Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Homilía en
la Catedral de San Patricio, Nueva York
Sábado 19
de abril de 2008
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo:
Saludo con
gran afecto en el Señor a todos vosotros que representáis a los
Obispos, sacerdotes y diáconos, a los hombres y mujeres de vida
consagrada, y a los seminaristas de los Estados Unidos.
Agradezco al Cardenal Egan la cordial bienvenida y felicitación
que ha expresado en nombre vuestro, al inicio del cuarto año de
mi Pontificado. Me alegra celebrar esta Misa con vosotros que
habéis sido elegidos por el Señor, que habéis respondido a su
llamado y que dedicáis vuestra vida a la búsqueda de la
santidad, a la difusión del Evangelio y a la edificación de la
Iglesia en la fe, en la esperanza y en el amor.
Reunidos
en esta histórica catedral, ¿cómo no recordar a los innumerables
hombres y mujeres que os han precedido, que han trabajado por el
crecimiento de la Iglesia en los Estados Unidos, dejándonos un
patrimonio duradero de fe y de obras buenas? En la primera
lectura de hoy hemos visto cómo los Apóstoles, con la fuerza del
Espíritu Santo, salieron de la sala del piso superior para
anunciar las grandes obras de Dios a personas de toda nación y
lengua. En este país la misión de la Iglesia ha conllevado
siempre atraer a la gente “de todas las naciones de la tierra” (Hch
2,5) hacia una unidad espiritual enriqueciendo el Cuerpo de
Cristo con la multiplicidad de sus dones. Al mismo tiempo que
damos gracias por las bendiciones del pasado y consideramos los
desafíos del futuro, queremos implorar de Dios la gracia de un
nuevo Pentecostés para la Iglesia en América. ¡Que desciendan
sobre todos los presentes lenguas como de fuego, fundiendo el
amor ardiente a Dios y al prójimo con el celo por la propagación
del Reino de Dios!
En la
segunda lectura de esta mañana san Pablo nos recuerda que la
unidad espiritual – aquella unidad que reconcilia y enriquece la
diversidad – tiene su origen y su modelo supremo en la vida del
Dios uno y trino. La Trinidad, como comunión de amor y libertad
infinita, hace nacer incesantemente la vida nueva en la obra de
la creación y redención. La Iglesia, como “pueblo unido por la
unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen gentium,
4), está llamada a proclamar el don de la vida, a proteger la
vida y a promover una cultura de la vida. Aquí, en esta
catedral, nuestro recuerdo se dirige naturalmente al testimonio
heroico por el Evangelio de la vida, dado por los difuntos
Cardenales Cooke y O’Connor. La proclamación de la vida, de la
vida abundante, debe ser el centro de la nueva evangelización.
Pues la verdadera vida – nuestra salvación – se encuentra sólo
en la reconciliación, en la libertad y en el amor que son dones
gratuitos de Dios.
Éste es el
mensaje de esperanza que estamos llamados a anunciar y encarnar
en un mundo en el que egocentrismo, avidez, violencia y cinismo
parecen sofocar muy a menudo el crecimiento frágil de la gracia
en el corazón de la gente. San Ireneo comprendió con gran
profundidad que la exhortación de Moisés al pueblo de Israel:
“Elige la vida” (Dt 30,19) era la razón más profunda para
nuestra obediencia a todos los mandamientos de Dios (cf. Adv.
Haer. IV, 16, 2-5). Quizás hemos perdido de vista que en una
sociedad en la que la Iglesia parece a muchos que es legalista e
“institucional”, nuestro desafío más urgente es comunicar la
alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios.
Soy
particularmente feliz que nos hayamos reunido en la catedral de
San Patricio. Este lugar, quizás más que cualquier otro templo
de Estados Unidos, es conocido y amado como “una casa de oración
para todos los pueblos” (cf. Is 56,7; Mc 11,17). Cada día miles
de hombres, mujeres y niños entran por sus puertas y encuentran
la paz dentro de sus muros. El Arzobispo John Hughes – como nos
ha recordado el Cardenal Egan – fue el promotor de la
construcción de este venerable edificio; quiso erigirlo en puro
estilo gótico. Quería que esta catedral recordase a la joven
Iglesia en América la gran tradición espiritual de la que era
heredera, y que la inspirase a llevar lo mejor de este
patrimonio en la edificación del Cuerpo de Cristo en este país.
