Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
|
Política y valores
Cardenal Renato Martino, presidente del Pontificio Consejo
«Justicia y Paz»
1. La reflexión que deseo compartir hoy con ustedes se refiere a
las exigencias de trabajar por la construcción del bien común.
El cual compete a todos los miembros de una sociedad, pero de
manera particular a los hombres y mujeres de la política. Quiero
proponerles estas reflexiones sobre todo a partir de las
exigencias que brotan de la participación en la Eucaristía.
Indicaré algunas de las implicaciones que comporta el culto
eucarístico en la búsqueda del bien común, los principios y
valores que deben orientar a la política, y a los fieles
cristianos que se dedican a esta necesaria tarea, a la luz del
culto eucarístico.
2. La tercera parte de la Exhortación apostólica post sinodal
Sacramentum Caritatis nos ofrece una amplia y densa
reflexión sobre la relación existente entre la Eucaristía y
nuestra vida cotidiana, entre el culto eucarístico y nuestro
compromiso en el mundo [1].
El culto cristiano, que tiene su cima en el culto eucarístico,
abarca todos los aspectos de la vida. Cada acción humana, cada
opción del cristiano, debe estar dirigida a darle gloria a Dios,
y la gloria de Dios es el hombre viviente. El culto a Dios es
verdadero cuando se promueve la vida del hombre. La Eucaristía
es fuente de fuerza e inspiración para que todo cristiano no
decaiga en su entusiasmo por cumplir con las responsabilidades
de su vida presente. Juan Pablo II nos recordaba en la encíclica
social conmemorativa de la Populorum Progressio, que la
Eucaristía es banquete de comunión fraterna que compromete a
realizar esta comunión no sólo en torno al altar, sino en toda
la vida, amando y sirviendo a los hermanos. El Señor, mediante
la Eucaristía —sacramento y sacrificio— nos une a Él y nos une a
los demás con un vínculo más fuerte que cualquier otra unión
natural, y unidos nos envía al mundo entero para dar testimonio,
con la fe y con las obras, del amor de Dios, preparando la
venida de su Reino y anticipándolo en medio de las sombras del
mundo presente: «Quienes participamos de la Eucaristía estamos
llamados a descubrir, mediante este Sacramento, el sentido
profundo de nuestra acción en el mundo en favor del desarrollo y
de la paz; y a recibir de él las energías para empeñarnos en
ello cada vez más generosamente, a ejemplo de Cristo que en este
Sacramento da la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13). Como la de
Cristo y en cuanto unida a ella, nuestra entrega personal no
será inútil sino ciertamente fecunda» [2].
El sacrificio salvífico de Cristo, que tiene en la Eucaristía su
signo indeleble, hace nacer en quien participa en su celebración
una respuesta viva de amor y compromiso. Esta respuesta, a
ejemplo del amor de Cristo, está destinada a proyectarse en el
servicio concreto a todos aquellos que se encuentran por el
camino de la vida, especialmente a los más necesitados. La
exigencia de evangelizar y dar testimonio de nuestra fe
encuentra en la Eucaristía no sólo «la fuerza interior para
dicha misión, sino también, en cierto sentido, su proyecto. En
efecto, la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al
cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la
sociedad y en la cultura» [3].
3. Para dar un perfil adecuado de esta perspectiva en que se
describe a la Eucaristía como un modo de ser, quiero proponer
algunas pistas de reflexión y de compromiso social y político.
3.1 La primera pista es la de la solidaridad. «A la luz de la
fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse
de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad
total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es
solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad
fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva
de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta
bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe
ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama
el Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio,
incluso extremo: «dar la vida por los hermanos»» [4].
Siendo miembros de un mismo cuerpo, que es la Iglesia, los
cristianos no pueden prescindir de esta pertenencia común. Todos
deben sentirse responsables y solidarios los unos de los otros.
Deben saber romper esa coraza de indiferencia que amenaza de
encerrarlos en su egoísmo y aislarlos, para hacerse cargo de las
necesidades del prójimo, optando por el camino del compartir,
que es una manifestación concreta de la solidaridad. en efecto,
compartir significa entrar en relación con los demás para
ofrecerles, bajo el signo de la gratuidad, el propio tiempo
libre, las propias competencias profesionales, los propios dones
de mente y de corazón, con el fin de ayudarles a superar las
situaciones de dificultad.
