Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Sobre algunas cuestiones relativas al
compromiso y la conducta de los católicos en la vida política
La Congregación para la Doctrina de la Fe, oído el parecer del
Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno
publicar la presente “Nota doctrinal sobre algunas cuestiones
relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la
vida política”. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia
Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a
todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida
pública y política en las sociedades democráticas.
I. Una enseñanza constante
1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de
historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha
sido el de la participación en la acción política: Los
cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros
siglos, «cumplen todos sus deberes de ciudadanos».[1] La Iglesia
venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han
servido a Dios a través de su generoso compromiso en las
actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás
Moro, proclamado Patrón de los Gobernantes y Políticos, que supo
testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la
conciencia»[2]. Aunque sometido a diversas formas de presión
psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar «la
constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones»que lo
distinguía, afirmó con su vida y su muerte que«el hombre no se
puede separar de Dios, ni la política de la moral»[3].
Las actuales sociedades democráticas, en las que loablemente[4]
todos son hechos partícipes de la gestión de la cosa pública en
un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y más amplias
formas de participación en la vida pública por parte de los
ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden
contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores
y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las
orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según
ellos, favorecen mayormente el bien común.[5] La vida en un
sistema político democrático no podría desarrollarse
provechosamente sin la activa, responsable y generosa
participación de todos, «si bien con diversidad y
complementariedad de formas, niveles, tareas yresponsabilidades»[6].
Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de
acuerdo con su conciencia cristiana»,[7] en conformidad con los
valores que son congruentes con ella, los fieles laicos
desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente
el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima
autonomía,[8] y cooperando con los demás, ciudadanos según la
competencia específica y bajo la propia responsabilidad.[9]
Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano
II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la
participación en la “política”; es decir, en la multiforme y
variada acción económica, social, legislativa, administrativa y
cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el
bien común»,[10] que comprende la promoción y defensa de bienes
tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad,
el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la
solidaridad, etc.
La presente Nota no pretende reproponer la entera enseñanza de
la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus
líneas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Católica, sino
solamente recordar algunos principios propios de la conciencia
cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los
católicos en las sociedades democráticas.[11] Y ello porque, en
estos últimos tiempos, a menudo por la urgencia de los
acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y
posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación de
aspectos y dimensiones importantes de la cuestión.
II. Algunos puntos críticos en el actual debate cultural y
político
2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo
proceso cultural que marca el fin de una época y la
incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes
conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a
comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el
progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La
mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es
ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente
sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible
callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que
algunas tendencias culturales tratan de orientar las
legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las
futuras generaciones.
Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se
hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético,
que determina la decadencia y disolución de la razón y los
principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como
consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en
declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal
pluralismo ético es la condición de posibilidad de la
democracia[12]. Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos
reivindican la más completa autonomía para sus propias
preferencias morales, mientras que, por otra parte, los
legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes
que prescinden de los principios de la ética natural,
limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones
culturales o morales transitorias,[13] como si todas las
posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo
tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una
buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que
renuncien a contribuir a la vida social y política de sus
propios Países, según la concepción de la persona y del bien
común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de
los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a
disposición de todos los miembros de la comunidad política. La
historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está
de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis
relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada
en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene
que someter toda concepción del hombre, del bien común y del
Estado.
3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que
ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de
elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la
ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se
conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad
política no está ni puede estar basada en la idea relativista
según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre
son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el
hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso
hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien
humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico,
tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las
orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso
moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de
los hechos particulares y de la diversidad de las
circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones
concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones
temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de
cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de
pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo
exija la fe o la ley moral.[14] Si el cristiano debe «reconocer
la legítima pluralidad de opiniones temporales»,[15] también
está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en
clave de relativismo moral, nociva para la misma vida
democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos
y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza
y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”.
En el plano de la militancia política concreta, es importante
hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en
materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente
posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un
mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar
de manera diferente algunos principios básicos de la teoría
política, y la complejidad técnica de buena parte de los
problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda
darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar
los católicos para ejercitar – particularmente por la
representación parlamentaria – su derecho-deber de participar en
la construcción de la vida civil de su País.[16] Esta obvia
constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un
indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y
los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La
legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la
matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la
política, que hace referencia directa a la doctrina moral y
social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos
están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de
que la propia participación en la vida política esté
caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las
realidades temporales.
La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque
sin duda expresa mejor la participación directa de los
ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la
medida en que se funda sobre una recta concepción de la
persona.[17] Se trata de un principio sobre el que los católicos
no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se
menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la
unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura
democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse
sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la
centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo
demás, lo que hace posible la participación democrática. Como
enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la
persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como
individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar
activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública»[18].
