Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Tres preguntas a contemplativos
Que no hay libro de instrucciones para ser hombre de fe en
nuestro tiempo, hace tiempo que lo sabemos. Lo que sí tenemos a
mano es la memoria de los empeños de otros por vivir en la
verdad, una verdad que sólo puede ser precariamente alcanzada en
la medida en que se la persigue, porque aún no la poseemos. Y no
es poco que estemos alerta para que, en la medida de lo posible,
podamos saborear eso que a ellos nos une y descubrimos
misteriosamente en nosotros. Por eso convocamos en estas páginas
de RUT a tres personas en quienes reconocemos una búsqueda
sincera, búsqueda a la que se han dedicado con una constancia y
seriedad sólo comparable a lo desapercibidos que pasan para la
sociedad.
Aunque alguno de nuestros tres invitados no se reconoce como
cristiano, en los tres apreciamos una vida que es consciente de
sí misma, que ha cuidado el silencio y la reflexión; en los tres
apreciamos que siguen intentando decir su propia palabra sobre
la humanidad, sin pretender ir más allá de lo que sinceramente
creen y modestamente viven. Por eso, nos atrevemos a
presentarlos como contemplativos.
Sin haberlo pretendido, en esta entrevista por triplicado hemos
reunido a dos hombres y una mujer cuya historia ha comenzado, ha
pasado, o se desarrolla hoy en Cataluña. MONTSERRAT DE LA CRUZ
(Barcelona, ¿1950?) es Carmelita Descalza en el Convento de La
Inmaculada de Villarrobledo (Albacete). Durante años ha sido
superiora de su comunidad y siempre ha estado dispuesta a la
animación y el acompañamiento de otros. JOAN CARLES ELVIRA
(Barcelona, 1956) es un monje Benedictino del Monasterio de
Montserrat y se dedica, entre otras tareas, a coordinar la
revista “Studia Monastica”. MANUEL GRANADOS (Granada, 1960), que
se confiesa agnóstico, es profesor de guitarra flamenca en la
Escuela de Música del Liceo de Barcelona. Su vigoroso espíritu
humanista nos ha interesado tanto como su talante inquieto y
dialogante. A estos amigos les planteamos tres preguntas.
1. La primera tiene que ver con el papel que las religiones
puedan jugar en el enriquecimiento de lo humano. Bueno será que
reflexionemos sobre ello, sin olvidar los pecados históricos de
las religiones pero sin pretender que éstos las desautorizan y
expulsan del diálogo sobre lo que hoy necesitamos para ser más
humanos. Concretamente les preguntamos: ¿cómo ayuda lo religioso
a ahondar y crecer en humanidad?.
2. En la segunda pregunta pedimos que se nos describa ese
ahondamiento en la humanidad, o lo que es lo mismo: ¿cómo
describirías el crecimiento espiritual?. La estrecha relación
que descubrimos entre estas dos preguntas pone en evidencia
nuestra convicción de que se puede hablar de lo espiritual en
sentido amplio, no específicamente religioso, y que esa
espiritualidad “primaria”, tiene que ver con la búsqueda de la
autenticidad humana.
3. Por último, y centrándonos ya en la tradición cristiana,
pedimos a estos buscadores que compartan algún eco que haya
tenido en ellos y en su itinerario ese Jesús siempre “perdido y
hallado”: constantemente perdido en milenarias tradiciones pero
una y otra vez hallado en el templo de la humanidad auténtica.
Concretamente, les preguntamos: ¿Qué aspectos de la figura de
Jesús de Nazaret crees que se han olvidado, o se han recalcado
menos, y sin embargo a ti te han ayudado en tu vida y tu
búsqueda?
Estos investigadores no nos ahorran nuestra investigación, pero
sí pueden ayudarnos a reconocer algunos elementos de nuestro
paisaje humano, social y religioso, elementos a los que quizá no
habíamos puesto nombre aún.
Joan Carles Elvira. Monasterio de Montserrat.
1. Están más que probadas las posibles secuelas negativas de la
religión. No obstante, ¿cómo ayuda lo religioso a ahondar y
crecer en humanidad?
