Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Encuentro con los Obispos de Estados Unidos de América
Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington
Miércoles 16 de abril de 2008
Queridos Hermanos Obispos:
Grande es mi alegría al saludaros hoy, al principio de mi visita
en este País, a la vez que doy las gracias al Cardenal George
las amables palabras que me ha dirigido en nombre vuestro. Deseo
agradecer a cada uno de vosotros, especialmente a los Oficiales
de la Conferencia Episcopal, el intenso trabajo que ha afrontado
para la preparación de este viaje. Expreso también mi
reconocimiento al personal y a los voluntarios del Santuario
Nacional, los cuales nos han acogido aquí esta tarde.
Los católicos de América son conocidos por su afecto leal a la
Sede de Pedro. Mi visita pastoral aquí es una ocasión para
reforzar ulteriormente los vínculos de comunión que nos unen.
Hemos iniciado con la celebración de la Oración de la Tarde en
esta Basílica dedicada a la Inmaculada Concepción de la
Santísima Virgen María, santuario de especial significado para
los católicos americanos, justo en el corazón de vuestra
Capital. Unidos en oración con María, Madre de Jesús,
encomendamos amorosamente a nuestro Padre celestial al Pueblo de
Dios de cada región de Estados Unidos.
Para las comunidades católicas de Boston, Nueva York, Filadelfia
y Louisville, éste es un año de celebraciones particulares,
puesto que marca el bicentenario de la erección de estas
Iglesias como Diócesis. Me uno a vosotros en la acción de
gracias por los muchos dones celestiales concedidos a la Iglesia
en estos lugares a lo largo de dos siglos. Puesto que el
presente año marca también el bicentenario de la erección de la
sede fundadora, Baltimore, como arquidiócesis, esto me ofrece la
oportunidad de recordar con admiración y gratitud la vida y el
ministerio de John Carroll, primer Obispo de Baltimore y digno
pastor de la comunidad católica en vuestra Nación, independiente
desde hacía poco. Sus incansables esfuerzos por difundir el
Evangelio en el vasto territorio encomendado a su cuidado
pastoral pusieron las bases de la vida eclesial en vuestro País
y permitieron a la Iglesia en América crecer hacia su madurez.
Hoy la comunidad católica que servís es una de las más vastas
del mundo y una de los más influyentes. Cuán importante es, pues,
procurar que vuestra luz brille ante vuestros conciudadanos y en
el mundo “para que vean vuestras buenas obras y den gloria a
vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5, 16).
Muchas personas, entre las cuales John Carroll y sus hermanos
Obispos que ejercieron el ministerio hace dos siglos, llegaron
desde lejanas tierras. La diversidad de sus orígenes está
reflejada en la rica variedad de la vida eclesial de la América
actual. Queridos Hermanos Obispos, deseo animaros, así como a
vuestras comunidades, a seguir acogiendo a los inmigrantes que
se unen hoy a vuestras filas, compartir sus alegrías y
esperanzas, acompañarlos en sus sufrimientos y pruebas, y
ayudarlos a prosperar en su nueva casa. Esto, por otra parte, es
lo que hicieron vuestros conciudadanos durante generaciones. Ya
desde el principio, ellos abrieron las puertas a los
desanimados, a los pobres, a las “masas que se agolparon
anhelando respirar libertad” (cf. Soneto grabado en la Estatua
de la Libertad). Éstas fueron las personas que formaron América.
Entre quienes vinieron aquí para construirse una nueva vida,
muchos fueron capaces de hacer buen uso de los recursos y de las
oportunidades que encontraron, y alcanzar un alto nivel de
prosperidad. En verdad, los ciudadanos de este País son
conocidos por su gran vitalidad y creatividad. Son conocidos
incluso por su generosidad. Después del ataque a las Torres
Gemelas, en septiembre del 2001, y todavía después del huracán
Katrina en el 2005, los americanos han mostrado su
disponibilidad en ayudar a sus hermanos y hermanas necesitados.
