Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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La no violencia como filosofía y como estrategia
Jean-Marie Muller
Es necesario reconocer que la no-violencia es extraña a nuestras
culturas. Estas han otorgado un amplio lugar a la violencia,
mientras que no han otorgado prácticamente ninguno a la
no-violencia. La palabra misma de la no-violencia plantea una
cuestión a la cual no estamos seguros de saber responder. Para
la mayoría de nuestros contemporáneos la no-violencia es
percibida a través de confusiones y malentendidos y se ve
desacreditada antes de que se pueda plantear el debate. Por ello
es importante antes que todo superar estos malentendidos y
confusiones para establecer el verdadero significado de la
no-violencia. En un primer momento haré una clarificación
conceptual que nos permita distinguir lo que con frecuencia
tenemos el hábito de confundir. Realizaré una distinción entre
lo que es el conflicto, la agresividad, la lucha, la fuerza y lo
que en últimas es la violencia propiamente dicha.
El Conflicto
Nos encontramos continuamente en situaciones de conflictos
potenciales. Mi primera relación con respecto al otro es
frecuentemente una situación de enfrentamiento, de
confrontación, de oposición y, por lo tanto, de conflicto. Mi
encuentro con el otro, a quien no conozco, con un extranjero, es
en primer lugar un encuentro incierto, imprevisible, difícil.
Tengo miedo que quien se acerca a mí venga, en cierta medida, a
apropiarse del espacio vital del que yo, en su momento, me he
apropiado. El otro es, frecuentemente, aquel cuyos derechos
vienen a usurpar mis propios derechos, cuyos deseos vienen a
contrariar los míos, cuya libertad arriesga amenazar mi
libertad. En pocas palabras, frecuentemente, percibo al otro
como un adversario cuya existencia constituye una amenaza para
mi existencia.
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Nos encontramos, con frecuencia, en una situación donde
somos varios a desear la posesión de un mismo objeto. Si
somos dos deseando al mismo tiempo el mismo objeto nos
encontramos ya en una situación de conflicto a través de la
cual identifico al otro como un rival. Imito el deseo del
otro rivalizando por la posesión del mismo objeto.
Si dos niños se encuentran en una habitación donde tienen a su
disposición diez juguetes, cuando uno de ellos se apropia de
uno, ¿qué cree usted que el otro niño va a desear? Tiene a su
disposición nueve juguetes que podemos pensar tan bellos como el
que ha sido tomado. Pero, evidentemente, va a desear aquel que
ha tomado el primer niño, porque se ha apropiado de ese juguete,
precisamente porque es el más deseable, porque es el que le
puede proporcionar más alegría...por lo tanto, el segundo niño
va a dejar desdeñosamente los nueve juguetes que están a su
disposición y va a acercarse a quien se ha convertido en su
rival para intentar apropiarse de ese juguete tan deseable y
disfrutar de él. Probablemente los dos niños llegarán a pelearse
con el riego de romper el juguete, pero, poco importa que el
juguete sea destruido: al menos el otro no podrá disfrutar de
él. Y esta rivalidad tiene una alta posibilidad de engendrar una
violencia recíproca, cada uno imitando la violencia del otro,
devolviendo golpe por golpe. He escogido un ejemplo fácil,
haciendo relación a un problema que concierne niños, pero,
ustedes sabrán encontrar, sin dificultad, problemas análogos
relacionando adultos...por lo tanto, la rivalidad por la
posesión de un mismo objeto se convierte en una de las causas
fundamentales del conflicto que opone a los seres humanos.
Podemos señalar desde ahora que la violencia no ofrece ninguna
solución al conflicto. La violencia aparece no como un arreglo
del conflicto sino como un desarreglo del mismo. Pero hay que
desacreditar la violencia y rehabilitar el conflicto. Existe una
confusión inicial que es necesario aclarar: la no-violencia no
presupone un mundo sin conflictos, no propone huir de los
conflictos. La no-violencia no tiene sus raíces en el sueño de
un mundo donde todos serían bellos, donde todos serían amables,
donde todos serían buenos. Ella tiene sus raíces, al contrario,
en la toma de conciencia de nuestra realidad del mundo que es no
solamente un mundo de conflictos, sino un mundo de violencias.
