Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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El mal «oscuro» de nuestro tiempo, la falta de esperanza
Una virtud clave para una sociedad llena de angustia
P. John Flynn, L. C.,
Traducción de Justo Amado
ZENIT
ROMA, domingo, 20 enero 2008 – En su mensaje para el Año Nuevo,
Benedicto XVI animaba al mundo a redescubrir la virtud cristiana
de la esperanza. En su homilía durante las vísperas del 31 de
diciembre que marcaban el fin del 2007, el pontífice se refirió
a la falta de esperanza y confianza en la vida que prevalece en
la sociedad occidental moderna, definiéndola como una mal
«oscuro».
Desde la publicación de su encíclica sobre la esperanza, «Spe
Salvi», el Papa ha vuelto ha hablar en varias ocasiones sobre el
tema. El 2 de diciembre, durante el ángelus del primer domingo
de Adviento, comentaba cómo la ciencia moderna ha intentado
confinar la fe y la esperanza a la esfera privada.
Explicaba que esto tiende desgraciadamente a privar al mundo de
esperanza. «No cabe duda de que la ciencia contribuye en gran
medida al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla»,
afirmaba el Papa.
Posteriormente, en el inicio del discurso que precede a la
bendición «urbi et orbi» (a la ciudad de Roma y al mundo) del
Día de Navidad, el Papa decía: «Un día de gran esperanza: hoy el
Salvador de la humanidad ha nacido». El nacimiento del niño
Jesús, «trae normalmente una luz de esperanza a quienes lo
aguardan ansiosos», añadía.
El Santo Padre no es el único en percibir cuánto necesita
redescubrir la esperanza la sociedad contemporánea. El 1 de
enero el New York Times publicaba un artículo titulado «In 2008,
a 100% Chance of Alarm» (En el 2008, un 100% de oportunidades
para la alarma).
El artículo se refería a las constantes advertencias sobre el
cambio climático, y cómo los medios suelen tender a centrase en
las advertencias más pesimistas. Demasiados periodistas y
científicos, sostenía el artículo, están constantemente a la
búsqueda y captura de un nuevo pecado - excesos de emisiones de
carbono.
Esto suele dar lugar a artículos engañosos. El New York Times
observaba cómo los británicos pronosticaron que el 2007 sería el
más cálido del que se tiene registro. Resultó que no fue así,
pero en cualquier caso, al final del año, la BBC exclamaba que
los datos del 2007 habían confirmado la tendencia al
calentamiento.
El artículo del Times también observaba que los medios ignoran
las últimas evidencias sobre el enfriamiento de la Antártica,
junto con los altos niveles de hielo, en contraste con la amplia
publicidad dada a los más bajos niveles de hielo en el Ártico.
Asústate
Las tácticas del miedo también son comunes en política. El 24 de
diciembre la revista Newsweek dedicaba un artículo de cuatro
páginas a examinar cómo muchos de los candidatos en la campaña
presidencial de Estados Unidos usan el miedo. «Un candidato que
descuida el factor miedo debería tener listo un discurso de
reconocimiento oficial de su derrota», concluía el artículo.
En un libro publicado en noviembre, Christopher Richard y Broker
North consideraban el alto coste de los miedos excesivo.
Corremos el riesgo de caer en una nueva época de superstición,
advierte «Scared to Death: From BSE to Global Warming: Why
Scares are Costing Us the Earth» (Continuum) (Sustos de Muerte:
del Mal de las Vacas Locas al Calentamiento Global: Por qué los
Miedos nos están costando la Tierra).
Existen amenazas ciertas, admiten los autores. Pero demasiado a
menudo se exageran las evidencias científicas preliminares, los
medios inflan los peligros, y los políticos imponen nuevas
leyes, con altos costes económicos, afirman Richard y North.
Por ejemplo, cuando en 1996 surgió el BSE, o mal de las vacas
locas, los reportajes de los medios predijeron cientos de miles
de muertes. Un periódico llegó tan lejos que pronosticó medio
millón de muertes al año. El número final de muertes llegó a
cerca de las 200.
En su conclusión del análisis de casi 500 páginas de los miedos
alimentarios y medioambientales de los últimos años, los autores
observan que el miedo se debe, en parte, a la secularización de
la sociedad. Una vez que la gente ya no saca el significado de
sus vidas de la religión, el valor más alto para la sociedad
está en la existencia corporal. Además, la necesidad de
encontrar sustitutos a las nociones de pecado y mal anima a
presentar los peligros de forma apocalíptica.