Existe un viejo adagio latino que reza así: corruptio optimi
pessima (la corrupción de lo óptimo es pésima). La religión
puede ser ocasión de lo mejor y de lo peor con respecto a lo
humano. En el fondo, las personas, más que buenas o malas somos
sobre todo ambiguas. Cuanto más se alza uno hacia lo mejor de sí
mismo, más sutiles son las tentaciones que lo asaltan. Cuanta
más luz irradia una persona, mayor es la sombra que proyecta su
figura. La fe –la fe en Dios unida a la fe en uno mismo- nos
permite avanzar a través de esa ambigüedad constitutiva, al no
ahorrarnos es esfuerzo de la lucidez. La verdadera fe evita que
acabemos evadiéndonos de la realidad, por más que nuestras
autodefensas instintivas nos inciten a ello tan a menudo. Cuando
vivimos de la fe, la conciencia de nuestra finitud no nos
aplasta y podemos reconocer en paz que nunca vivimos aquello que
habíamos deseado vivir. Pero precisamente la fe puede hacer de
esa conciencia un estímulo par avanzar por nuestro camino. La
fe, en definitiva, debería ayudar al creyente a vivir mejor su
condición humana.
No tengo claro que el cristianismo sea una religión más entre
las otras. Con esta afirmación no hago ningún juicio acerca de
la superioridad o no del cristianismo desde el punto de vista
religioso. Me pregunto únicamente si, a medida que la cultura
moderna se universaliza, el atavismo religioso –se exprese como
se exprese- inherente a la condición humana no sostendrá cada
vez menos la fe en Jesús. Quizás entonces comience una nueva
etapa de la misión de un cristianismo en vías de mutación:
favorecer una búsqueda de Dios que tenga en la profundización de
lo humano su punto de partida. ¿Cómo se concreta esto? Me parece
que cada uno debe descubrirlo por sí mismo y para ello hay que
prestar especial atención a los acontecimientos y a los
encuentros personales que pueblan nuestra vida, pasada y
presente. La palabra de Dios, convenientemente interpretada,
puede aún ofrecernos valiosas pistas para esa búsqueda. Creo,
sobre todo, que cuando alguien alcanza a vivir cercano a Jesús
de Nazaret de una manera estable, la fe que deposita en él es
factor de maduración humana por las llamadas y exigencias que
comporta. Diría que el evangelio, meditado y orado a lo largo de
una vida, no ayuda a ahondar y crecer en humanidad por la luz
que nos viene de la humanidad misma de Jesús. Nos humanizamos
cuando la alegría de las bienaventuranzas llega a sernos
connatural, a fuerza de tantos momentos en los que aprendemos a
amarlo todo con dolor callado.
2. ¿Cómo describirías el crecimiento espiritual? Ilústralo con
etapas y momentos de crisis, si te es posible.
Entiendo por crecimiento espiritual aquel itinerario de fe que
logra articular madurez humana y experiencia de Dios. A mi
entender, la dimensión personal constituye el punto de partida
de la experiencia espiritual. Todo itinerario de fe es siempre
un asunto personal, aunque no individualista. Hay crecimiento
espiritual cuando uno percibe determinadas llamadas que se
traducen en la exigencia interior de un cambio de vida y en el
descubrimiento de una nueva manera de ver las cosas. Por la
respuesta de fidelidad que estas llamadas suscitan a lo largo de
los años tomamos conciencia de la obra de Dios en nuestra
existencia y, por extensión, en la de los demás. Esta toma de
conciencia revela progresivamente la Presencia que nos habita y
que es fundamento de la propia interioridad y de toda comunión
interpersonal.
Un itinerario de estas características tiene su pedagogía
específica, de la que podrían destacarse tres etapas
fundamentales. En un principio se parte de la realidad personal
asumida positivamente, como mejor base para iniciar un
discernimiento sobre el camino a tomar. Sigue un periodo de
integración que pasa por la purificación del corazón, sede del
deseo, y por el aprendizaje de una autonomía abierta a la
alteridad, cuando es su apertura el Tú divino y a los que le son
encomendados el sujeto trasciende desde dentro su subjetividad
si negarla. Sólo entonces, en un tercer momento, se atisba la
meta del itinerario espiritual, que no es otra que la madurez de
la persona centrada en Dios mediante una donación de sí sin
reservas pero libremente asumida.