Debemos aceptar los conflictos, puesto que el conflicto tiene
una función positiva y constructiva. El conflicto puede ser un
medio para crear con el otro una relación de justicia y de
respeto mutuo, de confianza recíproca y aún de benevolencia
recíproca. Es una banalidad decir que el hombre es un ser de
relaciones. La cualidad de su existencia es una función de la
cualidad de sus relaciones con los otros. Debemos construir
estas relaciones a través de la defensa de nuestros derechos, a
los cuales no debemos renunciar y del respeto a los derechos de
los demás. Debemos, por lo tanto, vivir el conflicto,
transformarlo de tal manera que podamos construir una relación
de justicia con los otros.
La Agresividad
Para vivir el conflicto debo asumir y expresar mi agresividad.
Distingamos la violencia de la agresividad. La no-violencia no
exige y no implica el rechazo o la castración de la agresividad.
Ésta constituye una potente afirmación de sí mismo, una potencia
de combatividad gracias a la cual no tendré miedo de afrontar al
otro a través del conflicto para hacerme respetar. Agresividad
proviene de verbo en Latín aggredi que significa marchar hacia,
avanzar hacia. No existe más violencia en la agresión que en la
progresión que significa marchar hacia delante. Ser agresivo es,
por lo tanto, tener el valor de avanzar hacia el otro para
obtener el reconocimiento de sus derechos. Cuando el esclavo
está sometido a su señor, no existe conflicto. Constituye lo que
llamamos “el orden establecido” que es en realidad un desorden
establecido. El conflicto sólo aparece en el momento en que el
esclavo se levanta y tiene el valor de avanzar hacia su señor
para afrontarlo cara a cara y reivindicar su dignidad y su
libertad. En un primer momento, todo el trabajo de Martin Luther
King consistió precisamente en crear el conflicto entre los
negros y los blancos, es decir, despertar la agresividad de los
negros que tenían una gran tendencia a resignarse a la
discriminación racial que se abatía sobre ellos.
Entonces, hay que crear el conflicto para hacer aparecer la
injusticia a la luz del día. Ciertamente, cuando se crea un
conflicto se asume el riesgo que la violencia estalle. Se le ha
reprochado, demasiado, a Martin Luther King, el haber alborotado
la paz social, el haber instaurado el desorden y el haber
provocado la violencia. Pero quien denuncia la injusticia del
orden establecido crea necesariamente el desorden.
La Lucha
Es verdad que la existencia es una lucha por la vida. Solamente
puedo afirmar mis derechos aceptando el conflicto, expresando mi
agresividad y asumiendo la lucha contra aquellos que no me
respetan. Muy frecuentemente las espiritualidades no han sabido
reconocer la necesidad del conflicto y de la lucha. Muy
frecuentemente las instituciones religiosas han hecho elogio de
la paz social desacreditando la lucha social. Ciertamente, la
reconciliación es algo excelente, pero solamente es posible en
la justicia y a la justicia solamente se llega a través de la
lucha. Y, esta lucha no implica ni el odio ni la violencia.
La Fuerza
Toda lucha constituye una prueba de fuerza. Aquí, igualmente,
debemos distinguir claramente el ejercicio de la fuerza del uso
de la violencia. La injusticia es un desequilibrio de fuerzas.
La justicia es un equilibrio de fuerzas. La lucha tiene,
precisamente, la función de re-equilibrarlas, de crear una nueva
relación de fuerzas con el objetivo de crear las condiciones de
diálogo entre los adversarios. Para resolver un conflicto no es
suficiente, generalmente, hacer un llamado al diálogo. En
ocasiones se caricaturiza la no-violencia reduciéndola a la
búsqueda del diálogo. Por supuesto que se trata de agotar las
posibilidades del diálogo y toda lucha bien conducida debe
terminarse en él. Pero el diálogo sólo es posible a través del
equilibrio de fuerzas y de la igualdad de poderes.
Cuando me entrevisté con César Chávez en 1972 en California,
cuando organizaba el boicot a la recolección de la uva para
obtener el reconocimiento de los derechos de los trabajadores
agrícolas por parte de los propietarios de la tierra y cuando ya
había obtenido varios contratos en beneficio de su sindicato. Le
pregunté si había logrado “tocar el corazón” de aquellos para
que aceptaran venir a sentarse a la mesa de negociaciones. Me
respondió: “Si, he tocado el corazón de los propietarios porque
su corazón es su billetera y el boicot ha tocado su billetera”.
