Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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Merton en Cuba
Dora Amador
El Nuevo Herald, 13 de marzo de 1997
Con una necesidad
que lejos de saciarse crece, he estado en los últimos tres años
leyendo libros de teología, de espiritualidad, oración, vidas de
santas y santos y todo lo que sentía y siento que me acerca a
Dios y ayuda a conocer más, a acercarme más a la Iglesia
Católica.
Tres años suenan
a mucho, pero las horas que le puedo dedicar a la lectura son
pocas, y no diarias. Por tanto, puede haber momentos en que
tengo cinco libros empezados y en ninguno avanzo como quisiera.
No abundan los que abrimos y nos poseen y empujan con una fuerza
mayor a abandonarlo todo, a leerlos sin parar, como con una
fiebre, y entonces se duerme menos en la noche y se le roban
minutos a la vigilia para acabarlos.
Maestro
Así me pasó ahora con la autobiografía de Thomas Merton, La
montaña de los siete círculos (The Seven Storey Mountain).
Hace tiempo cito, y seguiré citando, al monje trapense, porque
es uno de mis maestros. Lo primero que leí de él fue The
Silent Life. Después le siguió un número considerable de
obras cortas maravillosas dedicadas a la vida contemplativa,
entre ellas Zen and the Birds of Appetite, una colección
de ensayos sobre budismo y lo que el autor llama la ``nueva
conciencia religiosa'', en el que lamenta los prejuicios
católicos contra otras religiones, a pesar de que el Concilio
Vaticano II estableció la importancia y la necesidad del diálogo
interreligioso. Merton insta a cobrar conciencia de que los
cristianos tienen mucho que aprender del hinduismo, del budismo,
el confucianismo y especialmente del Budismo Zen. En ese mismo
libro tiene un precioso ensayo sobre el misticismo sufí,
cristiano y budista. El verano pasado, durante unas vacaciones
que hice en tren por Estados Unidos, leí dos obras más de él :
The Sign of Jonas y Conjectures of a Guilty Bystander .
La semana pasada tomé de mi biblioteca, donde había estado
aguardándome por casi tres años desde que lo compré, The
Seven Storey Mountain.
Que la vida y
obra de Merton me tocaban profundamente, de forma inusitada, ya
se me había revelado. Su deambular por las iglesias de Europa,
su pérdida, su búsqueda interior, su conversión al principio
estética al catolicismo, las comparto tanto. Aunque amo las
catedrales de Francia y España, la experiencia de entrar a las
iglesias de Italia, por ejemplo, es única. Es la máxima vivencia
estética, llamada a la adoración, al silencio y el asombro
confundidos con reverencia ante el arte, sobrecogimiento ante
tanto esplendor. Pero no es eso, más tarde lo sabe: es llamada,
por la vía estética, a la conversión religiosa.
Y ahora, en La montaña de los siete círculos, Merton anda
en una guagua ``salvaje'' y repleta por las carreteras y
montañas cubanas, mirando por la ventanilla, buscando ceibas
solitarias donde ver a la Virgen, rezando rosarios, asistiendo a
misas, como un delirio de amor, de rodillas ante la
consagración, comulgando, buscando a Dios, buscándose. Merton
asciende hacia la Basílica del Cobre, y a medida que va llegando
ora: ``¡Ahí estás, Caridad del Cobre! Es a ti a quien he venido
a ver . . .''
Mi acercamiento a Merton, el signo que es para mí, culmina con
este libro, donde el autor traza magistralmente la trayectoria
de su vida convulsa y de incesante peregrinaje, que a su vez
culmina con su entrada al monasterio trapense de Getsemaní, en
Kentucky.
Uno de mis proyectos de vida queridos es recorrer las iglesias
cubanas cuando regrese. La primera será la Basílica del Cobre,
allí quiero presenciar el amanecer y la caída de la noche
sabiendo que nunca más he de irme. Sé de la belleza de los
altares y retablos tallados, las imágenes, la arquitectura de
iglesias muy antiguas y hermosas que hay por toda la isla. Tanto
han soportado, y hoy resucitan llenas de creyentes otra vez, que
las pintan y reconstruyen.
La
experiencia de la luz
Fue en una de ellas, en la iglesia de San Francisco en La
Habana, donde Merton tuvo en 1940 su primera experiencia
mística. Allí, dice, vio la luz, una luz indescriptible. Comenzó
en el momento de la consagración, cuando el sacerdote levantó la
hostia; seguidamente oyó a unos estudiantes que se hallaban
sentados al frente en la iglesia pronunciar las palabras: ``Creo
en Dios'', y se inició la secuencia que era a la vez sincronía:
triunfo que a la vez es luz que a la vez es voz y sacudida y
éxtasis que estalló cegándolo ante lo que ya supo era la
manifestación de Dios, que hacía sólo unos instantes había
llamado metafóricamente luz, pero en realidad era la conciencia
de la Verdad, que es la visión del Amor. Y entonces sintió el
gozo, la paz, la felicidad que tanto buscaba, de saber que el
cielo se hallaba allí, en aquel altar entre aquella gente, en
aquella isla, en aquel momento.
En el proceso de conversión que vivió Merton, el viaje a Cuba
fue decisivo. La Virgen de la Caridad le concedió lo que le
había pedido en su subida al Cobre: que le permitiera entrar al
sacerdocio. Y en la iglesia de San Francisco, donde irrumpió la
luz, se inició su mística, que dio paso a una espiritualidad
renovada y ecuménica, trasformadora en la Iglesia Católica
norteamericana. Hoy visitan su tumba en Getsemaní –murió en
Bangkok en 1968– budistas, musulmanes y cristianos.
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