4. A partir de aquí se extiende la compleja red de problemáticas
actuales, que no pueden compararse con las temáticas tratadas en
siglos pasados. La conquista científica, en efecto, ha permitido
alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la
necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera
coherente y sólida, los principios éticos. Se asiste, en cambio,
a tentativos legislativos que, sin preocuparse de las
consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de
los pueblos en la formación de la cultura y los comportamientos
sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad
de la vida humana. Los católicos, en esta grave circunstancia,
tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el
sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos
tienen ante ella. Juan Pablo II, en línea con la enseñanza
constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes
se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la
«precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la
vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la
imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de
semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido
apoyarlas con el propio voto.[19] Esto no impide, como enseña
Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del
caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una
ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación,
que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al
aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su
apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y
disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y
de la moralidad pública».[20]
En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien
formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la
realización de un programa político o la aprobación de una ley
particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a
los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las
verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico
el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la
totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a
favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia
no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del
bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar
en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de
Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda
ser anunciada y realizada.
Cuando la acción política tiene que ver con principios morales
que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es
cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado
de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e
irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en
juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral
de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia
de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia
al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que
deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su
concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que
insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del
embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y
la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico
entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y
estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la
familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de
convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales,
reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en
la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido
además en las Declaraciones internacionales de los derechos
humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de
los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas
formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la
explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este
elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una
economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en
el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad
humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos,
respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las
familias y de las asociaciones, así como su ejercicio».[21]
Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el
gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a
veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos,
se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de
las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia
y efecto de la caridad»;[22] exige el rechazo radical y absoluto
de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso
constante y vigilante por parte de los que tienen la
responsabilidad política.
III. Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el
pluralismo
5. Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la
utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen
sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin
embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los
laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o
menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas
fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en
sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas
están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral
natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una
profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las
confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio
desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la
sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política
debe hacer también referencia a principios dotados de valor
absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad
de la persona y del verdadero progreso humano.
6. La frecuentemente referencia a la “laicidad”, que debería
guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación
no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien
común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la
“confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina
moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la
esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica –
nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido
por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización
alcanzado.[23] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia
contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión
entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son
particularmente delicadas las situaciones en las que una norma
específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en
ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción
entre las competencias de la religión y las de la sociedad
política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de
hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar
otros derechos humanos inalienables».[24] Todos los fieles son
bien conscientes de que los actos específicamente religiosos
(profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos,
doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las
autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la
competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para
exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público.
El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la
administración de servicios públicos no pueden ser condicionados
por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por
parte de los ciudadanos.
Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que
tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar
sinceramente la verdad y promover y defender, con medios
lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia,
la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de
la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también
sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil
y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con
ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y
la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la
adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad”
indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades
que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en
sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo
por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un
error confundir la justa autonomía que los católicos deben
asumir en política, con la reivindicación de un principio que
prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia.
Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia
no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de
opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca,
en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la
conciencia de los fieles, sobre todo de los que están
comprometidos en la vida política, para que su acción esté
siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del
bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una
intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea
ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles
laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede
haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida
“espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la
denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del
trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y
de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo,
da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En
efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio
de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la
manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para
gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad,
situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia
profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega
a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y
político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura–
constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio
de la fe, de la esperanza y de la caridad”».[25] Vivir y actuar
políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un
acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en
una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de
los cristianos para que, a través de la política, se instaure un
ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la
persona humana.
En las sociedades democráticas todas las propuestas son
discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del
respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el
deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia
conciencia un motivo para descalificarlos políticamente,
negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con
las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en
una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en
efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y
cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de
una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una
anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma
alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el
débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La
marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería
ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la
concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en
peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la
civilización.[26]
IV. Consideraciones sobre aspectos particulares
7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el
seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiración
católica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y
movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a
la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas
fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo
contradictorios con los principios básicos de la conciencia
cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u
organizaciones que se definen católicas. Análogamente, hay que
hacer notar que en ciertos países algunas revistas y periódicos
católicos, en ocasión de toma de decisiones políticas, han
orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente,
induciendo a error acerca del sentido de la autonomía de los
católicos en política y sin tener en consideración los
principios a los que se ha hecho referencia.
La fe en Jesucristo, que se ha definido a sí mismo «camino,
verdad y vida» (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de
entregarse con mayor diligencia en la construcción de una
cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio
de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad
de presentar en términos culturales modernos el fruto de la
herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se
presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además,
entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. Por
otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura
experiencia de compromiso político que los católicos han sabido
desarrollar en distintos países, especialmente en los decenios
posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar
complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la
historia reciente ha demostrado débiles o radicalmente fallidas.
Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de
los católicos se deba limitar a una simple transformación de las
estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de
acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la
fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre
fundamentos frágiles.
La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos
socio-políticos en un esquema rígido, conciente de que la
dimensión histórica en la que el hombre vive impone verificar la
presencia de situaciones imperfectas y a menudo rápidamente
mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones
políticas y los comportamientos que se inspiran en una visión
utópica, la cual, cambiando la tradición de la fe bíblica en una
especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje
religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza
solamente terrena, que anula o redimensiona la tensión cristiana
hacia la vida eterna.
Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no
existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o
juntas perecen miserablemente», ha escrito Juan Pablo II.[27] En
una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se
la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio
auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al
individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la
persona y de la entera sociedad.