Compartir también los bienes materiales. Aquí se toca el
problema de lo superfluo y de lo necesario. Cuanto más vivo es
el amor que lo cristianos nutren por sus hermanos más
necesitados, tanto más se dan cuenta que lo superfluo debe
ponerse a disposición de aquellos que están privados de lo
necesario. El amor verdadero no tolera las desigualdades ni las
injusticias. Es conocido el principio de la doctrina social de
la Iglesia: «los bienes de este mundo están originariamente
destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido
y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto,
sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee, como
cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada
precisamente sobre el principio del destino universal de los
bienes» [5].
3.2 La segunda pista se refiere a la disponibilidad para el
servicio. La diaconía es una dimensión esencial de la vida
cristiana y tiene su apoyo principal en la práctica de la
caridad. Una comunidad para ser verdaderamente eclesial debe
vivir bajo el signo del servicio, dedicada a los pobres y a
cuantos viven en necesidad. Esto se vuelve la prueba para medir
el éxito o el fracaso de la vida humana:: «Venid, benditos de mi
Padre; [...]Porque tuve hambre, y me disteis de comer...»;
«Apartaos de mí, malditos; [...]Porque tuve hambre, y no me
disteis de comer… » (Mt 25,34-35; 41-42). El primer servicio que
el político hace al prójimo es el de realizar su trabajo
cotidiano con honestidad y competencia, cultivando relaciones
interpersonales civiles y de atención recíproca. Están también
las necesidades fundamentales de los pobres, los marginados y
explotados, los parados, las madres solteras o en dificultad,
los niños de la calle, los discapacitados (físicos o mentales),
los inmigrantes, los presos, las prostitutas, etcétera, que
esperan respuestas y soluciones adecuadas.
3.3 La tercera pista es la de la justicia social. No basta
hablar de justicia social, es necesario vivir y actuar para
hacerla realidad. La Iglesia sabe que no debe intervenir en las
cuestiones particulares, cuyas soluciones deben estudiarse y
proponerse por los cristianos laicos, pero no renuncia a su
función profética, crítica y educadora, dirigida a iluminar las
diversas situaciones con la luz del Evangelio e indicar a los
cristianos una opción de campo a favor de los pobres y
oprimidos, en el respeto de un legítimo pluralismo con respecto
a las opciones sociales y políticas, que no estén en contraste
con los principios de la fe cristiana.
Educar en el sentido de la justicia significa comprometerse en
la defensa y promoción de la dignidad y de los legítimos
derechos de cada persona humana.
4. El compromiso de la política y de los políticos,
especialmente si éstos se definen cristianos, por crear
estructuras justas y solidarias. El Papa Benedicto XVI nos
recuerda la importancia de lo que durante el Sínodo pasado se
denominó coherencia eucarística, a la que todos estamos
llamados, subrayando su importancia particular «para quienes,
por la posición social o política que ocupan, han de tomar
decisiones sobre valores fundamentales... Estos valores no son
negociables. Así pues, los políticos y los legisladores
católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben
sentirse particularmente interpelados por su conciencia,
rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en
los valores fundados en la naturaleza humana. Esto tiene además
una relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29)»
[6]. El fiel cristiano laico, en virtud de su condición secular
y «formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir
directamente la propia responsabilidad política y social. Para
que pueda desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que
prepararlo mediante una educación concreta a la caridad y a la
justicia. Por eso […] es necesario promover la doctrina social
de la Iglesia y darla a conocer en las diócesis y en las
comunidades cristianas. En este precioso patrimonio, procedente
de la más antigua tradición eclesial, encontramos los elementos
que orientan con profunda sabiduría el comportamiento de los
cristianos ante las cuestiones sociales candentes. Esta
doctrina, madurada durante toda la historia de la Iglesia, se
caracteriza por el realismo y el equilibrio, ayudando así a
evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias» [7]. Con
fundamento en este precioso patrimonio, a cuyo servicio se
encuentra el Compendio de la doctrina social de la Iglesia,
permítanme hacer algunas reflexiones en torno al compromiso de
los cristianos en el ámbito de la política.
