Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, marzo de
2008
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«La túnica era sin costuras»
Predicación del Viernes Santo de 2008 en la Basílica de San
Pedro
Padre Raniero Cantalamessa, O.F.M.Cap
«Los soldados,
después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los
que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la
túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba
abajo. Por eso se dijeron: "No la rompamos; sino echemos a
suertes a ver a quién le toca". Para que se cumpliera la
Escritura: "Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes
mi túnica"» (Jn 19,23-24).
Siempre ha surgido la cuestión de qué quiso decir el evangelista
Juan con la importancia que da a este particular de la Pasión.
Una explicación reciente es que la túnica recuerda al paramento
del sumo sacerdote y que Juan, por ello, deseó afirmar que Jesús
murió no sólo como rey, sino también como sacerdote.
De la túnica del sumo sacerdote no se dice, sin embargo, en la
Biblia, que tuviera que ser sin costuras (Cf. Ex 28,4; Lev
16,4). Por eso los exégetas más autorizados prefieren atenerse a
la explicación tradicional según la cual la túnica inconsútil
simboliza la unidad de la Iglesia [1].
Cualquiera que sea la explicación que se da del texto, una cosa
es cierta: la unidad de los discípulos es, para Juan, la razón
por la que Cristo muere: «Jesús iba a morir por la nación, y no
sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos
de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,51-52). En la última cena
Él mismo había dicho: «No ruego sólo por estos, sino también por
aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que
todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos
también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me
has enviado» (Jn 17,20-21).
La alegre noticia que hay que proclamar el Viernes Santo es que
la unidad, antes que una meta a alcanzar, es un don que hay que
acoger. Que la túnica estuviera tejida «de arriba abajo»,
escribe san Cipriano, significa que «la unidad que trae Cristo
procede de lo Alto, del Padre celestial, y por ello no puede ser
escindida por quien la recibe, sino que debe ser integralmente
acogida» [2].
Los soldados dividieron en cuatro partes «los vestidos», o «el
manto» (ta imatia), esto es, el indumento exterior de Jesús, no
la túnica, el chiton, que era el indumento interno, que se lleva
en contacto directo con el cuerpo. Un símbolo éste también. Los
hombres podemos dividir a la Iglesia en su elemento humano y
visible, pero no su unidad profunda que se identifica con el
Espíritu Santo. La túnica de Cristo no fue ni jamás podrá ser
dividida. Es también inconsútil. Es la fe que profesamos en el
Credo: «Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica».
* * *
Pero si la unidad debe servir como signo «para que el mundo
crea», debe ser una unidad también visible, comunitaria. Es ésta
unidad la que se ha perdido y debemos reencontrar. Se trata de
mucho más que de relaciones de buena vecindad; es la propia
unidad mística interior --«un solo Cuerpo y un solo Espíritu,
una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo
bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4,4-6)--, en cuanto
que esta unidad objetiva es acogida, vivida y manifestada, de
hecho, por los creyentes.
Después de la Pascua, los apóstoles preguntaron a Jesús: «Señor,
¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de
Israel?». Hoy dirigimos frecuentemente a Dios el mismo
interrogante: ¿Es éste el tiempo en que vas a restablecer la
unidad visible de tu Iglesia? También la respuesta es la misma
de entonces: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el
momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que
recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre
vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1,6-8).
Lo recordaba el Santo Padre en la homilía pronunciada el pasado
25 de enero, en la Basílica de San Pablo Extramuros, en
conclusión de la Semana [de oración] por la unidad de los
cristianos: «La unidad con Dios y con nuestros hermanos y
hermanas --decía-- es un don que viene de lo Alto, que brota de
la comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
y que en ella se incrementa y se perfecciona. No está en nuestro
poder decidir cuándo o cómo se realizará plenamente esta unidad.
Sólo Dios podrá hacerlo. Como san Pablo, también nosotros
ponemos nuestra esperanza y nuestra confianza en la gracia de
Dios que está con nosotros».
