Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, marzo de
2008
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«El diálogo interreligioso es como una peregrinación»
Afirma el cardenal Jean-Louis Tauran, presidente del Consejo
Pontificio para el Diálogo Interreligioso
ZENIT
El purpurado francés, de 64 años, habla de la visita de
representantes de 138 musulmanes (que en realidad son ya 241),
autores de una carta dirigida a Benedicto XVI, en cuya respuesta
el Papa les propuso un encuentro en Roma.
El cardenal Tauran fue durante muchos años «ministro» de Asuntos
Exteriores de Juan Pablo II como secretario vaticano para las
relaciones con los Estados.
El año 2008 se caracterizará, en el marco del diálogo
interreligioso, por ser el año europeo del diálogo
intercultural. ¿Podría comentar esta iniciativa y el compromiso
de la Iglesia en el acontecimiento?
Ha pasado un mes y todavía no hemos percibido la amplitud de la
iniciativa, pero lo importante, lo que han subrayado los
responsables europeos, es que más de una tercera parte de los
franceses están cotidianamente en contacto con personas que
pertenecen a otra raza, a otra religión y a otra cultura, y
están por tanto «condenados», por así decir, a dialogar para
conocerse y vivir juntos.
Por tanto, creo que hay muchos esfuerzos que realizar para
progresar en este diálogo y personalmente lo que voy a proponer
es que se dé quizá una iniciativa común entre el Consejo
Pontificio para la Cultura y el Consejo Pontificio para el
Diálogo Interreligioso para ver cómo podemos ayudar a nuestros
contemporáneos a progresar en este conocimiento mutuo que es una
cuestión de respeto del otro, así como de respeto de las
identidades de unos y otros.
Por lo que se refiere al diálogo interreligioso, como presidente
del Consejo Pontificio, ¿cuáles son sus expectativas y
esperanzas para este año?
Estoy en este cargo desde el mes de septiembre, me considero
todavía en un período de noviciado. Por tanto, para mí este año
va a ser un año de descubrimiento. Lo que me parece muy
interesante, ante todo, es que el diálogo interreligioso no es
algo nuevo. Desde el Concilio se ha hecho mucho, se ha recorrido
mucho camino.
Por ejemplo, algo que he descubierto y que me parece magnífico
es el diálogo interreligioso entre monasterios, entre
contemplativos. Monjes y monjas católicos se encuentran con
monjes y monjas budistas, por ejemplo, o incluso con
representantes del sufismo. Esto es algo que me parece
importante, es lo que llamo el «diálogo de las
espiritualidades».
Se habla de diálogo de vida, de diálogo teológico, pero el
diálogo de las espiritualidades es el diálogo entre personas
para quienes la oración es su razón de vida, que hacen profesión
monástica de vida radical, ya sea en el mundo cristiano, ya sea
en la tradición asiática o en el islam. Creo que hace falta
profundizar en este diálogo entre las espiritualidades. De
hecho, cuando el hombre reza es más grande. Por tanto, tratemos
de salir a su encuentro cuando se encuentra en la cumbre de su
dignidad.
El diálogo con los musulmanes parece avanzar con la venida de
emisarios musulmanes al Vaticano para preparar ulteriormente un
encuentro de mayores dimensiones. Pero siguen dándose
divergencias sobre los argumentos que hay que afrontar. ¿Cuáles
son, desde su punto de vista, las prioridades y los puntos más
fecundos en discusión?
Está claro que no puedo saber con antelación lo que traerán en
su mente nuestros amigos musulmanes cuando vengan aquí para
dialogar con nosotros, pero creo que podremos compartir
convicciones comunes: por ejemplo, la adoración del único Dios,
el carácter sagrado de la vida humana, la dignidad de la
familia, la preocupación por la educación y la juventud.
Obviamente habrá que discutir sobre otros problemas, por
ejemplo, la interpretación de los derechos del hombre tal y como
los definen las convenciones internacionales, o el principio de
reciprocidad que es muy importante en el contexto de la libertad
religiosa. Creo que son problemas de los que podremos hablar.
Buena parte de su ministerio lo ha desarrollado al servicio de
la diplomacia vaticana. ¿Cómo le ayuda hoy esa experiencia?