Quisiera llamar vuestra atención sobre algunos aspectos de esta
bellísima estructura, que me parece que puede servir como punto
de partida para una reflexión sobre nuestras vocaciones
particulares dentro de la unidad del Cuerpo místico.
El primer
aspecto se refiere a los ventanales con vidrieras historiadas
que inundan el ambiente interior con una luz mística. Vistos
desde fuera, estos ventanales parecen oscuros, recargados y
hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de improviso
toman vida; al reflejar la luz que las atraviesa revelan todo su
esplendor. Muchos escritores – aquí en América podemos recordar
a Nathaniel Hawthorne – han usado la imagen de estas vidrieras
historiada para ilustrar el misterio de la Iglesia misma.
Solamente desde dentro, desde la experiencia de fe y de vida
eclesial, es como vemos a la Iglesia tal como es verdaderamente:
llena de gracia, esplendorosa por su belleza, adornada por
múltiples dones del Espíritu. Una consecuencia de esto es que
nosotros, que vivimos la vida de gracia en la comunión de la
Iglesia, estamos llamados a atraer dentro de este misterio de
luz a toda la gente.
No es un
cometido fácil en un mundo que es propenso a mirar “desde fuera”
a la Iglesia, igual que a aquellos ventanales: un mundo que
siente profundamente una necesidad espiritual, pero que
encuentra difícil “entrar en el” misterio de la Iglesia. También
para algunos de nosotros, desde dentro, la luz de la fe puede
amortiguarse por la rutina y el esplendor de la Iglesia puede
ofuscarse por los pecados y las debilidades de sus miembros. La
ofuscación puede originarse por los obstáculos encontrados en
una sociedad que, a veces, parece haber olvidado a Dios e
irritarse ante las exigencias más elementales de la moral
cristiana. Vosotros, que habéis consagrado vuestra vida para dar
testimonio del amor de Cristo y para la edificación de su
Cuerpo, sabéis por vuestro contacto diario con el mundo que nos
rodea, cuantas veces se siente la tentación de ceder a la
frustración, a la desilusión e incluso al pesimismo sobre el
futuro. En una palabra: no siempre es fácil ver la luz del
Espíritu a nuestro alrededor, el esplendor del Señor resucitado
que ilumina nuestra vida e infunde nueva esperanza en su
victoria sobre el mundo (cf. Jn 16,33).
Sin
embargo, la palabra de Dios nos recuerda que, en la fe, vemos
los cielos abiertos y la gracia del Espíritu Santo que ilumina a
la Iglesia y que lleva una esperanza segura a nuestro mundo.
“Señor, Dios mío”, canta el salmista, “envías tu aliento y los
creas, y repueblas la faz de la tierra” (Sal 104,30). Estas
palabras evocan la primera creación, cuando “el Aliento de Dios
se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1,2). Y ellas impulsan
nuestra mirada hacia la nueva creación, hacia Pentecostés,
cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles e
instauró la Iglesia como primicia de la humanidad redimida (cf.
Jn 20,22-23). Estas palabras nos invitan a una fe cada vez más
profunda en la potencia infinita de Dios, que transforma toda
situación humana, crea vida desde la muerte e ilumina también la
noche más oscura. Y nos hacen pensar en otra bellísima frase de
san Ireneo: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de
Dios; donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y
toda gracia” (Adv. Haer. III, 24,1).
Esto me
lleva a otra reflexión sobre la arquitectura de este templo.
Como todas las catedrales góticas, tiene una estructura muy
compleja, cuyas proporciones precisas y armoniosas simbolizan la
unidad de la creación de Dios. Los artistas medievales a menudo
representaban a Cristo, la Palabra creadora de Dios, como un
“aparejador” celestial con el compás en mano, que ordena el
cosmos con infinita sabiduría y determinación. Esta imagen, ¿no
nos hace pensar quizás en la necesidad de ver todas las cosas
con los ojos de la fe para, de este modo, poder comprenderlas en
su perspectiva más auténtica, en la unidad del plan eterno de
Dios? Esto requiere, como sabemos, una continua conversión y el
esfuerzo de “renovarnos en el espíritu de nuestra mente” (cf. Ef
4,23) para conseguir una mentalidad nueva y espiritual. Exige
también el desarrollo de aquellas virtudes que hacen a cada uno
de nosotros capaz de crecer en santidad y dar frutos
espirituales en el propio estado de vida. Esta constante
conversión “intelectual”, ¿acaso no es tan necesaria como la
conversión “moral” para nuestro crecimiento en la fe, para
nuestro discernimiento de los signos de los tiempos y para
nuestra aportación personal a la vida y misión de la Iglesia?
