Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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La seducción de Dios
Dora Amador
Hay días en que se sienten ganas muy grandes de dar gracias a
Dios. Al abrir los ojos a un nuevo amanecer suelo hacerlo con
estas palabras: ``Te ruego, Señor, que todas mis intenciones,
todas mis acciones y todo uso que haga de mis aptitudes estén
puramente orientadas a servirte y alabarte''. Es una rutina
amada, pedirle al Amor que oriente nuestro día y nuestras
energías únicamente hacia El, sumo Creador de todo bien y toda
belleza.
Pero hay días especiales en que ese deseo cotidiano cobra una
fuerza mayor, más honda, y se torna necesidad de alabanza y
adoración. Es cuando nos invade la conciencia sobrecogedora de
lo sagrado que habita en todas las cosas; cuando una comprensión
muy clara y desacostumbrada te hace ver la vida, tu vida, como
el regalo inmenso que es, porque Dios te llamó desde el vientre
materno, pronunció tu nombre desde el momento de tu concepción.
Entonces al corazón lo invade un gozo imposible de describir,
que sólo se podría comparar con ese deseo de salirse de sí en
torrentes, ese anhelo incesante de amor por el Amante que nos
describe el poeta del Cantar de los cantares. ¡Saberse así
amada! ``Había en mí algo así como un fuego ardiente, prendido
en mis huesos, y aunque yo intentaba ahogarlo, no podía'', se
queja Jeremías (Jer. 20, 7-9) por la urgencia abrazadora que
siente de amar a Dios y de dar a conocer ese amor. ``Me has
seducido, Yahvé, y me dejé seducir'', dice el profeta.
¿Qué es la seducción de Dios? ¿Cómo se manifiesta? Yo no lo
sabría explicar, pero lo voy a intentar. Y como soy católica y
me regocijo en ello, centro mi intento en el susurro de una
brisa suave -es una de las formas en que se identifica a sí
mismo Dios en la Sagrada Escritura-, en el hallazgo de un tesoro
enterrado en un campo por el cual se vende todo para comprarlo.
Es el agua bendita que cae en la cabeza de una niña. El óleo
ungido en la frente de un enfermo. Los salmos. El Magnificat.
Saber dichoso que para encontrar la fuente sólo la sed nos
alumbra y que al atardecer de la vida nos examinarán en el amor.
La doctrina social de la Iglesia. La misa diaria. El Credo.
Arrodillarse ante el Cuerpo y Sangre de Cristo en el altar, y
cuando los vemos elevarse gloriosos en las manos del sacerdote
decirlo: ``Señor mío y Dios mío, en ti confío''.
El llamado jubilar a la purificación de la memoria. Juan Pablo
II, su incesante denuncia de injusticias, su llamado a la paz.
Los santos, canonizados o no, vivos y muertos. Oscar Arnulfo
Romero, Thomas Merton, Francisco de Asís, Dorothy Day, Félix
Varela. El padre que paciente y amorosamente le lee una página
de la Biblia a su hijo. La madre que lleva a sus hijos al
catecismo. La floreciente espiritualidad de los laicos. El
llamado de los bautizados a la santidad, al igual que los
consagrados por votos religiosos. Los misioneros, esos cientos
de miles de hombres y mujeres que dan su vida día a día en
servicio de amor sacrificado por los que sufren en cualquier
lugar del planeta. Juan XXIII. El Vaticano II.
Saber confiados que aunque ha existido y siempre existirá el mal
en las mismas entrañas de la Iglesia, porque está hecha de
hombres y mujeres pecadores, nada podrá destruirla. La inmensa
fuerza de lo pequeño que nos enseñó Teresa de Lisieux. Los
místicos. Las catedrales. La Cruz.
La mujer repudiada del Evangelio, que en su impulso apasionado
quiebra el frasco para perfumar los cabellos amados del Maestro
con el caro aroma de nardos. La Pastoral Hispana, verdadera
levadura católica en Estados Unidos. Las pequeñas comunidades
cristianas. La anciana que reza el rosario en el silencio de su
casa, jóvenes en otra jornada de reflexión para evangelizar.
Mujeres estudiando teología. El Santuario del Cobre, en Cuba. La
Ermita de la Caridad, en Miami. Creer.
Y cuando ronda la noche oscura del alma, saber que la angustia y
la desolación son también necesarias y pasan. El Señor no
abandona jamás, sólo Dios basta. Las maravillosas palabras con
que nos llaman para ir a comulgar: ``Dichosos los invitados a
esta cena''. Los iconos. El sacramento de la confesión. La
comunión de los santos. La convicción gozosa de nuestra
resurrección, ese banquete de bodas sin fin al que estamos
invitados, la patria real donde no habrá más llanto ni
despedidas ni dolor ni muerte. La vida eterna que nos espera. La
oración que como un manantial brota desde lo más profundo de
nuestro corazón, día tras día: Toma, Señor y recibe toda mi
libertad, mi entendimiento, mi memoria, mi voluntad. Todo mi
haber y poseer. Tú me los diste, a ti te los devuelvo. Dispón de
ellos según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia, que con eso
me basta. La fe que nos salva, el único sentido de la vida: amar
a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
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