Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
|
Mensaje a la Comunidad judía
Centro Juan Pablo II de Washington
Jueves 17 de abril de 2008
Queridos amigos:
Dirijo un especial saludo de paz a la comunidad judía de los
Estados Unidos y de todo el mundo, en los momentos en que
ustedes se están preparando para celebrar la festividad anual de
la Pesah. Mi visita a este país coincide con esta fiesta, y me
permite encontrarme personalmente con ustedes y asegurarles mi
plegaria, mientras recuerdan los signos y prodigios que Dios
realizó para liberar a su pueblo elegido. Impulsado por nuestra
común herencia espiritual, me complace confiarles este mensaje
como signo de nuestra esperanza, fundada en el Todopoderoso y en
su misericordia.
A la comunidad judía en la fiesta de la Pesah
Mi visita a los Estados Unidos me ofrece la ocasión de hacer
llegar un cordial y caluroso saludo a mis hermanos y hermanas
judíos que están en este País y en el mundo entero. Un saludo
repleto de la más intensa espiritualidad porque se acerca la
gran fiesta de la Pesah. «Éste será un día memorable para
vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de
generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para
siempre» (Éxodo 12,14). Aunque la celebración cristiana de la
Pascua difiere en muchos sentidos de vuestra celebración de la
Pesah, la consideramos como una experiencia en continuidad con
la narración bíblica de las grandezas que el Señor ha hecho por
su pueblo.
En este momento de vuestra celebración más solemne, me siento
particularmente cercano, precisamente porque Nostra Aetate hace
una llamada a los cristianos para que recuerden siempre que la
Iglesia «ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por
medio del pueblo con el que Dios, por su inefable misericordia,
se dignó establecer la Antigua Alianza, y no puede olvidar que
se nutre de la raíz del buen olivo en el que se han injertado
las ramas del olivo silvestre que son los gentiles» (N. 4). Al
dirigirme a ustedes, deseo también yo reafirmar la enseñanza del
Concilio Vaticano II sobre las relaciones Católico-Judías y
reiterar el compromiso de la Iglesia por el diálogo, que en los
últimos cuarenta años ha cambiado y mejorado fundamentalmente
nuestras relaciones. Debido a ese aumento de confianza y
amistad, cristianos y judíos pueden alegrarse juntos en la
profunda espiritualidad de la Pascua, un memorial (zikkarôn) de
libertad y redención. Cada año, cuando nosotros escuchamos la
historia de la Pascua, volvemos a esa bendita noche de
liberación. Este tiempo santo del año debe ser una llamada a
nuestras respectivas comunidades a buscar la justicia, la
misericordia, la solidaridad con el extranjero en el territorio,
con la viuda y el huérfano, como ordenó Moisés: «Recuerda que
fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yahveh tu Dios te
rescató de allí. Por eso te mando hacer esto» (Deuteronomio
24,18).
En la Pascua Sèder ustedes evocan los santos patriarcas Abraham,
Isaac y Jacob, y las santas mujeres de Israel, Sara, Rebeca,
Raquel y Lía, inicio del largo linaje de hijos e hijas de la
Alianza. Con el paso del tiempo, la Alianza asume un valor cada
vez más universal, como se expresa en la promesa hecha a
Abraham: «Te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una
bendición... Con tu nombre se bendecirán todas las familias del
mundo» (Génesis 12,2-3). En efecto, según el profeta Isaías la
esperanza de la redención se extiende a toda de humanidad: «y
acudirán pueblos numerosos. Dirán:
“Venid, subamos al monte del Señor, a la Casa del Dios de Jacob,
para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus
senderos» (Isaías 2,3). Dentro de este horizonte escatológico se
ofrece una perspectiva real de hermandad universal por las
sendas de la justicia y la paz, que prepara el camino del Señor
(cf. Isaías 62,10).
Cristianos y judíos comparten esta esperanza; somos
efectivamente, como dicen los profetas, «cautivos» de esperanza
(Zacarías 9,12). Esta vinculación nos permite a los Cristianos
celebrar junto a ustedes, aunque según nuestro modo propio, la
Pascua de la muerte y resurrección de Cristo, que consideramos
inseparable de lo que es propio de ustedes, pues Jesús mismo
dijo: «La salvación viene de los judíos» (Juan 4,22). Nuestra
Pascua y su Pesah, aunque distintas y diferentes, nos une en
nuestra esperanza común centrada en Dios y su misericordia.
Ellas nos instan a cooperar unos con otros, y con todos los
hombres y mujeres de buena voluntad, para hacer de este mundo un
mundo mejor para todos, mientras esperamos el cumplimiento de
las promesas de Dios.
Por consiguiente, ruego con respeto y amistad a la comunidad
judía que acepte mi saludo de Pesah, en un espíritu de apertura
a las posibilidades reales de cooperación que vemos ante
nosotros al contemplar las necesidades urgentes de nuestro
mundo, y al percibir con compasión los sufrimientos por doquier
de millones de nuestros hermanos y hermanas.
Naturalmente, nuestra esperanza compartida de paz en el mundo
comprende el Medio Oriente y la Tierra Santa en particular. Que
la conmemoración de los dones de Dios, que judíos y cristianos
celebran en este tiempo festivo, inspire a todos los
responsables del futuro de esa región –donde han tenido lugar
los acontecimientos que rodean la revelación de Dios– renovados
esfuerzos y, sobre todo, nuevas actitudes y una nueva
purificación de los corazones.
En mi corazón, repito con ustedes el salmo del Hallel pascual
(Salmo 118,1-4), invocando abundantes bendiciones divinas sobre
ustedes:
«Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su
misericordia.
Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia....Digan los
fieles del Señor: eterna es su misericordia».
|