Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, marzo de
2008
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La muerte de Jesús no fue casual; tampoco lo fue su
resurrección.
Manuel. Carmelita Descalzo cubano
Blog: Amigos de Thomas Merton (http://mertonpito.blogspot.com) ,
LA HABANA
Al celebrar cada año esta fiesta grande, vuelvo a preguntarme:
¿Quién es Jesús para mí? Y vuelvo a responderme: mi vida, la
Vida. Es una respuesta, no teórica, sino existencial. Desde que
encontré a Jesús hace 20 años su presencia ha sido realmente luz
y paz, fuerza y confianza, y ha ido transformando mis heridas,
mis dolores, mis errores, en bendiciones, en oportunidades, en
sabiduría espiritual. Quiero poder responder a esa pregunta cada
año con nuevas razones, quiero mantener viva la llama del
Espíritu, y quiero poder sobre todo compartir esa Vida con mis
hermanas y hermanos.
Anoche habíamos preparado la Vigilia en la parroquia para las 10
de la noche, y salí sobre las nueve para estar temprano y poder
acabar de prepararlo todo, pero a mitad de camino empezó a
llover con fuerza y tuve que sentarme en el portal de una tienda
a esperar que escampara; cuarenta minutos en los que estuve
leyendo un libro de Grün que llevaba en el bolso, y pensando,
mientras el agua corría como ríos por la calle, que la
celebración habría que dejarla para el domingo. Cuando la lluvia
empezó a ceder eché a correr y llegué a la Parroquia: estaban 2
hermanas sentadas a la puerta, nadie más, y eran las diez.
Me sentía un poco descorazonado porque disfruto mucho la Vigilia
Pascual, y lo había preparado de una manera diferente esta vez,
pero pensé: “El hombre propone, y Dios dispone”, y en mi mente
empecé a justificar a los hermanos: con un tiempo así,
imposible. Algunos llamaron por teléfono para decir que no
podían salir de casa a causa de la lluvia y las calles
inundadas. En fin.
Y entonces fue probada mi incredulidad, porque apenas el agua
cesó apareció la gente; volvió a llover fuerte, y luego volvió a
parar, y más gente llegó, y comenzamos a las diez y media con el
salón lleno.
Hice algunas innovaciones, con perdón de los liturgistas.
Comenzamos en el salón parroquial, alrededor de lo que era el
“monumento”, ahora preparado como un sepulcro vacío; una
introducción sobre los cuatro momentos de la Vigilia: cuatro
signos, cuatro realidades de nuestra vida de fe y vínculo con
Jesús: la luz (encontrar a Jesús) y el agua (recibir el
bautismo), la Palabra (que nos da un nuevo saber) y la
Eucaristía (que nos alimenta).
Luego fuimos leyendo y comentando tres pasajes de la Escritura:
La Creación, el Sacrificio de Abraham y la salida de Moisés y el
pueblo cruzando las aguas; entre ellas cantamos. Fui mostrando
como esas lecturas de la Antigua Alianza anuncian la obra de
Jesús y se hacen realidad en el hoy de nuestras vidas. Para
cruzar el mar rojo también nosotros cerramos los ojos, y
apagamos las luces. Meditamos en la oscuridad de nuestra vida y
del mundo, y en la necesidad que tenemos de luz.
Y entonces, en medio del salón, encendimos el fuego y cantamos:
“Manda el fuego, Señor, manda el fuego”; las llamas eran altas,
y alguno se asustó un poco, pero nada pasó; encendimos el cirio
pascual y luego cada uno su propio cirio, y así salimos en
procesión para el templo, animados por el anuncio: ¡LUZ DE
CRISTO!!!. Demos gracias a Dios.
En el templo en penumbras sonó como trompeta el Pregón Pascual:
los cirios en alto, el corazón rebosante de gozo. También nos
sentimos parte de la Iglesia que espera, y así lo añadimos al
pregón. Y luego sentados escuchamos las palabras de uno de los
profetas: la promesa de Dios de no arrepentirse nunca de su
alianza con nosotros, de que nos renovará constantemente.
Y entonces a toda voz gritamos ¡Gloria! Se encienden todas las
luces, y suenan las campanas. Somos un pequeño resto en medio de
la noche, en una ciudad que duerme, y sin embargo tenemos
esperanza. El apóstol nos habla del sentido de nuestro bautismo,
y tras un Aleluya movido y palmeado el Evangelio proclama: “No
tengan miedo”.
Esta es la noche de la fe. No hay otra como esta. Es la noche
santa de la Resurrección, la noche santa de la Vida. Renovamos
nuestra renuncia al mal y proclamamos nuestra fe, e intercedimos
por la Iglesia Universal y el mundo entero, para que llegue el
Reino de libertad y justicia que esperamos. El agua bendecida se
derrama sobre nuestras cabezas, más agua, además de la lluvia
que antes nos mojara. Es una noche para renovar el bautismo, el
nuestro, pero también el de esta ciudad en que vivimos la fe.
La liturgia eucarística es el colofón de la vigilia: un ambiente
de intimidad fraterna casi nos sobrecoge. Es su Cuerpo y su
Sangre, entregados por amor, lo que ahora compartimos. Cada
gesto es un signo de esta Nueva Vida que nos trae: el canto, el
silencio, las manos juntas, el abrazo de paz, las palabras
tantas veces repetidas del canon. Todo esta noche parece nuevo,
diferente.
Al final, y luego de un ¡Aleluya, aleluya! Bien fuerte, y a
pesar de que ya pasa la medianoche, la comunidad se abraza, se
felicita, y vamos al salón a compartir un vinillo casero. La
gente está contenta, y yo también. El entusiasmo de los jóvenes
del coro ha sido un aporte importante a esta noche “buena”.
Hoy tendremos la Misa a las 4, y después el Ágape; y el sábado
próximo tendremos nuestra fiesta patronal: San José, con
procesión y obispo. Será una Pascua por todo lo alto. Aunque
somos una comunidad pequeña, nuestra alegría es un signo en
medio de nuestra gente. Los cambios que Cuba necesita han de
empezar en el corazón de algunos hijos de esta tierra.
Ahora vuelvo y digo: La resurrección de Cristo tampoco fue
casual, la casualidad no existe. Me gusta evocar una frase de
“El Pequeño Príncipe”: “Es bueno haber tenido un amigo aun si
vamos a morir; parecerá que he muerto y no será verdad”.
A todos mis amigos y amigas de este blog:
FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN |