Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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A la brisa del Espíritu, brújula para navegantes
Pepe Laguna
“Ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario”
(Mc 6,48)
Al principio de los tiempos el aliento de Dios aleteaba sobre
las aguas (Gn 1,2). Ese mismo Espíritu de Yahvé, en forma de
nube durante el día y columna de fuego por la noche, guió al
pueblo elegido en su peregrinar por el desierto hacia la tierra
prometida (Éx 13, 20ss). Jueces y profetas fueron seducidos por
la fuerza del Espíritu anunciando con sus actos y palabras las
entrañas de misericordia y justicia de Dios mismo (Je 20, 7-9).
Jesús se vio arrastrado por el Espíritu al desierto de las
tentaciones y a liberar cautivos, oprimidos, ciegos (Lc 4, 1ss).
En Pentecostés, hombres y mujeres hasta entonces temerosos por
miedo a los judíos (Jn 20,19) anuncian con una libertad
peligrosa la Buena Noticia de un Dios hecho pobre hombre (Hch 2,
1ss).
La Biblia es el diario de a bordo donde hombres y mujeres
curtidos en tormentas, oleajes y mareas, dan fe de la presencia
del Espíritu en la historia[1]. Nosotros queremos asomarnos a
ese armario de bitácora, buscando brújulas, sextantes y mapas
que nos ayuden a orientar las velas de nuestra vida cotidiana
para bogar a la brisa del Espíritu.
Costas, amarras y anclas
El Espíritu es excéntrico. Su soplo nos hace salir de nuestros
centramientos narcisistas hacia desiertos y mares inhóspitos,
para encontrarnos con el “Otro” en la relación con tantos
“otros” condenados a la “letra pequeña” del libro de una
sociedad opulenta y marginalizadora.
“Desierto”, “mar”, “amarras”, no son metáforas para referirse a
experiencias individuales de luchas y vaciamientos interiores
desenraizados de la realidad -¡cuánto nos han des-orientado los
mapas dibujados por espiritualistas de tierra adentro!-. Hoy
como ayer, el espíritu sopla hacia los márgenes de la ciudad,
hacia los excluidos, seres de “categoría inferior”, sobre los
que la sociedad del bienestar construye su “progreso”. Sólo en
ese encuentro se perciben los gritos del sufrimiento (Ex 1,23) y
se ora con los gemidos del Espíritu (Rom 8, 26ss). Sólo en esa
encrucijada histórica, cobran sentido el combate espiritual con
la complicidad personal, y una lucha contra los demonios
exteriores encarnados en leyes, instituciones y personas[2].
No es nada fácil abandonar la seguridad de las costas que nos
hemos ido construyendo por más Tierra Prometida que se anuncie
en el horizonte. Seduce más el olor de las ollas del faraón que
la promesa de un maná incierto (Ex 16,3)
El miedo a la libertad prometida siempre encuentra razones para
aplazar la salida. Siempre habrá algún muerto que enterrar,
algún campo que cultivar o algún banquete al que asistir antes
de poner un pie fuera de nuestras seguridades (Lc 9,57-62).
Ni las canas de Abraham (Gn 12,4), ni la niñez de David (1 Sam
16, 11), ni la esterilidad de Sara e Isabel (Gn 18,12: Lc 1,36);
, ni la virginidad de María (Lc 1,34) sirven de excusa; el
cuaderno de a bordo es categórico, todos los hombres y mujeres
de espíritu han abandonado tierra firme. A la Tierra que mana
leche y miel sólo se llega atravesando el desierto, la Salvación
acontece fuera de las murallas de la ciudad al lado de los
excluidos.
El Espíritu nos libera de nuestras dinámicas posesivas que echan
amarras en las bollas-ídolo del tener, aparentar y poseer. Las
mismas tentaciones que intentaron anclar a Jesús a la eficacia
de un mesianismo mágico y poderoso (Lc 4, 1ss).
Templos y cometas
Es duro admitir que las más de las veces andamos costeando la
experiencia del Espíritu; que estamos demasiado ocupados en
llenar nuestros graneros, con la preocupación de qué vamos a
comer y vestir Lc 12,13-34) , procurando ascender en la vida
laboral y social para sentarnos en los primeros puestos de la
sociedad (Mt 22, 1ss).
