Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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La Espiritualidad en el Siglo XXI
Juan Yzuel
"¿Escribir sobre Espiritualidad? ¿Estáis en vuestro cabales?”
Esta podría ser la reacción de algunas personas ante las
reflexiones que presentamos en este nuevo número de Discípulos.
El atentado de las torres gemelas de Nueva York, la guerra de
Afganistán, la crisis económica y la inseguridad, la sangrante
herida de Palestina y muchos otros temas han acaparado tanto
nuestra atención y han alterado en tal manera nuestras
prioridades que plantearnos hablar de espiritualidad ante las
consecuencias de estos cambios parece colocarnos en una posición
de alejamiento de la realidad. Sin embargo, es en estos momentos
cuando más nos debemos plantear las cuestiones fundamentales de
nuestra opción cristiana, nuestra espiritualidad. Con Karl
Rahner, el teólogo más importante del Concilio Vaticano II,
queremos seguir afirmando: El siglo XXI será espiritual,
contemplativo, místico... o no será.
La palabra espiritualidad evoca muchas ideas diferentes que
responden, a su vez, a diversos modelos antropológicos y formas
de concebir la vida cristiana. Frente a una concepción dualista
de la persona (compuesta de alma y cuerpo), y una teología que
coloca a Dios –y lo espiritual- en un cielo lejano a “los gozos
y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres
de nuestro tiempo...” (Gaudium et Spes, 1), definiremos
espiritualidad como la forma de vida del discípulo de Jesús que
se deja guiar por su Espíritu.
La espiritualidad no es sólo la vida de oración. No es una parte
de la vida cristiana, el rato que dedicamos a hacer silencio o a
nuestras devociones privadas, sino el conjunto de nuestra vida,
en todas sus dimensiones. Una vida verdaderamente cristiana,
espiritual, integrará esta dimensión con el resto de las
dimensiones del ser humano: política, social, económica,
familiar, sexual, racional,... La vida entera está llamada a ser
vivida bajo la inspiración del Espíritu de Jesús.
A lo largo de la historia de la Iglesia el Espíritu ha ido
animando a personas y comunidades a descubrir nuevos acentos y
formas de vivir. Algunas de estas formas de vida o
“espiritualidades” han tenido una importancia decisiva. Basta
recordar el movimiento franciscano en la Edad Media. La pregunta
que nos inquieta ahora es: ¿podemos, al menos, clarificar
algunos de los elementos que una espiritualidad cristiana en el
siglo XXI?
Para comenzar andar es necesario, como nos pide Jesús en el
Evangelio, revisar lo que hay en nuestra bolsa para quedarnos
con lo mejor y aligerar lo que es peso inútil. La espiritualidad
del siglo XX se ha ido viendo iluminada, sin lugar a dudas, por
las reivindicaciones de los grandes movimientos de renovación
que desembocaron en el Concilio Vaticano II: el bíblico, el
litúrgico, el ecuménico, el comunitario, el carismático, el
catecumenal. A ellos hay que añadir la conciencia afinada o
despertada por todos los movimientos de liberación, en especial
el obrero, el feminista, el homosexual, el Negro y el de los
pueblos del Tercer Mundo. Que no falte, además, la sal de la
nueva conciencia ecológica y planetaria, mitad globalizada,
mitad nacionalista (entendiendo el nacionalismo como la defensa
en diálogo de lo que cada cultura y pueblo aporta a la gran
familia humana: su lengua, constumbres, tradiciones,
idiosincrasia...).
Una espiritualidad para el siglo XXI debe ser evangélica, poner
a Jesús en el centro y tener en el discipulado, en el
seguimiento activo de Jesús desde una comunidad, el modelo más
eficiente sobre el que construir esa vida inspirada por el
Espíritu Santo y en permanente búsqueda de la voluntad del Padre
en un mundo que es nuestro reto y lugar teológico permanente.
Una espiritualidad renovada debe recobrar la presencia de las
disciplinas espirituales, herramientas o prácticas que nos
permiten responder al Señor y ser más maleables al Espíritu.
Entre ellas hemos de redescubrir la importancia de la oración
personal y comunitaria, cuyos cimientos son el silencio y la
soledad. En un mundo incapaz de “cerrar la puerta” para hablar
al Padre en lo escondido, ¿cómo plantear una vida interior rica
y profunda? Hemos de recuperar el sentido profundo y cristiano
(no siempre se han practicado cristianamente) de otras
disciplinas ascéticas como la meditación, el ayuno y la
abstinencia (cada uno sabe de qué debe ayunar pues conoce debe
conocer los apegos de su corazón), la penitencia, la limosna,
las obras de misericordia... Hemos, finalmente, de revalorar el
acompañamiento espiritual, limpiando las resistencias que
llevaron a la desaparición del modelo de dirección espiritual
directivista e infantilizadora.
En resumen, hemos de caminar hacia una espiritualidad que nos
lleve del inmovilismo tradicionalista al conocimiento y respeto
por la tradición desde la obediencia creativa al Espíritu, una
espiritualidad radicalmente laica y de discipulado basada en la
Palabra de Dios, profundamente contemplativa, encarnada en la
realidad cultural, política y social desde la opción por los
pobres, con una nueva visión del ser humano, desde una
concepción positiva de la sexualidad y el matrimonio, creadora
de intimidad y silencio, capaz de admiración ante la naturaleza,
con una opción por la sencillez de vida frente al consumismo,
vivida desde los sacramentos, en diálogo ecuménico y desde la
integración del trabajo y el ocio.
En los artículos que ofrecemos se nos explican un poco más
algunas de estas ideas. Esperamos que os resulten positivas,
útiles y fáciles de asimilar para que creen verdadera vida en el
Espíritu.
Bibliografía
Estrada Díaz, Juan Antonio. La espiritualidad de los laicos
en una eclesiología de comunión. Madrid: Ediciones Paulinas,
1992.
juanyzuel@ciberiglesia.net
www.ciberiglesia.net/discipulos
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