A nivel internacional, la contribución ofrecida por el pueblo de
América a las operaciones de socorro y salvamento después del
tsunami de diciembre del 2004 es una nueva muestra de esta
compasión. Permitidme que exprese un particular reconocimiento
por las innumerables formas de asistencia humanitaria ofrecidas
por los católicos americanos a través de las Cáritas católicas y
de otras agencias. Su generosidad ha dado sus frutos en la
atención a los pobres y necesitados, como también en la energía
manifestada en la construcción de la red nacional de parroquias
católicas, hospitales, escuelas y universidades. Todo eso
constituye un sólido motivo para dar gracias.
América es también una tierra de gran fe. Vuestra gente es bien
conocida por el fervor religioso y está orgullosa de pertenecer
a una comunidad orante. Tiene confianza en Dios y no duda en
introducir en los discursos públicos argumentos morales basados
en la fe bíblica. El respeto por la libertad de religión está
profundamente arraigado en la conciencia americana, un dato que
de hecho ha favorecido que este País atrajera generaciones de
inmigrantes a la búsqueda de una casa donde poder dar libremente
culto a Dios según las propias convicciones religiosas.
En este contexto me es grato poner de relieve la presencia entre
vosotros de Obispos de todas las venerables Iglesias orientales
en comunión con el Sucesor de Pedro: os saludo con especial
alegría. Queridos Hermanos, os pido que comuniquéis a vuestras
comunidades mi profundo afecto y la oración incesante, tanto por
ellas como también por tantos hermanos y hermanas que han
quedado en su tierra de origen. Vuestra presencia en este País
recuerda el valiente testimonio por Cristo de numerosos miembros
de vuestras comunidades que a menudo sufren en su propia Patria.
Esto es también una gran riqueza para la vida eclesial en
América, ya que ofrece una vigorosa expresión de la catolicidad
de la Iglesia y de la variedad de sus tradiciones litúrgicas y
espirituales.
En esta fértil tierra, alimentada por tan numerosos y diferentes
manantiales, es donde vosotros, queridos Obispos, estáis
llamados hoy a esparcir la semilla del Evangelio. Esto me lleva
a preguntarme ¿cómo, en el siglo veintiuno, puede un Obispo
cumplir del mejor modo posible el llamado a “renovarlo todo en
Cristo, nuestra esperanza”? ¿Cómo puede guiar a su pueblo al
“encuentro con el Dios vivo”, fuente de aquella esperanza que
transforma la vida de la que habla el Evangelio? (cf. Spe salvi,
4). Quizás necesita derribar ante todo algunas barreras que
impiden este encuentro. Si bien es verdad que este País está
marcado por un auténtico espíritu religioso, la sutil influencia
del laicismo puede indicar sin embargo el modo en el que las
personas permiten que la fe influya en sus propios
comportamientos. ¿Es acaso coherente profesar nuestra fe el
domingo en el templo y luego, durante la semana, dedicarse a
negocios o promover intervenciones médicas contrarias a esta fe?
¿Es quizás coherente para católicos practicantes ignorar o
explotar a los pobres y marginados, promover comportamientos
sexuales contrarios a la enseñanza moral católica, o adoptar
posiciones que contradicen el derecho a la vida de cada ser
humano desde su concepción hasta su muerte natural? Es necesario
resistir a toda tendencia que considere la religión como un
hecho privado. Sólo cuando la fe impregna cada aspecto de la
vida, los cristianos se abren verdaderamente a la fuerza
transformadora del Evangelio.
Para una sociedad rica, un nuevo obstáculo para un encuentro con
el Dios vivo está en la sutil influencia del materialismo, que
por desgracia puede centrar muy fácilmente la atención sobre el
“cien veces más” prometido por Dios en esta vida, a cambio de la
vida eterna que promete para el futuro (Mc 10,30). Las personas
necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo último de su
existencia. Necesitan reconocer que en su interior hay una
profunda sed de Dios. Necesitan tener la oportunidad de
enriquecerse del pozo de su amor infinito. Es fácil ser atraídas
por las posibilidades casi ilimitadas que la ciencia y la
técnica nos ofrecen; es fácil cometer el error de creer que se
puede conseguir con nuestros propios esfuerzos saciar las
necesidades más profundas. Ésta es una ilusión. Sin Dios, el
cual nos da lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar
(cf. Spe salvi, 31), nuestras vidas están realmente vacías. Las
personas necesitan ser llamadas continuamente a cultivar una
relación con Cristo, que ha venido para que tuviéramos la vida
en abundancia (cf. Jn 10,10).
