Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Encuentro con representantes
de otras religiones
Centro Cultural Juan Pablo II de Washington
Jueves 17 de abril de 2008
Queridos
amigos:
Me alegra
tener la ocasión de encontrarme hoy con ustedes. Agradezco las
palabras de bienvenida del Obispo Sklba y saludo cordialmente a
todos los que están aquí, en representación de las diversas
religiones presentes en los Estados Unidos de América. Muchos de
ustedes han aceptado amablemente la invitación para elaborar las
reflexiones contenidas en el programa de hoy. Les estoy muy
agradecido por las palabras acerca de cómo cada una de sus
tradiciones contribuye a la paz. Gracias a todos.
Este País
tiene una larga historia de colaboración entre las diversas
religiones en muchos campos de la vida pública. Servicios de
oración interreligiosa durante la Fiesta Nacional de Acción de
Gracias, iniciativas comunes en actividades caritativas, una voz
compartida sobre cuestiones públicas importantes: éstas son
algunas formas en que los miembros de diversas religiones se
encuentran para mejorar la comprensión recíproca y promover el
bien común. Aliento a todos los grupos religiosos en América a
perseverar en esta colaboración y a enriquecer de este modo la
vida pública con los valores espirituales que animan su acción
en el mundo.
El lugar
en el que estamos ahora reunidos fue fundado precisamente para
promover este tipo de colaboración. De hecho, el “Pope John Paul
II Cultural Center” desea ofrecer una voz cristiana para “la
búsqueda humana del sentido y objeto de la vida” en un mundo de
“comunidades religiosas, étnicas y culturales diversas” (Mission
Statement). Esta institución nos recuerda la convicción de esta
Nación de que todos los hombres deben ser libres para buscar la
felicidad de manera adecuada a su naturaleza de criaturas
dotadas de razón y de voluntad libre. Los americanos han
apreciado siempre la posibilidad de dar culto libremente y de
acuerdo con su conciencia. Alexis de Tocqueville, historiador
francés y observador de las realidades americanas, estaba
fascinado por este aspecto de la Nación. Subrayó que éste es un
País en el que la religión y la libertad están “íntimamente
vinculadas” en la contribución a una democracia estable que
favorezca las virtudes sociales y la participación en la vida
comunitaria de todos sus ciudadanos. En las áreas urbanas, es
normal que las personas procedentes de sustratos culturales y
religiosos diversos se impliquen de manera conjunta cada día en
entidades comerciales, sociales y educativas. Hoy, jóvenes
cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, budistas, y niños de
todas las religiones se sientan en las aulas de todo el País uno
junto a otro, aprendiendo unos de otros. Esta diversidad da
lugar a nuevos retos que suscitan una reflexión más profunda
sobre los principios fundamentales de una sociedad democrática.
Es de desear que vuestra experiencia anime a otros, siendo
conscientes de que una sociedad unida puede proceder de una
pluralidad de pueblos –E pluribus unum, de muchos, uno–, a
condición de que todos reconozcan la libertad religiosa como un
derecho civil fundamental (cf. Dignitatis humanae, 2). El deber
de defender la libertad religiosa nunca termina. Nuevas
situaciones y nuevos desafíos invitan a los ciudadanos y a los
líderes a reflexionar sobre el modo en que sus decisiones
respetan este derecho humano fundamental. Tutelar la libertad
religiosa dentro de la normativa legal no garantiza que los
pueblos –en particular las minorías– se vean libres de formas
injustas de discriminación y prejuicio. Esto requiere un
esfuerzo constante por parte de todos los miembros de la
sociedad con el fin de asegurar que a los ciudadanos se les dé
la oportunidad de celebrar pacíficamente el culto y transmitir a
sus hijos su patrimonio religioso.
La
transmisión de las tradiciones religiosas a las generaciones
venideras no sólo ayuda a preservar un patrimonio, sino que
también sostiene y alimenta en el presente la cultura que las
circunda. Lo mismo vale para el diálogo entre las religiones:
tanto los que participan en él como la sociedad salen
enriquecidos. En la medida en que crezcamos en la mutua
comprensión, vemos que compartimos una estima por los valores
éticos, perceptibles por la razón humana, que son reconocidos
por todas las personas de buena voluntad. El mundo pide
insistentemente un testimonio común de estos valores.
Por
consiguiente, invito a todas las personas religiosas a
considerar el diálogo no sólo como un medio para reforzar la
comprensión recíproca, sino también como un modo para servir a
la sociedad de manera más amplia. Al dar testimonio de las
verdades morales que tienen en común con todos los hombres y
mujeres de buena voluntad, los grupos religiosos influyen sobre
la cultura en su sentido más amplio e impulsan a quienes nos
rodean, a los colegas de trabajo y los conciudadanos, a unirse
en el deber de fortalecer los lazos de solidaridad. Usando las
palabras del Presidente Franklin Delano Roosevelt, “nada más
grande podría recibir nuestra tierra que un renacimiento del
espíritu de fe”.
