Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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El valor del
silencio
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Tres veces al
día, todo se detiene de Taizé: el trabajo, los estudios
bíblicos, los intercambios. Las campanas llaman para la oración
en la iglesia. Centenas, a veces miles de jóvenes de países muy
diversos de todo el mundo, rezan y cantan con los hermanos de la
Comunidad. La Biblia se lee en varias lenguas. En medio de cada
oración común, el largo tiempo de silencio es un momento único
de encuentro con Dios.
Silencio y oración
Si nos dejamos guiar por el libro más antiguo de oración, los
Salmos bíblicos, encontraremos en ellos dos formas principales
de la oración. Por un lado, la lamentación y la llamada de
auxilio, y por otra el agradecimiento y la alabanza. De un modo
más escondido, existe un tercer tipo de oración, sin súplica ni
alabanza explícita. El Salmo 131, por ejemplo, no es más que
calma y confianza: «Mantengo mi alma en paz y en silencio… Pon
tu esperanza en el Señor, ahora y por siempre.»
A veces la oración calla, pues una comunión apacible con Dios
puede prescindir de palabras. «Acallo y modero mis deseos, como
un niño en brazos de su madre.» Como un niño privado de su madre
que ha dejado de llorar, así puede ser «mi alma en mí» en
presencia de Dios. La oración entonces no necesita palabras,
quizás ni reflexiones.
¿Cómo llegar al silencio interior? A veces permanecemos en
silencio, pero en nuestro interior discutimos fuertemente,
confrontándonos con nuestros interlocutores imaginario o
luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz
supone una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan
mi capacidad.» Hacer silencio es reconocer que mis
preocupaciones no pueden mucho. Hacer silencio es dejar a Dios
lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento
de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático,
una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones.
La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la
tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de
Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos ocurre estar
perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros
mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda.
Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran
calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se
encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4).
Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. Un salmo
sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. Leemos
habitualmente el primer versículo del salmo 65: «Oh Dios, tú
mereces un himno». Esta traducción sigue la versión griega, pero
el hebreo lee en la mayor parte de las Biblias: «Para ti, oh
Dios, el silencio es alabanza.» Cuando cesan las palabras y los
pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la
admiración.
La Palabra de Dios: trueno y silencio
En el Sinaí, Dios habla a Moisés y a los israelitas. Truenos,
relámpagos y un sonido te trompeta cada vez más fuerte precedía
y acompañaba la Palabra de Dios(Éxodo 19). Siglos más tarde, el
profeta Elías regresa a la misma montaña de Dios. Allí vuelve a
vivir la experiencia de sus ancestros: huracán, terremoto y
fuego, y se encuentra listo para escuchar a Dios en el trueno.
Pero el Señor no se encuentra en los fenómenos tradicionales de
su poder. Cuando cesa el ruido, Elías oye «un susurro
silencioso», y es entonces cuando Dios le habla. (1 Reyes 19).
¿Habla Dios con voz fuerte o en un soplo de silencio? ¿Tomaremos
como modelo al pueblo reunido al pie del Sinaí? Probablemente
sea una falsa alternativa. Los fenómenos terribles que acompañan
la entrega de los diez mandamientos subrayan su importancia.
Guardar los mandamientos o rechazarlos es una cuestión de vida o
muerte. Quien ve a un niño correr hacia un coche que está
pasando tiene razón de gritar lo fuerte que pueda. En
situaciones análogas, han habido profetas que han anunciado la
palabra de Dios de modo que resuene fuertemente a nuestros
oídos.
Palabras que se dicen con voz fuerte se hacen oír, impresionan.
Pero sabemos bien que éstas no tocan casi los corazones. En
lugar de una acogida, éstas encuentran resistencia. La
experiencia de Elías muestras que Dios no quiere impresionarnos,
sino ser comprendido y acogido. Dios ha escogido «una voz de
fino silencio» para hablar.
Es una paradoja:
Dios es silencioso, y sin embargo habla
Cuando la palabra de Dios se hace «voz de fino silencio», es más
eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. El huracán del
monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa
de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Para el
propio Elías, el súbito silencio era probablemente más temible
que el huracán y el trueno. Las manifestaciones poderosas de
Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de
Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo
loque Elías conocía hasta entonces.
El silencio nos prepara a un nuevo encuentro con Dios. En el
silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más
ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios
es «más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la
división del alma y del espíritu.» (Hébreos 4,12). Al hacer
silencio, dejamos de escondernos ante Dioss, y la luz de Cristo
puede alcanzar y curar y transformar icluso aquello de lo que
tenemos vergüenza.
Silencio y amor
Cristo dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a
los otros como yo os he amado» (Juan 15,12). Tenemos necesidad
de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica.
Cuando estamos agitados einquietos, tenemos tantos argumentos y
razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad.
Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio»,
estas razones se desvanecen. Quizás evitamos a veces el
silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra
o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado:
nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones,
y nos conduce al don de nosotros mismos. Silenciosos y pobres,
nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo,
llenos de un amor incondicional. De manera humilde pero cierta,
el silencio conduce a amar.
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