Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Discurso a los
jóvenes de EEUU en el Seminario St. Joseph de NY
Sábado 19 de abril de 2008
(El mensaje del Papa fue recibido con gran entusiasmo por los
más de 25,000 jóvenes al aire libre)
Queridos Hermanos en el Episcopado,
Queridos jóvenes amigos:
Proclamen a Cristo Señor, “siempre prontos para dar razón de su
esperanza a todo el que se la pidiere” (1 Pe 3,15). Con estas
palabras de la Primera carta de san Pedro, saludo a cada uno de
ustedes con cordial afecto. Agradezco al Señor Cardenal Egan sus
amables palabras de bienvenida y también doy las gracias a los
representantes que han elegido por sus manifestaciones de gozosa
acogida. Dirijo un particular saludo y expreso mi gratitud al
Señor Obispo Walsh, Rector del Seminario de San José, al
personal y a los seminaristas.
Jóvenes amigos, me alegra tener la ocasión de hablar con
ustedes. Lleven, por favor, mis cordiales saludos a los miembros
de sus familias y a sus parientes, así como a sus profesores y
al personal de las diversas Escuelas, Colegios y Universidades a
las que pertenecen. Me consta que muchos han trabajado
intensamente para garantizar la realización de este nuestro
encuentro. Les quedo muy reconocido. Gracias también por haberme
cantado el “Happy Birthday”. Gracias por este detalle
conmovedor; a todos les doy un sobresaliente por la
pronunciación del alemán. Esta tarde quisiera compartir con
ustedes algunas reflexiones sobre el ser discípulo de
Jesucristo; siguiendo las huellas del Señor, nuestra vida se
transforma en un viaje de esperanza.
Tienen delante las imágenes de seis hombres y mujeres ordinarios
que se superaron para llevar una vida extraordinaria. La Iglesia
les tributa el honor de Venerables, Beatos o Santos: cada uno
respondió a la llamada de Dios y a una vida de caridad, y lo
sirvió aquí en las calles y callejas o en los suburbios de Nueva
York. Me ha impresionado la heterogeneidad de este grupo: pobres
y ricos, laicos y laicas –una era una pudiente esposa y madre–,
sacerdotes y religiosas, emigrantes venidos de lejos, la hija de
un guerrero Mohawk y una madre Algonquin, un esclavo haitiano y
un intelectual cubano.
Santa Isabel Ana Seton, Santa Francisca Javier Cabrina, San Juan
Neumann, la beata Kateri Tekakwitha, el venerable Pierre
Toussaint y el Padre Félix Varela: cada uno de nosotros podría
estar entre ellos, pues en este grupo no hay un estereotipo,
ningún modelo uniforme. Pero mirando más de cerca se aprecian
ciertos rasgos comunes. Inflamados por el amor de Jesús, sus
vidas se convirtieron en extraordinarios itinerarios de
esperanza. Para algunos, esto supuso dejar la Patria y
embarcarse en una peregrinación de miles de kilómetros. Para
todos, un acto de abandono en Dios con la confianza de que él es
la meta final de todo peregrino. Y cada uno de ellos ofrecían su
“mano tendida” de esperanza a cuantos encontraban en el camino,
suscitando en ellos muchas veces una vida de fe. Atendieron a
los pobres, a los enfermos y a los marginados en hospicios,
escuelas y hospitales, y, mediante el testimonio convincente que
proviene del caminar humildemente tras las huellas de Jesús,
estas seis personas abrieron el camino de la fe, la esperanza y
la caridad a muchas otras, incluyendo tal vez a sus propios
antepasados.
Y ¿qué ocurre hoy? ¿Quién da testimonio de la Buena Noticia de
Jesús en las calles de Nueva York, en los suburbios agitados en
la periferia de las grandes ciudades, en las zonas donde se
reúnen los jóvenes buscando a alguien en quien confiar? Dios es
nuestro origen y nuestra meta, y Jesús es el camino. El
recorrido de este viaje pasa, como el de nuestros santos, por
los gozos y las pruebas de la vida ordinaria: en vuestras
familias, en la escuela o el colegio, durante vuestras
actividades recreativas y en vuestras comunidades parroquiales.
