Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
|
Homilía del Papa Benedicto XVI en la Santa Misa en el Estadio de
los Nationals de Washington
Jueves 17 de abril de 2008
Queridos hermanos y hermanas en Cristo
"Paz a ustedes" (Jn 20,19). Con estas palabras, las primeras que
el Señor resucitado dirigió a sus discípulos, les saludo a todos
en el júbilo de este tiempo pascual. Ante todo, doy gracias a
Dios por la gracia de estar entre ustedes. Agradezco en
particular al Arzobispo Wuerl por sus amables palabras de
bienvenida.
Nuestra Misa de hoy retrotrae a la Iglesia en los Estados Unidos
a sus raíces en el cercano Maryland y recuerda el 200
aniversario del primer capítulo de su considerable crecimiento:
la división que hizo mi predecesor el Papa Pío VII de la
Diócesis originaria de Baltimore y la instauración de las
Diócesis de Boston, Bardstown, ahora Louisville, Nueva York y
Filadelfia. Doscientos años después, la Iglesia en América tiene
buenos motivos para alabar la capacidad de las generaciones
pasadas de aglutinar grupos de inmigrantes muy diferentes en la
unidad de la fe católica y en el esfuerzo común por difundir el
Evangelio. Al mismo tiempo, la Comunidad católica en este País,
consciente de su rica multiplicidad, ha apreciado cada vez más
plenamente la importancia de que cada individuo y grupo aporte
su propio don particular al conjunto. Ahora la Iglesia en los
Estados Unidos está llamada a mirar hacia el futuro, firmemente
arraigada en la fe transmitida por las generaciones anteriores y
dispuesta a afrontar nuevos desafíos –desafíos no menos
exigentes de los que afrontaron vuestros antepasados– con la
esperanza que nace del amor de Dios derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo. (cf. Rm 5,5).
En el ejercicio de mi ministerio de Sucesor de Pietro, he venido
a América para confirmaros, queridos hermanos y hermanas, en la
fe de los Apóstoles (cf. Lc 22,32). He venido para proclamar de
nuevo, como lo hizo san Pedro el día de Pentecostés, que
Jesucristo es Señor y Mesías, resucitado de la muerte, sentado a
la derecha del Padre en la gloria y constituido juez de vivos y
muertos (cf. Hch 2,14ss). He venido para reiterar la llamada
urgente de los Apóstoles a la conversión para el perdón de los
pecados y para implorar al Señor una nueva efusión del Espíritu
Santo sobre la Iglesia en este País. Como hemos oído en este
tiempo pascual, la Iglesia ha nacido de los dones del Espíritu
Santo: el arrepentimiento y la fe en el Señor resucitado. Ella
se ve impulsada por el mismo Espíritu en cada época a llevar la
buena nueva de nuestra reconciliación con Dios en Cristo a
hombres y a mujeres de toda raza, lengua y nación (cf. Ap 5,9).
Las lecturas de la Misa de hoy nos invitan a considerar el
crecimiento de la Iglesia en América como un capítulo en la
historia más grande de la expansión de la Iglesia después de la
venida del Espíritu Santo en Pentecostés. En estas lecturas
vemos la unión inseparable entre el Señor resucitado y el don
del Espíritu para el perdón de los pecados y el misterio de la
Iglesia. Cristo ha constituido su Iglesia sobre el fundamento de
los Apóstoles (cf. Ap 21,14), como comunidad estructurada
visible, que es a la vez comunión espiritual, cuerpo místico
animado por los múltiples dones del Espíritu y sacramento de
salvación para toda la humanidad (cf. Lumen gentium, 8). La
Iglesia está llamada en todo tiempo y lugar a crecer en la
unidad mediante una constante conversión a Cristo, cuya obra
redentora es proclamada por los Sucesores de los Apóstoles y
celebrada en los sacramentos. Por otro lado, esta unidad
comporta una "expansión continua", porque el Espíritu incita a
los creyentes a proclamar "las grandes obras de Dios" y a
invitar a todas las gentes a entrar en la comunidad de los
salvados mediante la sangre de Cristo y que han recibido la vida
nueva en su Espíritu.
Ruego también para que este aniversario significativo en la vida
de la Iglesia en los Estados Unidos y la presencia del Sucesor
de Pedro entre vosotros sean para todos los católicos una
ocasión para reafirmar su unidad en la fe apostólica, para
ofrecer a sus contemporáneos una razón convincente de la
esperanza que los inspira (cf. 1 P 3,15) y para renovar su celo
misionero al servicio de la difusión del Reino de Dios.
El mundo necesita el testimonio. ¿Quién puede negar que el
momento actual sea decisivo no sólo para la Iglesia en América,
sino también para la sociedad en su conjunto? Es un tiempo lleno
de grandes promesas, pues vemos cómo la familia humana se
acomuna de diversos modos, haciéndose cada vez más
interdependiente. Al mismo tiempo, sin embargo, percibimos
signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los
fundamentos mismos de la sociedad: signos de alienación, ira y
contraposición en muchos contemporáneos nuestros; aumento de la
violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las
relaciones sociales y creciente olvido de Dios.