Un ejemplo
concreto de la contribución que las comunidades religiosas
pueden ofrecer a la sociedad civil son las escuelas
confesionales. Estas instituciones enriquecen a los niños tanto
intelectual como espiritualmente. Guiados por sus maestros en el
descubrimiento de la dignidad dada por Dios a todo ser humano,
los jóvenes aprenden a respetar las creencias y prácticas
religiosas de los otros, enalteciendo la vida civil de una
nación.
¡Qué
responsabilidad tan grande tienen los líderes religiosos! Ellos
han de impregnar la sociedad con un profundo temor y respeto por
la vida humana y la libertad; garantizar que la dignidad humana
se reconozca y aprecie; facilitar la paz y la justicia; enseñar
a los niños lo que es justo, bueno y razonable.
Hay otro punto
sobre el que deseo detenerme. He notado un interés creciente
entre los gobiernos para patrocinar programas destinados a
promover el diálogo interreligioso e intercultural. Se trata de
iniciativas encomiables. Al mismo tiempo, la libertad religiosa,
el diálogo interreligioso y la educación basada en la fe,
tienden a algo más que a lograr un consenso encaminado a
encontrar caminos para formular estrategias prácticas para el
progreso de la paz. El objetivo más amplio del diálogo es
descubrir la verdad. ¿Cuál es el origen y el destino del género
humano? ¿Qué es el bien y el mal? ¿Qué nos espera al final de
nuestra existencia terrena? Solamente afrontando estas
cuestiones más profundas podremos construir una base sólida para
la paz y la seguridad de la familia humana: “donde y cuando el
hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende
de modo casi natural el camino de la paz” (Mensaje para la
Jornada mundial de la Paz, 2006, 3).
Vivimos en
una época en la que con demasiada frecuencia se marginan estas
preguntas. Sin embargo, jamás se podrán borrar del corazón
humano. A lo largo de la historia, los hombres y las mujeres han
buscado relacionar sus inquietudes con este mundo que pasa. En
la tradición judeocristiana, los Salmos están llenos de
expresiones como éstas: “Mi aliento desfallece” (Sal 143,4; cf.
Sal 6,7; 31,11; 32,4; 38,8; 77,3); “¿Por qué te acongojas, alma
mía, por qué te me turbas?” (Sal 42,6). La respuesta es siempre
de fe: “Espera en Dios, que volverás a alabarlo: ‘Salud de mi
rostro, Dios mío’” (ibíd.; cf. Sal 62,6). Los líderes
espirituales tienen un deber particular, y podríamos decir una
competencia especial, de poner en un primer plano las preguntas
más profundas de la conciencia humana, de despertar a la
humanidad ante el misterio de la existencia humana, de
proporcionar un espacio para la reflexión y la plegaria en un
mundo frenético. Ante estos interrogantes más profundos sobre el
origen y el destino del género humano, los cristianos proponen a
Jesús de Nazaret. Él es, así lo creemos, el Logos eterno, que se
hizo carne para reconciliar al hombre con Dios y revelar la
razón que está en el fondo de todas las cosas. Es a Él a quien
llevamos al forum del diálogo interreligioso. El deseo ardiente
de seguir sus huellas impulsa a los cristianos a abrir sus
mentes y sus corazones al diálogo (cf. Lc 10,25-37; Jn 4,7-26).
Queridos
amigos, en nuestro intento de descubrir los puntos de comunión,
hemos evitado quizás la responsabilidad de discutir nuestras
diferencias con calma y claridad. Mientras unimos siempre
nuestros corazones y mentes en la búsqueda de la paz, debemos
también escuchar con atención la voz de la verdad. De este modo,
nuestro diálogo no se detendrá sólo en reconocer un conjunto
común de valores, sino que avanzará para indagar su fundamento
último. No tenemos nada que temer, porque la verdad nos revela
la relación esencial entre el mundo y Dios. Somos capaces de
percibir que la paz es un “don celestial”, que nos llama a
conformar la historia humana al orden divino. Aquí está la
“verdad de la paz” (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la
Paz, 2006). Como hemos visto, pues, el objetivo más importante
del diálogo interreligioso requiere una exposición clara de
nuestras respectivas doctrinas religiosas. A este respecto, los
colegios, las universidades y centros de estudios son foros
importantes para un intercambio sincero de ideas religiosas. La
Santa Sede, por su parte, intenta impulsar esta tarea importante
por medio del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso,
del Instituto Pontificio de Estudios Árabes e Islámicos, así
como de varias Universidades Pontificias.
Queridos
amigos, dejemos que nuestro diálogo sincero y nuestra
cooperación impulsen a todos a meditar las preguntas más
profundas sobre su origen y destino. Que los miembros de todas
las religiones estén unidos en la defensa y promoción de la vida
y la libertad religiosa en todo el mundo. Y que, dedicándonos
generosamente a este sagrado deber –a través del diálogo y de
tantos pequeños actos de amor, de comprensión y de compasión–
seamos instrumentos de paz para toda la familia humana. Paz a
todos ustedes.
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