La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequética, el
objeto de nuestra predicación, el centro mismo de nuestro
ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a
establecer y alimentar semejante relación vital con “Jesucristo
nuestra esperanza” (1 Tm 1,1).
En una sociedad que da mucho valor a la libertad personal y a la
autonomía es fácil perder de vista nuestra dependencia de los
demás, como también la responsabilidad que tenemos en las
relaciones con ellos. Esta acentuación del individualismo ha
influenciado incluso a la Iglesia (cf. Spe salvi, 13-15), dando
origen a una forma de piedad que a veces subraya nuestra
relación privada con Dios en detrimento del llamado a ser
miembros de una comunidad redimida. Sin embargo, ya desde el
principio, Dios vio que “no es bueno que el hombre esté solo”
(Gn 2,18). Hemos sido creados como seres sociales que se
realizan solamente en el amor a Dios y al prójimo. Si queremos
tener verdaderamente fija la mirada hacia Él, fuente de nuestra
alegría, tenemos que hacerlo como miembros del Pueblo de Dios
(cf. Spe salvi, 14). Si pareciera que esto va en contra de la
cultura actual, sería sencillamente una nueva prueba de la
urgente necesidad de una renovada evangelización de la cultura.
Aquí en América habéis sido bendecidos con un laicado católico
de considerable variedad cultural, que dedica sus propios y
multiformes talentos al servicio de la Iglesia y de la sociedad
en general. Este laicado mira hacia vosotros para recibir
estímulo, guía y orientación. En una época saturada de
informaciones, la importancia de ofrecer una sólida formación de
la fe no corre el riesgo de ser sobrevalorada. Los católicos
americanos han reconocido, por tradición, un alto valor a la
educación religiosa, tanto en las escuelas como en el conjunto
de los programas de formación para adultos: conviene mantenerlo
y difundirlo. Los numerosos hombres y mujeres que se dedican
generosamente a las obras caritativas han de ser ayudados a
renovar su compromiso mediante una “formación del corazón”: un
“encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y
abra su espíritu al otro” (Deus caritas est, 31). En una época
en que el progreso de las ciencias médicas lleva nueva esperanza
a muchos, pueden darse desafíos éticos impensables
anteriormente. Esto hace que sea más importante que nunca
asegurar una sólida formación en las enseñanzas morales de la
Iglesia para aquellos católicos que trabajan en el ámbito de la
salud. Es necesaria una sabia guía en todos estos campos de
apostolado para que puedan producir frutos abundantes. Si de
verdad quieren promover el bien integral de la persona, ellos
mismos han de renovarse en Cristo nuestra esperanza.
Como anunciadores del Evangelio y guías de la comunidad
católica, vosotros estáis llamados también a participar en el
intercambio de ideas en la esfera pública, para ayudar a modelar
actitudes culturales adecuadas. En un contexto en el que se
aprecia la libertad de palabra y se anima un debate firme y
honesto, se respeta vuestra voz que tiene mucho que ofrecer a la
discusión sobre las cuestiones sociales y morales de la
actualidad. Al promover que el Evangelio sea escuchado de modo
claro, no solamente formáis a las personas de vuestra comunidad,
sino que, en el ámbito de la más vasta platea de la comunicación
de masas, ayudáis a difundir el mensaje de la esperanza
cristiana en todo el mundo.
