Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Homilía de Su Santidad Benedicto en la Homilía celebrada en el
Yankee Stadium, Bronx, Nueva York
V Domingo de Pascua 20 de abril de 2008
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús dice a sus
Apóstoles que tengan fe en Él, porque Él es “el camino, la
verdad y la vida” (Jn 14,6). Cristo es el camino que conduce al
Padre, la verdad que da sentido a la existencia humana, y la
fuente de esa vida que es alegría eterna con todos los Santos en
el Reino de los cielos. Acojamos estas palabras del Señor.
Renovemos nuestra fe en Él y pongamos nuestra esperanza en sus
promesas.
Con esta invitación a perseverar en la fe de Pedro (cf. Lc
22,32; Mt 16,17), les saludo a todos con gran afecto. Agradezco
al Señor Cardenal Egan las cordiales palabras de bienvenida que
ha pronunciado en vuestro nombre. En esta Misa, la Iglesia que
peregrina en los Estados Unidos celebra el Bicentenario de la
creación de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y
Louisville por la desmembración de la sede madre de Baltimore.
La presencia, en torno a este altar, del Sucesor de Pedro, de
sus Hermanos Obispos y sacerdotes, de los diáconos, de los
consagrados y consagradas, así como de los fieles laicos
procedentes de los cincuenta Estados de la Unión, manifiesta de
forma elocuente nuestra comunión en la fe católica que nos llegó
de los Apóstoles.
La celebración de hoy es también un signo del crecimiento
impresionante que Dios ha concedido a la Iglesia en vuestro País
en los pasados doscientos años. A partir de un pequeño rebaño,
como el descrito en la primera lectura, la Iglesia en América ha
sido edificada en la fidelidad a los dos mandamientos del amor a
Dios y del amor al prójimo. En esta tierra de libertad y
oportunidades, la Iglesia ha unido rebaños muy diversos en la
profesión de fe y, a través de sus muchas obras educativas,
caritativas y sociales, también ha contribuido de modo
significativo al crecimiento de la sociedad americana en su
conjunto.
Este gran resultado no ha estado exento de retos. La primera
lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, habla de
las tensiones lingüísticas y culturales que había en la
primitiva comunidad eclesial. Al mismo tiempo, muestra el poder
de la Palabra de Dios, proclamada autorizadamente por los
Apóstoles y acogida en la fe, para crear una unidad capaz de ir
más allá de las divisiones que provienen de los límites y
debilidades humanas. Se nos recuerda aquí una verdad
fundamental: que la unidad de la Iglesia no tiene más fundamento
que la Palabra de Dios, hecha carne en Cristo Jesús, Nuestro
Señor. Todos los signos externos de identidad, todas las
estructuras, asociaciones o programas, por válidos o incluso
esenciales que sean, existen en último término únicamente para
sostener y favorecer una unidad más profunda que, en Cristo, es
un don indefectible de Dios a su Iglesia.
La primera lectura muestra además, como vemos en la imposición
de manos sobre los primeros diáconos, que la unidad de la
Iglesia es “apostólica”, es decir, una unidad visible fundada
sobre los Apóstoles, que Cristo eligió y constituyó como
testigos de su resurrección, y nacida de lo que la Escritura
denomina “la obediencia de la fe” (Rm 1,5; Hch 6,7).
“Autoridad”… “obediencia”. Siendo francos, estas palabras no se
pronuncian hoy fácilmente. Palabras como éstas representan “una
piedra de tropiezo” para muchos de nuestros contemporáneos,
especialmente en una sociedad que justamente da mucho valor a la
libertad personal. Y, sin embargo, a la luz de nuestra fe en
Cristo, “el camino, la verdad y la vida”, alcanzamos a ver el
sentido más pleno, el valor e incluso la belleza de tales
palabras. El Evangelio nos enseña que la auténtica libertad, la
libertad de los hijos de Dios, se encuentra sólo en la renuncia
al propio yo, que es parte del misterio del amor. Sólo perdiendo
la propia vida, como nos dice el Señor, nos encontramos
realmente a nosotros mismos (cf. Lc 17,33). La verdadera
libertad florece cuando nos alejamos del yugo del pecado, que
nubla nuestra percepción y debilita nuestra determinación, y ve
la fuente de nuestra felicidad definitiva en Él, que es amor
infinito, libertad infinita, vida sin fin. “En su voluntad está
nuestra paz”.
Por tanto, la verdadera libertad es un don gratuito de Dios,
fruto de la conversión a su verdad, a la verdad que nos hace
libres (cf. Jn 8,32). Y dicha libertad en la verdad lleva
consigo un modo nuevo y liberador de ver la realidad. Cuando nos
identificamos con “la mente de Cristo” (cf. Fil 2,5), se nos
abren nuevos horizontes. A la luz de la fe, en la comunión de la
Iglesia, encontramos también la inspiración y la fuerza para
llegar a ser fermento del Evangelio en este mundo. Llegamos a
ser luz del mundo, sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14), encargados
del “apostolado” de conformar nuestras vidas y el mundo en que
vivimos cada vez más plenamente con el plan salvador de Dios.
