Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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El amor en tiempos de odio: Benedicto XVI en la Zona Cero
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 20 abril 2008 (ZENIT.org).- La
oración que Benedicto XVI elevó en la mañana de este domingo en
la Zona Cero testimonia al mundo cómo en momentos de odio
incomprensible el amor y la solidaridad se hacen más necesarios
e intensos, constata su portavoz.
El padre Federico Lombardi, S.I., director de la Oficina de
Información de la Santa Sede, considera que la visita del Papa
al cráter desde el que se elevaban las Torres Gemelas ha sido
«un momento de esperanza, de esperanza realista».
«En la Zona Cero nos encontramos ante la manifestación de las
consecuencias del odio en nuestros días», ha explicado el padre
Lombardi, quien es también director de «Radio Vaticano».
«Una manifestación de odio tal que se convierte en
verdaderamente misteriosa, superior a nuestra capacidad de
imaginación. Pero ante esto, nos recogemos en oración,
silenciosamente, ante Dios, para pedir la luz y el consuelo para
continuar esperando, para ser capaces ante este gran cráter de
amor, que representa la Zona Cero, de construir una sociedad
reconciliada, un futuro de esperanza».
Por este motivo, aclara, ha sido «un momento de gran compasión,
de gran participación en un dolor, como el de los familiares de
las víctimas, que sigue estando sumamente presente».
«Con la oración, el Papa invita a todos a recordar que ha sido
una experiencia de odio y de dolor, pero que ha sido también, en
el mismo momento de la tragedia, una experiencia de solidaridad
y de amor, pues muchos dieron su vida para ayudar a quienes
fueron golpeados en ese instante».
«Es un mensaje que continúa hoy y que debe hacerse cada vez más
fuerte de manera que podamos mirar adelante, construyendo todos
una sociedad mejor, cortando las raíces del odio y del
terrorismo y sabiendo resistir siempre con fuerza».
Según el portavoz es «un gran mensaje, no sólo para el pueblo de
los Estados Unidos, sino para toda la humanidad» para «seguir
adelante con esperanza y plena responsabilidad».
Tras recitar la oración, el Papa saludó a 24 personas en
representación de quienes prestaron ayuda a las víctimas de los
atentados del 11 de septiembre (bomberos, policía, protección
civil), de los heridos, y de los familiares de las víctimas.
Acompañado por el cardenal Edward Egan, arzobispo de Nueva York,
fue acogido por el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg; el
gobernador de Nueva York, David A. Paterson; y el gobernador de
Nueva Jersey, John Corzine.
«Pensemos en las continuas oleadas de emigrantes, cuyas
tradiciones han enriquecido mucho a la Iglesia en Estados
Unidos», recordó. «Pensemos en la recia fe que edificó la cadena
de Iglesias, instituciones educativas, sanitarias y sociales,
que desde hace mucho tiempo son el emblema distintivo de la
Iglesia en este territorio».
Este resultado, explicó rodeado de una espectacular
escenografía, ha tenido que afrontar, ante todo, el reto que
plantean «las tensiones lingüísticas y culturales», como sucedió
entre los primeros cristianos de Imperio Romano.
«La unidad de la Iglesia no tiene más fundamento que la Palabra
de Dios, hecha carne en Cristo Jesús, Nuestro Señor --subrayó--.
Todos los signos externos de identidad, todas las estructuras,
asociaciones o programas, por válidos o incluso esenciales que
sean, existen en último término únicamente para sostener y
favorecer una unidad más profunda que, en Cristo, es un don
indefectible de Dios a su Iglesia».
Y el segundo reto que la Iglesia tiene en el país es el de
manifestar el gozo de la fe en Dios, motivo por el cual exhortó
a los católicos del país a ser «un pueblo de la alegría,
heraldos de la esperanza que no defrauda, nacida de la fe en la
Palabra de Dios y de la confianza en sus promesas».
Esto, subrayó, «significa superar toda separación entre fe y
vida, oponiéndose a los falsos evangelios de libertad y
felicidad. Quiere decir, además, rechazar la falsa dicotomía
entre la fe y la vida política, pues, como ha afirmado el
Concilio Vaticano II, "ninguna actividad humana, ni siquiera en
los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de
Dios"».
«Esto quiere decir esforzarse para enriquecer la sociedad y la
cultura norteamericanas con la belleza y la verdad del
Evangelio, sin perder jamás de vista esa gran esperanza que da
sentido y valor a todas las otras esperanzas que inspiran
nuestra vida», reconoció.
Con «estas bases sólidas» el Papa auspició un futuro de promesas
para el cristianismo en el país. «Sólo Dios en su providencia
sabe lo que su gracia debe realizar todavía en sus vidas y en la
vida de la Iglesia de los Estados Unidos. Mientras tanto, la
promesa de Cristo nos colma de esperanza firme», reconoció.
La celebración eucarística concluyó con el «Himno a la Alegría»
de Beethoven, dando el ambiente de esperanza que el pontífice ha
querido imprimir a esta visita --el eslogan era «Cristo, nuestra
esperanza»--, tas la crisis que en los años pasados ha tenido
que afrontar.
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