He aquí el verdadero realismo de la acción no-violenta. Cuando
existen relaciones de dinero entre grupos humanos solamente será
posible obtener justicia para los oprimidos creando una nueva
relación de fuerza que obligue a los opresores al diálogo.
La Violencia
La violencia sólo interviene en un conflicto a partir del
momento en que uno de los protagonistas hace pesar sobre el otro
una amenaza de exclusión, de eliminación, en últimas una amenaza
de muerte. El conflicto ya no tiene por función el
establecimiento con el otro de relaciones de justicia, tiene, en
adelante, la finalidad de dominar al otro, de hacerlo a un lado,
de callarlo y posiblemente de matarlo. El objetivo último de la
violencia es siempre la muerte, aún si, como sucede
frecuentemente, el proceso de dar muerte no llega a su término.
Toda violencia que se ejerce contra un ser humano es una
violación. La violación de su personalidad, de su identidad, de
sus derechos, de su cuerpo, la violación, en definitiva, de su
humanidad. Sabemos que no es necesario recurrir a actos de
violencia física para violar la humanidad de otro hombre. La
humillación de un niño por un adulto puede ser una violación
profunda de su personalidad que le causará profundos
traumatismos, graves heridas. Pero lo es también cuando se
presenta la humillación de un inferior por un superior en el
marco de una estructura social jerárquica.
Es esencial dar una definición de la violencia de manera que no
se pueda decir que puede existir una violencia buena. Existe en
toda violencia una parte irreductible de injusticia con respecto
a quien la soporta y esta injusticia es en sí misma
injustificable. Nos es necesario tener sobre la violencia una
mirada que nos dé la convicción de que ella constituye la
perversión radical de mi relación con el otro. Si la vocación de
todo ser humano es la de crear con el otro una relación de
respeto mutuo y de benevolencia recíproca, entonces, la
violencia es siempre un fracaso, un drama y una desgracia. La
violencia constituye, en primer lugar, la violación de la
humanidad de quien la ejerce. La violencia hiere primero la
humanidad del violento. La filósofa Simone Weil decía que la
violencia hace de quien la soporta una cosa. El hombre deja de
ser tratado como sujeto para serlo como objeto. Deja de ser
considerado con un fin para serlo solamente como un medio. Al
tomar la espada como símbolo de la violencia, Simone Weil
afirmaba que el frío del acero es igualmente mortal tanto en la
empuñadura como en la punta.
A partir de esta mirada sobre la violencia, somos conducidos a
rechazar cualquier justificación de la misma. La violencia no
puede justificarse nunca porque ella jamás es justa.
La no-violencia
Podemos ahora precisar la significación de la no-violencia.
Decir no a la violencia no es negar la violencia. Al contrario,
la no-violencia no tiene sus raíces en un realismo inferior con
respecto a la violencia sino en un realismo superior con
respecto a ella desde cualquier perspectiva. Se trata de asumir
toda la medida de la violencia, de evaluar en toda su dimensión
su peso en nuestra propia existencia y en nuestra historia
colectiva. Decir no a la violencia optando por la no-violencia
es decir no a todas las justificaciones y a todas las
legitimaciones que hacen de la violencia un derecho del hombre.
Lo que caracteriza la cultura de la violencia no es tanto ella
misma como su justificación. En otros términos, justificar la
violencia es cultivarla y cultivarla es recolectar sus frutos
envenenados. Conocemos la historia: es nuestra historia.
El hombre es un
animal capaz de ejercer la violencia y, ciertamente, el animal
capaz de la más grande crueldad con respecto a sus semejantes.
Es hablar mal de los animales afirmar que los hombres violentos
se comportan como bestias. La violencia no es parte de la
animalidad sino de la inhumanidad, lo que es mucho más grave.
Pero, el hombre es igualmente un animal jurídico. El ha tenido
siempre necesidad de justificar su comportamiento tanto con
respecto a sí mismo como con respecto a los demás. Justificar la
violencia es declarar inocente al asesinato. Desde el momento en
que la violencia se justifica no existe ningún freno al
desarrollo dela misma. Ésta se convierte en un engranaje puro,
en un mecanismo puro. Es lo que vemos en todas las partes donde
el proceso de la violencia se engrana: nada puede detenerla. Por
ello es vital rechazar todas las construcciones racionales que
nos son ofrecidas por las ideologías dominantes para permitirnos
justificar nuestras violencias y declararnos inocentes.