La magnífica visión de un mundo transformado por la verdad
liberadora del Evangelio queda reflejada en la descripción de la
Iglesia que encontramos en la segunda lectura de hoy. El Apóstol
nos dice que Cristo, resucitado de entre los muertos, es la
piedra angular de un gran templo que también ahora se está
edificando en el Espíritu. Y nosotros, miembros de su cuerpo,
nos hacemos por el Bautismo “piedras vivas” de ese templo,
participando por la gracia en la vida de Dios, bendecidos con la
libertad de los hijos de Dios, y capaces de ofrecer sacrificios
espirituales agradables a él (cf. 1 P 2,5). ¿Qué otra ofrenda
estamos llamados a realizar, sino la de dirigir todo
pensamiento, palabra o acción a la verdad del Evangelio, o a
dedicar toda nuestra energía al servicio del Reino de Dios? Sólo
así podemos construir con Dios, sobre el cimiento que es Cristo
(cf. 1 Co 3,11). Sólo así podemos edificar algo que sea
realmente duradero. Sólo así nuestra vida encuentra el
significado último y da frutos perdurables.
Hoy recordamos doscientos años de un momento crucial la historia
de la Iglesia en los Estados Unidos: su primer gran fase de
crecimiento. En estos doscientos años, el rostro de la comunidad
católica en vuestro País ha cambiado considerablemente. Pensemos
en las continuas oleadas de emigrantes, cuyas tradiciones han
enriquecido mucho a la Iglesia en América. Pensemos en la recia
fe que edificó la cadena de Iglesias, instituciones educativas,
sanitarias y sociales, que desde hace mucho tiempo son el
emblema distintivo de la Iglesia en este territorio. Pensemos
también en los innumerables padres y madres que han transmitido
la fe a sus hijos, en el ministerio cotidiano de muchos
sacerdotes que han gastado su vida en el cuidado de las almas,
en la contribución incalculable de tantos consagrados y
consagradas, quienes no sólo han enseñado a los niños a leer y
escribir, sino que también les han inculcado para toda la vida
un deseo de conocer, amar y servir a Dios. Cuántos “sacrificios
espirituales agradables a Dios” se han ofrecido en los dos
siglos transcurridos. En esta tierra de libertad religiosa, los
católicos han encontrado no sólo la libertad para practicar su
fe, sino también para participar plenamente en la vida civil,
llevando consigo sus convicciones morales a la esfera pública,
cooperando con sus vecinos a forjar una vibrante sociedad
democrática. La celebración actual es algo más que una ocasión
de gratitud por las gracias recibidas: es una invitación para
proseguir con la firme determinación de usar sabiamente la
bendición de la libertad, con el fin de edificar un futuro de
esperanza para las generaciones futuras.
“Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación
consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las
hazañas del que les llamó a salir de la tiniebla y a entrar en
su luz maravillosa” (1 P 2,9). Estas palabras del Apóstol Pedro
no sólo nos recuerdan la dignidad que por gracia de Dios
tenemos, sino que también entrañan un desafío y una fidelidad
cada vez más grande a la herencia gloriosa recibida en Cristo
(cf. Ef 1,18). Nos retan a examinar nuestras conciencias, a
purificar nuestros corazones, a renovar nuestro compromiso
bautismal de rechazar a Satanás y todas sus promesas vacías. Nos
retan a ser un pueblo de la alegría, heraldos de la esperanza
que no defrauda (cf. Rm 5,5) nacida de la fe en la Palabra de
Dios y de la confianza en sus promesas.
En esta tierra, ustedes y muchos de sus vecinos rezan todos los
días al Padre con las palabras del Señor: “Venga tu Reino”. Esta
plegaria debe forjar la mente y el corazón de todo cristiano de
esta Nación. Debe dar fruto en el modo en que ustedes viven su
esperanza y en la manera en que construyen su familia y su
comunidad. Debe crear nuevos “lugares de esperanza” (cf. Spe
salvi, 32ss) en los que el Reino de Dios se haga presente con
todo su poder salvador.
Además, rezar con fervor por la venida del Reino significa estar
constantemente atentos a los signos de su presencia, trabajando
para que crezca en cada sector de la sociedad. Esto quiere decir
afrontar los desafíos del presente y del futuro confiados en la
victoria de Cristo y comprometiéndose en extender su Reino.
Comporta no perder la confianza ante resistencias, adversidades
o escándalos. Significa superar toda separación entre fe y vida,
oponiéndose a los falsos evangelios de libertad y felicidad.
Quiere decir, además, rechazar la falsa dicotomía entre la fe y
la vida política, pues, como ha afirmado el Concilio Vaticano
II, “ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos
temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios” (Lumen
gentium, 36). Esto quiere decir esforzarse para enriquecer la
sociedad y la cultura americanas con la belleza y la verdad del
Evangelio, sin perder jamás de vista esa gran esperanza que da
sentido y valor a todas las otras esperanzas que inspiran
nuestra vida.
