Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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Miedo a la verdad
Chesterton anticipó que cuando se estableciera la libertad
religiosa no se podría hablar de Dios.
Ángel García Dorronsoro
Miedo no sólo, ni principalmente, por tener asuntos que se
prefiere ocultar, si no quizás por un temor que se extiende cada
vez un poco más a que los descubrimientos que acompañan a la
verdad sean temibles, algo así como si la realidad se
presintiese amenazante y la alegría estuviera mejor guardada con
una cierta dosis de ignorancia.
Se dice que en esta sociedad el interés por la verdad es un
valor muy secundario y decreciente y, sin que se caiga por
fuerza en una vida hipócrita, el miedo a que la verdad
desilusione o nos inquiete tontamente encoge la fuerza de la
vida de la inteligencia y la detiene mucho antes de alcanzar la
meta. ¿Seguirá siendo aplicable en nuestro tiempo la conocida
frase antigua: «Sólo hay dos clases de hombres, los que temen
perder a Dios y los que temen encontrarle» o más bien nos rodea
una indiferencia espesa y precavida para lo que no sea el
consumo, el bienestar y la autoafirmación?
Chesterton anticipó que cuando se estableciera la libertad
religiosa no se podría hablar de Dios. La paradoja. ¿Adivinaba
que, cuando cualquier verdad que afectase a la religión tuviese
el aval solemne y casi sagrado de lo que debe ser tenido en
cuenta por todos, unos pocos podrían impedir que se hablase de
Dios en nombre de su credo?
El amor a la libertad de Chesterton, que le llevó a exigirla
para poder sonarse a sí mismo, era el que han vivido los hombres
comunes con conmovedora sencillez siempre, sin discursos ni
leyes; los derechos que protegen a las actividades más
elementales le parecían sospechosos, previendo, lo que se ve con
frecuencia, que unos cuantos hagan callar a la muchedumbre con
instrumentos jurídicos. Se aprovecha una opinión que supone que
el hallazgo de nuevas verdades va alcanzando descubrimientos
cada vez más difíciles de entender, casi como en la nueva física
en que los resultados son inimaginables y que sólo pueden ser
expresados en un lenguaje asequible a un reducido número de
especialistas. ¿Será difícil alcanzar la certeza de que Dios
existe? ¿La certeza está más cerca del teólogo? La certeza está
al alcance de cualquiera; depende de saber desde dónde se mira y
hacia dónde está orientada la vida; para algunos la existencia
de Dios es imposible de demostrar y para otros, si no evidente,
es un hallazgo que comienza en la toma de conciencia de una
verdad universal, que habla a todos indistintamente.
¿Quiénes están más seguros de la existencia de Dios? ¿Los más
inteligentes, los mas buenos?¿Los más instruidos, los más
incultos? Ramiro de Maeztu volvió a la Iglesia desde su
anarquismo joven leyendo La crítica de la razón pura, que alejó
a tantos de buscar a Dios con la inteligencia, cuando leyó la
afirmación kantiana de los juicios sintéticos a priori y
entendiendo que existía el espíritu, todo le fue más fácil. E.
Anscombe, discípula y albacea de L. Wittsgenstein que publicó
sus obras póstumas, encontraba la certeza de la existencia de
Dios oyendo hablar a los niños, sin gramáticas, ni reglas ni
«tratados», como Newton, que afirmaba con gran serenidad: "Sí
pero el ojo es anterior a la óptica". R. Bultman trabajó para
que quedara claro que de Cristo casi no hay ningún rastro
histórico fuera de unas pocas palabras; su discípulo H. Slier se
convirtió al catolicismo y, sacerdote, es uno de los teólogos
más citados por sus extraordinarias aportaciones a la Teología
del Nuevo Testamento.
El carbonero tiene su fe, y el sabio y el ama de casa y el
anciano y el niño la suya, superior a las fuerzas del hombre y
al mismo tiempo cercana y familiar en la Gracia y nunca
«difícil», con la dificultad, de los famosos enigmas de la
historia.
El amor a la verdad está con mucha frecuencia en relación
profunda con la fe.
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