Fue Gandhi quien nos proporcionó el término de no-violencia. A
comienzos de los años 20 del siglo pasado tradujo la palabra en
Sánscrito ahimsa por la palabra en Inglés “non-violence”. Este
término está compuesto por el prefijo privativo a y del
sustantivo himsa que significa el deseo de violencia que existe
en cualquier ser humano. El otro es ante todo quien nos
descompone, nos trastorna, nos molesta, quien quiere tomar
nuestro lugar. Debemos tomar conciencia de este deseo de
violencia que se encuentra en nosotros y que contradice nuestra
vocación hacia la humanidad. Nos corresponde, entonces,
dominarlo, amaestrarlo, no rechazarlo. Será necesario
transformarlo, transmutarlo, convertirlo para que su propia
energía deje de ser destructiva y se vuelva constructiva
La mejor definición de no-violencia que encontré en los 90
volúmenes de las obras completas de Gandhi es: “La no-violencia
perfecta es la ausencia total de male-volencia con respecto a
todo lo que vive”. Es importante señalar que Gandhi proporciona
en primer lugar un significado negativo de la no-violencia:
‘ausencia de male-volencia’. Esto nos permite suponer que
nuestro primer reflejo, nuestra primera reacción, nuestra
primera inclinación hacia el otro es la male-volencia. Gandhi
afirma, justo después, que la no-violencia se expresa por la
bene-volencia con respecto a todo lo que vive, es decir, por la
bondad. El hombre es, por lo tanto, invitado a dominar su
inclinación a la male-volencia para hacer prueba de su
bene-volencia con respecto al otro, a transformar su hostilidad
en hospitalidad...las dos palabras tienen la misma raíz
etimológica.
¿Cuál es la Naturaleza del Hombre?
Una pregunta se nos plantea de manera obsesiva: ¿Por qué el
hombre ha sido capaz de la peores violencias con respecto a otro
hombre?. Es una pregunta que ha hecho correr mucha tinta: ¿es el
hombre bueno por naturaleza o, al contrario, es malévolo? Creo,
en últimas, que es una pregunta mal planteada. En realidad, está
en la naturaleza del hombre ser al mismo tiempo capaz de ser
bueno y de ser malo. El hombre es, a la vez, capaz de
male-volencia y de bene-volencia, de bondad y de maldad, de amor
y de crueldad, de ternura y de odio. Si existen en la naturaleza
del ser humano estas dos capacidades, estas dos potencialidades,
la pregunta que se plantea a cada uno de nosotros es cuál parte
de nosotros mismos vamos a cultivar. Solamente podemos cultivar
lo que nos ofrece la naturaleza. La cultura es desarrollar lo
que ya se encuentra en germen en la naturaleza. Ahora bien,
precisamente, el hombre social ha, sobretodo, cultivado la
violencia. Esto se manifiesta, particularmente, a través de las
tradiciones militares que han dominado nuestras culturas. El
héroe que se propone a nuestra admiración, que pertenece a la
historia o a la leyenda, es siempre un héroe violento.
La cultura necesita instrumentos, herramientas. Ahora bien,
nuestras sociedades han privilegiado la fabricación de
instrumentos de violencia. Se puede, aún más, hablar de una
verdadera cultura de las armas. Pensemos lo que representa en
nuestras tradiciones culturales el símbolo de la espada. La
espada simboliza el coraje, la nobleza. Y, mientras fabricábamos
y admirábamos las armas de la violencia no hemos forjado los
instrumentos de la no-violencia. Mientras que nuestros niños
aprendían el manejo de las armas de la violencia, no fueron
preparados a poner en marcha los métodos de la acción
no-violenta.
Se ha dicho, frecuentemente, que porque es negativa, la palabra
no-violencia había sido mal escogida. En realidad esta palabra
es decisiva por su misma negatividad puesto que permite, ella
sola, deslegitimizar la violencia al rechazar todas sus
justificaciones. Ustedes observarán que la exigencia universal
de la conciencia razonable se expresa, igualmente, de manera
negativa a través del imperativo: “No matarás”. No me sitúo aquí
en una perspectiva religiosa. Las religiones, por otra parte,
han respetado muy mal esta exigencia inventando las doctrinas de
la guerra justa y aún de la guerra santa. Me sitúo aquí en el
plano de la filosofía.