Todos estos lugares están marcados por la cultura en la que
estáis creciendo. Como jóvenes americanos se les ofrecen muchas
posibilidades para el desarrollo personal y están siendo
educados con un sentido de generosidad, servicio y rectitud.
Pero no necesitan que les diga que también hay dificultades:
comportamientos y modos de pensar que asfixian la esperanza,
sendas que parecen conducir a la felicidad y a la satisfacción,
pero que sólo acaban en confusión y angustia.
Mis años de teenager fueron arruinados por un régimen funesto
que pensaba tener todas las respuestas; su influjo creció
–filtrándose en las escuelas y los organismos civiles, así como
en la política e incluso en la religión– antes de que pudiera
percibirse claramente que era un monstruo. Declaró proscrito a
Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de
los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de
la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho,
vinieron a América precisamente para escapar de este terror.
Demos gracias a Dios, porque hoy muchos de su generación pueden
gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de
la democracia y del respeto de los derechos humanos. Demos
gracias a Dios por todos los que lucharon para asegurar que
puedan crecer en un ambiente que cultiva lo bello, bueno y
verdadero: sus padres y abuelos, sus profesores y sacerdotes,
las autoridades civiles que buscan lo que es recto y justo.
Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario
sería engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido
derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos distingue
como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy dramático en
el Triduo Pascual y lo celebra con gran gozo en el Tiempo
pascual. El que nos indica la vía tras la muerte es Aquel que
nos muestra cómo superar la destrucción y la angustia; Jesús es,
pues, el verdadero maestro de vida (cf. Spe salvi, 6). Su muerte
y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial:
“Tú has renovado el mundo” (Viernes Santo, Oración después de la
comunión). De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima
liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia,
sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios por
nuestro mundo: “Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las
tinieblas del espíritu” (cf. Oración al encender el cirio
pascual).
¿Qué pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las
personas, sobre todo las más vulnerables, encuentran el puño
cerrado de la represión o de la manipulación en vez de la mano
tendida de la esperanza? El primer grupo de ejemplos pertenece
al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los jóvenes
persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso en
los afectados por el abuso de la droga y los estupefacientes,
por la falta de casa o la pobreza, por el racismo, la violencia
o la degradación, en particular muchachas y mujeres. Aunque las
causas de estas situaciones problemáticas son complejas, todas
tienen en común una actitud mental envenenada que se manifiesta
en tratar a las personas como meros objetos: una insensibilidad
del corazón, que primero ignora y después se burla de la
dignidad dada por Dios a toda persona humana. Tragedias
similares muestran también que lo podría haber sido y lo que
puede ser ahora, si otras manos, vuestras manos, hubieran estado
tendidas o se tendiesen hacia ellos. Les animo a invitar a
otros, sobre todo a los débiles e inocentes, a unirse a ustedes
en el camino de la bondad y de la esperanza.
El segundo grupo de tinieblas –las que afectan al espíritu– a
menudo no se percibe, y por eso es particularmente nocivo. La
manipulación de la verdad distorsiona nuestra percepción de la
realidad y enturbia nuestra imaginación y nuestras aspiraciones.
Ya he mencionado las muchas libertades que afortunadamente
pueden gozar ustedes. Hay que salvaguardar rigurosamente la
importancia fundamental de la libertad. No sorprende, pues, que
muchas personas y grupos reivindiquen en voz alta y públicamente
su libertad. Pero la libertad es un valor delicado. Puede ser
malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad
que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de
manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y
del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por
quienes ocultan sus propias intenciones.
¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la
libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona
humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del
individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la
verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de
la verdad se considera como una fuente de discusiones o de
divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito
privado. En lugar de la verdad –o mejor, de su ausencia– se ha
difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo,
se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto
llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una “libertad”
que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A
cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la
libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo
habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual,
a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la
desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al
suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición.
Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de
Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre
podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en
la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona:
Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no
es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”;
nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el “ser
para los otros” de Cristo (cf. Spe salvi, 28).
Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a los otros a caminar por
el camino de la libertad que lleva a la satisfacción plena y a
la felicidad duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De
qué modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las
tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra
en la médula de su fe, de nuestra fe. La encarnación, el
nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de hecho, busca un
sitio entre nosotros. A pesar de que la posada está llena, él
entra por el establo, y hay personas que ven su luz. Se dan
cuenta de lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes y
siguen, en cambio, el brillo de la estrella que los guía en la
noche. ¿Y qué irradia? A este respecto pueden recordar la
oración recitada en la noche santa de Pascua: “¡Oh Dios!, que
por medio de tu Hijo, luz del mundo, nos has dado la luz de tu
gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza” (cf.
Bendición del fuego). De este modo, en la procesión solemne con
las velas encendidas, nos pasamos de uno a otro la luz de
Cristo. Es la luz que “ahuyenta los pecados, lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes,
expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”
(Exsultet). Ésta es la luz de Cristo en acción. Éste es el
camino de los santos. Ésta es la visión magnífica de la
esperanza. La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para
los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de
perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz.
Sin embargo, a veces tenemos la tentación de encerrarnos en
nosotros mismos, de dudar de la fuerza del esplendor de Cristo,
de limitar el horizonte de la esperanza. ¡Ánimo! Miren a
nuestros santos. La diversidad de su experiencia de la presencia
de Dios nos sugiere descubrir nuevamente la anchura y la
profundidad del cristianismo. Dejen que su fantasía se explaye
libremente por el ilimitado horizonte del discipulado de Cristo.
A veces nos consideran únicamente como personas que hablan sólo
de prohibiciones. Nada más lejos de la verdad. Un discipulado
cristiano auténtico se caracteriza por el sentido de la
admiración. Estamos ante un Dios que conocemos y al que amamos
como a un amigo, ante la inmensidad de su creación y la belleza
de nuestra fe cristiana.
Queridos amigos, el ejemplo de los santos nos invita, también, a
considerar cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe:
oración personal y silencio, oración litúrgica, práctica de la
caridad y vocaciones.
Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación
personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la plegaria.
Dios, por virtud de su propia naturaleza, habla, escucha y
responde. En efecto, San Pablo nos recuerda que podemos y
debemos “ser constantes en orar” (cf. 1 Ts 5,17). En vez de
replegarnos sobre nosotros mismos o de alejarnos de los vaivenes
de la vida, en la oración nos dirigimos hacia Dios y, por medio
de Él, nos volvemos unos a otros, incluyendo a los marginados y
a cuantos siguen vías distintas a las de Dios (cf. Spe salvi,
33). Como admirablemente nos enseñan los santos, la oración se
transforma en esperanza en acto. Cristo era su constante
compañero, con quien conversaban en cualquier momento de su
camino de servicio a los demás.
Hay otro aspecto de la oración que debemos recordar: la
contemplación y el silencio. San Juan, por ejemplo, nos dice que
para acoger la revelación de Dios es necesario escuchar y
después responder anunciando lo que hemos oído y visto (cf. 1 Jn
1,2-3; Dei Verbum, 1). ¿Hemos perdido quizás algo del arte de
escuchar? ¿Dejan ustedes algún espacio para escuchar el susurro
de Dios que les llama a caminar hacia la bondad? Amigos, no
tengan miedo del silencio y del sosiego, escuchen a Dios,
adórenlo en la Eucaristía. Permitan que su palabra modele su
camino como crecimiento de la santidad.