Y suplimos nuestra falta de valor construyendo templos de altas
torres desde las que otear el horizonte allá a lo lejos,
almenaras donde la brisa del Espíritu apenas llega a rozarnos. Y
nos aferramos a mapas y ritos que intentan atrapar en
repeticiones cansinas a un Dios que vuela libre en Espíritu y
Verdad (Jn 4, 24).
Nuestras Iglesias no huelen a sudor y salitre, ya nadie nos toma
por borrachos (Hch 2,13). No nos reunimos en comunidad alrededor
del Maestro, sucios y cansados de tanto bregar, para oír de su
boca que hay demonios que sólo se van con mucha oración (Mc 9,
29)
Preferimos jugar como veletas amarradas a tierra, que levar el
ancla y lanzarnos en velero. A lo más, nos emocionaremos leyendo
juntos los mensajes de las botellas que de tarde en tarde
aparecen en nuestras costas; en una lectura que acaba
confundiendo el estudio de ajados pergaminos con el espejismo de
un viaje no realizado. Los viajes en alta mar –diremos para
tranquilizar nuestra conciencia- sólo son para hombres y mujeres
escogidos, ¡como si la experiencia del Espíritu no fuera para
todo bautizado! (Hch 2,38)
Otra forma de justificar los miedos que nos impiden abandonar
nuestros puertos es neutralizar el quemazón continuo del
Espíritu (Jer 20, 9) con el bálsamo de la ironía y un aparente
sentido común: pájaros y flores despreocupados, zorras sin
madriguera, aguas que brotan de rocas y costados, tierras de
leche y miel, mares que se abren en dos, no son más que poesía
inútil. Palabras que no ayudan a llegar a fin de mes, a pagar
las letras del piso o el colegio de los niños. Y a fuerza de
matar la utopía acabaremos por institucionalizar el lenguaje y
argumentos de una “razón técnica” intrínsecamente conservadora y
prácticamente inmune a los problemas de la justicia y de la
compasión[3]. Al ridiculizar la voz del profeta, matamos la
promesa que anuncia; apagamos el don del Espíritu (1 Tes 5, 19)
Y si a pesar del ruido con que amordazamos la llamada del
Espíritu, éste no nos dejara dormir tranquilos (1 Samuel 3ss),
siempre podremos acudir a Juan el Bautista a bautizarnos sólo
con agua, con la esperanza de quedar justificados en una pagana
ética de mínimos: ¿Qué tenemos que hacer? No hagáis violencia a
nadie ni saquéis dinero; conformaos con vuestra paga (Lc 3,14);
no sea que al acercarnos a Aquel que bautiza con Espíritu y
Fuego, se rompa en pedazos la tibieza de nuestra honradez y nos
remita inexorablemente al encuentro con el prójimo más
necesitado: “Todo eso lo cumplí desde la juventud”.
Jesús, al oírlo, le dijo: “Te queda una cosa: vende todo lo que
tienes y distribúyelo entro los pobres, y tendrás un tesoro en
los cielos; y vuelve aquí y sígueme.
El, al oír esto, se puso muy triste, pues era muy rico” (Lc
18,21-23)
Trasatlánticos y navegaciones virtuales
Al desierto se sale con lo justo. Ni bastón, ni alforja, ni pan,
ni dinero (Lc 9,3). El cuaderno de bitácora es claro: sólo
compartiendo se puede atravesar el desierto y llegar a la Tierra
Prometida. No hay otros caminos. El maná que se acumula se pudre
(Ex 16, 19). Cinco panes y dos peces compartidos pueden saciar a
más de cinco mil hombres, mujeres y niño (Mt 1417-19).
Dar la túnica, acompañar dos leguas al que pide sólo una,
compartir comida con el hambriento, presencia con el preso,
hogar con el transeúnte, salud con el enfermo, impotencia con el
débil (Mt, 25, 31-46 ), es el único equipaje del peregrino.