La necesidad no genera legitimidad
Puede darse, sin embargo, que me encuentre en una situación en
la cual no pueda hacer otra cosa que portarme violentamente con
respecto a otro, aún llegar a matarlo. Pero, debemos atenernos a
un principio esencial: la legitimidad no surge de la necesidad.
Aún en situaciones donde parece necesaria, la violencia no se
convierte en legítima. Justificar la violencia bajo la cobertura
de la necesidad es transformarla en necesaria. Es justificar,
por anticipado, las violencias futuras y encerrar el porvenir en
la necesidad de la violencia. En el mismo momento en que me
encuentro obligado por la necesidad a recurrir a la violencia es
cuando debo, más que nunca, recordar que es la exigencia de la
no-violencia la que fundamenta mi humanidad. Y debo esforzarme
de manera que la siguiente ocasión en que me encuentre en una
situación similar esté en capacidad de escapar a la necesidad de
la violencia. Soy responsable de las violencias necesarias en la
medida que no he hecho nada para ser capaz de recurrir a la
no-violencia. Simone Weil lo dice claramente: “Esforzarse en
transformarse de tal manera que se pueda ser no-violento”. Todo
está dicho y bien dicho. La no-violencia es una conquista e
implica un aprendizaje.
En un texto escrito al comienzo de la segunda Guerra Mundial y
titulado “Consideraciones Actuales sobre la Guerra y sobre la
Muerte” Freud hizo la siguiente aclaración: “Cuando una decisión
haya puesto fin al salvaje enfrentamiento de esta guerra, cada
uno de los combatientes victoriosos regresará alegre a su hogar,
re-encontrará su esposa y sus hijos, sin preocuparse ni
inquietarse por el pensamiento de los enemigos que habría matado
cuerpo a cuerpo o por medio de un arma de largo alcance”[1]. De
esta manera, el hombre civilizado no tiene ningún sentimiento de
culpabilidad con respecto al asesinato. Al contrario, demuestra
su satisfacción, su orgullo y su alegría. Refiriéndose a los
trabajos de varios etnólogos, Freud señala que las situación era
distinta en el hombre primitivo: “El salvaje –anota- no es
asesino impenitente. Cuando regresa victorioso del sendero de la
guerra no tiene derecho de ingresar a su pueblo ni de tocar a su
esposa antes de haber expiado sus asesinatos de guerra a través
de penitencias frecuentemente largas y penosas”[2]. Para Freud
es necesario comprender estos actos de penitencia cumplidos por
el salvaje como “la expresión de su mala conciencia relacionada
con su crimen de sangre”. El fundador del psicoanálisis concluyó
señalando que el hombre primitivo daba prueba de una “delicadeza
moral que se perdió en nosotros, hombres civilizados”[3]. De
esta manera, el hombre verdaderamente “civilizado” si se
encontró en la trampa de la necesidad que lo obligó a matar su
adversario, no tiene el gusto de celebrar una victoria, no busca
disculparse a través de ninguna justificación, al contrario,
asume el duelo por aquel que murió por sus manos.
Conviene distinguir bien, no para separarlas, sino para no
confundirlas, la no-violencia como filosofía, que constituye la
búsqueda de un sentido a la existencia y a la historia y la
no-violencia como estrategia, que es la búsqueda de la eficacia
en la acción. La filosofía es el amor de la sabiduría. La
filosofía implica una escogencia, una opción, una decisión
personal. Pero, es necesario que el individuo pueda hacer esta
escogencia en pleno conocimiento de causa. Para ello, es
necesario que este conocimiento le sea propuesto en el marco de
la enseñanza. Debe ser el objeto de la educación. Pero, ¿no es
uno de los dramas de nuestras sociedades que la educación no
ofrece a nuestros hijos una enseñanza sobre la no-violencia?
¿Cuáles son los momentos, cuáles son los lugares que son
propuestos a nuestros hijos para que ellos puedan reflexionar
sobre la no-violencia? La educación sólo ofrece a los jóvenes un
saber tecnológico que tiene como objetivo volverlos competitivos
en la rivalidad económica que pronto los va a oponer. Y este
aprendizaje tiene el riesgo de no darles el espacio para
reflexionar sobre el sentido mismo de su existencia y de
construir convicciones fuertes para afrontar el porvenir.