Está claro que la influencia de la Iglesia en el público debate
se realiza a niveles muy diferentes. En Estados Unidos, como en
otras partes, hay actualmente muchas leyes ya en vigor o en
discusión que suscitan preocupación desde el punto de vista de
la moralidad, y la comunidad católica, bajo vuestra guía, debe
ofrecer un testimonio claro y unitario sobre estas materias. No
obstante, es más importante aún la apertura gradual de las
mentes y de los corazones de la comunidad más amplia a la verdad
moral: aquí hay todavía mucho por hacer. En este ámbito es
crucial el papel de los fieles laicos para actuar como
“levadura” en la sociedad. Sin embargo, no se debe dar por
supuesto que todos los ciudadanos católicos piensen de acuerdo
con la enseñanza de la Iglesia sobre las cuestiones éticas
fundamentales de hoy. Una vez más es vuestro deber procurar que
la formación moral ofrecida a cada nivel de la vida eclesial
refleje la auténtica enseñanza del Evangelio de la vida.
A este respecto, un tema de profunda preocupación para todos
nosotros es la situación de la familia dentro de la sociedad. Es
verdad: el Cardenal George ha recordado antes cómo vosotros
habéis fijado la consolidación del matrimonio y de la vida
familiar entre las prioridades de vuestra atención pastoral en
los próximos años. En el Mensaje de este año para la Jornada
Mundial de la Paz, he hablado de la contribución esencial que
una vida familiar sana ofrece a la paz en y entre las Naciones.
En el hogar familiar se experimentan “algunos elementos
esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y
hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres,
el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son
pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las
necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y,
si fuera necesario, para perdonarlo” (n. 3). La familia, además,
es el lugar primario de la evangelización, en la transmisión de
la fe, ayudando a los jóvenes a apreciar la importancia de la
práctica religiosa y la observancia del domingo. ¿Cómo no
sentirse desconcertados al observar la rápida decadencia de la
familia como elemento básico de la Iglesia y de la sociedad? El
divorcio y la infidelidad están aumentando, y muchos jóvenes
hombres y mujeres deciden retrasar la boda o incluso evitarla
completamente. Algunos jóvenes católicos consideran el vínculo
sacramental del matrimonio poco distinto de una unión civil, o
lo entienden incluso como un simple acuerdo para vivir con otra
persona de modo informal y sin estabilidad. Como consecuencia se
percibe una alarmante disminución de bodas católicas en Estados
Unidos, junto con un aumento de convivencias en las que está
simplemente ausente la recíproca autodonación de los novios a la
manera de Cristo, mediante el sello de una promesa pública de
vivir las exigencias de un compromiso indisoluble para toda la
existencia. En esas circunstancias se les niega a los hijos el
ambiente seguro que necesitan para crecer como seres humanos, e
incluso se niegan a la sociedad aquellos pilares estables que
son necesarios si se quiere mantener la cohesión y el centro
moral de la comunidad.
Como enseñó mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, “el primer
responsable de la pastoral familiar en la diócesis es el obispo…
que debe dedicar interés, atención, tiempo, personas, recursos;
y sobre todo apoyo personal a las familias y a cuantos le ayudan
en el pastoral de la familia” (Familiaris consortio, 73). Es
vuestro deber proclamar con fuerza los argumentos de fe y de
razón que hablan del instituto del matrimonio, entendido como
compromiso para la vida entre un hombre y una mujer, abierto a
la transmisión de la vida. Este mensaje debería resonar ante las
personas de hoy, ya que es esencialmente un “sí” incondicional y
sin reservas a la vida, un “sí” al amor y un “sí” a las
aspiraciones del corazón de nuestra común humanidad, a la vez
que nos esforzamos en realizar nuestro profundo deseo de
intimidad con los demás y con el Señor.
Entre los signos contrarios al Evangelio de la vida que se
pueden encontrar en América, pero también en otras partes, hay
uno que causa profunda vergüenza: el abuso sexual de los
menores. Muchos de vosotros me habéis hablado del enorme dolor
que vuestras comunidades han sufrido cuando hombres de Iglesia
han traicionado sus obligaciones y compromisos sacerdotales con
semejante comportamiento gravemente inmoral. Mientras tratáis de
erradicar este mal dondequiera que suceda, tenéis que sentiros
apoyados por la oración del Pueblo de Dios en todo el mundo.
Justamente dais prioridad a las expresiones de compasión y apoyo
a las víctimas. Es una responsabilidad que os viene de Dios,
como Pastores, la de fajar las heridas causadas por cada
violación de la confianza, favorecer la curación, promover la
reconciliación y acercaros con afectuosa preocupación a cuantos
han sido tan seriamente dañados.