Desde el trasatlántico no se hacen compañeros/as de camino, no
se comparte la vida, no se crean relaciones. Desde el
trasatlántico se da limosna, se hace caridad, se planifican
asépticas acciones sociales. Desde el trasatlántico no se ven
las pateras.
Aunque el trasatlántico navegue por alta mar, no lo hace
empujado por el viento del Espíritu sino confiado en sus
potentes motores. Cuántas ONG’S-trasatlánticas proponen cruceros
solidarios a voluntarios-turistas que profanan la tierra sagrada
del sufrimiento ajeno. Cuántos “especialistas de lo social”
saltan al abordaje y saqueo de vidas rotas, amurallados tras
mesas de despacho que los protegen del riesgo del encuentro con
el otro.
El navegante del Espíritu sabe que el Misterio de Dios se teje
con las hebras del dolor, la pobreza y la marginación, por eso
se descalza antes de entrar en la chabola, el hospital o la
cárcel (Ex 3,5). El navegante del espíritu no renuncia a las
eficacias de las planificaciones ni a los análisis de las causas
estructurales que generan exclusión, pero sabe que a la tierra
de la Justicia sólo se llega por el camino de la compasión y la
contemplación. ¿Cómo ir a casa a descansar cuando el pueblo
duerme a la intemperie? (2Sam 11).
Piratas de medio pelo, pastores blasfemos (Lc 2,8), publicanos
arribistas (Lc 5,27), prostitutas, adúlteras (Jn 8,1ss)
leprosos, enfermos de SIDA, toxicómanos son compañeros de viaje.
Necios, débiles, despreciados, son los elegidos por Dios para
descifrar los meridianos que conducen a la Salvación (1 Cor
26-31)
Desde la paz artificial del trasatlántico se escriben historias
románticas de piratas honrados, prostitutas arrepentidas y
ladrones solidarios. La realidad es mucho más prosaica, el
marinero que come de menú en la taberna del puerto comparte mesa
con el amor apasionado de María Magdalena (Jn 20,16-17), la
amistad de Juan (Jn21,20), la ambición de los Zebedeos (Mt
20,20ss), las contradicciones de Pedro (Mt 26, 69ss), el corazón
paciente de María (Lc 2, 50) o la traición de Judas (Lc 22,48).
Apostar por la relación con hombres y mujeres con la desmesura
de Dios mismo, supone mancharse los pies con el barro de lo
humano, con sus grandezas y miserias.
Sólo se sirve desde la relación, “de sanador herido a sanador
herido”. Cualquier otra forma de “ayuda” es mentira o poder. La
solidaridad virtual, tan de moda en esta época, que pretende
resolver problemas con un clic de ratón es falsa porque niega el
encuentro personal.
Vigías, grumetes, patrones
Apóstoles, profetas, maestros, milagros, dones de curar, de
asistencia, de gobierno, de diversas lenguas son dones del
Espíritu Santo para el servicio y el bien común (1 Cor 12,28ss).
Ya el marinero Pablo nos avisa: ni todos patrones, ni todos
vigías ni todos grumetes. (1 Cor 12,29). Sólo si cada uno ejerce
la vocación a la que ha sido llamado/a, el barco de la Iglesia
navegará rumbo al Espíritu.
Las amarras del poder alentarán motines a bordo en los que
vigías, grumetes y timoneles querrán arrebatar el mando al
patrón.
El barco encallará una y otra vez cada vez que el patrón,
seducido por el brillo de sus galones, olvide que su vocación es
un regalo del Espíritu para el servicio de la comunidad, que es
don para administrar y no para atesorar.
La embarcación dará vueltas en círculo cuando por falta de
discernimiento se condene al vigía al cuarto de máquinas, y su
vista afinada para otear el horizonte acabe agostada a la luz
del candil. Cuántos profetas condenados a galeras en los
vientres de pesadas embarcaciones. Instituciones más preocupadas
por mantener el rumbo –hoy errante- que marcaron sus mayores,
que en arrojar el lastre de sus servidumbres y ponerse rumbo al
Espíritu.
