Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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El cristianismo y el futuro de Europa
Entrevista a Mario Mauro, Vicepresidente del Europarlamento
Antonio Gaspari
ZENIT
BRUSELAS, 28
enero 2008 - ¿Hacia dónde va Europa? ¿Qué será de las raíces
cristianas? ¿Sobrevivirá a la caída demográfica y a la crisis
moral que la atenaza? ¿Logrará renovar y alimentar la esperanza
de las nuevas generaciones? ¿Cómo logrará integrar tantos y
diferentes flujos de inmigrantes?
Estas y otras preguntas ha hecho Zenit a Mario Mauro,
vicepresidente del Parlamento Europeo, profesor de Historia de
las Instituciones Europeas y autor del libro en italiano «El
Dios de Europa» («Il Dio dell'Europa», Ediciones Ares, 2007).
–¿En qué punto está la Constitución Europea? ¿Hay posibilidades
de que se reconozcan las raíces cristianas?
–Aún conservando elementos de imperfección y con modestos
progresos logrados en cuanto al proceso de decisiones, podemos
afirmar que, tras la firma del Nuevo Tratado sobre la Unión
Europea, la democraticidad de la Unión habrá crecido.
El órgano legislativo y representativo por excelencia, aquél que
en todos los estados nacionales tiene competencia exclusiva (o
casi) respecto a la iniciativa legislativa, es decir el
Parlamento Europeo y con él los ciudadanos europeos, puede
afirmar que es el gran vencedor del Tratado de Reforma.
Tratado que no tiene ya un carácter constitucional sino que
mantiene importantes realizaciones en cuanto a legitimidad
democrática, eficacia y refuerzo de los derechos de los
ciudadanos (con algunas importantes excepciones respecto al
Reino Unido y otros estados miembros): uno de los primeros
artículos del Tratado de la Unión Europea (UE) define claramente
los valores en los que se funda la Unión Europea, otro artículo
enuncia sus objetivos. No siendo ya un documento de valor
constitucional, la ausencia de una alusión a las raíces
cristianas tiene menos peso y se puede considerar reabierta la
partida.
–Usted es autor del libro «El Dios de Europa». ¿Puede decirnos
sus conclusiones? ¿En qué cree la Europa de hoy?
–El libro puede ayudarnos a responder a preguntas vitales para
el futuro de nuestro continente. ¿Hay un hilo conductor de la
historia europea que se pueda considerar vinculado a las
decisiones históricas de De Gasperi, Adenauer y Schuman? ¿La
Europa de hoy responde todavía al proyecto de los padres
fundadores? ¿Cómo se puede volver a estas cuestiones
fundamentales como la del pueblo europeo y sus aspiraciones?
¿Qué falta hoy en la «aspiración europea»? ¿Por qué, a pesar de
los rechazos a la Constitución Europea, parece que nadie quiere
afrontar con decisión el problema central de la identidad
europea? ¿Cuáles son los espacios disponibles para el
protagonismo de la sociedad civil europea? ¿Existe un
reconocimiento real y concreto de la subsidiariedad a nivel
europeo?
Benedicto XVI recuerda que los grandes peligros contemporáneos
para la convivencia entre los hombres vienen del fundamentalismo
–la pretensión de poner a Dios como pretexto para un proyecto de
poder– y del relativismo –considerar que todas las opiniones son
igualmente verdaderas–. La involución del proyecto político que
llamamos Unión Europea hoy tiene que ver con estos factores.
El problema de Europa nace del hecho de que la relación entre
razón y política se ha desviado sustancialmente de la noción
misma de verdad. El acuerdo político, que justamente es
presentado como sentido de la vida política misma, se concibe
hoy como un fin en sí mismo.
Por ello, he querido analizar las principales políticas de la
Unión Europea usando como hilo conductor las intuiciones de los
padres fundadores y la promoción de la dignidad humana propia de
la experiencia cristiana. La situación de «impasse» que
experimenta Europa debe conducirnos a una profunda reflexión.