A las etapas de la vida espiritual corresponden otras tantas de
crecimiento humano. Así, por ejemplo, la edad de la juventud
tiene sus ritmos propios que conviene respetar. Hoy sabemos que,
si no explicaciones causales, sí podemos evidenciar ciertas
constantes que nos orientan acerca de tendencias verificables en
muchos itinerarios personales. Normalmente uno de los momentos
más significativos resulta ser el del acceso a la vida adulta,
que se sitúa aproximadamente en torno a los cuarenta años. Su
signo característico acostumbra a ser una crisis de realismo,
cuando la identidad personal y el correspondiente proyecto vital
no se armonizan bien con unos ideales venidos a menos. Llega
entonces la hora de la verdad de una existencia humana y, bajo
una perspectiva cristiana, la hora de la segunda conversión, el
momento de la experiencia teologal, cuando nos sostenemos
principalmente gracias a la fe, la esperanza y el amor desde una
experiencia de Dios en la que la búsqueda de certezas inmediatas
deja paso a la confianza radical.
Entre el momento de la juventud y el de la vida adulta media un
espacio que, a mi juicio, es decisivo para el crecimiento
espiritual. En ese periodo se ponen las bases de la
personalidad, con sus raíces y equipamientos. También germinan
entonces las semillas de no pocos fracasos que apuntan siempre
en el horizonte de la vida humana. Mientras dura el ciclo
expansivo de la juventud, nada mejor, pues, que potenciar de
manera simultánea la búsqueda de Dios y un sano desarrollo
personal. Se crece por esta vía cuando uno explora, desde sí
mismo, nuevas síntesis entre lo humano y lo espiritual. Con el
tiempo, sin embargo, llegará un momento de ruptura –el de la
experiencia teologal-, ruptura que, en el caso del joven abierto
a la fe, conviene no forzar antes de tiempo pero tampoco
retrasar indefinidamente.
El crecimiento espiritual es siempre una delicada obra de
discernimiento, cuyos rasgos más genuinos son la discreción y la
paciencia de los lentos avances .
3. ¿Qué aspectos de la figura de Jesús de Nazaret crees que se
han olvidado, o se han recalcado menos, y sin embargo a ti te
han ayudado en tu vida y tu búsqueda?
Me limitaré a señalar un aspecto, el de la comunión que se llegó
a establecer entre Jesús y sus discípulos. Una comunión que, a
mi entender, era fruto tanto de lo que Jesús aportó a sus
discípulos como de lo que éstos, a su vez, suscitaron en Jesús.
Es a ese nivel como mejor se nos revela, a mi entender, lo
esencial del cristianismo.
Para ilustrar lo que quiero decir intentemos aproximarnos a la
experiencia de Jesús. Vista de manera global, su vida puede
dividirse en dos periodos. El de los inicios, un tiempo de
expansión, de éxito, en el que la palabra y la acción de Jesús
llegan a las multitudes y provocan una reacción de entusiasmo
colectivo. Un tiempo en el que todo parece confirmar las
expectativas mesiánicas de un pueblo que no consigue levantar
cabeza. Los discípulos participan también de esas mismas
expectativas, pues, al igual que los demás judíos, viven de una
herencia común. Jesús, sin embargo, descubre, no sin
experimentar sus dudas, que de seguir por ese camino dejaría de
ser fiel a su misión. Comienza entonces un segundo periodo en el
que Jesús se niega a jugar el papel que le viene impuesto por el
entorno. Inevitablemente, los enfrentamientos con los
representantes del pueblo judío se hacen cada vez más fuertes y
el abandono de las multitudes, más evidente. Incluso entre sus
allegados se inician las deserciones. Jesús comprende que sus
días están contados. Pese a todo, un grupo de discípulos
permanece a su lado, a pesar del desconcierto que experimentan
ante el comportamiento del Maestro –desconcierto que podemos
entrever en numerosos pasajes del evangelio. No llegan a
vislumbrar el alcance de lo que se avecina pero confían
noblemente en quien les ha despertado a lo mejor de sí mismos,
haciéndoles entrever la posibilidad de una existencia totalmente
nueva. Nunca nadie como Jesús les había calado tan hondo… Es
entonces cuando Jesús cambia de estrategia y se concentra en el
reducido número que permanece a su lado. Jesús toma conciencia
de la imposibilidad de la obra de Dios entre los hombres si o es
desde la humildad y desde la pobreza de medios, e intenta
transmitir este mensaje a sus discípulos más íntimos. Comprende
que su presencia en ellos y en medio de ellos constituirá el
verdadero fermento que prosiga la obra iniciada por él, cuando
después de amarles hasta el extremo entregará su vida como
última exigencia de su misión. Con el tiempo, nuevos discípulos
se irán uniendo a esa comunidad originaria y el futuro quedará
abierto. Se cumple de este modo la verdad del mensaje que
anunciaban las parábolas: en lo pequeño y humilde se manifiesta
eficazmente la obra salvadora de Dios. Reconocemos ahí toda la
espiritualidad del “pequeño resto” que recorre la azarosa
historia de Israel…
Es en las relaciones de persona a persona como Dios quiere
hacerse presente a la humanidad. “Cuando dos o tres se reúnan en
mi nombre, yo estaré en medio de ellos”. En Jesús somos
revelación los unos para los otros. Crecemos en humanidad cuando
nos damos a los otros, recibiendo de ellos, en ese don, lo que
nosotros solos no llegaríamos a descubrir de nosotros mismos.
