Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
|
Siete pautas para seguir a Cristo
Monseñor Robert F. Morneau
San Agustín se refiere a Dios en sus “Confesiones” como la
Belleza, siempre antigua, siempre nueva. Hay algunas cosas en la
vida que reúnen al mismo tiempo las cualidades de novedoso y
añejo: El sol de la mañana, el amor humano, el misterio de la
muerte, el nacimiento de un bebé. No hay nada nuevo en ellas,
nada maravillosamente original; tampoco nada viejo, nada
extrañamente antiguo.
¿Habrá una única espiritualidad para el nuevo milenio? ¿Hubo
una espiritualidad especial durante los últimos 1000 años? Sí y
no.
La espiritualidad implica una respuesta consciente por parte del
ser humano a la acción de Dios en determinadas circunstancias.
En pocas palabras espiritualidad es escuchar y responder, ser
obediente y generoso, decir sí a un Dios que nos visita
regularmente.
Nuestra respuesta generosa a la llamada de Cristo para llevar a
cabo obras de amor y misericordia, es ciertamente una buena
manera de decir sí a Dios, cuyo Espíritu permanece vivo entre
nosotros. Aquí tienes 7 nuevas, y a la vez viejas, obras de amor
y misericordia que nuestra vocación de discípulos puede exigir.
1 – Sé un administrador responsable
San Pablo nos dice que somos administradores de los misterios de
Dios. Toda vida nos es dada para que la cuidemos. Toda la
creación es parte de este jardín nuestro que debemos cultivar.
Una espiritualidad madura es inclusiva y responsable. Dios no
solo nos ha dado talentos sino que también nos ha agraciado con
tiempo y tesoros. ¿Le hemos devuelto a Dios una porción de todo
esto en aquellos que padecen necesidad?
El materialismo y el consumismo son realidades generalizadas. A
la Codicia parece irle muy bien en un mundo en el cual miles
mueren diariamente de desnutrición mientras los deportistas
reciben contratos multimillonarios. Hay valores sesgados que
parecen primordiales cuando países con economías precarias
derrochan billones de dólares en gastos militar. Algo no
funciona.
La espiritualidad reta tanto a cada persona y como a una nación
entera a ser totalmente responsables de cultivar y compartir sus
numerosos talentos. Desde el punto de vista de la fe, nada nos
pertenece. Todo pertenece a Dios y nosotros somos esencialmente
depositarios de estos bienes. Una nueva espiritualidad llama a
un cambio en nuestra identidad, para pasar de considerarnos
propietarios a ser administradores. Esta conversión psíquica y
moral no es una transición fácil. Continuamos viviendo con la
ilusión de creer que esto “es mío”. La muerte sin embargo, nos
deja bien claro que dejamos este mundo tan desnudos como el día
en que llegamos a él; nunca se ha visto un camión de mudanzas
detrás de un coche fúnebre.
A menos que tomemos conciencia de nuestra identidad de
administradores, nuestro nuevo milenio se caracterizará por una
distribución de la riqueza y la pobreza todavía menos equitativa
que en el anterior. Y, por supuesto, semejante situación de
desigualdad engendrará guerras. Una buena administración es
cuestión de vida o muerte.
2 – Equilibra tu interioridad con una preocupación por lo que
pasa fuera
Una de las grandes contribuciones de la Espiritualidad Cuáquera
es su insistencia en que vivimos en un silencio re-creador
(interiorización -vida desde el centro) y que particularizamos
la misericordia y ternura de Dios al adoptar un compromiso
concreto.
Entramos en este milenio a la carrera. Somos una civilización
pragmática cargada de prisas y hostilidad. Reducir la
velocidad, entrar en el silencio, vivir en la profundidad de
nuestra alma es algo bastante extraño para la mayoría de la
gente.
Nuestros sentidos de la dignidad y el valor están basados en
logros: diplomas, dinero, posición, prestigio, posesiones. El
ocio, en su sentido de re-creación (crearse de nuevo) es raro.
Incluso nuestros deportes y juegos alcanzan un nivel de
competición tan alto que se transforman en trabajo.
Se necesita urgentemente silencio, un rico silencio interior que
oye las cosas profundas de la vida, el misterio de Dios
habitándonos. No es una disciplina narcisista. Todo lo
contrario: de la relación personal y el dialogo con Dios, la
gente es enviada a la misión de asistir a aquellos que padecen
necesidad. Se nos dará una conciencia de un problema a la que
muchos otros despertarán. Entonces este mundo frágil y cansado
será devuelto al silencio para ser sanado y renovado.
3 - Entra en un diálogo honesto y permanente con la cultura
Cuando la comunicación se hace superficial, una relación se
empieza a ajar y muere. El mensaje del Evangelio, La Buena
Noticia de Jesús, tiene que ser dirigido a toda una variedad de
culturas, cada una de las cuales tiene su propio vocabulario,
imágenes, valores, rituales, códigos de conducta, arte y
entendimiento de la vida. Sólo a través de un diálogo honesto y
continuo puede darse un entendimiento mutuo.
