Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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De nuevo,
sobre el infierno
Fernando Pascual, LC
Doctor en filosofía por la Universidad Gregoriana.
Profesor de Historia de Filosofía, Filosofía de la Educación y
Bioética.
Nos resulta difícil, a veces nos lleva al temor, pensar en la
existencia del infierno. Porque no querríamos encontrarnos lejos
del amor, condenados al fracaso eterno. Y porque nos dolería
profundamente saber que algún ser querido ha llegado a una
situación tan desastrosa.
Pero el infierno es un dato concreto de la doctrina católica.
Aparece en la Escritura y en la Tradición, ha sido una enseñanza
constante de la Iglesia.
Las preguntas son muchas. ¿Qué es el infierno? ¿Por qué existe
un infierno? ¿Cómo conjugar la misericordia divina con el drama
de una condena para siempre? ¿Qué actitud podemos asumir frente
a esta terrible posibilidad?
El infierno es el resultado eterno de una decisión humana: el
rechazo del amor de Dios. Quien muere sin creer y sin
convertirse, se autoexcluye de la salvación, opta por el
desamor. Eso es, en su raíz más profunda, el infierno (cf.
Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1033-1035).
El Catecismo (n. 1035) explica, además, el principal
sufrimiento del infierno: «La pena principal del infierno
consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente
puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha
sido creado y a las que aspira».
Juan Pablo II habló ampliamente del infierno en la audiencia
general del 28 de julio de 1999. Definió el infierno como «la
última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien
lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente
quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último
instante de su vida».
Explicó, además, que ser condenado al infierno es posible sólo
desde la decisión libre de cada uno. «Por eso, la «condenación»
no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su
amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los
seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se
cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente en que
el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y
confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La
sentencia de Dios ratifica ese estado».
Por último, Juan Pablo II indicaba que no hemos de promover una
psicosis respecto a este tema. La certeza de que existe un
infierno, de que es posible terminar la vida con un «no» a Dios,
debe convertirse en una advertencia y en una invitación a
nuestra libertad: si vivimos según Cristo, si acogemos a Dios,
evitaremos esa terrible desgracia.
Benedicto XVI también ha ofrecido una importante reflexión sobre
el infierno en su segunda encíclica, «Spe salvi» (30 de
noviembre de 2007). El infierno, explicaba el Papa, es el estado
al que llega quien ha dañado en su propia vida, de modo
irreversible, la apertura a la verdad y la disponibilidad para
el amor (cf. n. 45).
La posibilidad del infierno está colocada en el horizonte de
nuestras vidas. Podemos avanzar hacia la condenación eterna si
nos alejamos del amor, si destruimos la fe, si buscamos vivir
contra Dios y de espaldas al prójimo.
En cambio, si abrimos el corazón a la misericordia, si rompemos
con el egoísmo para entrar en el mundo del amor, si pedimos
humildemente perdón, como el publicano del Evangelio (cf. Lc
18,9-17), nos acercamos al trono de la misericordia y permitimos
que la Redención llegue a nuestras vidas.
Queda, como una inquietud profunda, la pregunta: ¿y los demás?
¿Hay algunos hombres o mujeres en el infierno? No nos toca a
nosotros indagarlo. Porque no conocemos lo que hay en los
corazones, y porque no sabemos por qué caminos puede llegar la
acción de Dios a las almas.
Pero sí podemos orar y trabajar profundamente para que ningún
hermano nuestro llegue a un destino tan trágico. Podemos incluso
hacer propias los deseos de aquellos santos que eran capaces de
ofrecer su vida para lograr que nadie llegase al infierno.
Las palabras de santa Catalina de Siena, en ese sentido, tienen
una fuerza fascinadora. Según cuenta su confesor, santa Catalina
mantuvo un diálogo muy especial con Cristo. La santa decía:
«¿Cómo podría yo, Señor, comprender que uno solo de los que tú
has creado, como a mí, a tu imagen y semejanza, se pierda y se
escape de tus manos? No. No quiero de ninguna manera que se
pierda ni siquiera uno solo de mis hermanos, ni uno solo de los
que están unidos a mí por un nacimientos igual en la naturaleza
y en la gracia. Yo quiero que todos ellos le sean arrebatados al
antiguo enemigo, y que tú los ganes para honor y mayor gloria de
tu nombre».
Cristo, entonces, habría explicado a santa Catalina que el amor
no puede entrar en el infierno; a lo que ella habría respondido:
«Si tu verdad y tu justicia se revelasen, desearía que ya no
hubiese ningún infierno o por lo menos que ningún alma cayese en
él. Si yo permaneciese unida a ti por el amor y me pusiesen a
las puertas del infierno y pudiera cerrarlas de tal manera que
nadie pudiese entrar, ésta sería la más grande de mis alegrías,
pues vería cómo se salvan todos los que yo amo».
En cierto sentido, también san Pablo, por el gran amor que tenía
a su pueblo, estaba dispuesto a convertirse en «anatema» (en
«condenado») con tal de que los suyos se salvasen (cf. Rm
9,1-5).
Encontramos, así, ejemplos de amor heroico, corazones que
desean, que esperan profundamente, que la misericordia venza,
que el pecado sea derrotado, que un día seamos muchos los que
nos encontremos, definitivamente, bajo el abrazo eterno de Dios.
Podemos decir, en resumen, que el infierno es una llamada a la
responsabilidad (cf. Catecismo de la Iglesia católica n.
1036). Nadie, ni siquiera Dios, puede obligarnos a amar, a tomar
la mano bondadosa y salvadora de Cristo. Con la ayuda de la
gracia, y desde la propia libertad, cada uno decide si acogerá o
no la misericordia, si trabajará, día a día, para vivir en el
Amor, para avanzar hacia el encuentro con Aquel que nos ha
preparado un lugar en el cielo.
Al mismo tiempo, podemos amar a los que Dios ama, lo cual nos
llevará a buscar con ahínco que ningún hermano nuestro quede
fuera de las fiestas eternas del Cordero.
No está en nuestras manos, es cierto, obligar a nadie a dar el
paso: entrar en el camino de la vida depende de la gracia de
Dios y de la libertad de cada uno. Pero sí está en nuestras
manos unirnos al Corazón de Dios, compartir su deseo de
encontrar a la oveja perdida para traerla a casa, entrar en ese
Amor que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento pleno de la verdad» (1Tm 2,4).
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