Me es de ayuda en la medida en que la diplomacia se basa
en el diálogo, en la escucha del otro: saber escuchar, saber
percibir los detalles, y a continuación exponer su punto de
vista en toda su verdad. Contrariamente a lo que se piensa, la
diplomacia no es ni mucho menos mentira o ambigüedad. Por el
contrario, es buscar la verdad de manera que la negociación
pueda lograrse sin que detrás se den segundas intenciones.
Ahora bien, creo que hay que distinguir entre diálogo
interreligioso y diálogo diplomático, pues el diálogo
interreligioso no es sólo una conversación entre amigos, querer
agradar al otro. No es tampoco una negociación, pues una
negociación significa resolver un problema, encontrar una
solución, y ya está. El diálogo interreligioso es como una
peregrinación y un replanteamiento personal. Una peregrinación
en el sentido de que nos invita a salir de nosotros mismos para
ir al encuentro del otro, hacer un tramo del camino con él para
conocerle mejor, y además es un riesgo, pues cuando le pregunto
al otro «¿quién es tu Dios?, ¿cómo vives la fe?», me expongo a
que la persona que tengo ante mí me plantee la misma pregunta. Y
por tanto, yo también estoy obligado a responderle. Se trata,
por tanto, al mismo tiempo de una peregrinación y de un riesgo.
Este diálogo interreligioso está muy cerca de la política o de
las posiciones de algunos estados. ¿Es posible quedarse a nivel
religioso sin ser manipulado por estos últimos,
independientemente de quienes sean?
Siempre es posible la manipulación. Pero creo que hay que tener
cuidado tanto de separar herméticamente lo religioso de lo
político como de confundir las dos áreas. Creo que hay que
reflexionar sobre el concepto de separación. Se pueden separar
las Iglesias del Estado, sin duda, pero no se pueden separar las
Iglesias de la sociedad, es imposible, lo experimentamos. Por
tanto, lo importante es que haya separación y colaboración pues,
en el fondo, el gobierno y un responsable religioso se ocupan de
la misma persona, que es a la vez ciudadano y creyente. Por
tanto, se da necesariamente una cooperación, distinción de
competencias, pero cooperación por el bien común y por el bien
de esta persona.
Usted ha pasado prácticamente todo su ministerio fuera de
Francia, su país natal. ¿Cómo ve a la Iglesia en la Francia hoy?
No cabe duda de que la Iglesia en Francia ha experimentado una
crisis, decirlo es algo banal. Pero creo que ahora hay signos de
renacimiento. En particular, cuando visito los seminarios,
siempre me impresiona el ver a los jóvenes sacerdotes. Creo que
hay una nueva generación mucho más preocupada por transmitir una
experiencia espiritual. Creo que en la Francia de hoy lo
importante es ver cristianos que recen, cristianos que celebren,
cristianos que estén en las fronteras de la caridad, que ejerzan
lo que yo llamo el «poder del corazón». En una sociedad que en
el fondo es muy dura, en ocasiones despiadada, tenemos este
«poder del corazón», es decir, sembrar misericordia, testimoniar
el amor de Dios por nosotros que pasa a través el amor fraterno.
Pues, en el fondo, la mejor manera de mostrar que Dios es Padre
es vivir como hermanos.
Una última pregunta. Vuelvo a tocar la cuestión del diálogo con
los musulmanes: ¿no cree que el riesgo está en promover un
diálogo simpático, pero que deja a un lado los problemas y las
divisiones?
Sin duda es un riesgo, pero creo que el interés de esta reunión
que vamos a tener con los representantes de los 138 [líderes
musulmanes, ndt.], que de hecho ahora son 241, consiste en crear
una estructura de diálogo, una especie de canal que siempre
estará abierto y en el que podamos encontrarnos. Es lo que
quisiera proponer, de manera que este diálogo sea algo continuo,
estructurado, para evitar una cierta superficialidad. Dejando
muy claro que con esto no estamos diciendo: «todas las
religiones son iguales». Nosotros decimos: «todos los buscadores
de Dios tienen la misma dignidad». Eso es el diálogo
interreligioso, no es ni mucho menos sincretismo. Es decir,
«todas las personas que están en búsqueda de Dios tienen la
misma dignidad, por tanto, deben disfrutar de la misma libertad,
del mismo respeto».
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