Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
|
La espiritualidad desde la perspectiva femenina y desde la
óptica de los excluidos
Mª Victòria Molins, Teresiana
1. Curioso y alusivo título
Sí, no puedo negar que el título me ha resultado, al menos,
chocante. Perspectiva femenina y óptica de excluidos. ¿Será
porque esos dos colectivos guardan alguna relación? No es que
quiera ponerme en plan de víctima. Sólo pregunto.
En mi caso, claro está que hablaré desde la perspectiva femenina
porque soy mujer desde que nací.
Pero tengo también una ventaja para ponerme en la segunda óptica
que se pide en esta ponencia: la de los excluidos. Y es que hace
tiempo estoy muy cerca de ellos y vivo los problemas de su
mundo, afectándome continuamente por ellos.
Ahora bien, cuando hablamos de espiritualidad no distingo sexos,
ni lugares sociales. Sí, como dice el título de esta ponencia,
perspectivas. No cabe duda que, incluso mi espiritualidad,
centrada desde la juventud en una escuela determinada, como es
la teresiana, ha ido cambiando al colocarme en una perspectiva y
en una óptica determinada. Ya lo veremos.
La verdad es que me alegra poder centrarme en un tema que me ha
venido interesando desde hace muchos años y en el que he
crecido, en continua adaptación a los tiempos.
Cuando hablamos de una espiritualidad del siglo XXI, los que
hemos vivido durante muchas décadas en el siglo pasado, podemos
colocarnos mejor en esta perspectiva porque tenemos muchos
términos de comparación.
Por otra parte, aunque de suyo, la espiritualidad cristiana no
vincula a ninguna perspectiva ni masculina ni femenina, la
óptica más cercana al mensaje evangélico es precisamente la de
los pobres y excluidos. Trabajando con ellos y viviendo junto a
ellos, creo que me encuentro en un lugar privilegiado para
hablar de espiritualidad del siglo XXI.
2. Espíritu, materia y yo personal
Cuando hablamos de espiritualidad lógicamente hacemos alusión al
espíritu. Y éste nos hemos acostumbrado a contraponerlo a la
materia. Seguramente por influencia platónica, esta división tan
grande y drástica ha marcado la visión del hombre durante muchos
siglos. Esto ha hecho, en muchas ocasiones, que se separara todo
aquello que parecía pertenecer al mundo de lo “espiritual” de lo
que casi se despreciaba como el mundo de “lo material”.
Dejando a un lado la contraposición de San Pablo cuando se
refiere al bien y el mal que hay en nosotros -“espíritu y
carne”-, esa división ha hecho que encerráramos a menudo lo que
llamábamos vida espiritual en un compartimento que nada tenía
que ver con el mundo que nos rodeaba.
Mi propia experiencia fue marcada por ese signo durante muchos
años. Una separación del “mundo”, una extracción de todo aquello
que podía representar lo material, hacía que la espiritualidad
de los años anteriores al Concilio Vaticano II fuese un tanto
desencarnada y ajena a muchas realidades temporales. Lo sé bien
porque que me tocó vivir esta espiritualidad en mi infancia y
primera juventud,
Aunque se hacía notar más en la vida religiosa consagrada,
también afectaba esta separación ala vida laical. Cuando una
joven, como en mi caso, se sentía llamada a vivir la vida del
espíritu en plenitud, creía no tener más que un camino: el del
convento. Si había tenido una fuerte experiencia de Dios que le
acercaba a gustar de Él y de la Palabra con fuerza inexplicable,
creía que debía abandonar todo aquello, que por “mundano” y
material, le separaba de esa espiritualidad.
Cuando se intuía otra postura y se deseaba gustar de otras
cosas, la formación de la época lo presentaba, a menudo, como
tentación que había que desechar.
Creo que en un momento determinado de mi juventud empecé a
entender algo que ahora intento vivir plenamente y desde una
perspectiva mucho más madura, la que da los años...
Descubrí, gracias a las tendencias personalistas de algunos
filósofos como Mounier, Kierkegard, Ortega y Gasset, etc. que el
espíritu es algo más profundo que una simple contraposición a la
materia, es lo que constituye el yo íntimo e irrepetible de la
persona, en donde crece la vida del Espíritu con mayúscula y en
donde se dan las operaciones más elevadas del ser humano.
Pero también entendí que la vida espiritual no era algo
circunscrito a una parte de la realidad humana, sino a toda la
realidad de la persona y lo que le rodea.
Fue a raíz de mi lectura de Teilhard de Chardin cuando comprendí
más profundamente lo que suponía ese crecimiento de la humanidad
hasta la plenitud y por tanto la riqueza de lo que el llamaba
“el medio divino”. Todo está impregnado de Dios y todo puede
llegar a ser espiritual desde nuestra vida si nuestra actitud lo
impregna de ese espíritu que llamamos evangélico y que
constituye la verdadera espiritualidad cristiana. La del mensaje
de la Buena Nueva.
3. Mi perspectiva de mujer
No creo que esta perspectiva añada algo nuevo a la
espiritualidad del siglo si no es precisamente el poder hablar
de ella y el tener un puesto para ser representativa en esta
espiritualidad. Tener voz y voto, opinión y testimonio... Y eso
es algo que durante mucho tiempo, en la Iglesia y en la sociedad
en general, estaba rodeado de dificultades. Lavar los manteles y
poner floreros, o servir a los obispos en el peor de los casos,
era el papel de la mujer en la Iglesia. Pero creo que era un
asunto social no de espiritualidad. Porque la espiritualidad iba
marcada por otros elementos comunes al hombre y a la mujer.
Lo que no estaba claro es cómo podía influirse en la sociedad
desde una espiritualidad en especial laica y femenina. Hace
muchos años descubrí a una mujer excepcional que me ayudó a
entender muchas cosas en este campo de la vida espiritual
encarnada en el mundo. Fue Madaleine Delbrêl, laica de la primer
mitad del siglo XX, que se adelantó a su tiempo. Ella trabajó
como obrera en un mundo comunista, -símbolo en aquel momento del
materialismo frente a cualquier espiritualidad- y quiso
mezclarse en medio de un mundo ateo con su vida llena de Dios,
para ser testimonio desde la propia vida de una riqueza interior
que le cambió por completo.
En los años cincuenta del siglo XX se adelantó al Vaticano II en
su interpretación de la fe en el mundo: “La fe nos encomienda la
misión de introducir en el mundo el amor mismo de Dios con
“medios humanos”, con “maneras de ser humanas”: las de Cristo.
Nos encarga realizar en el mundo una especie de compromiso
temporal del amor eterno de Dios.
Al lado de esto, el resto existe y debe existir, pero la fe
sirve para que Dios ame al mundo a través de nosotros como a
través de su Hijo.” Del libro “La alegría de creer”. MADALEINE
DELBRÊL . Sal Terrae. Santander, 1997
De esta mujer aprendí mucho. Como lo había hecho y lo sigo
haciendo de una de las más grandes mujeres de la historia de la
Humanidad y de la Iglesia, Teresa de Jesús. Ella me enseñó algo
muy importante para una espiritualidad encarnada, a pesar de ser
la más grande mística del siglo XVI y vivir en un convento como
contemplativa: se puede resumir este tipo de espiritualidad en
alguna de sus frases más acertadas: “Obras quiere el Señor”,
“¿Sabéis que es ser espirituales de veras?: Ser siervos de todos
como lo fue Cristo...” (Moradas 5ªs. Y Moradas 6ªs.)
4. Pero fue la óptica de los excluidos la que me enseñó una
espiritualidad actual
Cuando decimos que alguien tiene un “espíritu artista”, o tiene
un “espíritu ahorrador” o bien que tiene un “espíritu comercial”
todos lo entendemos muy bien. Del mismo modo podemos hablar de
tener “espíritu cristiano” que no es otro sino el “el Espíritu
de Jesús”. Y ésa es la auténtica espiritualidad cristiana. No
hay otra. Pero aún así, podemos hablar de una espiritualidad
cristiana actual, o de una determinada época. Quiere eso decir
que, siendo el mismo Espíritu el que mueve, hay unos “signos de
los tiempos”, que pueden hacer que es espíritu de Jesús muestre
distintos matices en unas u otras épocas.