Ciertamente, habría que re-pensar la educación en este sentido.
La Estrategia de la Acción No-Violenta
Esta sabiduría no debe conducirnos a retirarnos del mundo para
cultivar nuestro jardín interior. Al contrario, debe conducirnos
a comprometernos en los conflictos del mundo por la justicia y
la libertad. Hacer prueba de benevolencia con respecto a
aquellos que sufren una situación de injusticia, consiste en
manifestarles nuestra solidaridad, es estar prestos a actuar en
su favor y, cuando la oportunidad lo amerite, realizar con ellos
una lucha para que obtengan el reconocimiento de sus derechos.
Uno de los principios fundamentales de la estrategia de la
acción no-violenta es la búsqueda de medios que sean coherentes
con el fin. Es necesario rechazar, de una vez por todas el viejo
adagio según el cual: “el fin justifica los medios”, lo que
quiere decir que un fin justo justifica medios injustos. Otro
proverbio expresa mejor la sabiduría de las naciones: “Quien
quiere el fin quiere los medios”, con la condición que lo
entendamos correctamente, es decir: “Quien quiere un fin justo
debe querer medios justos”. Mientras, podemos ponernos de
acuerdo, bastante rápido, con respecto al fin: ¿No busca todo el
mundo el bien de la humanidad, no pretende todo el mundo desear
la justicia? La cuestión verdadera es la de los medios. El siglo
XX fue dominado por ideologías que afirmaban que la violencia
era el medio necesario, legítimo y honorable para actuar en la
historia y debemos claramente reconocer, hoy, el fracaso de esas
ideologías. La ideología comunista tenía, sin ninguna duda, por
fin la construcción de una sociedad donde no existiría más la
explotación del hombre por el hombre. Desafortunadamente, muy
rápido fue evidente que los medios puestos en acción,
precisamente los de la violencia, estaban en contradicción con
este fin y que éste era sin cesar alejado hacia mañanas que
nunca llegaron.
Es conveniente conjugar la esperanza en el presente ya que
siempre estamos tentados a hacerlo en el futuro. En contraparte,
la promesa que expresa la violencia se conjuga siempre en el
futuro. Se cuenta la historia de un barbero que había colocado
en su peluquería una pancarta donde se podía leer: “Mañana
afeito gratuitamente”, pero, cada mañana olvidaba de cambiar la
pancarta, de manera que el día de la afeitada gratis era siempre
pospuesto para más tarde y cada día había que pagarla...Pues
bien, creo que los violentos llevan una pancarta del mismo tipo:
“Mañana traeremos la paz” y olvidan, igualmente, cada mañana, de
cambiarla. Y cada día es un día de destrucción y de muerte. La
no-violencia quiere conjugar la justicia, la libertad y la
dignidad en el presente. Quiere utilizar solamente medios que
ya, por sí mismos, realicen este fin. La victoria de la
no-violencia se encuentra ya en la acción no-violenta, puesto
que ésta da sentido al presente.
El Principio de No-Cooperación
¿Cuál era el análisis de Gandhi con respecto al colonialismo
británico? Decía: lo que constituye la fuerza de la opresión
colonial británica no es tanto la capacidad de violencia de los
ingleses como la capacidad de resignación, de sumisión, de
obediencia pasiva de los indios. Afirmaba; “No son tanto los
fusiles británicos los responsables de nuestra sujeción sino
nuestra cooperación voluntaria”. “Por lo tanto, para liberarse
del yugo que los oprime, los indios deben cesar toda cooperación
con el sistema colonial, con sus leyes y con sus instituciones”.
“Una nación de 350 millones de personas –aseguraba Gandhi- no
tiene necesidad del puñal del asesino, no tiene necesidad de la
copa de veneno, no tiene necesidad de la espada, de la lanza o
de la bala de fusil. Solamente tiene necesidad de querer lo que
ella quiere y ser capaz de decir «No» y esta nación aprende hoy
a decir «No»”.
