Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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Mensaje del Papa con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo
2008
Se celebrará el 11 de febrero de 2008, y tiene como con eje
central el Santuario de Lourdes, en el 150 aniversario de las
apariciones de la Virgen.
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. El 11 de febrero, conmemoración de la Beata María Virgen de
Lourdes, se celebra la Jornada Mundial del Enfermo, ocasión
propicia para reflexionar en torno al sentido del dolor
cristiano y sobre el deber cristiano de ocuparnos de él bajo
cualquier situación que se presente. Dicha significativa
celebración está relacionada este año con dos acontecimientos
importantes para la vida de la Iglesia, como lo manifiesta
claramente el tema escogido «La Eucaristía, Lourdes y el cuidado
pastoral de los enfermos»: el 150° aniversario de las
apariciones de la Inmaculada en Lourdes y la celebración del
Congreso Eucarístico Internacional en Quebec, Canadá. De este
modo, se brinda una oportunidad especial para considerar la
estrecha relación que existe entre el Misterio eucarístico, el
papel de María en el proyecto salvífico y la realidad del dolor
y del sufrimiento humano.
Los 150 años de las apariciones de Lourdes nos invitan a dirigir
nuestra mirada hacia la Virgen Santísima, cuya Inmaculada
Concepción constituye el don sublime y gratuito de Dios a una
mujer, a fin de que adhiriese totalmente a los designios divinos
con una fe firme e inquebrantable, no obstante las pruebas y los
sufrimientos que habría tenido que afrontar. Por esta razón,
María es modelo de abandono total a la voluntad de Dios: acogió
en su corazón el Verbo eterno y lo concibió en su seno virginal;
se fió de Dios y, con el alma atravesada por la espada del dolor
(cfr Lc 2,35), no vaciló en compartir la pasión de su Hijo
renovando en el Calvario a los pies de la Cruz el «sí» de la
Anunciación. Meditar sobre la Inmaculada Conepción de María es,
pues, dejararse atraer por el «sí» que la unió admirablemente a
la misión de Cristo, Redentor de la humanidad, y dejarse tomar y
guíar de la mano por Ella, para pronunciar también nosotros el «fiat»
a la voluntad de Dios con toda nuestra existencia entretejida de
gozos y tristezas, de esperanzas y desilusiones, con la
convicción de que las pruebas, el dolor y el sufrimiento
enriquecen de sentido nuestra peregrinación en la tierra.
2. No se puede contemplar a María sin ser atraidos por Cristo y
no se puede mirar a Cristo sin advertir de inmediato la
presencia de María. Existe un vínculo inseparable entre la Madre
y el Hijo generado en su seno por obra del Espíritu Santo, y
este vínculo lo advertimos, de modo misterioso, en el Sacramento
de la Eucaristía, tal como lo han puesto de relieve los Padres
de la Iglesia y los teólogos. «La carne nacida de María, que
viene del Espíritu Santo, es el pan que ha descendido del
cielo», afirma san Hilario de Poitiers, mientras que en el
Sacramentario Bergomense del siglo IX leemos: «Su seno ha hecho
florecer un fruto, un pan que nos ha llenado de un don
angelical. María ha restituido a la salvación lo que Eva había
destruido con su culpa». Del mismo modo, Pier Damiani observa:
«El cuerpo que la Beatísima Virgen generó y nutrió en su seno
con cuidado materno, ese cuerpo digo, sin duda y no otro, ahora
lo recibimos del sagrado altar, y bebemos la sangre como
sacramento de nuestra redención. Esto cree la fe católica, esto
enseña fielmente la santa Iglesia». El vínculo de la Virgen
Santa con su Hijo, Cordero inmolado que quita los pecados del
mundo, se extiende a la Iglesia Cuerpo místico de Cristo. María
- afirma el Siervo de Dios Juan Pablo II - es «mujer
eucarística» con toda su vida por lo que la Iglesia,
contemplándola como su modelo «está llamada a imitarla también
en su relación con este Misterio santísimo» (Enc. Ecclesia de
Eucharistia, 53). En esta óptica se comprende aún más porqué en
Lourdes al culto de la Beata Virgen María se une un fuerte y
constante llamado a la Eucaristía mediante celebraciones
eucarísticas cotidianas, con la adoración del Santísimo
Sacramento y la bendición de los enfermos, que constituye uno de
los momentos más fuertes cuando los peregrinos se detienen en la
gruta de Massabielle.
La presencia en Lourdes de numerosos peregrinos enfermos y de
voluntarios que los acompañan nos ayuda a reflexionar sobre la
solicitud materna y tierna que la Virgen manifiesta hacia el
dolor y el sufrimiento del hombre. Asociada al Sacrificio de
Cristo, María, Mater Dolorosa, que a los pies de la Cruz sufre
con su Hijo divino, es sentida cercana especialmente por la
comunidad cristiana que se reune alrededor de sus miembros que
sufren, los mismos que llevan consigo los signos de la pasión
del Señor. María sufre con los que están en la prueba, con ellos
espera y es su consuelo sosteniéndolos con su ayuda materna. ¿No
es quizá verdad que la experiencia espiritual de muchos enfermos
anima a comprender cada vez más que «el divino Redentor quiere
penetrar en el ánimo de todo paciente a través del corazón de su
Madre Santísima, primicia y vértice de todos los redimidos»?