La respuesta a esta situación no ha sido fácil y, como ha
indicado el Presidente de vuestra Conferencia Episcopal, ha sido
“tratada a veces de pésimo modo”. Ahora que la dimensión y
gravedad del problema se comprenden más claramente, habéis
podido adoptar medidas de recuperación y disciplinares más
adecuadas, y promover un ambiente seguro que ofrezca mayor
protección a los jóvenes. Mientras se ha de recordar que la
inmensa mayoría de los sacerdotes y religiosos en América llevan
a cabo una excelente labor por llevar el mensaje liberador del
Evangelio a las personas confiadas a sus cuidados pastorales, es
de vital importancia que los sujetos vulnerables estén siempre
protegidos de cuantos pudieran causarles heridas. A este
respecto, vuestros esfuerzos por aliviarlos y protegerlos están
dando no sólo gran fruto para quienes están directamente bajo
vuestra cuidado pastoral, sino también para toda la sociedad.
No obstante, si queremos que las medidas y estrategias adoptadas
por vosotros alcancen su pleno objetivo, conviene que se
apliquen en un contexto más amplio. Los niños tienen derecho a
crecer con una sana comprensión de la sexualidad y de su justo
papel en las relaciones humanas. A ellos se les debería evitar
las manifestaciones degradantes y la vulgar manipulación de la
sexualidad hoy tan preponderante. Ellos tienen derecho a ser
educados en los auténticos valores morales basados en la
dignidad de la persona humana. Esto nos lleva a considerar la
centralidad de la familia y la necesidad de promover el
Evangelio de la vida. ¿Qué significa hablar de la protección de
los niños cuando en tantas casas se puede ver hoy la pornografía
y la violencia a través de los medios de comunicación
ampliamente disponibles? Debemos reafirmar con urgencia los
valores que sostienen la sociedad, a fin de ofrecer a jóvenes y
adultos una sólida formación moral. Todos tienen un papel que
desarrollar en este cometido, no sólo los padres, los formadores
religiosos, los profesores y los catequistas, sino también la
información y la industria del ocio. Ciertamente, cada miembro
de la sociedad puede contribuir a esta renovación moral y sacar
beneficio de ello. Cuidarse de verdad de los jóvenes y del
futuro de nuestra civilización significa reconocer nuestra
responsabilidad de promover y vivir los auténticos valores
morales que hacen a la persona humana capaz de prosperar. Es
vuestro deber de pastores que tienen como modelo Cristo, el Buen
Pastor, proclamar de modo valiente y claro este mensaje y
afrontar, por tanto, el pecado de abuso en el contexto más vasto
de los comportamientos sexuales. Además, al reconocer el
problema y al afrontarlo cuando sucede en un contexto eclesial,
vosotros podéis ofrecer una orientación a los demás, dado que
esta plaga se encuentra no sólo en vuestras Diócesis, sino
también en cada sector de la sociedad. Esto exige una respuesta
firme y colectiva.
Los sacerdotes necesitan también vuestra guía y cercanía durante
este difícil tiempo. Ellos han experimentado vergüenza por lo
que ha ocurrido y muchos de ellos se dan cuenta de que han
perdido parte de aquella confianza que tenían una vez. No son
pocos los que experimentan una cercanía a Cristo en su Pasión, a
la vez que se esfuerzan por afrontar las consecuencias de esta
crisis. El Obispo, como padre, hermano y amigo de sus
sacerdotes, puede ayudarlos a sacar fruto espiritual de esta
unión con Cristo, haciéndoles tomar conciencia de la consoladora
presencia del Señor en medio de sus sufrimientos, y animándolos
a caminar con el Señor por la senda de la esperanza (cf. Spe
salvi, 39). Como observaba el Papa Juan Pablo II, hace seis
años, “debemos confiar en que este tiempo de prueba lleve a la
purificación de toda la comunidad católica”, que conducirá “a un
sacerdocio más santo, a un episcopado más santo y a una Iglesia
más santa” (Mensaje a los Cardenales de Estados Unidos, 23 abril
2002, 4). Hay muchos signos de que, en el período siguiente, ha
tenido de veras lugar esta purificación. La constante presencia
de Cristo en medio de nuestros sufrimientos está transformando
gradualmente nuestras tinieblas en luz: cada cosa es renovada
realmente en Cristo Jesús, nuestra esperanza.
