Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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El enfermo terminal necesita verdad y solidaridad
Mirko Testa
ZENIT
ROMA, 15 enero 2008– El médico debe preparar al enfermo
incurable para la muerte, evitando cualquier «conjura de
silencio» y anunciando siempre que sea posible la «vida que no
muere», afirmó el obispo Elio Sgreccia, presidente de la
Academia Pontificia para la Vida, al intervenir en un congreso
celebrado en Roma sobre «Depresión y cáncer».
El congreso se celebró el pasado 10 de diciembre en el centro de
congresos IFO. En el mismo, la profesora Paola Muti, directora
científica del «Istituto Regina Elena» (IRE), de Roma, afirmó
que la depresión es un aspecto bastante común en los pacientes
oncológicos aunque numerosos estudios demuestran que se
minusvalora, no se diagnostica correctamente o no se trata
porque algunos de sus síntomas se atribuyen a la patología o a
las terapias aplicadas.
Según los datos aportados, cerca del 40% de los enfermos
oncológicos sufren de depresión mientras que sólo el 2% recibe
el tratamiento adecuado.
Datos alarmantes si se piensa que sólo en 2007 en Italia, por
cada cien mil habitantes, se efectuaron cerca de 6,500 nuevas
diagnosis de cáncer, y que un total de 1.7 millones sufren esta
enfermedad.
En su intervención, monseñor Sgreccia habló de la información al
enfermo incurable como comunicación de la verdad no sólo clínica
sino existencial.
Esta tarea, según el prelado, se ha hecho más difícil por el
rechazo de la verdad de la muerte y de la enfermedad incurable
en una «sociedad marcada por la productividad y el bienestar
material».
Monseñor Sgreccia afirmó que el propio itinerario vital influye
en el enfoque de la muerte: un individuo sano que no logra
aceptar, «reconciliarse» con el pensamiento de la muerte puede
incluso desarrollar «trastornos de personalidad».
Del mismo modo, precisó, «un médico o un psicólogo que no han
realizado este paso interior, no saben tratar con el moribundo
porque ponen en acción mecanismos de autodefensa que la mayoría
de las veces son fuga, agresividad, o búsqueda de éxito a
cualquier precio, algo que lleva al encarnizamiento
terapéutico».
Hablando de la necesidad de un correcto enfoque comunicativo por
parte de los médicos, Sgreccia alabó el modelo de «apertura
individualizada», que se realiza como «una declaración de
amistad», que se funda en el derecho a la información del
paciente y compromete al médico al acompañamiento del enfermo.
Monseñor Sgreccia se mostró contrario a cualquier «conjura de
silencio» que «impide al paciente prepararse para el
desprendimiento y la muerte», y animó a evitar toda comunicación
drástica, subrayando el deber del médico de «evitar la mentira»
y dar siempre «garantía de esperanza y asistencia».
Al mismo tiempo, añadió, pueden darse circunstancias que «por
respeto del bien del paciente mismo, pueden inducir a callar la
gravedad de la enfermedad, cuando se pueda presumir una
fragilidad psíquica en el sujeto tal que lo induzca al suicidio»
o «cuando el paciente haya invocado el derecho de no saber».
Es necesario siempre que el médico tenga en cuenta en su
estrategia de comunicación la situación emotiva y las diversas
fases psicológicas por las que pasa el enfermo, subrayó el
prelado. Y añadió que «es necesario que la verdad clínica se
articule positivamente con las verdades antropológicas, con el
sentido global de la vida».
«El esfuerzo mayor está en presentar esta verdad en sentido
salvífico», en construir un itinerario con el paciente durante
la enfermedad y en «proponer, donde sea posible, el anuncio de
la vida que no muere y la revelación de Cristo muerto y
resucitado, presente y operante en cada hombre que sufre».
En este sentido, el prelado subrayó el
valor salvífico del sufrimiento y la importancia del
acompañamiento del enfermo en la fase terminal de la vida: «El
moribundo aporta madurez y valor incluso a quienes están a su
lado», «se convierte en un maestro de vida».
Además, añadió, «todos los actos de amor que nos han sido
donados los llevamos con nosotros. Nuestra vida espiritual no
desaparece sino que florece, se enriquece en la eternidad».
Citando algunos pasajes de la encíclica «Spe salvi», el
arzobispo Sgreccia afirmó que «la calidad de la humanidad se
determina esencialmente en su relación con el sufrimiento y con
el que sufre» y que «una sociedad que no logra aceptar a los que
sufren y que no es capaz de contribuir mediante la compasión a
hacer que el sufrimiento sea compartido y soportado incluso
interiormente es una sociedad cruel e inhumana».
«Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad
y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de
convertirse en una persona que ama realmente, son elementos
fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre
mismo», afirma Benedicto XVI en su última encíclica (n. 39).
La «ciencia empírica, con sus medios, queda fuera del acto de
morir», que es un «momento que escapa al médico», mientras que
«el hombre sabe que muere a través de una consciencia
espiritual», indicó Sgreccia.
«El sentido de la agonía es esta apertura a la eternidad
--explicó el arzobispo--. La agonía se convierte en «victoria
sobre la inmanencia», en aquel instante en el que el presente y
la eternidad se tocan, y donde «el tiempo que falta encuentra
sentido en esta trascendencia».
Por esto, concluyó monseñor Sgreccia, es necesario el «anuncio
de la muerte en clave salvífica y escatológica» sin descuidar el
deber de una correcta información, imprescindible desde el punto
de vista de la piedad cristiana.
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