Un elemento clave en la espiritualidad es la creencia de que el
Espíritu Santo sopla dónde el Espíritu desea. Es por eso que,
estando en diálogo con diversas culturas, es de gran importancia
que los evangelizadores reconozcan como ha estado el Espíritu
presente y operativo en una cultura antes de que llegara el
Evangelio. Por supuesto, en cada cultura hay pecado y oscuridad;
hay valores y comportamientos contrarios al camino del
discipulado. Pero, antes de criticar, es de sabios afirmar la
presencia de Dios. No se necesita ni más ni menos que el don del
discernimiento.
El centro del mensaje evangélico -el amor y la misericordia de
Dios puestos de manifiesto en Jesús a través de las obras del
Espíritu- exige encarnación. El Cristianismo toma prestado de
una cultura especifica su lenguaje, música y arte como elementos
de encarnación y diálogo. La Fe, un don precioso, debe ofrecerse
a las personas en modos inteligibles y llenos de sentido. Esta
adaptación no debería ni diluir nuestra creencia ni confundir a
los fieles.
4 - Utiliza la tecnología como un medio y no como un fin en sí
mismo
A veces es conveniente recordarles a los miembros de las
Sociedades Gastronómicas que la comida no es un fin en sí misma
sino una forma de mantener el cuerpo en buena salud. A los
cambistas hay que hacerles el mismo recordatorio: el dinero es
para la gente, no al revés. Jesús tuvo que tratar con la
confusión de la gente respecto al Sabbath. No debe convertirse
en un ídolo y ganar una falsa autonomía.
La tecnología es una fuerza poderosa hoy en día. Es una posesión
que fácilmente puede poseernos a su vez, dejándonos sin libertad
y dominados por su seductor estímulo y promesa de control. La
gente se pierde en Internet. La televisión puede convertirse en
una adicción. (Los americanos de unos 50 años han pasado 9 años
- casi un quinto de sus vidas- frente a un televisor. Tal
inversión entre medios y fines nos lleva a la confusión, el caos
y el mal.
La Espiritualidad se relaciona con el orden y la paz. Es una
forma de vida que trata de poner lo realmente importante en
primer lugar, clarificar medios y fines, discernir cómo las
maravillas de la tecnología pueden ser utilizadas para humanizar
nuestra vida y acercarnos más a Dios. No debemos temer a la
tecnología, más bien tenemos la obligación de usarla
apropiadamente en nuestro misión de evangelizadores. No saber
usar este medio poderoso trae sobre nosotros la justificada
acusación de negligencia. Si San Pablo estuviera vivo hoy,
¿acaso no saldría en televisión y enviaría sus epístolas vía
Internet?
La tecnología, no obstante, también lleva aparejadas una serie
de deficiencias en el trabajo evangelizador. El contacto
personal a menudo se pierde, y la multiplicidad de mensajes y
estímulos puede ser tan abrumadora que nos deje exhaustos. Un
diálogo abierto, tan importante y presente en la formación
religiosa, con frecuencia brilla por su ausencia.
Con todo, la tecnología es un instrumento poderoso y debe ser
entendida y usada apropiadamente para difundir la fe.
5 - Abraza el Misterio.
Busca
la sabiduría
Albert Schweitzer (1875-1965), filósofo alemán, físico y
humanista, afirmó que el más alto conocimiento que se puede
alcanzar es la conciencia de que estamos rodeados de misterio.
Yo diría, más bien, que estamos envueltos y sostenidos por el
misterio. La explosión del conocimiento ha sido y sigue siendo
extraordinaria. En todos los campos -ciencias físicas, ciencias
sociales, humanidades, filosofía, teología- hay tal
sobreabundancia de nuevos materiales que a veces ni siquiera
los expertos pueden mantenerse al día de los cambios.
Un destacado reumatólogo, de una humildad inusual, admitía que
la información actual en su campo está solamente arañando la
superficie. Una doctora en matemáticas decía, después de haber
estado diez años fuera de su área haciendo trabajos
administrativos, que para entrar de nuevo en el mundo de las
matemáticas tendría que volver a la escuela.
La Espiritualidad trata del misterio de Dios y la Creación, del
misterio de la persona humana y de la comunidad, del misterio de
la oración, la ascética y el ministerio. Andamos aquí con pies
de plomo y gran cautela. Nuestro lenguaje es siempre inadecuado
para expresar la realidad de las cosas; nuestra comprensión
finita se humillada ante el infinito y eterno Dios.
Uno de los desafíos centrales es ver la inmensidad del lado
oscuro del ser humano -sus guerras y demonios- mientras
contemplamos el infinito mar de la luz, la vida y el amor de
Dios. Recuperar todo el simbolismo de la Cruz, un signo del amor
extravagante de Dios y de la maldad humana, va a resultar
esencial. El poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe acertó en
1812 al decir: “No saber esto, morir y resucitar así, en la
ignorancia, es como habitar permanentemente en las tinieblas.
