Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Respuesta de Su
Santidad Benedicto XVI a las preguntas de los obispos
estadounidenses
Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington,
Miércoles 16 de abril de 2008
1. Se
pide al Santo Padre que ofrezca su valoración sobre el reto del
secularismo creciente en la vida pública y sobre el relativismo
en la vida intelectual, así como sus sugerencias para afrontar
dichos desafíos desde el punto de vista pastoral, para poder
llevar a cabo más eficazmente la evangelización.
He tratado
brevemente este tema en mi discurso. Me parece significativo el
hecho de que en América, a diferencia de muchas partes en
Europa, la mentalidad secular no se oponga intrínsecamente a la
religión. Dentro del contexto de la separación entre Iglesia y
Estado, la sociedad americana está siempre marcada por un
respeto fundamental de la religión y de su papel público y, si
se quiere dar crédito a los sondeos, el pueblo americano es
profundamente religioso. Pero no es suficiente tener en cuenta
esta religiosidad tradicional y comportarse como si todo fuese
normal, mientras sus fundamentos se van erosionando lentamente.
Un compromiso serio en el campo de la evangelización no puede
prescindir de un diagnóstico profundo de los desafíos reales que
el Evangelio tiene que afrontar en la cultura americana
contemporánea.
Evidentemente, es esencial una correcta comprensión de la justa
autonomía del orden secular, una autonomía que no puede
desvincularse de Dios Creador ni de su plan de salvación (cf.
Gaudium et spes,
36). Tal vez, el tipo de secularismo de América plantea un
problema particular: mientras permite creer en Dios y respeta el
papel público de la religión y de las Iglesias, reduce
sutilmente sin embargo la creencia religiosa al mínimo común
denominador. La fe se transforma en aceptación pasiva de que
ciertas cosas “allí fuera” son verdaderas, pero sin relevancia
práctica para la vida cotidiana. El resultado es una separación
creciente entre la fe y la vida: el vivir “como si Dios no
existiese”. Esto se ve agravado por un planteamiento
individualista y ecléctico de la fe y la religión: alejándose de
la perspectiva católica de “pensar con la Iglesia”, cada uno
cree tener derecho de seleccionar y escoger, manteniendo los
vínculos sociales pero sin una conversión integral e interior a
la ley de Cristo. Consiguientemente, más que transformarse y
renovarse por dentro, los cristianos caen fácilmente en la
tentación de acomodarse al espíritu mundano (cf. Rm
12,2). Lo hemos constatado de manera punzante en el escándalo
provocado por católicos que promueven un presunto derecho al
aborto.
En un
plano más profundo, el secularismo obliga a la Iglesia a
reafirmar y perseguir todavía más activamente su misión en y
hacia el mundo. Como ha puesto de manifiesto el Concilio, los
laicos tienen una misión particular en este ámbito. Estoy
convencido de que lo que necesitamos es un mayor sentido de la
relación intrínseca entre el Evangelio y la ley natural por una
parte y, por otra, la consecución del auténtico bien humano,
como se encarna en la ley civil y en las decisiones morales
personales. En una sociedad que tiene justamente en alta
consideración la libertad personal, la Iglesia debe promover en
todos los ámbitos de su enseñanza —en la catequesis, la
predicación, la formación en los seminarios y universidades— una
apología encaminada a afirmar la verdad de la revelación
cristiana, la armonía entre fe y razón, y una sana comprensión
de la libertad, considerada en términos positivos como
liberación tanto de las limitaciones del pecado como
para una vida auténtica y plena. En una palabra, el
Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida
integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz,
intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales. La
“dictadura del relativismo”, al fin y al cabo, no es más que una
amenaza a la libertad humana, la cual madura sólo en la
generosidad y en la fidelidad a la verdad.
Naturalmente, se podría añadir mucho más sobre este argumento.
Sin embargo, permítanme concluir diciendo que creo que la
Iglesia en América tiene ante sí en este preciso momento de su
historia el reto de encontrar una visión católica de la realidad
y presentarla a una sociedad que ofrece todo tipo de recetas
para la autorrealización humana de manera atrayente y con
fantasía. En particular, pienso en la necesidad que tenemos de
hablar al corazón de los jóvenes, los cuales, aunque expuestos a
mensajes contrarios al Evangelio, continúan teniendo sed de
autenticidad, de bondad, de verdad. Queda todavía mucho por
hacer en el terreno de la predicación y de la catequesis en las
parroquias y en las escuelas, si se quiere que la evangelización
produzca frutos para la renovación de la vida eclesial en
América.