En la liturgia encontramos a toda la Iglesia en plegaria. La
palabra “liturgia” significa la participación del pueblo de Dios
en “la obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la
Iglesia” (Sacrosanctum concilium, 7). ¿En qué consiste esta
obra? Ante todo se refiere a la Pasión de Cristo, a su muerte y
resurrección y a su ascensión, lo que denominamos “Misterio
pascual”. Se refiere también a la celebración misma de la
liturgia. Los dos significados, de hecho, están vinculados
inseparablemente, ya que esta “obra de Jesús” es el verdadero
contenido de la liturgia. Mediante la liturgia, “la obra de
Jesús” entra continuamente en contacto con la historia; con
nuestra vida, para modelarla. Aquí percibimos otra idea de la
grandeza de nuestra fe cristiana. Cada vez que se reúnen para la
Santa Misa, cuando van a confesarse, cada vez que celebran uno
de los Sacramentos, Jesús está actuando. Por el Espíritu Santo
los atrae hacia sí, dentro de su amor sacrificial por el Padre,
que se transforma en amor hacia todos. De este modo vemos que la
liturgia de la Iglesia es un ministerio de esperanza para la
humanidad. Vuestra participación colmada de fe es una esperanza
activa que ayuda a que el mundo -tanto santos como pecadores-
esté abierto a Dios; ésta es la verdadera esperanza humana que
ofrecemos a cada uno (cf. Spe salvi, 34).
Su plegaria personal, sus tiempos de contemplación silenciosa y
su participación en la liturgia de la Iglesia les acerca más a
Dios y les prepara también para servir a los demás. Los santos
que nos acompañan esta tarde nos muestran que la vida de fe y de
esperanza es también una vida de caridad. Contemplando a Jesús
en la cruz, vemos el amor en su forma más radical. Comencemos a
imaginar el camino del amor por el que debemos marchar (cf. Deus
caritas est, 12). Las ocasiones para recorrer este camino son
muchas. Miren a su alrededor con los ojos de Cristo, escuchen
con sus oídos, intuyan y piensen con su corazón y su espíritu.
¿Están ustedes dispuestos a dar todo por la verdad y la
justicia, como hizo Él? Muchos de los ejemplos de sufrimiento a
los que nuestros santos respondieron con compasión, siguen
produciéndose todavía en esta ciudad y en sus alrededores. Y han
surgido nuevas injusticias: algunas son complejas y derivan de
la explotación del corazón y de la manipulación del espíritu;
también nuestro ambiente de la vida ordinaria, la tierra misma,
gime bajo el peso de la avidez consumista y de la explotación
irresponsable. Hemos de escuchar atentamente. Hemos de responder
con una acción social renovada que nazca del amor universal que
no conoce límites. De este modo estamos seguros de que nuestras
obras de misericordia y justicia se transforman en esperanza
viva para los demás.
Queridos jóvenes, quisiera añadir por último una palabra sobre
las vocaciones. Pienso, ante todo, en sus padres, abuelos y
padrinos. Ellos han sido sus primeros educadores en la fe. Al
presentarlos para el bautismo, les dieron la posibilidad de
recibir el don más grande de su vida. Aquel día ustedes entraron
en la santidad de Dios mismo. Llegaron a ser hijos e hijas
adoptivos del Padre. Fueron incorporados a Cristo. Se
convirtieron en morada de su Espíritu. Recemos por las madres y
los padres en todo el mundo, en particular por los que de alguna
manera están lejos, social, material, espiritualmente. Honremos
las vocaciones al matrimonio y a la dignidad de la vida
familiar. Deseamos que se reconozca siempre que las familias son
el lugar donde nacen las vocaciones.
Saludo a los seminaristas congregados en el Seminario de San
José y animo también a todos los seminaristas de América. Me
alegra saber que están aumentando. El Pueblo de Dios espera de
ustedes que sean sacerdotes santos, caminando cotidianamente
hacia la conversión, inculcando en los demás el deseo de entrar
más profundamente en la vida eclesial de creyentes. Les exhorto
a profundizar su amistad con Jesús, el Buen Pastor. Hablen con
Él de corazón a corazón. Rechacen toda tentación de ostentación,
hacer carrera o de vanidad. Tiendan hacia un estilo de vida
caracterizado auténticamente por la caridad, la castidad y la
humildad, imitando a Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, del que
deben llegar a ser imágenes vivas (cf. Pastores dabo vobis, 33).
Queridos seminaristas, rezo por ustedes cada día. Recuerden que
lo que cuenta ante el Señor es permanecer en su amor e irradiar
su amor por los demás.