Una de las
grandes desilusiones que siguieron al Concilio Vaticano II, con
su exhortación a un mayor compromiso en la misión de la Iglesia
para el mundo, pienso que haya sido para todos nosotros la
experiencia de división entre diferentes grupos, distintas
generaciones y diversos miembros de la misma familia religiosa.
¡Podemos avanzar sólo si fijamos juntos nuestra mirada en
Cristo! Con la luz de la fe descubriremos entonces la sabiduría
y la fuerza necesarias para abrirnos hacia puntos de vista que
no siempre coinciden del todo con nuestras ideas o nuestras
suposiciones. Así podemos valorar los puntos de vista de otros,
ya sean más jóvenes o más ancianos que nosotros, y escuchar por
fin “lo que el Espíritu nos dice” a nosotros y a la Iglesia (cf.
Ap 2, 7). De este modo caminaremos juntos hacia la verdadera
renovación espiritual que quería el Concilio, la única
renovación que puede reforzar la Iglesia en la santidad y en la
unidad indispensable para la proclamación eficaz del Evangelio
en el mundo de hoy.
¿No ha
sido quizás esta unidad de visión y de intentos. - basada en la
fe y en el espíritu de continua conversión y sacrificio personal
- el secreto del crecimiento sorprendente de la Iglesia en este
país? Basta pensar en la obra extraordinaria de aquel sacerdote
americano ejemplar, el venerable Michael McGivney, cuya visión y
celo le llevaron a la fundación de los Caballeros de Colón, o en
la herencia espiritual de generaciones de religiosas, religiosos
y sacerdotes que, silenciosamente, han dedicado su vida al
servicio del pueblo de Dios en innumerables escuelas, hospitales
y parroquias.
Aquí, en
el contexto de nuestra necesidad de una perspectiva fundamentada
en la fe, y de unidad y colaboración en el trabajo de
edificación de la Iglesia, querría decir unas palabras sobre los
abusos sexuales que han causado tantos sufrimientos. Ya he
tenido ocasión de hablar de esto y del consiguiente daño para la
comunidad de los fieles. Ahora deseo expresaros sencillamente,
queridos sacerdotes y religiosos, mi cercanía espiritual, al
mismo tiempo que tratáis de responder con esperanza cristiana a
los continuos desafíos surgidos por esta situación. Me siento
unido a vosotros rezando para que éste sea un tiempo de
purificación para cada uno y para cada Iglesia y comunidad
religiosa, y también un tiempo de sanación. Además, os animo a
colaborar con vuestros obispos que siguen trabajando eficazmente
para resolver este problema
Que
nuestro Señor Jesucristo conceda a la Iglesia en América un
renovado sentido de unidad y decisión, mientras todos. -
Obispos, clero, religiosos, religiosas y laicos. - caminan en la
esperanza y en el amor recíproco y para la verdad.
Queridos
amigos, estas consideraciones me llevan a una última observación
sobre esta gran catedral en la que nos encontramos. La unidad de
una catedral gótica, es sabido, no es la unidad estática de un
templo clásico, sino una unidad nacida de la tensión dinámica de
diferentes fuerzas que empujan la arquitectura hacia arriba,
orientándola hacia el cielo. Aquí podemos ver también un símbolo
de la unidad de la Iglesia que es – como nos ha dicho san Pablo
- unidad de un cuerpo vivo compuesto por muchos elementos
diferentes, cada uno con su propia función y su propia
determinación. Aquí vemos también la necesidad de reconocer y
respetar los dones de cada miembro del cuerpo como
“manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Co 12,7).