5. La Iglesia cuando en sus documentos sociales toca las
realidades temporales como la política, lo hace consciente de
que se está moviendo en un campo técnico, en el cual no tiene
derecho de intervenir sin razón. Se sabe y se acepta limitada, y
afirma que su intervención en esta área de la vida humana es,
ante todo, como maestra de moral. No manifiesta, por tanto,
preferencias por un determinado sistema, lo que le interesa es
que la dignidad del hombre venga respetada y promovida [8].
Recientemente, Benedicto XVI se refirió a esta misión moral,
afirmando que «la Iglesia sabe que no le corresponde a ella
misma hacer valer políticamente su doctrina, ya que su objetivo
es servir a la formación de la conciencia en la política y
contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas
exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad
para actuar conforme a ellas, aun cuando esto estuviera en
contraste con situaciones de intereses personales» [9]. Por ello
la doctrina social de la Iglesia tiene como tarea principal
iluminar con sus principios la vida del hombre en la sociedad, y
uno de estos principios es el del bien común, que el Concilio
define en pocas palabras como «el conjunto de condiciones de la
vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de
sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia
perfección» [10].
6. La política es una manera exigente… de vivir el compromiso
cristiano al servicio de los demás. El servicio es la modalidad
típica que la presencia y la actividad del cristiano asume en el
ámbito social y político [11]. Entre aquellos que en ámbito
político tienen las responsabilidades más elevadas con respecto
a las personas y a la cosa pública, no faltan —y no deben faltar
los cristianos— . Resulta superfluo recordar la complejidad de
las problemáticas que el político, y el político cristiano,
encuentran y enfrentan en las administraciones públicas, tanto a
nivel local como nacional e internacional. La política es mucho
más inestable de lo que pueda pensarse, sometida como está a
tensiones que provienen de múltiples frentes. A pesar de ello,
el cristiano no puede descuidar el ámbito político. La política
no es sólo parte constitutiva y elemento decisivo de la vida de
las personas y de un país, para el cristiano es también el
ámbito más elevado para ejercer la atención y el servicio a los
hermanos, es decir, para vivir la caridad.
Para que este propósito se logre es necesario poner en
evidencia, primero a nivel de reflexión y luego a nivel
estructural y de opciones particulares, la necesidad de la
dimensión ética de la política, no como dimensión facultativa,
sino constitutiva, de la cual depende no sólo la calidad de la
vida de las personas, de las familias, de las instituciones y
del Estado, sino más radicalmente, su supervivencia. Desatender
la dimensión ética conduce inevitablemente hacia la
deshumanización de la vida y de las instituciones públicas,
transformando la vida política en una jungla donde impera la ley
del más fuerte. La Iglesia con su doctrina social no dicta leyes
a los poderes públicos, ni se declara políticamente a favor de
una parte o de otra, su intención es más bien salvar la persona
del hombre, renovar la sociedad humana [12].
De frente a esta perspectiva de humanización, las situaciones
locales y los eventos mundiales parecen con frecuencia tomar el
rumbo contrario. El caminar de la sociedad se hace pesado
dondequiera a causa de lo que ha sido individualizado como
«estructuras de pecado». Son «estructuras de pecado», por
ejemplo, la explotación organizada de menores y de la
prostitución, el comercio de armamentos y el mantenimiento de
guerras y conflictos civiles, la corrupción política, el
narcotráfico, la organización de operaciones de limpieza étnica,
las legislaciones que favorecen la discriminación racial, y
otras terribles realidades semejantes.
El cristiano, que está motivado por la caridad y la justicia, no
puede aceptar pasivamente la presencia y funcionamiento de
«estructuras de pecado», mucho menos sostenerlas o ser
responsable a cualquier nivel. Como el pecado pide al cristiano
un rechazo preciso y una lucha interior y exterior, así las
«estructuras de pecado» exigen no un cómplice silencio, sino una
franca denuncia y una clara oposición.