La barca de la Iglesia naufragará en la calma chicha de mares
muertos si no es capaz de desatar rancios nudos marineros que
impiden izar las velas de lo femenino, de la sexualidad gozosa,
de la riqueza de lo diferente, de la inculturación. Velas que,
de izarse, se hincharían con el viento de los signos de los
tiempos.
Cantos de sirena
En las casas de los pescadores, alrededor de la chimenea, los
viejos cuentan leyendas de marineros seducidos por cantos de
sirena, que nunca regresaron a la costas de sus desconsoladas
Penélopes.
Los espejismos del desierto, las sirenas en alta mar, la
borrachera de espíritu, invitan a plantar la tienda (Mc 9,5ss),
a lanzarse suicidamente por la borda, o a desertar de las
responsabilidades cotidianas. Se echa el ancla en alta mar con
la ilusión de haber llegado ya a puerto.
En el cuaderno de bitácora se narra la historia de dos ciudades
portuarias: Tesalónica y Corintio, cuyos habitantes quedaron
hechizados por cantos de sirena. La primera encalló en el oasis
imaginario de una parusia ya presente (“el día del Señor”
(parusia) “esta ya ahí” 2 Tes, 2, 1-3; 3,6.11-12), y desde el
estado febril de un mundo llegado a su plenitud, ¿para qué
trabajar?, ¿para qué hacer nada? (2 Tes 3,6ss). Los Corintios,
por su parte, andaban borrachos de espíritu, fascinados por los
carismas más llamativos como la glossolalia (hablar extático en
lenguas) 1 Cor 12,1-14,40. Frente a estos espiritualismos
narcisistas y desencarnados de la historia, el apóstol Pablo
dará un golpe de timón recordando que el Espíritu del Resucitado
pasa necesariamente por la cruz histórica del compromiso con los
más necesitados (1Cor 2,2), y que el discernimiento de los dones
del Espíritu se hace desde los criterios de la caridad y el
servicio a la comunidad 1 Cor13,1; 14,-912).
Nuestros tiempos postmodernos ávidos de experiencias interiores
sensibles no andan muy lejos de las tentaciones que acabamos de
ver[4]. Hoy más que nunca, la Iglesia necesita profetas que nos
prevengan de cantos de sirena que nos alejan del horizonte del
encuentro con los hermanos más necesitados y nos amarran a
metástasis eclesializantes que identifican Iglesia con Reino de
Dios.
De tormentas y oleajes
Romper amarras interiores, caminar al lado de los más pobres,
hacer fructificar los carismas recibidos, es un viaje gozoso
pero no siempre fácil. El don del Espíritu es gratuito pero no
superfluo. Místicos y místicas, marineros curtidos al sol de mil
tormentas, nos hablan de noches oscuras, desolaciones, de un
Dios que se esconde tras el eclipse de un silencio aterrador.
El camino espiritual no es un juego de niños. Aunque sabemos que
el yugo es ligero y que junto al maestro podemos descansar
nuestras fatigas (Mt 28,30), hay ocasiones en las que se sale al
desierto a pelear con Dios, aún a riesgo de quedar heridos en el
talón (Gn 32,28). En noches cerradas hay tormentas que amenazan
con hundir la cáscara de nuez de nuestras vidas: olas de dolor
sin sentido, de muertes prematuras, de sufrimiento “injusto”, de
naufragios vitales. Momentos en los que la maldición y la
blasfemia se pelean por asomarse a nuestra boca. Pendientes que
empujan a la Promesa hasta el abismo de la desesperanza, allí
donde las espinas de la historia resecan los surcos en los que
nosotros plantamos semillas de vida (Lc 8, 4-8).
Si no hemos vivido la angustia de tener que achicar agua porque
la barca se nos iba a pique; si en las bodegas de nuestra vida
nunca hemos descubierto polizones que nos hicieron replantearnos
nuestros rumbos; si no nos hemos acercado al pozo de Samaria
para beber del agua dulce del maestro (Jn 4, 12); tenemos que
sospechar que no estamos haciendo el viaje el Espíritu. Lo más
seguro es que andemos navegando en cruceros de placer o, quizás,
nunca hayamos abandonado las costas de nuestras seguridades.