Ciertamente, en la estructura de la Iglesia querida por Dios se
ha de distinguir entre los dones jerárquicos y los carismáticos
(cf. Lumen gentium, 4). Pero precisamente la variedad y riqueza
de las gracias concedidas por el Espíritu nos invitan
constantemente a discernir cómo estos dones tienen que ser
insertados correctamente en el servicio de la misión de la
Iglesia. Vosotros, queridos sacerdotes, por medio de la
ordenación sacramental, habéis sido conformados con Cristo,
Cabeza del Cuerpo. Vosotros, queridos diáconos, habéis sido
ordenados para el servicio de este Cuerpo. Vosotros, queridos
religiosos y religiosas, tanto los contemplativos como los
dedicados al apostolado, habéis consagrado vuestra vida a seguir
al divino Maestro en el amor generoso y en plena fidelidad a su
Evangelio. Todos vosotros que hoy llenáis esta catedral, así
como vuestros hermanos y hermanas ancianos, enfermos o jubilados
que ofrecen sus oraciones y sus sacrificios para vuestro
trabajo, estáis llamados a ser fuerzas de unidad dentro del
Cuerpo de Cristo. A través de vuestro testimonio personal y de
vuestra fidelidad al ministerio o al apostolado que se os ha
confiado preparáis el camino al Espíritu. Ya que el Espíritu
nunca deja de derramar sus abundantes dones, suscitar nuevas
vocaciones y nuevas misiones, y de dirigir a la Iglesia - como
el Señor ha prometido en el fragmento evangélico de esta mañana
– hacia la verdad plena (cf. Jn 16, 13).
¡Dirijamos, pues, nuestra mirada hacia arriba! Y con gran
humildad y confianza pidamos al Espíritu que cada día nos haga
capaces de crecer en la santidad que nos hará piedras vivas del
templo que Él está levantando justamente ahora en el mundo. Si
tenemos que ser auténticas fuerzas de unidad, ¡esforcémonos
entonces en ser los primeros en buscar una reconciliación
interior a través de la penitencia! ¡Perdonemos las ofensas
padecidas y dominemos todo sentimiento de rabia y de
enfrentamiento! ¡Esforcémonos en ser los primeros en demostrar
la humildad y la pureza de corazón necesarias para acercarnos al
esplendor de la verdad de Dios! En fidelidad al depósito de la
fe confiado a los Apóstoles (cf. 1 Tm 6,20), ¡esforcémonos en
ser testigos alegres de la fuerza transformadora del Evangelio!
¡Queridos
hermanos y hermanas, de acuerdo con las tradiciones más nobles
de la Iglesia en este país, sed también los primeros amigos del
pobre, del prófugo, del extranjero, del enfermo y de todos los
que sufren! ¡Actuad como faros de esperanza, irradiando la luz
de Cristo en el mundo y animando a los jóvenes a descubrir la
belleza de una vida entregada enteramente al Señor y a su
Iglesia! Dirijo este llamado de modo especial a los numerosos
seminaristas y jóvenes religiosas y religiosos aquí presentes.
Cada uno de vosotros tiene un lugar particular en mi corazón. No
olvidéis nunca que estáis llamados a llevar adelante, con todo
el entusiasmo y la alegría que os da el Espíritu, una obra que
otros han empezado, un patrimonio que un día vosotros tendréis
que pasar también a una nueva generación. ¡Trabajad con
generosidad y alegría, porque Aquél a quien servís es el Señor!
Las agujas
de las torres de la catedral de san Patricio han sido muy
superadas por los rascacielos del tipo de Manhattan; sin
embargo, en el corazón de esta metrópoli ajetreada ellas son un
signo vivo que recuerda la constante nostalgia del espíritu
humano de elevarse hacia Dios. En esta Celebración eucarística
queremos dar gracias al Señor porque nos permite reconocerlo en
la comunión de la Iglesia y colaborar con Él, edificando su
Cuerpo místico y llevando su palabra salvadora como buena nueva
a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y después, cuando
salgamos de este gran templo, caminemos como mensajeros de la
esperanza en medio de esta ciudad y en todos aquellos lugares
donde nos ha puesto la gracia de Dios. De este modo la Iglesia
en América conocerá una nueva primavera en el Espíritu e
indicará el camino hacia aquella otra ciudad más grande, la
nueva Jerusalén, cuya luz es el Cordero (cf. Ap 21,23). Por esto
Dios está preparando también ahora un banquete de alegría y de
vida infinitas para todos los pueblos. Amén
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