Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
|
Rosa Parks: Las Hazañas de Montgomery
No recuerdo cuándo ni dónde leí por primera vez eso de que "las
democracias no producen epopeyas", pero desde entonces lo he
meditado muchas veces. Y mi mejor conclusión es simplemente
retrucar "... ¡cuando funcionan!".
Tal cosa no ocurría por cierto en el Sur de los Estados Unidos
tan sólo cuarenta años atrás. El estigma del prejuicio y la
discriminación racial se hallaba grabado en el cuerpo de la
sociedad con la violencia indeleble del hierro candente. En la
ciudad de Montgomery, Alabama, una de las tantas paradigmáticas
comunidades donde la tradición marcaba el paso, existían leyes
segregacionistas aprobadas. Los negros no sólo eran relegados
económica y laboralmente, sometidos a una condición de
inferioridad permanente, reprimidos por las autoridades y
marginados de derechos fundamentales como el voto o la libre
expresión, sino que debían sufrir la humillación cotidiana de no
poder compartir con los blancos los mismos lugares públicos:
escuelas, restaurantes, salas de espera; incluso los baños y
bebederos lucían ominosos letreros de "blancos solamente" o
"negros no". Era imposible que ciudadanos de las dos razas
compartieran un taxi, puesto que los conductores blancos sólo
servían a pasajeros blancos, y los negros tenían un sistema
especial para ellos. Los autobuses, por ejemplo, estaban
divididos con una línea, pero si el sector blanco se completaba,
los pasajeros de color debían levantarse para acomodar a los que
ascendían.
Es llamativo cómo grandes revoluciones pueden comenzar con
gestos aparentemente minúsculos y sin importancia. Nunca mejor
dicho que en este caso. El 1º de diciembre de 1955, Rosa Parks,
una modesta y tranquila costurera, subió al autobús en la
Avenida Cleveland camino a casa luego de una larga jornada de
trabajo. Tomó asiento detrás del departamento reservado a los
blancos, y a medida que recorría las calles observaba cómo el
vehículo se llenaba lentamente; al poco tiempo, el chofer se
acercó a ella y le ordenó, junto a otros tres negros, que
dejaran sus lugares a los pasajeros blancos que acababan de
ingresar. No había otros asientos libres, así que tendría que
ceder su sitio a un varón blanco y proseguir de pie el resto del
trayecto. En una reacción sin precedentes para la comunidad de
Montgomery, la señora Parks, serena pero firmemente, se negó.
El resultado inmediato fue su detención. La noticia circuló como
reguero de pólvora por la ciudad, y la imagen de la policía
arrestando a una mujer de porte humilde y equilibrado, de la que
no podía imaginarse ni sombra de provocación, causó su impacto.
Pronto los líderes negros se pusieron en campaña, y la
circunstancia hizo surgir en la escena al joven pastor de una
iglesia bautista local, quien, desconocido hasta ese momento,
sería luego admirado en todo el mundo como uno de los máximos
paladines de los derechos civiles del siglo XX: el Reverendo
Martin Luther King Jr.
El clérigo no sólo traía consigo el carisma y la voluntad
inquebrantable, sino también un método de lucha: la resistencia
pacífica concebida por el Mahatma Gandhi para expulsar al
Imperio Británico de la India. Determinaron llevar a cabo un
boicot a los autobuses. Clandestinamente diseminaron un panfleto
instando a la comunidad negra a abstenerse de usar el servicio a
partir de la mañana del 5 de diciembre. Y el efecto fue
fulminante. Puesto que dos tercios de los usuarios eran de
color, los autobuses viajaban vacíos como fantasmas; la gente
caminaba hasta sus lugares de trabajo, a veces recorriendo ocho
o nueve kilómetros, o se organizaba colectivamente en taxis y
autos particulares. Todo se realizó en silencio, sin incidentes
y con la cabeza alta. Cuando se les preguntaba cómo se sentían,
algunos negros contestaban: "Mis pies, cansados; mi alma:
¡liberada!". La protesta atrajo la atención de todo el país,
pero lo que comenzó siendo una acción casi espontánea acabó en
un movimiento prolongado que puso a prueba la madurez de toda
una colectividad. Los blancos no relegarían fácilmente sus
privilegios; habría arduas negociaciones, procesos legales,
amenazas telefónicas y personales, arbitrariedades y represión
manifiesta, y la aparición siempre cobarde e intimidatoria del
ominoso Ku Klux Klan. El propio Martin Luther King fue
encarcelado, su casa bombardeada y su reputación jaqueada con
calumnias. Sin embargo, no cejó, y la comunidad negra tampoco.
Fueron once meses de paciencia y orgullo tenaz, hasta que la
resistencia dio sus frutos: el 13 de noviembre de 1956 la
Suprema Corte de la Nación declaró inconstitucionales las leyes
referentes a la segregación de los autobuses en Alabama.
Lejos de festejar una victoria, el reverendo King proclamó una
toma de conciencia general para evitar todo tipo de euforia y
mantener las normas de cordialidad y no violencia durante el
proceso de integración de los vehículos públicos. El triunfo
estaba asegurado, pero la lucha por liberar al país del racismo
y la opresión apenas comenzaba.
El epílogo de la gesta de Montgomery aún pone lágrimas en los
ojos de algunos viejos. Vencido moral y legalmente, el Ku Klux
Klan reinició las hostilidades mediante una política sistemática
de amenazas. Cuarenta coches repletos de encapuchados con sus
distintivos atavíos se propusieron recorrer las avenidas del
barrio negro. Esperaban que, como siempre, el miedo metiera a
las víctimas en sus casas. No hubo tal cosa. Hallaron al pueblo
volcado en las calles, cientos de miradas calmas pero resueltas
que los enfrentaban en cada acera y cada esquina; hombres,
mujeres y niños confiados en el nuevo respeto a sí mismos que
habían ganado a pulso... Sin saber cómo reaccionar ante la
sorpresa, la caravana del terror dio la vuelta y se marchó por
donde vino.
|