Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
|
Discurso de Benedicto XVI en el
Encuentro Ecuménico de New York
Ante 250
representantes de otras confesiones cristianas en la Iglesia de
San José, en Nueva York.
19 de abril de 2008
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo:
Mi corazón
rebosa de agradecimiento a Dios, "Padre de todo, que lo
trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo" (Ef
4,6), por esta feliz oportunidad de encontrarme esta tarde
rezando con ustedes. Agradezco al Obispo Dennis Sullivan su
cordial bienvenida, y saludo con afecto a todos los
representantes de las comunidades cristianas diseminadas por los
Estados Unidos. La paz de nuestro Señor y Salvador esté con
todos ustedes.
Por medio
de ustedes quisiera expresar mi sincero aprecio por la obra
inestimable de todos los que están implicados en el ecumenismo:
el National Council of Churches, el Christian Churches
Together, el Catholic Bishops's Secretariat for
Ecumenical and Interreligious Affairs, y otros muchos. La
aportación ofrecida al movimiento ecuménico por los cristianos
de los Estados Unidos es notoria en todo el mundo. Les aliento a
todos a perseverar, confiando siempre en la gracia de Cristo
resucitado, al que nos esforzamos en servir para obtener "la
obediencia de la fe... para gloria de su nombre" (cf. Rm
1,5).
Acabamos
de escuchar el texto de la Escritura en el que Pablo, "el
prisionero por Cristo", formula una vehemente invitación a los
miembros de la comunidad cristiana de Éfeso: "Les ruego,
escribe, que anden como pide la vocación a la que han sido
convocados... esforzándose en mantener la unidad del Espíritu
con el vínculo de la paz" (Ef 4,1-3). Por tanto, al final
de su apasionada invitación a la unidad, Pablo recuerda a sus
lectores que Jesús, una vez ascendido al cielo, ha derramado
sobre los hombres todos los dones necesarios para la edificación
del Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,11-13).
Hoy la
exhortación de Pablo resuena con mayor fuerza. Sus palabras nos
infunden la certeza de que el Señor no nos abandonará jamás en
la búsqueda de la unidad. Nos invitan, además, a vivir de modo
que podamos dar testimonio "pensando y sintiendo lo mismo" (cf.
Hch 4,32), que ha sido siempre la característica de la
koinonia cristiana (cf. Hch 2,42), y la fuerza que
atrae a los que están fuera para entrar a formar parte de la
comunidad de los creyentes, y que también ellos puedan compartir
la "riqueza insondable que es Cristo" (Ef 3,8).
La
globalización ha colocado a la humanidad entre dos extremos. Por
una parte, el sentido creciente de interrelación e
interdependencia entre los pueblos, incluso cuando, hablando en
términos geográficos y culturales, están distantes unos de
otros. Esta nueva situación ofrece la posibilidad de mejorar el
sentido de la solidaridad global y compartir responsabilidades
para el bien de la humanidad. Por otra parte, no se puede negar
que las rápidas mutaciones que suceden en el mundo presentan
también algunos signos desagradables de fragmentación y de
repliegue en el individualismo. El uso cada vez más extendido de
la electrónica en el mundo de las comunicaciones ha comportado
paradójicamente un aumento del aislamiento. Muchos, jóvenes
incluidos, buscan por esta razón formas más auténticas de
comunidad. También es fuente de grave preocupación la difusión
de la ideología secularista, que socava e incluso rechaza la
verdad trascendente. La misma posibilidad de una revelación
divina, y por tanto de la fe cristiana, se ha puesto a menudo en
discusión por tendencias de pensamiento muy difundidas en los
ambientes universitarios, en los medios de comunicación y en la
opinión pública. Por estas razones, es necesario más que nunca
un testimonio fiel del Evangelio. Se pide a los cristianos que
den razón de su esperanza con claridad (cf. 1 Pe 3,15).
Con mucha
frecuencia los no cristianos, al ver la fragmentación de las
comunidades cristianas, quedan confundidos con razón sobre el
mensaje mismo del Evangelio. A veces las creencias y
comportamientos cristianos fundamentales son modificados dentro
de las comunidades por las así llamadas "acciones proféticas",
basadas en una hermenéutica no siempre en consonancia con la
Escritura y la Tradición. Como consecuencia, las comunidades
renuncian a actuar como un cuerpo unido, y prefieren en cambio
actuar según el principio de "las opciones locales". En este
proceso, se pierde la necesidad de una koinonia diacrónica
-la comunión con la Iglesia de todos los tiempos- precisamente
en el momento en el que el mundo ha perdido su orientación y
necesita testimonios comunes y convincentes del poder salvador
del Evangelio (cf. Rm 1,18-23).