Las Religiosas, los Religiosos y los Sacerdotes de las
Congregaciones contribuyen generosamente a la misión de la
Iglesia. Su testimonio profético se caracteriza por una
convicción profunda de la primacía del Evangelio para plasmar la
vida cristiana y transformar la sociedad. Quisiera hoy llamar su
atención sobre la renovación espiritual positiva que las
Congregaciones están llevando a cabo en relación con su carisma.
La palabra “carisma” significa don ofrecido libre y
gratuitamente. Los carismas los concede el Espíritu Santo que
inspira a los fundadores y fundadoras y forma las Congregaciones
con el consiguiente patrimonio espiritual. El maravilloso
conjunto de carismas propios de cada Instituto religioso es un
tesoro espiritual extraordinario. En efecto, la historia de la
Iglesia se muestra tal vez del modo más bello a través de la
historia de sus escuelas de espiritualidad, la mayor parte de
las cuales se remontan a la vida de los santos fundadores y
fundadoras. Estoy seguro que, descubriendo los carismas que
producen esta riqueza de sabiduría espiritual, algunos de
ustedes, jóvenes, se sentirán atraídos por una vida de servicio
apostólico o contemplativo. No sean tímidos para hablar con
hermanas, hermanos o sacerdotes religiosos sobre su carisma y la
espiritualidad de su Congregación. No existe ninguna comunidad
perfecta, pero es el discernimiento de la fidelidad al carisma
fundador, no a una persona en particular, lo que el Señor les
está pidiendo. Ánimo. También ustedes pueden hacer de su vida
una autodonación por amor al Señor Jesús y, en Él, a todos los
miembros de la familia humana (cf. Vita consecrata, 3).
Amigos, de nuevo les pregunto, ¿qué decir de la hora presente?
¿Qué están buscando? ¿Qué les está sugiriendo Dios? Cristo es la
esperanza que jamás defrauda. Los santos nos muestran el amor
desinteresado por su camino. Como discípulos de Cristo, sus
caminos extraordinarios se desplegaron en aquella comunidad de
esperanza que es la Iglesia. Y también ustedes encontrarán
dentro de la Iglesia el aliento y el apoyo para marchar por el
camino del Señor. Alimentados por la plegaria personal,
preparados en el silencio, modelados por la liturgia de la
Iglesia, descubrirán la vocación particular a la que el Señor
les llama. Acójanla con gozo. Hoy son ustedes los discípulos de
Cristo. Irradien su luz en esta gran ciudad y en otras. Den
razón de su esperanza al mundo. Hablen con los demás de la
verdad que les hace libres. Con estos sentimientos de gran
esperanza en ustedes, les saludo con un “hasta pronto”, hasta
encontrarme de nuevo con ustedes en julio, para la Jornada
Mundial de la Juventud en Sidney. Y, como signo de mi afecto por
ustedes y sus familias, les imparto con alegría la Bendición
Apostólica.
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Queridos Seminaristas, queridos jóvenes:
Es para mí una gran alegría poder encontrarme con todos ustedes
en este día de mi cumpleaños. Gracias por su acogida y por el
cariño que me han demostrado.
Les animo a abrirle al Señor su corazón para que Él lo llene por
completo y con el fuego de su amor lleven su Evangelio a todos
los barrios de Nueva York.
La luz de la fe les impulsará a responder al mal con el bien y
la santidad de vida, como lo hicieron los grandes testigos del
Evangelio a lo largo de los siglos. Ustedes están llamados a
continuar esa cadena de amigos de Jesús, que encontraron en su
amor el gran tesoro de sus vidas. Cultiven esta amistad a través
de la oración, tanto personal como litúrgica, y por medio de las
obras de caridad y del compromiso por ayudar a los más
necesitados. Si no lo han hecho, plantéense seriamente si el
Señor les pide seguirlo de un modo radical en el ministerio
sacerdotal o en la vida consagrada. No basta una relación
esporádica con Cristo. Una amistad así no es tal. Cristo les
quiere amigos suyos íntimos, fieles y perseverantes.
A la vez que les renuevo mi invitación a participar en la
Jornada Mundial de la Juventud en Sidney, les aseguro mi
recuerdo en la oración, en la que suplico a Dios que los haga
auténticos discípulos de Cristo Resucitado. Muchas gracias.
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