7. El compromiso de los cristianos en el ámbito del ejercicio
del poder. El cristiano no desdeña asumir responsabilidades
públicas, especialmente cuando a ello es llamado por la
confianza de sus conciudadanos, según las reglas democráticas.
El poder es una función necesaria para toda realidad social e
institución pública; es una condición indispensable para el buen
funcionamiento y para la persecución de los fines
institucionales. El problema está constituido por las
modalidades de su ejercicio. Quien ocupa puestos de autoridad y
ejercita el poder, con frecuencia lo hace instrumento para el
provecho personal, fuente de enriquecimiento o motivo de
superioridad y hasta de violencia. El poder así entendido y
ejercitado, anula la dignidad de los sujetos que componen el
cuerpo social. No pocas veces ha sucedido también que los
cristianos han justificado el propio poder o el de otros en
nombre de hipotéticos bienes y presuntos valores más altos que
defender.
De frente a expresiones éticamente incorrectas en el ejercicio
del poder, a todos los niveles y en cualquier ámbito, el
cristiano opondrá un rechazo neto, aún a costa de «pérdidas»
personales. Cuando el cristiano es llamado a asumir y ejercer el
poder, nunca deberá ceder a la tentación de hacerlo un
instrumento de injusticia y de violencia; sería una clara
negación de la fe cristiana que dice profesar, de la caridad que
le debe caracterizar y, por ende, del verdadero culto
eucarístico.
8. El cristiano laico tiene el compromiso de individuar, en las
situaciones concretas, los pasos que realmente se deben y pueden
dar para poner en práctica la fe, los principios y los valores
morales. Este compromiso se vuelve problemático cuando el
cristiano está llamado a elegir y valorar las opciones de otros
en ámbitos o realidades que implican valores éticos
prioritarios, como el carácter sagrado de la vida, la
indisolubilidad del matrimonio, la investigación científica, las
opciones económicas que deberán influir en la vida de los
ciudadanos, especialmente de los más pobres. Son éstas y otras
muchas las situaciones en las que los políticos, y los políticos
cristianos se encuentran cotidianamente. Una situación
emblemática está constituida por el sistema democrático. En
ocasiones sucede que, a través del juego de la democracia, se
aprueban leyes contrarias a los principios y valores que un
cristiano vive y propone. El cristiano se encuentra entonces
ante una dificultad: o abdicar a sus valores y principios, o
abandonar el camino de la democracia y de la convivencia social
[13]. En estas situaciones complejas y difíciles, se buscará
aprovechar el valioso patrimonio de algunos criterios
fundamentales para juzgar y decidir:
8.1 El primero se refiere a la distinción y a la vez a la
conexión entre el orden legal y el orden moral: éste es un
criterio cada vez más necesario en el contexto de sociedades
plurales y con legislaciones civiles que tienden a alejarse de
los valores y principios morales inmutables y universales.
8.2 El segundo criterio es la fidelidad a la propia identidad y,
al mismo tiempo, la disponibilidad al diálogo con todos y sobre
todo.
8.3 El tercer criterio se refiere a la necesidad que —en su
compromiso social y político—, el cristiano laico crezca cada
vez más en una triple e inseparable fidelidad: a los valores
«naturales», respetando la legítima autonomía de las realidades
temporales; a los valores «morales», promoviendo la intrínseca
dimensión ética de todo problema social y político; a los
valores «sobrenaturales», cumpliendo sus deberes en el espíritu
de Jesucristo, es decir con su gracia y con su caridad [14].
9. Otro ámbito difícil es la elección de los instrumentos
políticos, es decir, del partido y de las demás expresiones de
la participación política. Una vez más la opción se ubica entre
la coherencia con los valores, con los ideales de la fe y del
Evangelio y las posibilidades históricas. Es necesario, ante
todo, recordar el fundamento ético del actuar político;
fundamento que hace de la política una expresión, ciertamente
elevada y ardua, de la caridad. Cualquier opción concreta sería
incorrecta si no estuviese enraizada en la caridad, es decir en
la búsqueda del bien de las personas, del bien común. Es también
necesario recordar que la fe cristiana nunca podrá «traducirse»
en una única ubicación política; pretender que un partido o una
preferencia política coincidan con las experiencias de la fe y
de la vida cristiana sería un equívoco peligroso.
