Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, marzo de
2008
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No se es cristiano si no se cree en la Resurrección de Cristo
P. Raniero Cantalamessa
¡Ha resucitado!
A las mujeres que acudieron al sepulcro, la mañana de Pascua, el
ángel les dijo: «No temáis. Buscáis a Jesús Nazareno, el
crucificado. ¡Ha resucitado!». ¿Pero verdaderamente ha
resucitado Jesús? ¿Qué garantías tenemos de que se trata de un
hecho realmente acontecido, y no de una invención o de una
sugestión? San Pablo, escribiendo a la distancia de no más de
veinticinco años de los hechos, cita a todas las personas que le
vieron después de su resurrección, la mayoría de las cuales aún
vivía (1 Co 15,8). ¿De qué hecho de la antigüedad tenemos
testimonios tan fuertes como de éste?
Pero para convencernos de la verdad del hecho existe también una
observación general. En el momento de la muerte de Jesús los
discípulos se dispersaron; su caso se da por cerrado: «Esperábamos
que fuera él...», dicen los discípulos de Emaús. Evidentemente,
ya no lo esperan. Y he aquí que, de improviso, vemos a estos
mismos hombres proclamar unánimes que Jesús está vivo; afrontar,
por este testimonio, procesos, persecuciones y finalmente, uno
tras otro, el martirio y la muerte. ¿Qué ha podido determinar un
cambio tan radical, más que la certeza de que Él verdaderamente
había resucitado?
No pueden estar
engañados, porque han hablado y comido con El después de su
resurrección; y además eran hombres prácticos, ajenos a
exaltarse fácilmente. Ellos mismos dudan de primeras y oponen no
poca resistencia a creer. Ni siquiera pueden haber engañado a
los demás, porque si Jesús no hubiera resucitado, los primeros
en ser traicionados y salir perdiendo (¡la propia vida!) eran
precisamente ellos. Sin el hecho de la resurrección, el
nacimiento del cristianismo y de la Iglesia se convierte en un
misterio aún más difícil de explicar que la resurrección misma.
Estos son algunos argumentos históricos, objetivos; pero la
prueba más fuerte de que Cristo ha resucitado ¡es que está vivo!
Vivo, no porque nosotros le mantengamos con vida hablando de Él,
sino porque Él nos tiene en vida a nosotros, nos comunica el
sentido de su presencia, nos hace esperar. «Toca a Cristo quien
cree en Cristo», decía san Agustín, y los auténticos creyentes
experimentan la verdad de esta afirmación.
Los que no creen en la realidad de la resurrección siempre han
planteado la hipótesis de que se haya tratado de fenómenos de
autosugestión; los apóstoles creyeron ver. Pero esto, si fuera
cierto, constituiría al final un milagro no inferior al que se
quiere evitar admitir. Supone, en efecto, que personas
distintas, en situaciones y lugares diferentes, tuvieron todas
la misma alucinación. Las visiones imaginarias llegan
habitualmente a quien las espera y las desea intensamente; pero
los apóstoles, después de los sucesos del Viernes Santo, ya no
esperaban nada.
La resurrección de Cristo es, para el universo espiritual, lo
que fue para el universo físico, según una teoría moderna, el
Big-bang inicial: tal explosión de energía como para imprimir al
cosmos ese movimiento de expansión que prosigue todavía, miles
de millones de años después. Quita a la Iglesia la fe en la
resurrección y todo se detiene y se apaga, como cuando en una
casa se va la luz. San Pablo escribió: «Si confiesas con tu boca
que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó
de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10,9). «La fe de los
cristianos es la resurrección de Cristo», decía san Agustín.
Todos creen que Jesús ha muerto, también los paganos y los
agnósticos. Pero sólo los cristianos creen que también ha
resucitado, y no se es cristiano si no se cree esto.
Resucitándole de la muerte, es como si Dios confirmara la obra
de Cristo, le imprimiera su sello. «Dios ha dado a todos los
hombres una garantía sobre Jesús, al resucitarlo de entre los
muertos» (Hechos 17,31).
Basado en las lecturas
del Domingo de Pascua: Hechos 10,34a.37-43; Colosenses 3,1-4;
Juan 20, 1-9
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