Ciertamente, toda vida en sociedad implica la existencia de
leyes. Cuando queremos jugar en grupo debemos elaborar una regla
del juego y éste sólo es posible si cada uno la respeta. Quien
hace trampa se elimina a sí mismo. En una sociedad democrática
la función de la ley es la de garantizar la justicia para todos
los ciudadanos y, particularmente, para los más desfavorecidos y
los más débiles entre ellos. Gandhi, que era abogado, tenía
clara conciencia que el buen ciudadano debe obedecer las buenas
leyes que protegen los derechos de los más pobres contra los más
poderosos. Pero, desafortunadamente, las leyes son,
generalmente, elaboradas por los poderosos y no es raro que
ellas tengan por función la defensa de sus privilegios. El
ciudadano responsable debe desobedecer las leyes injustas. Lo
que fundamenta la ciudadanía no es la disciplina sino la
responsabilidad. Ser responsable es aprender a juzgar la ley
antes que obedecerla. La obligación de la ley no debe borrar la
responsabilidad de la conciencia de los ciudadanos. Es una
equivocación implantada por las ideologías dominantes la
conversión de la obediencia en virtud. Y las religiones han
jugado su parte al compartir este error funesto al pretender que
toda autoridad provenía de Dios.
Nuestras democracias son solamente democracias de representación
fundadas sobre la ley de la cantidad. Pero la ley de la mayoría
no garantiza el respeto del derecho. Ser verdaderamente
demócrata no es respetar la ley sino respetar el derecho. Esta
es la razón por la cual la desobediencia civil a las leyes
injustas es un deber cívico. ¿Por qué llamamos a la
desobediencia civil? La palabra civilis tiene dos sentidos. En
primera instancia se opone a militaris: es civil lo que no es
militar. Pero, no es en este sentido que la desobediencia es
civil. Existe, un segundo significado de la palabra civilis, que
la opone a criminalis: es civil lo que no es criminal.
Encontramos esta misma raíz etimológica en las palabras
civilidad, civilizado...
Entonces, la
desobediencia es civil en el sentido que no es criminal, en el
sentido que es respetuosa de la vida de todos los ciudadanos,
aunque sean adversarios políticos, es decir, en últimas, en el
sentido que ella es no-violenta. La desobediencia “criminal”, es
decir, que no es “civil”, es la violencia. Toda violencia, en
efecto, es una desobediencia a la ley que prohíbe a los
ciudadanos cualquier recurso a la violencia. Según su definición
clásica, el Estado es la institución que, en un territorio
determinado, posee el monopolio de la violencia legítima. El
Estado justifica este monopolio, que desarma a los ciudadanos,
afirmando que así asegura la paz pública. Sabemos bien que, en
la realidad, las cosas frecuentemente suceden de manera
diferente y que el Estado no vacila a recurrir a la violencia
para hacer prevalecer su razón privando a los ciudadanos de sus
libertades fundamentales
Desafiar la Represión
Toda acción directa no-violenta, y particularmente, toda acción
de desobediencia civil constituye un desafío a los poderes
públicos. Quien infringe la ley se coloca a sí mismo,
deliberadamente, en una situación en la que se arriesga a sufrir
la represión. La coherencia de la acción no-violenta exige, en
efecto, hacer frente a la represión. El hecho de obligar al
Estado a recurrir a los medios de coerción con respecto a los
ciudadanos desobedientes constituye un elemento esencial de la
estrategia de la acción no-violenta. Esta represión hará
aparecer en la plaza pública lo que verdaderamente está en juego
en el conflicto y la opinión pública va a encontrarse testigo y
tendrá, de alguna manera, que pronunciarse.
La lucha no-violenta no es una estructura bipolar. No se reduce
al enfrentamiento entre, de una parte, los resistentes y, de
otra parte, quienes tienen el poder de decisión, quienes toman
las decisiones. La estructura de la lucha no-violenta es
tripolar. Se crea lo que llamo una “triangulación” del
conflicto. El tercer polo del conflicto es la opinión pública.