Más allá de la capacidad de lograr un buen acuerdo sobre el
presupuesto, el viejo continente está perdiendo el propio
horizonte, la propia dimensión. Tras la era Kohl, Europa ha
estado dominada por políticos sin la audacia necesaria para
poder generar futuro y sin la fuerza para poder mantener la fe
en la construcción política creada hace poco más de cincuenta
años por los padres fundadores. Una generación de políticos que
llegó a una idea de Europa, rechazada por los referendos francés
y holandés, según la cual, la integración cada vez más intensa
se ha convertido en un valor en sí misma.
–Actualmente, en la Unión Europea se practica un aborto cada 25
segundos y cada 30 segundos hay una separación familiar. A pesar
de la grave crisis demográfica, en el Parlamento Europeo parece
prevalecer una cultura que propone formas de familia
alternativas a la natural, matrimonios homosexuales, píldoras
abortivas y eutanasia, mientras que países como Polonia en los
que los abortos disminuyen son criticados. ¿No cree que
continuar con un modelo cultural malthusiano marcará la
decadencia de Europa?
–Sí y hay un peligro mayor. La decadencia de nuestro continente
es sobre todo el resultado de una crisis de nuestra identidad
europea como pueblo.
En este sentido, creo que el reciente discurso del Papa a los
embajadores acreditados ante la Santa Sede, en el que ha
expresado su esperanza de que la moratoria aprobada por la ONU
sobre la pena de muerte pueda «estimular el debate público sobre
el carácter sagrado de la vida», constituye el punto central del
debate sobre la futura Europa.
Según mi experiencia, considero que los cinco puntos en los que
se juega el futuro de Europa son la crisis demográfica, la
inmigración, la ampliación, la estrategia de Lisboa y la
política exterior. Puntos íntimamente relacionados entre sí por
un mínimo denominador común: la identidad de Europa. Sin tener
clara su identidad, Europa no podrá dar ningún paso adelante en
esos cinco retos.
Corremos el riesgo de que la respuesta a la crisis demográfica
sea puramente ideológica, privilegiando obras de ingeniería
social. La UE no puede ignorar el factor cultural en la
repercusión sobre los índices de fertilidad, es decir las
convicciones personales que sostienen la apertura a la vida.
–Sin embargo, si se sale de las sedes de la política de Bruselas
y Estrasburgo, parece que entre las nuevas generaciones ha
nacido una cultura optimista y pro vida. En Londres hubo una
manifestación contraria al aborto. En Madrid, las familias
salieron a la calle el 30 de diciembre. El 20 de enero, en
París, hubo una manifestación europea a favor de la vida. Antes
de Navidad, en Estrasburgo, los movimientos por la vida europeos
se reunieron y están tratando de recoger diez millones de firmas
para pedir al Parlamento Europeo el reconocimiento de la persona
desde la concepción hasta la muerte natural. Cuatro décadas
después de la revolución del 68, ¿los tiempos cambian? Usted,
¿qué piensa?
–Desde
hace muchos años, siguen difundiéndose, sobre todo por los
medios de comunicación más potentes y persuasivos y por parte de
la mayoría de las formaciones políticas en Europa, ideas sobre
la familia que, a decir poco, son erróneas o desviadas y no
contribuyen absolutamente a ayudar a la sociedad civil, a la que
no se hace más libre sino que se la vacía de toda certeza sobre
la propia vida.
En este contexto alarmante, las manifestaciones y las
iniciativas en defensa de la vida y de la familia tradicional,
que en toda Europa encuentran cada vez más apoyo, son un claro
signo de que hay personas que todavía creen, y que están
dispuestas a luchar por ella, por el respeto de la dignidad y el
carácter sagrado de la vida humana; vida que desde la concepción
se realiza plenamente a través del nacimiento, el crecimiento,
el matrimonio, la procreación y la muerte natural.