Igualmente hoy será el Espíritu Santo, si nos dejamos guiar,
quien nos conduzca a la unidad. ¿Cómo actuó el Espíritu Santo
para realizar la primera fundamental unidad de la Iglesia:
aquella entre los judíos y los paganos? Descendió sobre Cornelio
y su casa de igual manera en que había descendido en Pentecostés
sobre los apóstoles. De modo que a Pedro no le quedó más que
sacar la conclusión: «Por lo tanto, si Dios les ha concedido el
mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor
Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios?» (Hch
11,17).
De un siglo a esta parte hemos visto repetirse ante nuestros
ojos este mismo prodigio a escala mundial. Dios ha efundido su
Espíritu Santo de manera nueva e inusitada en millones de
creyentes, pertenecientes a casi todas las denominaciones
cristianas y, para que no hubiera dudas sobre sus intenciones,
lo ha derramado con idénticas manifestaciones. ¿No es éste un
signo de que el Espíritu nos impele a reconocernos
recíprocamente como discípulos de Cristo y a tender juntos a la
unidad?
Esta unidad espiritual y carismática, por sí sola, es verdad, no
basta. Lo vemos ya en los inicios de la Iglesia. La unidad entre
judíos y gentiles en cuanto se realizó estaba amenazada por el
cisma. En el llamado concilio de Jerusalén hubo una «larga
discusión» y al final se llegó a un acuerdo, anunciado a la
Iglesia con la fórmula: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y
nosotros...» (Hechos 15,28). El Espíritu Santo obra, por lo
tanto, también a través de otra vía que es el afrontamiento
paciente, el diálogo y hasta los acuerdos entre las partes,
cuando no está en juego lo esencial de la fe. Obra a través de
las «estructuras» humanas y los «ministerios» instituidos por
Jesús, sobre todo el ministerio apostólico y petrino. Es lo que
llamamos hoy ecumenismo doctrinal e institucional.
* * *
La experiencia nos está convenciendo, sin embargo, de que este
ecumenismo doctrinal, o de vértice, tampoco es suficiente ni
avanza si no se acompaña de un ecumenismo espiritual, de base.
Lo repiten cada vez con mayor insistencia precisamente los
máximos promotores del ecumenismo institucional. En el
centenario de la institución de la Semana de oración por la
unidad de los cristianos (1908-2008), a los pies de la Cruz
deseamos meditar sobre este ecumenismo espiritual: en qué
consiste y cómo podemos avanzar en él.
El ecumenismo espiritual nace del arrepentimiento y del perdón,
y se alimenta con la oración. En 1977 participé en un congreso
ecuménico carismático en Kansas City, en Missouri. Había
cuarenta mil personas, la mitad católicas (entre ellas el
cardenal Suenens) y la otra mitad de diversas denominaciones
cristianas. Una tarde empezó a hablar al micrófono uno de los
animadores de una forma en aquella época extraña para mí:
«Vosotros, sacerdotes y pastores, llorad y lamentaos, porque el
cuerpo de mi Hijo está destrozado... Vosotros, laicos, hombres y
mujeres, llorad y lamentaos porque el cuerpo de mi Hijo está
destrozado».
Comencé a ver a los participantes caer, uno tras otro, de
rodillas a mi alrededor, y a muchos de ellos sollozar de
arrepentimiento por las divisiones en el cuerpo de Cristo. Y
todo esto mientras un cartel sobresalía de un lado a otro en el
estadio: «Jesús is Lord, Jesús es el Señor». Me encontraba allí
como un observador aún bastante crítico y desapegado, pero
recuerdo que pensé: Si un día todos los creyentes se reúnen para
formar una sola Iglesia, será así: mientras estemos todos de
rodillas, con el corazón contrito y humillado, bajo el gran
señorío de Cristo.