Será necesario poner una particular atención para salvar algunas
distinciones precisas: entre la fe, ante todo, y las opciones
históricas, especialmente en ámbito social y político. Además,
entre las opciones que el cristiano, en particular o asociado,
puede realizar en base a las propias valoraciones de
oportunidad, y aquellas que puede realizar la comunidad
cristiana en cuanto tal. La opción de un partido o de una
preferencia política puede ser hecha sólo por personas
individuales y a título personal. Una diversidad en la opción
será legítima, en cuanto se hace por partidos y posiciones que
no contradicen la fe y los valores cristianos.
10. El Papa Benedicto XVI ha hecho algunas consideraciones
acerca de los valores e ideales que se han forjado o
profundizado por la tradición cristiana, y que muchos comparten
porque se basan en la naturaleza humana. Estos principios y
valores deben ser defendidos, no deben traicionarse. El Papa
indica algunos ámbitos que requieren especial cuidado, en primer
lugar la defensa de la centralidad de la persona humana: todas
las estructuras sociales, económicas y políticas deben estar al
servicio del hombre y no viceversa.
La política tiene sentido y razón de ser cuando sirve al bien
común, por ello todos los hombres y mujeres de la política no
deben desanimarse y deben seguir adelante en su esfuerzo por
servirlo «actuando para que no se difundan ni se refuercen
ideologías que pueden oscurecer o confundir las conciencias y
transmitir una ilusoria visión de la verdad y del bien. Existe,
por ejemplo, en el campo económico una tendencia que identifica
el bien con el beneficio y de tal forma disuelve la fuerza del
ethos desde el interior, acabando por amenazar el beneficio
mismo. Algunos sostienen que la razón humana es incapaz de
captar la verdad y, por lo tanto, de perseguir el bien que
corresponde a la dignidad de la persona. Hay también quien
considera legítima la eliminación de la vida humana en su fase
prenatal o en la terminal. Preocupante es además la crisis de la
familia, célula fundamental de la sociedad fundada en el
matrimonio indisoluble de un hombre y de una mujer. La
experiencia demuestra que cuando la verdad del hombre es
ultrajada, cuando la familia se mina en sus fundamentos, la paz
misma está amenazada, el derecho corre peligro de verse
comprometido y, como consecuencia lógica, se va hacia
injusticias y violencias. Existe otro ámbito que os interesa
mucho, y es el de la defensa de la libertad religiosa, derecho
fundamental insuprimible, inalienable e inviolable, enraizado en
la dignidad de todo ser humano y reconocido por varios
documentos internacionales, entre ellos, sobre todo, la
Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El ejercicio
de tal libertad comprende también el derecho a cambiar de
religión, que hay que garantir no sólo jurídicamente, sino
también en la práctica diaria. La libertad religiosa responde,
en efecto, a la intrínseca apertura de la criatura humana a
Dios, Verdad plena y sumo Bien, y su valoración constituye una
expresión fundamental de respeto de la razón humana y de su
capacidad de verdad. La apertura a la trascendencia constituye
una garantía indispensable para la dignidad humana porque
existen anhelos y exigencias del corazón de cada persona que
sólo en Dios encuentran compresión y respuesta. ¡No se puede por
lo tanto excluir a Dios del horizonte del hombre y de la
historia! He aquí por qué hay que acoger el deseo común a todas
las tradiciones auténticamente religiosas de mostrar
públicamente la propia identidad, sin estar obligados a
esconderla o mimetizarla» [15].
11. El precioso documento eucarístico de Benedicto XVI, citado
al inicio de mi intervención, nos recuerda la necesidad de la
Eucaristía para reforzar el compromiso, nos habla del sentido
del domingo como «dies Domini, dies Christi, dies Ecclesiae» y
«dies hominis». Es el día dedicado a recordar y renovar la
presencia de Dios en nuestras vidas, el amor de Cristo por cada
uno, nuestra pertenencia a una comunidad, a un Pueblo. Como
«dies hominis», es día de alegría, de descanso y de caridad
fraterna. El domingo es referencia necesaria para que el tiempo
de nuestra existencia terrena adquiera sentido, para que el
«cronos» se transforme en «cairos», para no olvidar la unión del
cielo con la tierra, para que nuestra existencia no naufrague en
el sin sentido de un tiempo vacío de Dios. En el compromiso por
hacer de la política una actividad noble, un verdadero servicio
a los hombres, es necesario el alimento del pan eucarístico y
actuar a la luz que brota del Misterio tan sublime, porque «sine
dominico non possumus» [16].