Marcel Legaut ha puesto de relieve, con la finura humana y
espiritual que le caracteriza, el alcance de esa comunión: “Todo
induce a pensar que Jesús y sus discípulos conocieron ese
alumbramiento recíproco. Jesús los reveló a sí mismos tanto más
cuanto que por su parte se descubría progresivamente a sí mismo
a través de su misión siempre más clara, imperiosa y original,
abierta paulatinamente al infinito del hombre. Y tanto más
recibió de ellos cuanto más les dio lo que justamente esperaban
sin poderlo expresar o incluso sin ser conscientes de ello. Así,
una comunidad de naturaleza absolutamente nueva se estableció
entre Jesús y sus discípulos. Nació de lo que se engendraba en
él para ellos y por ellos, y de lo que se desplegaba en ellos
por él y para él. Esa comunidad ¿acaso no fue, de alguna manera,
el origen de la importante intuición que hizo afirmar a Jesús su
unión con Dios y con sus discípulos, y descubrir la básica
identidad de ambas uniones? Esa comunidad ayudó intrínsecamente
a la realización de Jesús y de su misión. Y luego, en el surco
de esa primera comunidad, bajo su inspiración y en relación con
ella, otras comunidades nacen constantemente, la renuevan y la
perpetúan”.
De este texto de Legaut destaco dos intuiciones que, a mi
entender, dibujan perspectivas del cristianismo apenas
exploradas, a no ser por la experiencia mística. La primera es
la de la básica identidad entre la unión de Jesús con Dios y la
de Jesús con sus discípulos. Así como Dios era para Jesús el
padre que le engendraba en su ser de hijo, así Jesús es para sus
discípulos el padre espiritual que los engendra a la fe y los
transforma interiormente. De igual modo, así como Dios estaba
presente en Jesús de una manera única, así Jesús se hace
presente entre sus discípulos y es el fundamento de su comunión
fraterna. La “resurrección” de Jesús cobra de ese modo contenido
existencial para nosotros: Dios quiere hacérsenos presente a
través de Jesús. Y segunda intuición: la comunión engendra una
comunidad, crea la Iglesia. En esa comunión se da de igual modo
reciprocidad: lo que sería imposible que se diese en solitario
se alcanza gracias a la colaboración creativa de la comunidad.
Me parece que a eso se refería Jesús cuando pidió a sus
discípulos que se amaran los unos a los otros como él los había
amado. Jesús se dio totalmente a sí mismo para que esa
fraternidad fuese fermento de una humanidad que necesita de ella
para llegar a su plenitud. En esa humanidad cumplida Dios se
reconocerá para serlo todo en todos. Con palabras de Legaut:
“Todo sucede como si Dios se buscara a través de un mundo al que
intenta crear a su imagen para encontrarse en él de una manera
nueva. Dios estaría ligado a la suerte de una creación que Él
reemprende constantemente porque constantemente decae. Por ella
y con ella, Dios se habría puesto en manos de los hombres.
Entonces, la misión de Jesús consistiría en ir hasta el límite
de sus fuerzas y de su luz con una perfección digna de la
llamada divina, y en introducir así a sus discípulos en los
caminos de la obra divino-humana de la que dependen tanto Dios
como el hombre”.
Inicio
Montserrat de la Cruz. Carmelita Descalza. Villarrobledo.
1. Están más que probadas las posibles secuelas negativas de la
religión. No obstante, ¿cómo ayuda lo religioso a ahondar y
crecer en humanidad?
Cuando la religión causa efectos negativos, es sencillamente
porque se ha vivido mal, ya que “volver” a las Fuentes de la
Espiritualidad, es la “salvación del mundo” y la plenitud de
toda vida humana. Lo que la dimensión religiosa aporta al
crecimiento y desarrollo del ser humano es dignidad y plenitud.