En este momento una parte vital de vuestra tarea es reforzar las
relaciones con vuestros sacerdotes, especialmente en aquellos
casos en que ha surgido tensión entre sacerdotes y Obispos como
consecuencia de la crisis. Es importante que sigáis
demostrándoles vuestra preocupación, vuestro apoyo y vuestra
guía con el ejemplo. De esta modo los ayudaréis a encontrar al
Dios vivo y los orientaréis hacia aquella esperanza que
transforma la existencia de la que habla el Evangelio.
Si vosotros
mismos vivís de un modo que se configura íntimamente con Cristo,
el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas, animaréis a
vuestros hermanos sacerdotes a dedicarse de nuevo al servicio de
la grey con la generosidad que caracterizó a Cristo. En verdad,
si queremos ir adelante es preciso concentrarse más claramente
en la imitación de Cristo con la santidad de vida. Tenemos que
redescubrir la alegría de vivir una existencia centrada en
Cristo, cultivando las virtudes y sumergiéndonos en la oración.
Cuando los fieles saben que su pastor es un hombre que reza y
dedica la propia vida a su servicio, corresponden con aquel
calor y afecto que alimenta y sostiene la vida de toda la
comunidad.
El tiempo pasado en la oración nunca es desperdiciado, por muy
importantes que sean los deberes que nos apremian por todas
partes. La adoración de Cristo nuestro Señor en el Santísimo
Sacramento prolonga e intensifica aquella unión con Él que se
realiza mediante la Celebración eucarística (cf. Sacramentum
caritatis, 66). La contemplación de los misterios del Rosario
difunde toda su fuerza salvadora conformándonos, uniéndonos y
consagrándonos a Jesucristo (cf. Rosarium Virginis Mariae,
11.15). La fidelidad a la Liturgia de las Horas asegura que todo
nuestro día sea santificado, recordándonos continuamente la
necesidad de permanecer concentrados en cumplir la obra de Dios,
no obstante todas las urgencias o las distracciones que pueden
surgir ante las obligaciones que se han de cumplir. De esta
manera, la devoción nos ayuda a hablar y actuar in persona
Christi, a enseñar, gobernar y santificar a los fieles en el
nombre de Jesús, llevando su reconciliación, su curación y su
amor a todos sus queridos hermanos y hermanas. Esta radical
configuración con Cristo Buen Pastor es el centro de nuestro
ministerio pastoral, y si través de la oración nos abrimos
nosotros mismos a la fuerza del Espíritu, Él nos concederá los
dones que necesitamos para cumplir nuestra enorme tarea, de modo
que no nos preocupemos nunca “de cómo o qué vamos a hablar” (cf.
Mt 10,19).
Al concluir este discurso dirigido a vosotros esta tarde,
encomiendo de manera muy particular a la Iglesia que está en
vuestro País a la materna solicitud y a la intercesión de Maria
Inmaculada, Patrona de Estados Unidos. Que ella, que llevó en su
propio seno la esperanza de todas las Naciones, interceda por el
pueblo de esta Nación, para que todos sean renovados en Cristo
Jesús, su Hijo. Queridos Hermanos Obispos, expreso a cada uno de
vosotros aquí presente mi profunda amistad y mi participación en
vuestras preocupaciones pastorales. A todos vosotros, al clero,
a los religiosos y a los fieles laicos imparto cordialmente la
Bendición Apostólica, prenda de alegría y paz en Cristo
Resucitado.
* * *
1. Se pide al Santo Padre que ofrezca su valoración sobre el
reto del secularismo creciente en la vida pública y sobre el
relativismo en la vida intelectual, así como sus sugerencias
para afrontar dichos desafíos desde el punto de vista pastoral,
para poder llevar a cabo más eficazmente la evangelización.