2. Se
le pregunta al Santo Padre sobre un “cierto proceso silencioso”
mediante el cual los católicos abandonan la práctica de la fe, a
veces con una decisión explícita, pero más a menudo alejándose
quieta y gradualmente de la participación en la Misa y de la
identificación con la Iglesia.
Ciertamente, mucho de todo eso depende de la reducción
progresiva de una cultura religiosa, parangonada en ocasiones de
manera despectiva a un “ghetto”, que podría reforzar la
participación y la identificación con la Iglesia. Como acabo de
decir, uno de los grandes retos para la Iglesia en este País es
el de fomentar una identidad católica no tanto basada en
elementos externos, sino más bien en un modo de pensar y actuar
enraizado en el Evangelio y enriquecido con la tradición viva de
la Iglesia.
Este tema
implica claramente factores como el individualismo religioso y
el escándalo. Pero vayamos al corazón de la cuestión: la fe no
puede sobrevivir si no se alimenta, si no es “activa en la
práctica del amor” (Ga 5,6). ¿La gente tiene hoy
dificultad para encontrar a Dios en nuestras iglesias? ¿Quizás
nuestra predicación se ha vuelto sosa? ¿No será que todo esto se
debe a que muchos han olvidado, o no aprendieron nunca, cómo
rezar en y con la Iglesia?
No hablo
aquí de las personas que dejan la Iglesia en busca de
“experiencias” religiosas subjetivas; éste es un tema pastoral
que se ha de afrontar en sus propios términos. Pienso que
estamos hablando de personas que han perdido el camino sin haber
rechazado conscientemente la fe en Cristo, pero que, por una u
otra razón, no han recibido fuerza vital de la liturgia, de los
Sacramentos, de la predicación. Y, sin embargo, la fe cristiana
es esencialmente eclesial, como sabemos, y sin un vínculo vivo
con la comunidad, la fe del individuo nunca crecerá hasta la
madurez. Volviendo a la cuestión apenas discutida: el resultado
puede ser una apostasía silenciosa.
Déjenme
por tanto hacer dos breves observaciones sobre el problema del
“proceso de abandono”, que espero estimulará ulteriores
reflexiones.
En primer
lugar, como saben, en las sociedades occidentales se hace cada
vez más difícil hablar de manera sensata de “salvación”. Sin
embargo, la salvación —la liberación de la realidad del mal y el
don de una vida nueva y libre en Cristo— está en el corazón
mismo del Evangelio. Hemos de redescubrir, como ya he dicho,
modos nuevos y atractivos para proclamar este mensaje y
despertar una sed de esa plenitud que solamente Cristo puede
dar. En la liturgia de la Iglesia, y sobre todo en el sacramento
de la Eucaristía, es donde se manifiestan estas realidades de
manera más poderosa y se viven en la existencia de los
creyentes; quizás tenemos todavía mucho que hacer para realizar
la visión del Concilio sobre la liturgia como ejercicio del
sacerdocio común y como impulso para un apostolado fructuoso en
el mundo.
En segundo
lugar, debemos reconocer con preocupación el eclipse casi total
de un sentido escatológico en muchas de nuestras sociedades
tradicionalmente cristianas. Como saben, he planteado esta
cuestión en la encíclica
Spe salvi.
Baste decir que fe y esperanza no se limitan a este mundo: como
virtudes teologales, nos unen al Señor y nos llevan hacia el
cumplimiento no solamente de nuestro destino, sino también al de
toda la creación. La fe y la esperanza son la inspiración y la
base de nuestros esfuerzos para prepararnos a la llegada del
Reino de Dios. En el cristianismo no puede haber lugar para una
religión meramente privada: Cristo es el Salvador del mundo y,
como miembros de su Cuerpo y partícipes de sus munera
profético, sacerdotal y real, no podemos separar nuestro amor
por Él del compromiso por la edificación de la Iglesia y la
difusión del Reino. En la medida en que la religión se convierte
en un asunto puramente privado, pierde su propia alma.
Déjenme
concluir afirmando algo obvio. Los campos están ya listos hoy en
día para la siega (cf. Jn 4,35); Dios sigue haciendo
crecer la mies (cf. 1 Co 3,6). Podemos y tenemos que
creer, junto con el difunto Papa Juan Pablo II, que Dios está
preparando una nueva primavera para la cristiandad (cf.