12. Las bienaventuranzas del político. Termino mis reflexiones
con las palabras de un verdadero adorador del misterio
eucarístico, el hermano Obispo que me precedió como Presidente
del Pontificio Consejo «Justicia y Paz», el Siervo de Dios,
Cardenal Francisco Javier Van Thuân, quien cuando en 1975 lo
encarcelaron injustamente, la pregunta más angustiosa que se
hizo fue: ¿Podré seguir celebrando la Eucaristía? Y que durante
sus 13 años de prisión continuamente recordaba la frase de los
mártires de Abitene (s. IV), citada por la Sacramentum
Caritatis: “Sine Dominico non possumus!” ¡No podemos vivir
sin la celebración de la Eucaristía!
De él son las siguientes palabras, actuales, autorizadas y
colmadas de sabiduría evangélica. Ellas podrían sintetizar lo
que hasta aquí he dicho sobre los deberes de la política y de
los políticos:
«Bienaventurado el dirigente político que entiende su papel en
el mundo.
Bienaventurado el dirigente político que ejemplifica
personalmente la credibilidad.
Bienaventurado el dirigente político que trabaja por el bien
común y no por intereses personales.
Bienaventurado el dirigente político que es sincero consigo
mismo, con su fe y con sus promesas electorales.
Bienaventurado el dirigente político que trabaja por la unidad y
hace de Jesús el escudo de su defensa.
Bienaventurado el
dirigente político que trabaja por el cambio radical, se niega
llamar bueno lo que es malo y utiliza el Evangelio como guía.
Bienaventurado el dirigente político que escucha al pueblo
antes, durante y después de las elecciones y siempre escucha a
Dios en la oración.
Bienaventurado el dirigente político que no tiene miedo de la
verdad ni de los medios de comunicación, porque en el momento
del juicio responderá sólo ante Dios, no ante los medios de
comunicación».
Referencias
[1] El título es muy significativo: «Eucaristía, Misterio que se
ha de vivir»: Sacramentum Caritatis, nn. 70 -97.
[2] Sollicitudo rei socialis, n. 48.
[3] Mane nobiscum Domine, n. 25.
[4] Sollicitudo rei socialis, n. 40.
[5] Id., n. 42.
[6] BENEDICTO XVI, Exhort. Ap., Sacramentum Caritatis, 83.
[7] Id., n. 91.
[8] Cf. SRS 41; QA 41.
[9] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el encuentro
promovido por la IDC, 21 de septiembre de 2007.
[10]Gaudium et spes, 26.
[11] Cf. Octogesima adveniens, 46.
[12] Cf. Gaudium et spes, 3.
[13] La respuesta que la Centesimus annus ofrece, propone un
camino comprometido y con pasos progresivos: «No es de esta
índole la verdad cristiana. Al no ser ideológica, la fe
cristiana no pretende encuadrar en un rígido esquema la
cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida del
hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no
perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la
trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio
el respeto de la libertad». Y añade: «La libertad, no obstante,
es valorizada en pleno solamente por la aceptación de la verdad.
En un mundo sin verdad la libertad pierde su consistencia y el
hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a
condicionamientos patentes o encubiertos. El cristiano vive la
libertad y la sirve (cf. Jn 8, 31-32), proponiendo
continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera de su
vocación, la verdad que ha conocido. En el diálogo con los demás
hombres y estando atento a la parte de verdad que encuentra en
la experiencia de vida y en la cultura de las personas y de las
naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han
dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón» (n.
46).
[14] Cf. Compendio, n. 569.
[15] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el encuentro
promovido por la IDC, 21 de septiembre de 2007.
[16] Cf. BENEDICTO XVI, Exhort. Ap., Sacramentum Caritatis,73.
90. 95.
|