(Juan Pablo II, Carta. ap. Salvifici doloris, 26).
3. Si Lourdes nos lleva a meditar en el amor materno de la
Virgen Inmaculada por sus hijos enfermos y los que sufren, el
próximo Congreso Eucarístico Internacional será ocasión para
adorar a Jesucristo presente en el Sacramento del altar, a El
confiarnos como Esperanza que no defrauda, El acoge como
medicamento de la inmortalidad que sana el físico y el espíritu.
Jesucristo ha redimido el mundo con su sufrimiento, con su
muerte y resurrección y ha querido permanecer con nosotros como
«pan de la vida» en nuestra peregrinación terrena. «La
Eucaristía don de Dios para la vida del mundo»: este es el tema
del Congreso Eucarístico y subraya que la Eucaristía es el don
que el Padre hace al mundo de su Hijo unigénito, encarnado y
crucificado. Es El que nos reune alrededor de la mesa
eucarística, suscitando en sus discípulos una amorosa solicitud
por los que sufren y los enfermos, en los cuales la comunidad
cristiana reconoce el rostro de su Señor. Como he manifestado en
la Exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis,
«nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser
cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para
todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree
en Él a hacerse ‘pan partido' para los demás» (n. 88). De este
modo estamos animados a comprometernos en primera persona para
servir a los hermanos, especialmente a los que se encuentran en
dificultad, ya que la vocación de cada cristiano es ser
realmente, con Jesús, pan partido por la vida del mundo.
4. Por consiguiente,
es claro que precisamente de la Eucaristía la pastoral de la
salud debe obtener la fuerza espiritual que necesita para
socorrer eficazmente al hombre y ayudarlo a comprender el valor
salvífico de su sufrimiento. Como escribió el Siervo de Dios
Juan Pablo II en la Carta apostólica Salvifici doloris, la
Iglesia ve en los hermanos y en las hermanas que sufren como un
sujeto múltiple de la fuerza sobrenatural de Cristo (cfr n. 27).
Unido misteriosamente a Cristo, el hombre que sufre con amor y
se abandona dócilmente a la voluntad divina se convierte en
ofrenda viviente por la salvación del mundo. Mi amado Predecesor
afirmaba también que «cuanto más se siente amenazado por el
pecado, cuanto más pesadas son las estructuras del pecado que
lleva en sí el mundo de hoy, tanto más grande es la elocuencia
que posee en sí el sufrimiento humano. Y tanto más la Iglesia
siente la necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos
humanos para la salvación del mundo» (ibid.). Por tanto, si en
Quebec se contempla el misterio de la Eucaristía don de Dios
para la vida del mundo, en la Jornada Mundial del Enfermo, en un
ideal paralelismo espiritual, no sólo se celebra la efectiva
participación del sufrimiento humano en la obra salvífica de
Dios, sino en cierto sentido se pueden gozar los preciosos
frutos prometidos a los que creen. De modo que el dolor, acogido
con fe, se convierte en la puerta para entrar en el misterio del
sufrimiento redentor de Jesús y para llegar con El a la paz y a
la felicidad de su Resurrección.
5. Al mismo tiempo que dirijo mi saludo cordial a todos los
enfermos y a los que de muchos modos se ocupan de ellos, invito
a las comunidades diocesanas y parroquiales a celebrar la
próxima Jornada Mundial del Enfermo valorando plenamente la
feliz coincidencia entre el 150º aniversario de las apariciones
de Nuestra Señora en Lourdes y el Congreso Eucarístico
Internacional. Sea una ocasión para subrayar la importancia de
la santa Misa, de la Adoración eucarística y del culto de la
Eucaristía, de modo que las Capillas en los Centros sanitarios
se conviertan en el corazón pulsante en el que Jesús se ofrece
incesantemente al Padre por la vida de la humanidad. También la
distribución de la Eucaristía a los enfermos, hecha con decoro y
espíritu de oración, es una verdadera consolación para el que
sufre por las aflicciones de toda enfermedad.
La próxima Jornada Mundial del Enfermo constituya también una
circunstancia propicia para invocar de modo especial la
protección materna de María a los que están probados por la
enfermedad, a los agentes sanitarios y a los agentes de la
pastoral sanitaria. Pienso de modo especial en los sacerdotes
comprometidos en este campo, en las religiosas y en los
religiosos, en los voluntarios y en todos los que con eficaz
entrega sirven, en el cuerpo y en el alma, a los enfermos y a
los necesitados. Confío todos a María, Madre de Dios y Madre
nuestra, Inmaculada Concepción. Ella ayude para que cada uno
atestigue que la única respuesta válida al dolor y al
sufrimiento humano es Cristo que, resucitando ha vencido la
muerte y nos ha donado la vida que no conoce término. Con estos
sentimientos, de corazón imparto a todos una especial Bendición
Apostólica.
Desde el Vaticano, 11 de enero de 2008.
Benedictus PP. XVI
Traducción del original italiano por el Consejo Pontificio para
la Pastoral de la Salud
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
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