Queridos amigos, éste es el reto que os presenta hoy el Sucesor
de Pedro. Como “raza elegida, sacerdocio real, nación
consagrada”, sigan con fidelidad las huellas de quienes les han
precedido. Apresuren la venida del Reino en esta tierra. Las
generaciones pasadas les han legado una herencia extraordinaria.
También en nuestros días la comunidad católica de esta Nación ha
destacado en su testimonio profético en defensa de la vida, en
la educación de los jóvenes, en la atención a los pobres,
enfermos o extranjeros que viven entre ustedes. También hoy el
futuro de la Iglesia en América debe comenzar a elevarse
partiendo de estas bases sólidas.
Ayer, no lejos de aquí, me ha conmovido la alegría, la esperanza
y el amor generoso a Cristo que he visto en el rostro de tantos
jóvenes congregados en Dunwoodie. Ellos son el futuro de la
Iglesia y merecen nuestras oraciones y todo el apoyo que podamos
darles. Por eso, deseo concluir añadiendo una palabra de aliento
para ellos. Queridos jóvenes amigos: igual que los siete hombres
“llenos de espíritu de sabiduría” a los que los Apóstoles
confiaron el cuidado de la joven Iglesia, álcense también
ustedes y asuman la responsabilidad que la fe en Cristo les
presenta. Que encuentren la audacia de proclamar a Cristo, “el
mismo ayer, hoy y siempre”, y las verdades inmutables que se
fundamentan en Él (cf. Gaudium et spes, 10; Hb 13,8): son
verdades que nos hacen libres. Se trata de las únicas verdades
que pueden garantizar el respeto de la dignidad y de los
derechos de todo hombre, mujer y niño en nuestro mundo,
incluidos los más indefensos de todos los seres humanos, como
los niños que están aún en el seno materno. En un mundo en el
que, como Juan Pablo II nos recordó hablando en este mismo
lugar, Lázaro continúa llamando a nuestra puerta (Homilía en el
Yankee Stadium, 2 de octubre de 1979, n. 7), actúen de modo que
su fe y su amor den fruto ayudando a los pobres, a los
necesitados y a los sin voz. Muchachos y muchachas de América,
les reitero: abran los corazones a la llamada de Dios para
seguirlo en el sacerdocio y en la vida religiosa. ¿Puede haber
un signo de amor más grande que seguir las huellas de Cristo,
que no dudó en dar la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13)?
En el Evangelio de hoy, el Señor promete a los discípulos que
realizarán obras todavía más grandes que las suyas (cf. Jn
14,12). Queridos amigos, sólo Dios en su providencia sabe lo que
su gracia debe realizar todavía en sus vidas y en la vida de la
Iglesia de los Estados Unidos. Mientras tanto, la promesa de
Cristo nos colma de esperanza firme. Unamos, pues, nuestras
plegarias a la suya, como piedras vivas del templo espiritual
que es su Iglesia una, santa, católica y apostólica. Dirijamos
nuestra mirada hacia él, pues también ahora nos está preparando
un sitio en la casa de su Padre. Y, fortalecidos por el Espíritu
Santo, trabajemos con renovado ardor por la extensión de su
Reino.
“Dichosos los creyentes” (cf. 1 P 2,7). Dirijámonos a Jesús.
Sólo Él es el camino que conduce a la felicidad eterna, la
verdad que satisface los deseos más profundos de todo corazón, y
la vida trae siempre nuevo gozo y esperanza, para nosotros y
para todo el mundo. Amén.
Palabras del Santo Padre a los fieles de lengua española
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Les saludo con afecto y me alegro de celebrar esta Santa Misa
para dar gracias a Dios por el bicentenario del momento en que
empezó a desarrollarse la Iglesia Católica en esta Nación. Al
mirar el camino de fe recorrido en estos años, no exento también
de dificultades, alabamos al Señor por los frutos que la Palabra
de Dios ha dado en estas tierras y le manifestamos nuestro deseo
de que Cristo, Camino, Verdad y Vida, sea cada vez más conocido
y amado.
Aquí, en este País de libertad, quiero proclamar con fuerza que
la Palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida
plena y libre, sino que nos descubre nuestra verdadera dignidad
de hijos de Dios y nos alienta a luchar contra todo aquello que
nos esclaviza, empezando por nuestro propio egoísmo y caprichos.
Al mismo tiempo, nos anima a manifestar nuestra fe a través de
nuestra vida de caridad y a hacer que nuestras comunidades
eclesiales sean cada día más acogedoras y fraternas.
Sobre todo a los jóvenes les confío asumir el gran reto que
entraña creer en Cristo y lograr que esa fe se manifieste en una
cercanía efectiva hacia los pobres. También en una respuesta
generosa a las llamadas que Él sigue formulando para dejarlo
todo y emprender una vida de total consagración a Dios y a la
Iglesia, en la vida sacerdotal o religiosa.
Queridos hermanos y hermanas, les invito a mirar el futuro con
esperanza, permitiendo que Jesús entre en sus vidas. Solamente
Él es el camino que conduce a la felicidad que no acaba, la
verdad que satisface las más nobles expectativas humanas y la
vida colmada de gozo para bien de la Iglesia y el mundo. Que
Dios les bendiga.
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