El desafío, antes que político, es educativo y cultural, parte
de la concepción de la vida y de la persona que está en juego y
de la honestidad intelectual con que se afronta. Aunque hay
posturas fuertemente ideologizadas que resisten, está aumentando
la apertura a una confrontación a partir de elementos de
racionalidad y no de reacciones de tipo emotivo.
Y esto, a nivel europeo, emerge tanto entre los políticos como
en la opinión pública. Aparte de algunas posturas cerradas a
priori y enfocadas a la contraposición o a la demonización del
adversario, está surgiendo una disponibilidad nueva a la
confrontación, motivada por una creciente sensibilidad hacia la
dignidad de la vida, gracias también a los resultados que
proporciona la ciencia.
Como declaró recientemente el presidente de la Conferencia
Episcopal Italiana, el cardenal Angelo Bagnasco, es necesario
que las leyes se adecuen al estado del conocimiento, que cambia
con el tiempo, especialmente en el campo bioético, y por ello he
presentado, juntos a otros colegas, una interrogación escrita a
la Comisión Europea, respecto a la financiación de la
investigación sobre células madre embrionarias, en la que
pedimos «valorar a la luz de los recientes descubrimientos
científicos hechos por científicos japoneses si es todavía
necesario continuar dando fondos a proyectos para la
investigación sobre células madre que destruyen embriones
humanos».
Las doces estrellas de la bandera de la Unión Europea provienen
de la devoción a la Virgen María, afirma Mario Mauro,
vicepresidente del Parlamento Europeo, en la segunda parte de la
entrevista concedida a Zenit sobre el futuro de Europa y el
papel del cristianismo en este proceso.
–Tras la multitudinaria manifestación de apoyo a la familia que
se vivió en Italia en 2007 («Family Day), está teniendo un
cierto éxito la propuesta de moratoria del aborto lanzada por el
diario italiano «Il Foglio». ¿Qué opina?
–Como en Londres, Madrid, París, Estrasburgo, también en Roma
los italianos han salido a la calle para reafirmar una idea de
vida y de familia «alternativa» a los modelos que la sociedad y
la política están tratando de imponernos. Un modelo que sitúa en
el centro al hombre y su búsqueda de la verdad.
¿Qué país será Italia dentro de treinta años? Es una pregunta
que afecta a todos, de derecha y de izquierda, católicos y
aconfesionales, como afecta a todos el evidente deterioro de la
sociedad italiana y su clamorosa debilidad en la formación de
las nuevas generaciones.
Porque si una sociedad libre no logra formar nuevos individuos
capaces de gestionar responsablemente la libertad, estará
fatalmente destinada a ver cómo crece su nivel de autoritarismo.
Recordé antes el reciente discurso del Santo Padre que, el 7 de
enero, hacía un llamamiento a la comunidad internacional para
que la moratoria aprobada por la ONU sobre la pena de muerte
pueda estimular el debate público sobre el carácter sagrado de
la vida humana. El 8 de enero, Giuliano Ferrara [director del
diario], en «Il Foglio», recoge esta petición y lanza una
propuesta de moratoria del aborto que suscita un animado debate.
Desearía que los gobiernos nacionales y los organismos
internacionales clarifiquen el uso ambiguo de términos como
«salud reproductiva», que en sus aplicaciones tienden a
convertir las prácticas abortivas en un comportamiento estándar.
Las instituciones internacionales, como las Naciones Unidas y la
UE, no pueden transformarse en una especie de supermercado de
los derechos; han nacido para favorecer la paz y el desarrollo,
es decir para tutelar la vida humana y para garantizar la
legitimidad de un derecho natural que toda la humanidad tenga
como referencia.
–Junto a Elisa Chiappa, usted ha escrito el libro en italiano
para niños «Pequeño diccionario de las raíces cristianas de
Europa» («Piccolo dizionario delle radici cristiane d'Europa»,
ediciones Ares). ¿Qué historias, personajes e imágenes usaría
usted para explicar la Europa cristiana a los niños?