Porque el ser humano, creado “a imagen y semejanza de Dios”, es
demasiado grande para contentarse con cualquier cosa. La persona
humana no es “una máquina productiva”, ni un sujeto que sólo
aspire al éxito o al bienestar. Y sabemos que la superficialidad
lleva al ser humano a un callejón sin salida. Cuando la persona
está creada sobre todo, para cultivar el espíritu, acoger al
misterio y, como fruto de esto, experimentar el gozo interior.
Una sociedad huérfana de salvación y de esperanza necesita
muchas cosas, pero de lo que más tiene necesidad, aunque no lo
sepa, es de personas orantes, espirituales, místicas. Porque
para crecer, la persona debe adentrarse en su misterio y llegar
al corazón de su vida. Lo dijo hace años el Vaticano II: «la
razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del
hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre
es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por
el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo
conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la
verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por
entero a su creador».
El problema principal de toda persona, no es la religión, sino
la vida, el vivir de una manera digna del ser humano. Y lo que
está en la base de todo ser humano, es dar sentido a la propia
existencia, actuar de manera responsable y caminar por la vida
con esperanza.
La persona de hoy, como la de todos los tiempos, no puede
acallar los interrogantes que le grita nuestra existencia. Sólo
los espirituales -yo diría, y sin miedo, los místicos, los que
acogen el misterio- nos enseñan a intuir el enigma del ser
humano. Nacido para vivir y abocado a la muerte, buscando
remedio a todo, y sin capacidad para remediarse a sí mismo;
anhelando la verdad, y autoengañándose constantemente;
reclamando la libertad y con miedo a disfrutar de ella… Y éstas
no son situaciones extraordinarias, es la realidad cotidiana de
cada jornada, que debe ser iluminada por la luz del Dios
revelado en Jesucristo.
Sólo personas que vivan desde ahí aportarán salvación y
esperanza a nuestro mundo.
2. ¿Cómo describirías el crecimiento espiritual? Ilústralo con
etapas y momentos de crisis, si te es posible.
El crecimiento espiritual es un trabajo de “limpieza”, realizado
en el corazón. Toda la corriente profética del Antiguo
Testamento así lo proclama y predica, y Jesús, lleva a plenitud
esta realidad salvadora.
Opta por la vida interior es entrar en un camino liberador de
todas las conscientes o inconscientes esclavitudes que padecemos
y nos acechan. Entrar en la Escuela del Evangelio es aprender a
amar en libertad, y tener desde ahí una pertenencia fecunda en
la Iglesia y con el mundo, si no exenta de conflictos, si
cuajada de futuro. Y esto, porque el problema que resquebraja la
libertad y superficializa nuestro vivir religioso está dentro
del corazón humano.
Las crisis son necesarias en todo crecimiento humano y
espiritual. Los apóstoles siguen a Jesús en un primer momento,
dejando barcas, casa, familia…, después, viene la crisis y el
desconcierto del viernes y del sábado. El Domingo, son
“encontrados” por el Resucitado, es con esa experiencia cuando
aprenden a amar, y el amor hace que se olviden de ellos mismos:
…Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te quiero (Juan 21, 17).
Y sólo después de esa conversión, Jesús entrega “sus ovejas”,
“su Reino”, y confirma a Pedro en su misión. Este proceso es
válido para nuestro momento actual. Estamos, creo, los
cristianos y los consagrados, demasiado preocupados de nosotros
mismos. Nuestro momento histórico tiene sed de respuestas, y
nosotros debemos buscar cómo mostrar a los demás el Evangelio,
traducido en formas de vida.
3. ¿Qué aspectos de la figura de Jesús de Nazaret crees que se
han olvidado, o se han recalcado menos, y sin embargo a ti te
han ayudado en tu vida y tu búsqueda?
La “espiritualidad del seguimiento de Jesús” es mucho más que un
texto o una página del Evangelio. Seguir a Jesús es optar por lo
que él optó, y hacer el camino que Él hizo, que Él es. El
seguimiento es “muerte” a una forma de vida… y resurrección a
otra forma de ser. Cambiar de “lugar” teológica y socialmente.