Si la unidad de los discípulos debe ser un reflejo de la unidad
entre el Padre y el Hijo, debe ser ante todo una unidad de amor,
porque tal es la unidad que reina en la Trinidad. La Escritura
nos exhorta a «hacer la verdad en la caridad» (veritatem
facientes in caritate) (Ef 4,15). Y san Agustín afirma que «no
se entra en la verdad más que a través de la caridad»: non
intratur in veritatem nisi per caritatem [3].
Lo extraordinario acerca de esta vía hacia la unidad basada en
el amor es que ya está abierta de par en par ante nosotros. No
podemos «quemar etapas» en cuanto a la doctrina, porque las
diferencias existen y hay que resolverlas con paciencia en las
sedes apropiadas. Pero podemos en cambio quemar etapas en la
caridad, y estar unidos desde ahora. El verdadero y seguro signo
de la venida del Espíritu no es -escribe san Agustín-- hablar en
lenguas, sino que es el amor por la unidad: «Sabéis que tenéis
el Espíritu Santo cuando accedéis a que vuestro corazón se
adhiera a la unidad a través de una sincera caridad» [4].
Meditemos en el himno a la caridad, de san Pablo. Cada frase
suya adquiere un significado actual y nuevo, si se aplica al
amor entre los miembros de las diferentes Iglesias cristianas,
en las relaciones ecuménicas:
«La caridad es paciente...
La caridad no es envidiosa...
No busca su interés...
No toma en cuenta el mal (si acaso, ¡el mal realizado a los
demás!).
No se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad (no se
alegra de las dificultades de las otras Iglesias, sino que se
goza en sus éxitos).
Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» ( l Co 13,4 ss).
Esta semana hemos acompañado a su morada eterna a una mujer
-Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares-- que
fue una pionera y un modelo de este ecumenismo espiritual del
amor. Con su vida nos demostró que la búsqueda de la unidad
entre los cristianos no lleva a cerrarse al resto del mundo; es,
más bien, el primer paso y la condición para un diálogo más
amplio con los creyentes de otras religiones y con todos los
hombres a quienes les importa el destino de la humanidad y de la
paz.
* * *
«Amarse -se dice-- no es mirarse el uno al otro, sino mirar
juntos en la misma dirección». También entre cristianos amarse
significa mirar juntos en la misma dirección que es Cristo. «Él
es nuestra paz» (Ef 2,14). Ocurre como en los radios de una
rueda. Observemos qué sucede a los radios cuando, desde el
centro, parten hacia el exterior: a medida que se alejan del
centro se distancian también unos de otros, hasta terminar en
puntos lejanos de la circunferencia. Miremos, en cambio, qué
sucede cuando, desde la circunferencia, se dirigen hacia el
centro: según se aproximan al centro, se acercan también entre
sí, hasta formar un único punto. En la medida en que vayamos
juntos hacia Cristo, nos aproximaremos también entre nosotros,
hasta ser verdaderamente, como Él pidió, «uno, con Él y con el
Padre».
Aquello que podrá reunir a los cristianos divididos será sólo la
difusión, entre ellos, de una nueva oleada de amor por Cristo.
Es lo que está aconteciendo por obra del Espíritu Santo y que
nos llena de estupor y de esperanza. «El amor de Cristo nos
apremia al pensar que uno murió por todos» (2 Co 5,14). El
hermano de otra Iglesia -es más, todo ser humano-- es «aquél por
quien murió Cristo» (Rm 14,15), igual que murió por mí.
* * *
Un motivo debe impulsarnos sobre todo en este camino. Lo que
está en juego al inicio del tercer milenio ya no es lo mismo que
al principio del segundo milenio, cuando se produjo la
separación entre oriente y occidente, ni es lo mismo que a mitad
del mismo milenio, cuando se produjo la separación entre
católicos y protestantes. ¿Podemos decir que la forma exacta de
proceder del Espíritu Santo del Padre, o la manera en que se
realiza la justificación del pecador, sean los problemas que
apasionan a los hombres de hoy y con los que permanece o cae la
fe cristiana? El mundo ha seguido adelante y nosotros hemos
permanecido clavados a problemas y fórmulas de las que el mundo
ni siquiera conoce ya el significado.