Redemptoris missio,
86). Lo que más se necesita en este específico tiempo de la
historia de la Iglesia en América es la renovación de ese celo
apostólico que inspire a sus pastores a buscar de manera activa
a los extraviados, a curar a quienes han sido heridos y a
reforzar a los débiles (cf. Ez 34,16). Y, como ya he
dicho, eso exige nuevos modos de pensar basados en una diagnosis
de los desafíos actuales y en un esfuerzo por la unidad en el
servicio a la misión de la Iglesia respecto a las generaciones
presentes.
3. Se
pide al Santo Padre que dé su parecer sobre la disminución de
vocaciones, a pesar del crecimiento de la población católica, y
sobre las razones de la esperanza ofrecidas por las cualidades
personales y por la sed de santidad que caracterizan a los
candidatos que deciden continuar.
Seamos
sinceros: la capacidad de suscitar vocaciones al sacerdocio y a
la vida religiosa es un signo seguro de la salud de una Iglesia
local. A este respecto, no queda lugar para complacencia alguna.
Dios sigue llamando a los jóvenes, pero nos corresponde a
nosotros animar una respuesta generosa y libre a esa llamada.
Por otro lado, ninguno de nosotros pueda dar por descontada esa
gracia.
En el
Evangelio, Jesús nos dice que se ha de orar para que el Señor de
la mies envíe obreros; admite incluso que los obreros son pocos
ante la abundancia de la mies (cf. Mt 9,37-38). Parecerá
extraño, pero yo pienso muchas veces que la oración —el unum
necessarium— es el único aspecto de las vocaciones que
resulta eficaz y que nosotros tendemos con frecuencia a
olvidarlo o infravalorarlo.
No hablo
solamente de la oración por las vocaciones. La oración
misma, nacida en las familias católicas, fomentada por programas
de formación cristiana, reforzada por la gracia de los
Sacramentos, es el medio principal por el que llegamos a conocer
la voluntad de Dios para nuestra vida. En la medida en que
enseñamos a los jóvenes a rezar, y a rezar bien, cooperamos a la
llamada de Dios. Los programas, los planes y los proyectos
tienen su lugar, pero el discernimiento de una vocación es ante
todo el fruto del diálogo íntimo entre el Señor y sus
discípulos. Los jóvenes, si saben rezar, pueden tener confianza
de saber qué hacer ante la llamada de Dios.
Se ha hecho notar que hoy hay
una sed creciente de santidad en muchos jóvenes y que, aunque
cada vez en menor número, los que van adelante demuestran un
gran idealismo y prometen mucho. Es importante escucharlos,
comprender sus experiencias y animarlos a ayudar a sus coetáneos
a ver a la necesidad de sacerdotes y religiosos comprometidos,
así como a ver la belleza de una vida de sacrificio y servicio
al Señor y a su Iglesia. A mi juicio, se exige mucho a los
directores y formadores de las vocaciones: hoy más que nunca,
hay que ofrecer a los candidatos una sana formación intelectual
y humana que los capacite no solamente para responder a las
preguntas reales y a las necesidades de sus contemporáneos, sino
también para madurar en su conversión y perseverar en la
vocación mediante un compromiso que dure toda la vida. Como
Obispos, son conscientes del sacrificio que se les pide cuando
les solicitan liberar de sus cometidos a uno de sus mejores
sacerdotes para trabajar en el seminario. Les exhorto a
responder con generosidad por el bien de toda la Iglesia.
Por
último, pienso que saben por experiencia que muchos de vuestros
hermanos sacerdotes son felices en su vocación. Lo que dije en
mi discurso sobre la importancia de la unidad y la colaboración
con el presbiterio se aplica también a este campo. Es necesario
para todos nosotros que se dejen las divisiones estériles, los
desacuerdos y los prejuicios, y que se escuche juntos la voz del
Espíritu que guía a la Iglesia hacia un futuro de esperanza.
Cada uno de nosotros sabe la importancia que ha tenido en la
propia vida la fraternidad sacerdotal; ésta no es solamente algo
precioso que tenemos, sino también un recurso inmenso para la
renovación del sacerdocio y el crecimiento de nuevas vocaciones.
Deseo concluir animándoles a crear oportunidades para un mayor
diálogo y encuentros fraternos entre vuestros sacerdotes,
especialmente los jóvenes. Estoy convencido que eso dará fruto
para su enriquecimiento, para el aumento de su amor al
sacerdocio y a la Iglesia, así como también para la eficacia de
su apostolado.
Con estas
pocas observaciones, les animo una vez más en su ministerio
respecto a los fieles confiados a su solicitud pastoral y les
confío a la entrañable intercesión de María Inmaculada, Madre de
la Iglesia.
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