He tratado brevemente este tema en mi discurso. Me parece
significativo el hecho de que en América, a diferencia de muchas
partes en Europa, la mentalidad secular no se oponga
intrínsecamente a la religión. Dentro del contexto de la
separación entre Iglesia y Estado, la sociedad americana está
siempre marcada por un respeto fundamental de la religión y de
su papel público y, si se quiere dar crédito a los sondeos, el
pueblo americano es profundamente religioso. Pero no es
suficiente tener en cuenta esta religiosidad tradicional y
comportarse como si todo fuese normal, mientras sus fundamentos
se van erosionando lentamente. Un compromiso serio en el campo
de la evangelización no puede prescindir de un diagnóstico
profundo de los desafíos reales que el Evangelio tiene que
afrontar en la cultura americana contemporánea.
Evidentemente, es esencial una correcta comprensión de la justa
autonomía del orden secular, una autonomía que no puede
desvincularse de Dios Creador ni de su plan de salvación (cf.
Gaudium et spes, 36). Tal vez, el tipo de secularismo de América
plantea un problema particular: mientras permite creer en Dios y
respeta el papel público de la religión y de las Iglesias,
reduce sutilmente sin embargo la creencia religiosa al mínimo
común denominador. La fe se transforma en aceptación pasiva de
que ciertas cosas “allí fuera” son verdaderas, pero sin
relevancia práctica para la vida cotidiana. El resultado es una
separación creciente entre la fe y la vida: el vivir “como si
Dios no existiese”. Esto se ve agravado por un planteamiento
individualista y ecléctico de la fe y la religión: alejándose de
la perspectiva católica de “pensar con la Iglesia”, cada uno
cree tener derecho de seleccionar y escoger, manteniendo los
vínculos sociales pero sin una conversión integral e interior a
la ley de Cristo. Consiguientemente, más que transformarse y
renovarse por dentro, los cristianos caen fácilmente en la
tentación de acomodarse al espíritu mundano (cf. Rm 12,2). Lo
hemos constatado de manera punzante en el escándalo provocado
por católicos que promueven un presunto derecho al aborto.
En un plano más profundo, el secularismo obliga a la Iglesia a
reafirmar y perseguir todavía más activamente su misión en y
hacia el mundo. Como ha puesto de manifiesto el Concilio, los
laicos tienen una misión particular en este ámbito.
Estoy convencido de que lo que necesitamos es un mayor sentido
de la relación intrínseca entre el Evangelio y la ley natural
por una parte y, por otra, la consecución del auténtico bien
humano, como se encarna en la ley civil y en las decisiones
morales personales. En una sociedad que tiene justamente en alta
consideración la libertad personal, la Iglesia debe promover en
todos los ámbitos de su enseñanza –en la catequesis, la
predicación, la formación en los seminarios y universidades– una
apología encaminada a afirmar la verdad de la revelación
cristiana, la armonía entre fe y razón, y una sana comprensión
de la libertad, considerada en términos positivos como
liberación tanto de las limitaciones del pecado como para una
vida auténtica y plena. En una palabra, el Evangelio debe ser
predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una
respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los
problemas humanos reales. La “dictadura del relativismo”, al fin
y al cabo, no es más que una amenaza a la libertad humana, la
cual madura sólo en la generosidad y en la fidelidad a la verdad.
Naturalmente, se podría añadir mucho más sobre este argumento.
Sin embargo, permítanme concluir diciendo que creo que la
Iglesia en América tiene ante sí en este preciso momento de su
historia el reto de encontrar una visión católica de la realidad
y presentarla a una sociedad que ofrece todo tipo de recetas
para la autorrealización humana de manera atrayente y con
fantasía. En particular, pienso en la necesidad que tenemos de
hablar al corazón de los jóvenes, los cuales, aunque expuestos a
mensajes contrarios al Evangelio, continúan teniendo sed de
autenticidad, de bondad, de verdad. Queda todavía mucho por
hacer en el terreno de la predicación y de la catequesis en las
parroquias y en las escuelas, si se quiere que la evangelización
produzca frutos para la renovación de la vida eclesial en
América.
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