En las batallas medievales había un momento en que, superada la
infantería, los arqueros y la caballería, la riña se concentraba
en torno al rey. Ahí se decidía el resultado final del choque.
También para nosotros la batalla hoy se libra en torno al rey.
Existen edificios o estructuras metálicas hechas de tal modo que
si se toca cierto punto neurálgico, o se mueve determinada
piedra, todo se derrumba. En el edificio de la fe cristiana esta
piedra angular es la divinidad de Cristo. Suprimida ésta, todo
se disgrega y, antes que cualquier otra cosa, la fe en la
Trinidad.
De ello se percibe que existen actualmente dos ecumenismos
posibles: un ecumenismo de la fe y un ecumenismo de la
incredulidad; uno que reúne a todos los que creen que Jesús es
el Hijo de Dios, que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que
Cristo murió para salvar a todos los hombres; otro que reúne a
cuantos, por respeto al símbolo de Nicea, siguen proclamando
estas fórmulas, pero vaciándolas de su verdadero contenido. Un
ecumenismo en el que, al límite, todos creen en las mismas
cosas, porque nadie cree ya en nada, en el sentido que la
palabra «creer» tiene en el Nuevo Testamento.
«¿Quién es el que vence al mundo -escribe Juan en su Primera
Carta-- sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn
5,5). Siguiendo este criterio, la distinción fundamental entre
los cristianos no lo es entre católicos, ortodoxos y
protestantes, sino entre quienes creen que Cristo es el Hijo de
Dios y quienes no lo creen.
* * *
«El año segundo del rey Darío, el día uno del sexto mes, fue
dirigida la palabra del Señor, por medio del profeta Ageo, a
Zorobabel, hijo de Sealtiel, gobernador de Judá, y a Josué, hijo
de Yehosadaq, sumo sacerdote...: ¿Es acaso para vosotros el
momento de habitar en vuestras casas artesonadas, mientras mi
Casa está en Ruinas?» (Ag 1,1-4).
Esta palabra del profeta Ageo se dirige hoy a nosotros. ¿Es éste
el tiempo de seguir preocupándonos sólo de lo que afecta a
nuestra orden religiosa, a nuestro movimiento, o a nuestra
Iglesia? ¿No será precisamente ésta la razón por la que también
nosotros «sembramos mucho, pero cosechamos poco» (Ag 1,6)?
Predicamos y nos esforzamos en todos los modos, pero el mundo se
aleja, en lugar de acercarse a Cristo.
El pueblo de Israel escuchó la reprensión del profeta, dejó de
embellecer cada uno su propia casa para reconstruir juntos el
templo de Dios. Entonces Dios envió de nuevo a su profeta con un
mensaje de consuelo y de aliento, que es también para nosotros:
«¡Mas ahora, ten ánimo, Zorobabel, oráculo del Señor; ánimo,
Josué, hijo de Yehosadaq, sumo sacerdote, ánimo, pueblo todo de
la tierra!, oráculo del Señor. ¡A la obra, que estoy yo con
vosotros!» (Ag 2,4). ¡Ánimo, a todos vosotros, que tanto os
importa la causa de la unidad de los cristianos, y al trabajo,
porque yo estoy con vosotros, dice el Señor!
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
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[1] Cf. R.
E. Brown, The Death of the Messiah, vol. 2, Doubleday, Nueva
York 1994, pp. 955-958.
[2] S. Cipriano, De unitate Ecclesiae, 7 (CSEL 3, p. 215).
[3] S. Agustín, Contra Faustum, 32,18 (CCL 321, p. 779).
[4] S. Agustín, Discursos 269,3-4 (PL38, 1236 s.).
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