La sabiduría debe ser buscada si queremos morar en el misterio.
6 - Vive sencillamente; encuentra el centro
Con gran movilidad y rapidez, con una plétora de ideologías y
estilos de vida, con el rechazo a la autoridad y la exaltación
de la libertad, entramos en este nuevo milenio en un torbellino
de actividades y opiniones contradictorias. ¿Cómo conseguir un
corazón íntegro, saber lo que es verdaderamente necesario, vivir
en el centro de la vida y experimentar la simplicidad?
Algunos, como el paleontólogo Loren Elseley (1907-1977), ven la
vida demasiado compleja y rechazan la posibilidad de alcanzar la
sencillez.
Escapar a un monasterio puede parecer la salida de esta carrera
de locos, a pesar de que vidas como la de Thomas Merton y otros
monjes indican que la simplicidad es un don esquivo. O lo
encontramos dentro de nosotros o no lo encontraremos en ningún
sitio.
La sencillez es un asunto del corazón. Es vivir profundamente el
momento presente, rechazando ser influenciado por el pasado (con
su posible amargura o remordimiento) o por el futuro (con su
miedo y ansiedad potenciales). La sencillez es jerarquizar el
valor de la vida según unas prioridades, vivir en la verdad de
las cosas, permanecer con los ojos fijos en la presencia
orientadora e interior de Dios.
Toni Morrison en su reciente novela “Paraíso” habla de las tres
“d” que llevan a la perdición: el desorden, dejarse conducir por
la mentira e ir a la deriva (y la peor de todas es ir a la
deriva). He aquí los asesinos de la simplicidad y los padres de
una complejidad insana y una existencia caótica.
María, sentada a los pies de Jesús, experimentó lo único
necesario. Seguramente al día siguiente tuvo que ir de nuevo a
hacer la compra y la colada pero su corazón, incluso al realizar
estas actividades, estaba centrado. El núcleo de cada individuo
y de cada comunidad es un refugio de la gracia y del mismo
Espíritu que lo habita. Ofrecer hospitalidad y cortesía a Dios,
y estar convencidos de su gran valor central nos pone en el
camino de experimentar la simplicidad. Sin ello vamos a la
deriva, atrapados por los vientos y engaños de la complejidad,
perdidos en el cosmos.
7 - ¡Recupera la alegría!
Salimos del siglo XX asustados. A pesar de todo el “progreso” y
el optimismo en la ciencia, la educación y la tecnología,
nuestro historial anota 100 millones de vidas arrebatadas o
destrozadas por las guerras y la opresión política. No deberían
sorprendernos a tristeza generalizada, la melancolía y la
desesperación. El planeta tierra se ha convertido en un campo de
exterminio y los campos de concentración son un símbolo de
nuestra inhumanidad.
Esto sólo es una parte. Millones de personas han hecho y siguen
haciendo muchas cosas buenas. Los hambrientos son alimentados,
los sin techo son acogidos, los extranjeros son bienvenidos. Los
actos de bondad nos dan alegría y mantienen la esperanza. Surge
una frescura y una vitalidad mucho más profundas que las
corrientes de oscuridad y muerte. Nuestro desafío está en creer
que la comunicación entre personas es más profunda que la
alienación y en actuar con energía para ser alegres trabajadores
por el entendimiento y el amor en un mundo frágil, roto e
imperfecto.
Ahí reside la alegría, en el compartir la luz, el amor y la vida
de Dios. Esta alegría no es un estado pasajero, sino una
cualidad permanente. Es una alegría que nadie puede arrebatarnos
pero que podemos perder si volvemos a la oscuridad, a la
indiferencia, al odio. Una joya tan preciosa de la gracia de
Dios debe ser protegida, alimentada, defendida, cuidada y
compartida.
San Juan de la Cruz, habla de “la mirada amorosa de Dios”. No
puede ser de otra manera, ya que Dios es Amor. Esta mirada puede
parecer una mirada de cólera a los pecadores, pero ese no es el
caso. La mirada de Dios es siempre misericordiosa y llena de
cariño. La fuente de nuestra alegría es tan constante como la
mirada de Dios. El poeta inglés William Blake (1757-1827) sabía
que la pregunta que planteaba en su poema “El tigre” acerca de
Dios mirando al tigre y al cordero recibió una respuesta
afirmativa: ¿Sonreía (Dios) viendo su trabajo/ ¿Quién hizo al
cordero te hizo también a ti (el tigre)?
Podemos dar una respuesta afirmativa a Dios escuchando y
respondiendo a su llamada. Al hacerlo invocamos a nuestra
propia espiritualidad, que nos alimentará para continuar el
camino de Dios en este nuevo milenio.
Obispo auxiliar de Green Bay, Wisconsin
|