Frente a
estas dificultades, en primer lugar, debemos recordarnos que la
unidad de la Iglesia deriva de la perfecta unidad de la
Trinidad. El Evangelio de Juan nos dice que Jesús ha rogado al
Padre para que sus discípulos sean uno, "como tú... en mí y yo
en ti" (cf. Jn 17,21). Este pasaje refleja la firme
convicción de la comunidad cristiana primitiva de que su unidad
era fruto y reflejo de la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. Esto, a su vez, muestra que la cohesión
recíproca de los creyentes se fundaba en la plena integridad de
la confesión de su credo (cf. 1 Tm 1,3-11). En todo el
Nuevo Testamento vemos cómo los Apóstoles fueron llamados
reiteradamente a dar razón de su fe, tanto ante los gentiles
(cf. Hch 17,16-34) como ante los judíos (cf. Hch
4,5-22; 5,27-42). El núcleo central de su argumentación fue
siempre el hecho histórico de la resurrección corporal del Señor
de la tumba (Hch 2,24-32; 3,15; 4,10; 5,30; 10,40;
13,30). La eficacia última de su predicación no dependía de
"palabras rebuscadas" o de "sabiduría humana" (1 Co
2,13), sino más bien de la acción del Espíritu (Ef 3,5),
que confirmaba el testimonio autorizado de los Apóstoles (cf.
1 Co 15,1-11). El núcleo de la predicación de Pablo y de la
Iglesia de los orígenes no fue otro que Jesucristo, y "éste,
crucificado" (1 Co 2,2). Y esta proclamación debía de ser
garantizada por la pureza de la doctrina normativa expresada en
las fórmulas de fe, los símbolos, que articulaban la
esencia de la fe cristiana y constituían el fundamento de la
unidad de los bautizados (cf. 1 Co 15,3-5; Ga
1,6-9; Unitatis redintegratio, 2).
Mis
queridos amigos, la fuerza del kerigma no ha perdido nada
de su dinamismo interior. Sin embargo, debemos preguntarnos si
no se ha atenuado toda su fuerza por una aproximación
relativista a la doctrina cristiana similar a la que encontramos
en las ideologías secularizadas, que, al sostener que solamente
la ciencia es "objetiva", relegan completamente la religión a la
esfera subjetiva del sentimiento del individuo. Los
descubrimientos científicos y sus realizaciones a través del
ingenio humano ofrecen a la humanidad sin duda nuevas
posibilidades de mejora. Esto no significa, sin embargo, que lo
que "puede ser conocido" ha de limitarse a lo que es verificable
empíricamente, ni que la religión esté confinada al reino
cambiante de la "experiencia personal".
La
aceptación de esta línea errónea de pensamiento conduciría a los
cristianos a la conclusión de que en la exposición de la fe
cristiana no es necesario subrayar la verdad objetiva, porque no
hay más que seguir la propia conciencia y escoger la comunidad
que más concuerde con los propios gustos personales. El
resultado de esto se puede observar en la continua proliferación
de comunidades, que con frecuencia evitan estructuras
institucionales y minimizan la importancia de la vida cristiana
en el contexto doctrinal.
También en
el movimiento ecuménico, los cristianos se muestran reacios a
afirmar el papel de la doctrina por temor a que esto sirva sólo
para exacerbar, más que para curar, las heridas de la división.
A pesar de esto, un testimonio claro y convincente de la
salvación que Cristo Jesús ha realizado en favor nuestro debe
basarse en la noción de una enseñanza apostólica normativa, esto
es, una enseñanza que realmente subraye la palabra inspirada de
Dios y sustente la vida sacramental de los cristianos de hoy.
Solamente
"manteniéndose firmes" en la enseñanza segura (cf. 2 Ts
2,15) lograremos responder a los retos que nos asaltan en un
mundo cambiante. Sólo así daremos un testimonio firme de la
verdad del Evangelio y de su enseñanza moral. Éste es el mensaje
que el mundo espera oír de nosotros. Igual que los primeros
cristianos, tenemos la responsabilidad de dar un testimonio
transparente de las "razones de nuestra esperanza", de manera
que los ojos de todos los hombres de buena voluntad se abran
para ver que Dios ha manifestado su rostro (cf. 2 Co
3,12-18) y nos ha permitido acceder a su vida divina a través de
Jesucristo. Sólo Él es nuestra esperanza. Dios ha revelado su
amor a todos los pueblos mediante el misterio de la pasión y
muerte de su Hijo, y nos ha llamado a proclamar que ha
resucitado verdaderamente, que está sentado a la diestra del
Padre y que "de nuevo vendrá en la gloria a juzgar a vivos y
muertos" (Credo niceno).
Que la
palabra de Dios que hemos escuchado esta tarde inflame de
esperanza nuestros corazones en el camino de la unidad (cf.
Lc 24,32). Que este encuentro de oración sea un ejemplo de
la centralidad de la plegaria en el movimiento ecuménico (cf.
Unitatis redintegratio, 8); pues, sin plegaria, las
estructuras, las instituciones y los programas ecuménicos
quedarían despojados de su corazón y de su alma. Demos gracias a
Dios por los progresos realizados por la acción del Espíritu, y
reconozcamos con gratitud los sacrificios espirituales ofrecidos
por tantos como están presentes y por cuantos nos han precedido.
Caminando
tras sus huellas y poniendo la confianza sólo en Dios, espero
que -haciendo mías las palabras del Padre Paul Wattson-
alcanzaremos la "unidad de esperanza, de fe y de amor", la única
que puede convencer al mundo de que Jesucristo es el enviado del
Padre para la salvación de todos.
Gracias a
todos.
|