8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la
opinión pública corriente no siempre percibe o formula con
exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial
a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración
Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la
dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en
una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas
culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que
«el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad
religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y
todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o
menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona
humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones
externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de
la verdadera religión y en la adhesión a ella».[29] La
afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad
religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del
indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la
doctrina católica,[30] sino que le es plenamente coherente.
V. Conclusión
9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren
iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de
vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y
vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio
Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a «cumplir con fidelidad
sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu
evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no
tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura,
consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse
cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más
perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal
de cada uno». Alégrense los fieles cristianos«de poder ejercer
todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del
esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico,
con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo
coopera a la gloria de Dios».[31]
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de
noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la
Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea
publicada.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación por la Doctrina de
la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jesús
Cristo, Rey del universo.
XJOSEPH CARD. RATZINGER
Prefecto
XTARCISIO BERTONE, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario
Notas
[1]CARTA A DIOGNETO, 5, 5, Cfr. Ver también Catecismo de la
Iglesia Católica, n. 2240.
[2]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la
proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y
Políticos, n. 1, AAS 93 (2001) 76-80.
[3]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la
proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y
Políticos, n. 4.
[4]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et
spes, n 31; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1915.
[5]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et
spes, n 75.
[6]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici,
n. 42, AAS 81 (1989) 393-521. Esta nota doctrinal se refiere
obviamente al compromiso político de los fieles laicos. Los
Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios
morales también en el orden social; «sin embargo, la
participación activa en los partidos políticos está reservada a
los laicos» (JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica
Christifideles laici, n. 69). Cfr. Ver también CONGREGACIÓN PARA
EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los
presbíteros, 31-I-1994, n. 33.
[7]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes,
n 76.
[8]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et
spes, n 36.
[9]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem,
7; Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 36 y Constitución
Pastoral Gaudium et spes, nn. 31 y 43.
[10]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici,
n. 42.
[11]En los últimos dos siglos, muchas veces el Magisterio
Pontificio se ha ocupado de las cuestiones principales acerca
del orden social y político. Cfr. LEÓN XIII, Carta Encíclica
Diuturnum illud, ASS 20 (1881/82) 4ss; Carta Encíclica Immortale
Dei, ASS 18 (1885/86) 162ss, Carta Encíclica Libertas
præstantissimum, ASS 20 (1887/88) 593ss; Carta Encíclica Rerum
novarum, ASS 23 (1890/91) 643ss; BENEDICTO XV, Carta Encíclica
Pacem Dei munus pulcherrimum, AAS 12 (1920) 209ss; PÍO XI, Carta
Encíclica Quadragesimo anno, AAS 23 (1931) 190ss; Carta
Encíclica Mit brennender Sorge, AAS 29 (1937) 145-167; Carta
Encíclica Divini Redemptoris, AAS 29 (1937) 78ss; PÍO XII, Carta
Encíclica Summi Pontificatus, AAS 31 (1939) 423ss; Radiomessaggi
natalizi 1941-1944; JUAN XXIII, Carta Encíclica Mater et
magistra, AAS 53 (1961) 401-464; Carta Encíclica Pacem in terris
AAS 55 (1963) 257-304; PABLO VI, Carta Encíclica Populorum
progressio, AAS 59 (1967) 257-299; Carta Apostólica Octogesima
adveniens, AAS 63 (1971) 401-441.
[12]Cfr. JUAN
PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991)
793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85
(1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión
pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002.
[13]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22,
AAS 87 (1995) 401-522.
[14]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et
spes, n 76.
[15]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes,
n 75.
[16]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et
spes, nn. 43 y 75.
[17]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et
spes, n 25.
[18]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes,
n 73.
[19]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73.
[20]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73.
[21]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes,
n 75.
[22]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304
[23]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et
spes, n 76.
[24]JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada
Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la
conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421.
[25]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici,
n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II,
Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4
[26]Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático
acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de
enero de 2002.
[27]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 90, AAS 91
(1999) 5-88.
[28]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae,
n. 1: «En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios
manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole,
pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que
esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia
Católica». Eso no quita que la Iglesia considere con sincero
respeto las varias tradiciones religiosas, más bien reconoce
«todo lo bueno y verdadero» presentes en ellas. Cfr. CONCILIO
VATICANO II,Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Decreto
Ad gentes, n. 11; Declaración Nostra ætate, n. 2; JUAN PABLOII,
Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 55, AAS 83 (1991)
249-340; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE,
DeclaraciónDominus Iesus, nn. 2; 8; 21, AAS 92 (2000) 742-765.
[29]PABLO VI, Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana,
en «Insegnamenti di Paolo VI» 14 (1976), 1088-1089).
[30]Cfr. PÍO IX, Carta Encíclica Quanta cura, ASS 3 (1867) 162;
LEÓN XIII, Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885) 170-171;
PÍO XI, Carta Encíclica Quas primas, AAS 17 (1925) 604-605;
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2108; CONGREGACIÓN PARA LA
DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, n. 22.
[31]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes,
n 43. Cfr. también JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica
Christifideles laici, n. 59.
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