–Con este libro, Elisabetta y yo hemos tratado de contar a los
más pequeños la Unión Europea de hoy, la Europa que fue y que a
través de los siglos ha llegado a una fisonomía concreta, y la
Europa que será, para hacerles comprender el mundo y la
civilización en que han nacido y a la que de mayores darán su
aportación.
Hemos tratado de hacerlo mediante un diccionario, palabras
elegidas con cuidado y explicadas no sólo por un bonito texto
sino por las bellísimas imágenes de Benedetto Chieffo. Para
hacer todavía más sencillo e interesante el conocimiento de
Europa, el libro tiene un anexo con «Eurovia», un juego sobre la
bandera europea que propone una carrera atractiva e instructiva
a través de todos los países de la Unión.
Estoy convencido de que la identidad civil y nacional de Europa
se funda en las raíces culturales y religiosas de una tradición
bimilenaria. Tenemos que ser capaces hoy de decir lo que somos.
En qué creemos.
Para tener una Europa mejor, debemos volver a creer, trabajar,
movilizarnos por ella. Europa nace cristiana, bajo la protección
de san Benito de Nursia, los santos Cirilo y Metodio, santa
Catalina de Siena, santa Brígida, santa Teresa Benedicta de la
Cruz (Edith Stein); no podemos dejar que sea presa de
mistificaciones y manipulaciones.
Baste un ejemplo. La referencia al cristianismo está incluso en
el símbolo por excelencia, la bandera, porque las doce estrellas
provienen del culto a la Virgen María y están desligadas del
número de estados adherentes. No todos lo saben, porque el
verdadero origen de la bandera con doce estrellas ha sido objeto
de un olvido culpable dentro de las instituciones comunitarias.
Hace falta, en pocas palabras, otro paso: existe la oportunidad
para toda una sociedad de reencontrarse a sí misma y de
reencontrar la propia identidad, el propio rostro, y también el
propio fin, la razón por la que somos lo que somos ¿Tenemos o no
tenemos el deber de responder a este reto? El diccionario tiene
el sentido de clarificar y restituir el significado de las
palabras que definen a Europa. Un primer paso hacia el reto al
que estamos llamados.
–El jueves 10 de enero usted presidió la sesión plenaria para la
firma de la Carta de los Musulmanes Europeos y pronunció el
discurso introductivo. ¿Puede decirnos en qué consiste? ¿Qué
significa este documento en el año que la UE dedica al diálogo
interreligioso del que usted es delegado? ¿Ha previsto otros
momentos de confrontación y debate?
–Más de 400 organizaciones musulmanas de 28 países del
continente, incluida Turquía, han firmado la Carta de los
Musulmanes de Europa, elaborada por iniciativa de la Federación
de Organizaciones Islámicas de Europa.
En los 26 puntos del documento, se recuerdan los derechos y las
responsabilidades de los musulmanes, invitados a «una
integración positiva», se sanciona la paridad entre hombre y
mujer y se rechaza el terrorismo fundamentalista.
La Carta es un código islámico de buena conducta, compromete a
la comunidad musulmana europea a participar en la construcción
de una Europa común y de una sociedad unida, a participar además
en el desarrollo de la armonía y del bienestar en nuestras
sociedades y a desarrollar plenamente el papel de ciudadanos en
el respeto a la justicia, la igualdad de derechos y a la
diferencia. Por primera vez, una Carta da un código de conducta
a los musulmanes de Europa que no debe estar en contradicción
con las legislaciones europeas. Es un óptimo impulso al refuerzo
del diálogo intercultural e interreligioso, también a la luz de
la insistencia en el deber que tiene el musulmán de respetar al
no musulmán. Es esperanzador que en la Carta de los derechos
haya una parte dedicada a la familia como condición
indispensable para la felicidad de los individuos y para una
sociedad estable, y que incluya la apertura a una paridad entre
hombre y mujer.
Mario Mauro es profesor de Historia de las Instituciones y autor
del libro en italiano «El Dios de Europa» («Il Dio dell'Europa»,
Ediciones Ares, 2007).
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