI es una asociación fraternal de
iglesias que creen en Nuestro Señor Jesucristo como Dios y
Salvador según las Escrituras y se esfuerzan por responder
conjuntamemnte a su vocación común para gloria de sólo Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo".
Al CEI pertenecen las Iglesias de la comunión anglicana, la
mayoría de las iglesias ortodoxas, y muchas de las Iglesias
protestantes de tradición luterana y calvinista.
Gran parte de las iglesias de tradición libre, llamadas a veces
"evangélicas", como las bautistas, algún sínodo luterano y
grandes sectores pentecostales no pertenecen al CEI, porque han
creído ver en él un peligro para su propia autonomía. En
realidad las Iglesias que rechazan al CEI son doctrinalmente muy
conservadoras, opuestas al diálogo y reagrupadas en el Consejo
Internacional de las iglesias cristianas [1948] o en la
Federación Evangélica Mundial [1963], organismos claramente
antiecuménicos.
El CEI mantiene además relaciones con las grandes familias
cristianas reunidas en alianzas, federaciones o conversiones
mundiales. Incluso dentro de los edificios del CEI en Ginebra se
hallan ubicadas las sedes de la Alianza Reformada Mundial y de
la Federación Luterana Mundial y alberga también a la
Conferencia de Iglesias Europeas (KEK) y a las representaciones
de los patriarcados de Constantinopla y Moscú.
Las relaciones entre el CEI y la Iglesia católica han sido
siempre cordiales. En cambio el tema de la incorporación de Roma
al CEI como Iglesia miembro ha suscitado algunos debates nunca
suficientemente esclarecidos por los partidarios de su entrada.
Desde la Asamblea de Nueva Delhi [1961] están presentes
observadores católicos en cada una de sus asambleas generales.
En el año 1965 se crea una Comisión mixta de teólogos católicos
y del CEI que vienen trabajando en temas doctrinales y a partir
de la Asamblea general de Upsala [1968] teólogos católicos
participan de pleno derecho en los trabajos de la comisión "Fe y
Constitución".
"El aprecio vaticano por el CEI ha quedado reflejado en las dos
visitas papales realizadas a la sede de Ginebra por Pablo VI,
[junio 1969] y Juan Pablo II, [junio I984]. Pero el tema de la
entrada de la Iglesia católica como miembro del CEI es bien
distinto al de las relaciones cordiales de ambos. La posición
oficial está por la no entrada, pero sin considerar el tema
cerrado" [J. Bosch].
La incorporación de la Iglesia católica al movimiento ecuménico
es tardía, si tomamos como referencia la mayoría de las Iglesias
protestantes y anglicanas, ya que desde 1910 diversas iglesias
venían trabajando por la unidad de los cristianos.
El Papa Juan XXIII crea el 5 de junio de 1960, el Secretariado
Romano para la Unidad de los Cristianos, como organismo
preparatorio del Concilio Vaticano 11 y su estructura definitiva
le vendrá dada por la constitución apostólica de Pablo VI,
Regimini Ecclesiae Universae, el 15 de agosto de 1967.
Las competencias del Secretariado, según el documento citado son
varias: mantener informado al Papa de los asuntos de su
competencia, fomentar la relación con los hermanos de otras
comunidades, ofrecer una exacta interpretación y aplicación de
los principios católicos del ecumenismo, fomentar y coordinar
grupos de teólogos católicos, nacionales e internacionales que
promuevan desde su área la unidad cristiana, establecer
conversaciones sobre los problemas y actividades ecuménicas con
otras iglesias, designar observadores católicos para las
reuniones con esas iglesias e invitar a sus observadores a las
reuniones católicas, ejecutar los textos conciliares en lo
referente al ecumenismo.
A partir de la constitución apostólica Pastor Bonus de Juan
Pablo II sobre la reforma de la curia romana [1-3-1989], el
Secretariado cambió de nombre por el de Consejo Pontificio para
la promoción de la Unidad, algo que parece ser más que un simple
cambio de nombre.
Su labor ha sido inmensa, solamente el trabajo llevado a cabo
para la elaboración del decreto conciliar Unitatis
Redintegratio, bastaría para dar un juicio altamente positivo.
Después del concilio Vaticano II, ha fomentado encuentros
oficiales con otras iglesias y familias de iglesias en orden a
constituir comisiones mixtas de diálogo; ha creado con el
Consejo Ecuménico de las Iglesias una comisión mixta de trabajo
y asegura, desde hace años, la preparación conjunta de
materiales para la celebración de la Semana de Oración por la
Unidad. Con la Alianza Bíblica Mundial ha ofrecido normas para
la traducción ecuménica de los textos bíblicos y es muy notable
el trabajo que lleva con respecto al judaísmo en materia
religiosa.
Los interlocutores de la Iglesia católica en el diálogo
teológico oficial pertenecen a casi todas las tradiciones del
cristianismo: Iglesias ortodoxas, Iglesias antiguas orientales,
Comunidad Anglicana, Federación Luterana Mundial, Alianza
Reformada Mundial; Alianza Bautista Mundial, Discípulos de
Cristo, Iglesia Metodista, y con grupos pentecostales.
3. Ecumenismo social
El ecumenismo secular o social, hay que considerarlo como una de
las etapas del movimiento ecuménico: en primer lugar estaría la
era de los pioneros, aquella que se inicia con la Alianza
Evangélica [1846] y con la Federación
Mundial de Estudiantes Cristianos a finales del siglo XIX. Viene
después, la etapa eclesiástica; es el momento en que las
Iglesias como tales toman la iniciativa. Se trata de una
tendencia dentro del movimiento ecuménico a primar las
actividades referentes al campo social, 10 cual constituyó la
finalidad de una de las ramas del Consejo Ecuménico de las
Iglesias ya en los momentos primeros de su nacimiento, a la que
se llamó "Vida y Acción".