La luna y sus mareas
La luna de la marginación hace crecer las mareas de la
injusticia donde naufragan los polizones de la vida.
Lunas negras que arrastran barcos fantasmas cargados de niños
esclavos, mujeres obligadas a prostituirse para pagar un viaje a
ninguna parte, parados de larga duración arrojados por la borda
de empresas que siguen aumentando sus beneficios económicos,
mafias que cobran precios de primera clase por arrojar pateras a
la deriva... No podemos quedarnos quietos mirando al cielo (Hch
1,11). Hacen falta marineros que se lancen al abordaje de barcos
fantasmas, al rescate de náufragos. Hacen falta hombres y
mujeres de espíritu capaces de navegar rumbo al puerto de una
Humanidad Nueva.
No hay tiempo que perder, en el camino no estaremos solos, el
Señor nos acompañará abriéndonos los ojos para interpretar la
Palabra, alimentándonos con el Pan de la Vida (Lc 24, 35-45; Jn
6, 35), calmando tempestades (Mt 8,23).Las estrellas de tantos
marineros que nos precedieron en el camino de la fe conforman
constelaciones que nos orientarán en la travesía.
Es hora de levar el ancla y echarse a la mar...
PARA EL DIÁLOGO
Costas, amarras y anclas
¿Qué amarras (personales, sociales, laborales, etc.) te impiden
viajar hacia el prójimo más necesitado?
Templos y cometas
¿Vives en una confortable ética de mínimos o en un Espíritu de
máximos?
Trasatlánticos y navegaciones virtuales
¿La utopía es un horizonte que nos hace avanzar o poesía
consoladora?
Vigías, grumetes, patrones
¿Tienes conciencia agradecida de tus carismas?
¿Los pones al servicio de la comunidad?
¿Qué carismas eclesiales descubres en nuestro momento actual?
Cantos de sirena
¿Crees que hoy en día existe el peligro de caer en
espiritualismos desencarnados?
De tormentas y oleajes
¿Has pasado por “noches oscuras?, ¿qué o quién te ayudó a
atravesarlas?
La luna y sus mareas
¿Tu oración incluye como contenido prioritario la suerte de los
más desfavorecidos?
¿De qué fuentes sacias tu sed?
[1] Cfr. Dolores Aleixandre, Compañeros en el camino, Iconos
bíblicos para un itinerario de oración, Sal Terrae,
Santander 1995, pág. 7: “Todo cambia cuando, en vez de leerla
(la Biblia) como espectadores, comenzamos a dialogar con sus
personajes, a entrar en el guión y la banda sonora de sus
experiencias, a sentirnos como ellos actores y protagonistas, a
darnos cuenta de que todos esos hombres y mujeres de las
narraciones bíblicas vienen a nuestro encuentro para
acompañarnos en nuestro itinerario creyente”.
[2] Benjamín González Buelta, Bajar al encuentro de Dios, Vida
de oración entre los pobres, Sal Terrae 1988, p.13.
[3] Cfr. Walter Brueggemann, La imaginación profética,
Sal Terrae, Santander 1983, pág. 35. “Se trata tan sólo de un
poema, y podríamos decir con toda razón que el cantar un cántico
no transforma la realidad. Sin embargo, no debemos afirmar esto
con demasiada convicción. La evocación de una realidad
alternativa consiste, al menos en parte, en la lucha por el
lenguaje y la legitimación de una nueva retórica. El lenguaje
del imperio es, indudablemente, el lenguaje de la realidad
manejada, de la producción, del horario y el mercado. Pero ese
lenguaje nunca permitirá ni originará la libertad, porque no hay
en él novedad alguna. La doxología es el desafío último al
lenguaje de la realidad manipulada, y sólo ella constituye el
“universo de discurso” en el que es posible el dinamismo, la
energía.” Pág. 29.
[4] Cf. Pepe Laguna, ¿Y si Dios no fuera Perfecto?,
Hacia una espiritualidad simpática, Cristianisme i Justicia,
Barcelona, cuaderno 102, octubre 2000.
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