Enfoque negativo
Otros autores también han comentado la naturaleza cada vez más
temerosa de la sociedad moderna. En el 2005, el sociólogo
británico Frank Furedi publicaba la tercera edición de su libro
«Culture of Fear» (Continuum) (La Cultura del Miedo).
Furedi advertía que corremos el riesgo de dejarnos dominar por
la creencia de que la humanidad se enfrenta a fuerzas
destructivas que amenazan nuestra existencia. Los miedos van de
los asteroides asesinos a los virus letales y al calentamiento
global. Un corolario de la cultura del temor es que celebramos
el victimismo más que a los héroes, y las personas se dan prisa
en probar que merecen asesoramiento y compensaciones, en lugar
de animar a la iniciativa.
Furedi amplió su análisis con otro libro, publicado en el 2005,
«Politics of Fear» (Continuum) (La Política del Miedo).
Observaba que los términos derecha e izquierda ya no son
adecuados para describir la política. En su lugar, el ambiente
cultural actual es de escepticismo, relativismo y cinismo, que
conduce, en la arena política, a lo que Furedi denomina «el
conservadurismo del miedo».
A pesar del conservadurismo del pasado, que creía en el carácter
único del ser humano, el actual conservadurismo se guía por un
«profundo impulso misantrópico». «El ethos de la sostenibilidad,
el dogma del principio de precaución, la idealización de la
naturaleza, de los ‘orgánico', todo ello expresa una
desconfianza misantrópica en la ambición y experimentación
humanas».
Oscuridad
La contraparte teológica a este análisis sociológico y político
se recoge en la reciente encíclica del Papa. En ella comienza
observando la novedad del mensaje cristiano de esperanza. San
pablo, observaba el Pontífice, decía a los efesios que, antes de
entrar en contacto con Cristo, no tenían en el mundo «ni
esperanza ni Dios» (Efesios 2:12).
Los dioses paganos eran cuestionables y los mitos
contradictorios, añadía la encíclica. Por eso, sin Cristo «e
hallaban en un mundo oscuro, ante un futuro sombrío» (No. 2).
Los cristianos, en contraste, saben que sus vidas no terminarán
en el vacío, incluso aunque los detalles de su vida futura no
estén claros. Esta certeza cambia nuestras vidas y, así, el
mensaje cristiano, continuaba el Papa no es sólo informativo
sino que cambia la vida. «Quien tiene esperanza vive de otra
manera; se le ha dado una vida nueva».
La actual crisis de fe en la sociedad moderna es «sobre todo una
crisis de la esperanza cristiana», explicaba el Papa (No. 17).
La encíclica anima por tanto a un diálogo entre la modernidad y
el cristianismo, y su concepto de esperanza.
En este diálogo, los
cristianos «tienen también que aprender de nuevo en qué consiste
realmente su esperanza, qué tienen que ofrecer al mundo y qué
es, por el contrario, lo que no pueden ofrecerle» (No. 22). Por
su parte, la sociedad contemporánea necesita reexaminar su fe
sin críticas en el progreso material y científico. Benedicto XVI
no rechaza el progreso, pero observa que es ambiguo.
El progreso
«Indudablemente, ofrece nuevas posibilidades para el bien, pero
también abre posibilidades abismales para el mal, posibilidades
que antes no existían», observaba. El verdadero progreso, añadía
el Papa, necesita también un progreso ético, y si la razón se
abre a la fe, se vuelve posible distinguir entre el bien y el
mal.
La encíclica no menosprecia el progreso material y científico y,
de hecho, Benedicto XVI reconocía la necesidad de «tener
esperanzas -más grandes o más pequeñas-, que día a día nos
mantengan en camino» (No. 31). «Pero sin la gran esperanza, que
ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan», añadía el
texto.
«Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios,
sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta
el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su
conjunto», concluía el Papa.
Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza, observaba. Quizá,
por tanto, no deberíamos sorprendernos del estado de miedo de la
sociedad moderna. Junto con la ciencia, la humanidad necesita
redescubrir su fe en Dios, si quiere superar las causas más
profundas de sus miedos.
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