No cabe duda de que en este momento hay una sensibilidad
especial para todo lo que se oponga al desequilibrio de clases
que se va manifestando cada día con más hiriente realidad,
creando distancias cada vez mayores entre Norte, Sur, entre
ricos y pobres. Esto engendra, entre otras cosas, un movimiento
de solidaridad que contrasta con el egoísmo consumista que, por
otra parte, nos domina a todos.
Desde la óptica de los excluidos la espiritualidad se tiñe de
exigencia, no sólo solidaria sino contracultural, oponiéndose al
consumismo, a la injusticia, a todo lo que excluya.... Vivir una
espiritualidad desde el ámbito de los excluidos quiere decir, a
mi entender, estar atenta al grito de los que no tienen voz y
tener en nosotros los sentimientos de Cristo, aquellos por los
que seremos examinados en el último día y que identifican a los
excluidos con el mismo Jesús: “Porque tuve hambre, sed, estaba
desnudo, encarcelado, enfermo... y me atendiste”. Y nos coloca
en la postura que se nos pide en el Evangelio que es
precisamente la contraria a la que todos aspiramos, la del
poder, el dinero, la influencia...: “Sabéis que los que
gobiernan a los pueblos, los tiranizan y que los grandes los
oprimen, pero no ha de ser así entre vosotros; al contrario, el
que quiera subir, ha de ser servidor vuestro, y el que quiera
ser primero, sea esclavo de todos, porque el Hijo del Hombre no
ha venido a ser servido, sino a servir”.
Esta actitud de servicio a los pobres y de ocupar un lugar en
las fronteras, es lo que marca una de las características más
inteligibles del mensaje evangélico y de la espiritualidad del
siglo XXI.
Se ha dicho mucho que los pobres nos evangelizan. Y yo creo que
esta frase ya estereotipada nos lleva a una realidad profunda. Y
es que, junto a ellos y con ellos, el mandamiento del amor se
hace más inteligible. Y cuando tus propios intereses llegan a
tener menos espacio porque lo ocupan aquellos a quienes amas, la
vida cambia por completo, el Evangelio se entiende mejor y ocupa
en nuestra vida un lugar de exigencia que antes no tenía.
Pero hay algo más. Cuando aquí, en el Primer Mundo, hablamos de
los excluidos, nos referimos a los que nosotros, en nuestra
sociedad de consumo, en nuestras sociedades de opulencia, hemos
dejado relegados por un complejo de problemas económicos y
sociales. Es evidente que las bolsas de pobreza de lo que
llamamos el Cuarto Mundo aumentan. Y ahora se hacen alarmantes
con la llegada masiva de inmigrantes que han tenido que dejar su
país por los mismos motivos excluyentes, llamémosle
globalización o como queramos.
En ese mundo desestructurado y excluyente, los marginados están
también al margen de los grandes valores de la existencia, a
donde les ha lanzado nuestro egoísmo. Siempre me ha angustiado
el hecho de que en nuestras Iglesias sólo tienen un lugar: en la
puerta y con la mano extendida.
Hablamos de ver el rostro de Dios en los pobres. Pero creo que
una espiritualidad de hoy, en este mundo sin fe, y a menudo sin
esperanza, nos llama a que los pobres vean el rostro de Dios en
nosotros. Sólo a través del amor que nosotros podamos darles,
van a reconocer el amor de Dios que el Espíritu ha derramado en
nuestros corazones. Porque, como dice San Juan, “a Dios nadie le
ha visto, pero si nos amamos mutuamente, Dios está en nosotros y
su amor se está realizando en nosotros...”
Esto es lo que he experimentado en muchas ocasiones y lo que ha
cambiado mi vida y mi espiritualidad. ¡Cuántas lecciones he
recibido de personas que no se lo pueden ni imaginar! Sin hablar
directamente de Dios, he podido experimentar que el lenguaje del
amor es el más claro y evidente y el que lleva a la fuente del
amor, Dios.
Si ésta no es la espiritualidad del siglo XXI, el Evangelio no
tendrá vigencia en un mundo descristianizado. Y eso, estoy
segura, no puede darse porque lo dijo Jesús: “El cielo y la
tierra pasarán, pero mis palabras, no pasarán...
|