Hay, por lo tanto, tres actores: los resistentes, los que toman
las decisiones y la opinión pública. Y la batalla decisiva es la
de la opinión pública. Convencer a quienes toman las decisiones
será muy difícil, en particular si se trata de los poderes
públicos. Ciertamente, quienes toman las decisiones son mujeres
y hombres y, no digo esto por principio, quienes, como
cualquiera, están en capacidad de comprender las exigencias de
la justicia. Pero, al mismo tiempo, tienen el riesgo de
encontrarse prisioneros de su propio poder, de ser los rehenes
del sistema que tienen por función defender. Si no se dejan
convencer por lo justo de nuestra causa, posiblemente se vean
obligados por la presión de la opinión pública. Por esta razón
debemos esforzarnos en convencer a la opinión pública, es decir,
posiblemente no la mayoría de nuestros conciudadanos, pero, al
menos a una fuerte minoría de entre ellos
La escogencia de la
no-violencia puede ser decisiva para ganar la batalla de la
opinión pública. El recurso a la violencia tiene el fuerte
riesgo de desacreditar a los resistentes ante el hombre de la
calle. Al utilizar la violencia no creamos un debate público
sobre la injusticia que combatimos, sino sobre la violencia que
cometemos. Podemos estar seguros, son las imágenes de las
violencias que cometemos las que serán la primicia de los medios
de comunicación y éstas sólo podrán indisponer a la opinión
pública. La violencia es una pantalla entre los actores de la
resistencia y la opinión pública que oculta a sus ojos lo bien
fundado de la causa por la cual se libra la batalla. La
violencia hace aparecer a los resistentes como destructores y
justifica la represión de que son objeto, ya que es lógico que
quienes destruyen paguen. No tengo nada que decir si me
encuentro en prisión a causa de una acción violenta. Al
contrario, si me encuentro en ella a causa de una acción
no-violenta, puedo expresar las razones por las cuales estoy
allí. La no-violencia no permite evitar la represión pero la
priva de cualquier justificación. Y es la violencia de la
represión la que tiene el riego de desacreditar altamente a los
poderes públicos. Aquí, la escogencia de la no-violencia no es
una cuestión de moral sino de realismo y eficacia.
Existen, por lo tanto, serios argumentos de orden estrictamente
estratégico para valorar la opción de la no-violencia. La acción
directa no-violenta es necesaria a la respiración de la
democracia. No es verdad que los buenos ciudadanos deban votar
para elegir sus representantes en las diferentes instancias
políticas. En realidad, a través del voto el ciudadano delega su
poder, no lo ejerce. ¿Por qué hablar de acción directa? Porque
se trata de actuar directamente en la plaza pública de la
ciudad, sin pasar por la intermediación de las instituciones
sociales o políticas. Todo lo que está en juego en los
movimientos de resistencia civil es la creación de un espacio
público en donde los ciudadanos pueden tomar la palabra para
expresarse directamente con la intención de dirigirse a la vez a
la opinión pública y a los poderes públicos. La acción directa y
la resistencia civil son compromisos esencialmente cívicos y los
poderes públicos estarían en mala posición para acusar a quienes
asumen la responsabilidad de incivilidad.
Deberíamos ponernos todos de acuerdo sobre algunas propuestas
tan simples como elementales. Si la no-violencia es posible, es
preferible -¿no es cierto?- y si la no-violencia es preferible,
debemos estudiar sus posibilidades -¿no es esto lógico? Ahora
bien, precisamente, es esto, lo que hasta el presente no hemos
hecho. Mi propuesta es, por lo tanto, humilde y modesta:
estudiemos las posibilidades de la no-violencia comenzando por
el comienzo. No se trata de situarnos en una problemática de
todo o nada. Pero reconozcamos que, en lo referente a la
no-violencia, estamos más cerca de nada que de todo. No soñemos,
pero tengamos la sabiduría de alejarnos de nada. Si no, no es
seguro que podamos enseñarle la esperanza a nuestros hijos.
(*) Jean-Marie Muller, filósofo y escritor francés. Miembro
fundador del Mouvement pour une Alternative Non-violente,
Director de investigación en el Institut de Recherche sur la
Résolution Non-violente des Conflits. Autor de varias obras, ha
publicado, especialmente Le principe de la non-violence (Marabout),
Gandhi l’insurgé (Albin Michel) y Vers une culture de la non-violence
(Dangles).
* Traducción de Benjamín Herrera Chaves. El traductor agradece
los aportes al primer texto en Castellano del profesor Francisco
Javier Rodríguez Alcázar, secretario del Instituto de la Paz y
los Conflictos de la Universidad de Granada.
[1] Sigmund Freud: “Considérations actuelles sur la guerre et
sur la mort” en Essais de psychanalyse. Paris, Petite
Bibliothèque Payot, 1981, p. 34.
[2] Ibid.
[3] Ibid, p. 35 |