También la Iglesia ve signos de grandes promesas en sus
numerosas parroquias sólidas y en los movimientos vivaces, en el
entusiasmo por la fe demostrada por muchos jóvenes, en el número
de los que cada año abrazan la fe católica y en un interés cada
vez más grande por la oración y por la catequesis. Pero, al
mismo tiempo, percibe a menudo con dolor que hay división y
contrastes en su seno, descubriendo también el hecho
desconcertante de que tantos bautizados, en lugar de actuar como
fermento espiritual en el mundo, se inclinan a adoptar actitudes
contrarias a la verdad del Evangelio.
"Señor, manda tu Espíritu y renueva la faz de la tierra" (cf.
Sal 104,30). Las palabras del Salmo responsorial de hoy son una
plegaria que, siempre y en todo lugar, brota del corazón de la
Iglesia. Nos recuerdan que el Espíritu Santo ha sido infundido
como primicia de una nueva creación, de "cielos nuevos y tierra
nueva" (cf. 2 P 3,13; Ap 21, 1) en los que reinará la paz de
Dios y la familia humana será reconciliada en la justicia y en
el amor. Hemos oído decir a san Pablo que toda la creación
"gime" hasta a hoy, en espera de la verdadera libertad, que es
el don de Dios para sus hijos (cf. Rm 8,21-22), una libertad que
nos hace capaces de vivir conforme a su voluntad. Oremos hoy
insistentemente para que la Iglesia en América sea renovada en
este mismo Espíritu y ayudada en su misión de anunciar el
Evangelio a un mundo que tiene nostalgia de una genuina libertad
(cf. Jn 8,32), de una felicidad auténtica y del cumplimiento de
sus aspiraciones más profundas.
Deseo en este momento dirigir una palabra particular de gratitud
y estímulo a todos los que han acogido el desafío del Concilio
Vaticano II, tantas veces repetido por el Papa Juan Pablo II, y
han dedicado su vida a la nueva evangelización. Doy las gracias
a mis hermanos Obispos, a los sacerdotes y diáconos, a los
religiosos y religiosas, a los padres, maestros y catequistas.
La fidelidad y el valor con que la Iglesia en este País logrará
afrontar los retos de una cultura cada vez más secularizada y
materialista dependerá en gran parte de vuestra fidelidad
personal al transmitir el tesoro de nuestra fe católica. Los
jóvenes necesitan ser ayudados para discernir la vía que conduce
a la verdadera libertad: la vía de una sincera y generosa
imitación de Cristo, la vía de la entrega a la justicia y a la
paz. Se ha progresado mucho en el desarrollo de programas
sólidos para la catequesis, pero queda por hacer todavía mucho
más para formar los corazones y las mentes de los jóvenes en el
conocimiento y en el amor del Dios. Los desafíos que se nos
presentan exigen una instrucción amplia y sana en la verdad de
la fe. Pero requieren cultivar también un modo de pensar, una
"cultura" intelectual que sea auténticamente católica, que
confía en la armonía profunda entre fe y razón, y dispuesta a
llevar la riqueza de la visión de la fe en contacto con las
cuestiones urgentes que conciernen el futuro de la sociedad
americana.
Queridos amigos, mi visita en los Estados Unidos quiere ser un
testimonio de "Cristo, esperanza nuestra". Los americanos han
sido siempre un pueblo de esperanza: vuestros antepasados
vinieron a este País con la expectativa de encontrar una nueva
libertad y nuevas oportunidades, y la extensión de territorios
inexplorados les inspiró la esperanza de poder empezar
completamente de nuevo, creando una nueva nación sobre nuevos
fundamentos. Ciertamente, ésta no ha sido la experiencia de
todos los habitantes de este País; baste pensar en las
injusticias sufridas por las poblaciones americanas nativas y de
los que fueron traídos de África por la fuerza como esclavos.
Pero la esperanza, la esperanza en el futuro, forma parte
hondamente del carácter americano. Y la virtud cristiana de la
esperanza –la esperanza derramada en nuestro corazón por el
Espíritu Santo, la esperanza que purifica y endereza de modo
sobrenatural nuestras aspiraciones orientándolas hacia el Señor
y su plan de salvación–, esta esperanza ha caracterizado también
y sigue caracterizando la vida de la comunidad católica en este
País.
En el contexto de esta esperanza nacida del amor y de la
fidelidad de Dios reconozco el dolor que ha sufrido la Iglesia
en América como consecuencia del abuso sexual de menores.
Ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño
producido por dicho abuso. Es importante que se preste una
cordial atención pastoral a los que han sufrido. Tampoco puedo
expresar adecuadamente el daño que se ha hecho dentro de la
comunidad de la Iglesia. Ya se han hecho grandes esfuerzos para
afrontar de manera honesta y justa esta trágica situación y para
asegurar que los niños –a los que nuestro Señor ama
entrañablemente (cf. Mc 10,14), y que son nuestro tesoro más
grande– puedan crecer en un ambiente seguro. Estos esfuerzos
para proteger a los niños han de continuar. Ayer hablé de esto
con vuestros Obispos. Hoy animo a cada uno de ustedes a hacer
cuanto les sea posible para promover la recuperación y la
reconciliación, y para ayudar a los que han sido dañados. Les
pido también que estimen a sus sacerdotes y los reafirmen en el
excelente trabajo que hacen. Y, sobre todo, oren para que el
Espíritu Santo derrame sus dones sobre la Iglesia, los dones que
llevan a la conversión, al perdón y el crecimiento en la
santidad.
San Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, habla de
una especie de oración que brota de las profundidades de
nuestros corazones con suspiros que son demasiado profundos para
expresarlos con palabras, con "gemidos" (Rm 8,26) inspirados por
el Espíritu. Ésta es una oración que anhela, en medio de la
tribulación, el cumplimiento de las promesas de Dios. Es una
plegaria de esperanza inagotable, pero también de paciente
perseverancia y, a veces, acompañada por el sufrimiento por la
verdad. A través de esta plegaria participamos en el misterio de
la misma debilidad y sufrimiento de Cristo, mientras confiamos
firmemente en la victoria de su Cruz. Que la Iglesia en América,
con esta oración, emprenda cada vez más el camino de la
conversión y de la fidelidad al Evangelio. Y que todos los
católicos experimenten el consuelo de la esperanza y los dones
de la alegría y la fuerza infundidos por el Espíritu.
En el relato evangélico de hoy, el Señor resucitado otorga a los
Apóstoles el don del Espíritu Santo y les concede la autoridad
para perdonar los pecados. Mediante el poder invencible de la
gracia de Cristo, confiado a frágiles ministros humanos, la
Iglesia renace continuamente y se nos da a cada uno de nosotros
la esperanza de un nuevo comienzo. Confiemos en el poder del
Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda
división y suscitar vida y libertades nuevas. ¡Cuánta necesidad
tenemos de estos dones! ¡Y qué cerca los tenemos,
particularmente en el Sacramento de la penitencia! La fuerza
libertadora de este Sacramento, en el que nuestra sincera
confesión del pecado encuentra la palabra misericordiosa de
perdón y paz de parte de Dios, necesita ser redescubierta y
ralea propia de cada católico. En gran parte la renovación de la
Iglesia en América depende de la renovación de la regla de la
penitencia y del crecimiento en la santidad: los dos es
inspirado y realizadas por este Sacramento.
"En esperanza fuimos salvados" (Rm 8,24). Mientras la Iglesia en
los Estados Unidos da gracias por las bendiciones de los
doscientos años pasados, invito a ustedes, a sus familias y cada
parroquia y comunidad religiosa a confiar en el poder de la
gracia para crear un futuro prometedor para el Pueblo de Dios en
este País. En el nombre del Señor Jesús les pido que eviten toda
división y que trabajen con alegría para preparar vía para Él,
fieles a su palabra y en constante conversión a su voluntad. Les
exhorto, sobre todo, a seguir a siendo fermento de esperanza
evangélica en la sociedad americana, con el fin de llevar la luz
y la verdad del Evangelio en la tarea de crear un mundo cada vez
más justo y libre para las generaciones futuras.
Quien tiene esperanza ha de vivir de otra manera (cf. Spe Salvi,
2). Que ustedes, mediante sus plegarias, el testimonio de su fe
y la fecundidad de su caridad, indiquen el camino hacia ese
horizonte inmenso de esperanza que Dios está abriendo también
hoy a su Iglesia, más aún, a toda la humanidad: la visión de un
mundo reconciliado y renovado en Jesucristo, nuestro Salvador. A
Él honor y gloria, ahora y siempre. Amén.
* * *
Queridos hermanos y hermanas de lengua española:
Deseo saludarles con las mismas palabras que Cristo Resucitado
dirigió a los apóstoles: "Paz a ustedes" (Jn 20,19). Que la
alegría de saber que el Señor ha triunfado sobre la muerte y el
pecado les ayude a ser, allá donde se encuentren, testigos de su
amor y sembradores de la esperanza que Él vino a traernos y que
jamás defrauda.
No se dejen vencer por el pesimismo, la inercia o los problemas.
Antes bien, fieles a los compromisos que adquirieron en su
bautismo, profundicen cada día en el conocimiento de Cristo y
permitan que su corazón quede conquistado por su amor y por su
perdón.
La Iglesia en los Estados Unidos, acogiendo en su seno a tantos
de sus hijos emigrantes, ha ido creciendo gracias también a la
vitalidad del testimonio de fe de los fieles de lengua española.
Por eso, el Señor les llama a seguir contribuyendo al futuro de
la Iglesia en este País y a la difusión del Evangelio. Sólo si
están unidos a Cristo y entre ustedes, su testimonio
evangelizador será creíble y florecerá en copiosos frutos de paz
y reconciliación en medio de un mundo muchas veces marcado por
divisiones y enfrentamientos.
La Iglesia espera mucho de ustedes. No la defrauden en su
donación generosa. "Lo que han recibido gratis, denlo gratis" (Mt
10,8).
|