Será porque el Señor me ha regalado la vocación de la vida
contemplativa, pero creo que los momentos destacados de la vida
de Jesús siempre se realizan en un “espacio” contemplativo. La
oración es un hecho destacado en la vida de Jesús; un rasgo
esencial que lleva al centro de su Evangelio. Por eso, la
oración es un modo fundamental de seguir a Jesús, y de
significar el ser de la Iglesia. Por eso, la oración se
justifica a sí misma, es seguimiento de Jesús; y es servicio
eclesial. El problema de la Iglesia es problema contemplativo
místico.
Si por un imposible se quisiera borrar a Dios de la conciencia
humana, la persona quedaría reducida a un proyecto inacabado. Y
todos sabemos que detrás de cualquier tramo de nuestra historia
personal, y como respuesta a nuestros interrogantes más hondos,
siempre está Jesucristo, como el único Salvador. Un Salvador del
que hoy muchos dudan, y al que no pocos han abandonado. Un Dios
al que muchos buscan sin saberlo. Un Dios al que, como Pedro, he
respondido en los momentos más críticos de mi vida: Señor ¿donde
quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna… (Juan 6,
68). Esta respuesta, más con el ser que con los labios, siempre
se realiza en un momento contemplativo. Místico.
En mi afán por rescatar la palabra místico y misterio del lugar
común donde se la quiere abandonar, debo recordar que en el
Nuevo Testamento no tiene el significado que ordinariamente se
le da en nuestro lenguaje. Solemos decir: “Es un misterio para
mí. Me supera. No lo entiendo”; y si digo: “es un místico”,
todavía es una expresión más ambigua, lejana y desconocida. Sin
embargo, en el Nuevo Testamento su significado es distinto. El
misterio, aunque nunca llegue a ser agotado completamente, puede
ser conocido y sobre todo puede ser vivido gradualmente, y
además desde la normalidad. Aunque requiera un proceso de
formación y de crecimiento en la fe. Este proceso, nos lleva a
una creciente comprensión de nosotros mismos, de la sociedad, de
la historia y, por encima de todo, de Dios (Lucas 2,52).
La persona humana es un misterio también. Somos un misterio unos
para otros. Pero lentamente, gradualmente, nos vamos revelando
unos a otros, y cuanto más vivimos en relación de amistad, más
crecemos y experimentamos el conocimiento. El misterio así
vivido es fuente de gozo y liberación.
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Manuel Granados
1.- Como describirías lo que es el crecimiento espiritual:
El crecimiento espiritual como cualquier otro tipo de
crecimiento tiene que ver con la formación y el medio que te
rodea, Nada te es ajeno, los seres y el medio físico que te
envuelve en diferentes etapas de tu vida, te sensibilizan hacia
unos sectores y sus pronunciamientos, y te alejan de otros. En
realidad lo que existen son posicionamientos en muchos casos
involuntarios. Dónde más se pone de relieve el crecimiento
espiritual es en la etapa de la madurez, en ella considero que
se consolida una visión nueva de la realidad propiciada por las
experiencias anteriores ahora asimiladas. Este pasado
comprendido e interpretado es el que se convierte - siempre que
se mantenga viva una actitud de búsqueda - en una llama
encendida.
2.- Como ayuda lo religioso a ahondar y crecer en humanidad:
Lo religioso que podríamos denominar ética y nunca liturgia ni
ritual, te debe de ayudar a crecer en humanidad en la medida de
los valores que promulgues o busques basándote en los preceptos
tópicos de cada religión, desgraciadamente el binomio
religioso-humanidad, al no tener contenido, te aleja de la
realidad y en cambio si ayuda a crear una humanidad virtual.
3.- Aspectos de la figura de Jesús...
Jesús aporta una visión racional y equitativa de las cosas, del
mundo y del hombre; proporciona dignidad al ser humano y a su
vez una confianza radical en el prójimo, la cual le posibilita
madurar y crecer.
Quiero destacar un perfil de Jesús que la instituciones
religiosas han desacreditado, hablamos del Jesús más social y
crítico con la religión.
La dignidad, la capacidad de lucha, el tesón en la búsqueda de
un encuentro mejor entre los hombres no es por otra parte
patrimonio de ese imaginario, se podría decir que la figura de
Jesús sigue siendo importantísima pero entendiendo que otras
muchas también lo son, lo fueron y lo serán. Por eso se puede
hablar de búsquedas sin tener que recurrir a él y entender que
hay otras en las que él es un eslabón indispensable.
RUT. Revista Universitaria de Teología de Albacete
http://www.arrakis.es/~ruteol/contemplativos.html
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