La convicción de que el deber esencial del cristianismo de hoy
es también apuntar a la unión de la humanidad, y no solamente de
las Iglesias, impulsa este tipo de ecumenismo, por 10 que valora
más la acción universal de reconciliación con el mundo, que la
tarea repetitiva y sin claro fruto de una unión exclusivamente
intereclesiástica.
Ésta es la definición que da de esta tendencia del ecumenismo el
P. Congar: "La experiencia positiva hecha por los cristianos
comprometidos efectivamente con otros en las actividades de la
liberación humana y que hacen, de este compromiso, una nueva y
evangélica experiencia de su fe. El lugar de la vivencia
evangélica ya no es la Iglesia en tanto que sociedad sacral
puesta aparte, sino la realidad humana o secular de la que
sabemos que tiene referencia al reino de Dios..." [Congar,
Essais oecumeniques, 57].
4. Ecumenismo espiritual
El concilio Vaticano II, en el número 8 del decreto sobre el
ecumenismo, dice que el ecumenismo espiritual está compuesto de
dos elementos: conversión del corazón y reforma de vida junto
con la oración por la unidad. "Esta conversión del corazón y
santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y
públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse
como el alma de todo el movimiento ecuménico y con razón pueden
llamarse ecumenismo espiritual" [UR, 8].
Todos los verdaderos ecumenistas están convencidos de que se
necesita un milagro para llegar a la unidad de los cristianos.
Las dificultades que ésta encuentra, desde el punto de vista
humano son insuperables. Los milagros solamente Dios los
realiza, pero sabemos que tenemos acceso a Dios mediante la
oración.
Cuando a lo largo de un diálogo teológico interconfesional, en
el que se han hecho indecibles esfuerzos por acercar las
posiciones de cada uno, los interlocutores llegan a un callejón
sin salida, es fácil que el desaliento y la desilusión se
apoderen de los interlocutores, que los dialogantes sean presa
del desengaño y de la desesperanza y que se sientan tentados de
regresar a sus propias posiciones desandando el camino que ya
habían recorrido. Cuando siguiendo los postulados de las
exigencias de la fidelidad a su propia fe, cada uno de los
interlocutores crea que no puede dar nuevos pasos en el terreno
de las concesiones por impedírselo la lealtad que debe a su
propia Iglesia y crea haber topado con un muro infranqueable, no
debe volver la vista atrás dando lugar al desmayo. Es entonces
cuando más necesita caminar por los senderos de la oración, ya
que ésta sobrevuela las dificultades y remonta las montañas. La
oración es el apoyo sobrenatural y la ayuda divina para nuestras
debilidades.
En la tarea ecuménica, como en cualquier otra empresa
apostólica, cabe señalar dos tiempos. Uno es el del propio
esfuerzo, la parte que le corresponde al hombre en la
realización de las empresas de Dios: diálogo teológico, estudio
de las dificultades, colaboración a todos los niveles, etc., en
una línea de mera complementariedad, para dar paso al otro, que
es el verdaderamente definitivo e insustituible, la acción de
Dios, que debemos impetrar insistentemente mediante la oración.
El problema ecuménico no sólo no puede orillar y prescindir de
la oración, sino que tiene que situarla en el corazón mismo de
su actuar a favor de la unidad.
La unidad no debe plantearse como problema sino como misterio.
Esta es la expresión favorita del P. Couturier. Misterio en el
cual solamente podemos entrar de rodillas, según la afirmación
de otro pionero del ecumenismo, el P. Villain.
La vida está llena de misterios, que van desvelando
progresivamente los avances de la ciencia. El mundo de lo
religioso está poblado de misterios, que nutren y alimentan la
fe y que no pueden ser desvelados más que por la revelación,
como el misterio trinitario, el misterio cristológico, el
misterio eucarístico. También el de la unidad eclesial es un
misterio. Misterio ya en el momento de las rupturas. ¿Cómo puede
entenderse que personas rectamente intencionadas, al menos
algunas, hayan provocado las separaciones en la Iglesia? ¿Cómo
puede explicarse que esas separaciones continúen a través de los
siglos, apoyadas y sostenidas por los hombres que adoran y
veneran al mismo Cristo? ¿Qué explicación puede darse al hecho
de que, habiendo realizado el ecumenismo tantos esfuerzos a lo
largo de su andadura, los frutos de los mismos sean tan
menguados?
Cuando dialogo con un hermano de otra confesión, cuando oro con
el mismo o trabajo a su lado, muchas veces me siento invadido
por el misterio que se manifiesta a través de este interrogante:
¿por qué estamos tan lejos hallándonos tan cerca? ¿Por qué
estando tan cerca continuamos alejados? La autenticidad de fe
que hay en mí la supongo también en él. El nivel de su
convicción religiosa es también el mío. La sinceridad de entrega
al Señor la compartimos por igual.
En el amor a la Iglesia y a Cristo podemos estar empatados.
Hambreamos juntamente la unidad de la Iglesia y competimos en el
esfuerzo por conseguir su logro. Si esto es así, como en
realidad lo es, ¿por qué continuamos desunidos? No hallo
respuesta a esta pregunta. Ante ella no hago pie. La luz se me
apaga. Me invade la oscuridad y me hundo en el misterio.
Verdaderamente el de la unidad es un misterio de la Iglesia.
La oración es fundamental para la búsqueda de la unidad de los
cristianos. En la oración aprendemos a despojamos de nuestros
deseos, a liberamos de las cosas a las que nos apegamos para
nuestra seguridad y nos abrimos a Dios.
www.centroecumenico.org/infoekumene/ecumenismo.htm
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