Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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Cristianismo, Islam, secularismo (I): La importancia de las
ideas y cosmovisiones
José María Martínez
En esta primera
entrega, al igual que en las dos siguientes que conforman este
análisis, quiero apuntar algunas notas acerca del encuentro de
las tres cosmovisiones —el cristianismo, el Islam y el
secularismo— que en el marco de la globalización están
definiendo el debate ideológico del presente y seguramente
también definirán el del futuro más próximo. Al hacerlo trataré
de indicar algunos puntos reales o previsibles de intersección o
fricción entre ellas con la intención de sugerir algunas
iniciativas que los cristianos podemos tener en cuenta si
queremos que el mundo esté un poco más cerca de los ideales
evangélicos y sea por tanto más justo y humano. Adelanto que no
tengo vocación de profeta ni de adivino y que tampoco soy todo
lo experto que quizá debería ser al apuntar esas sugerencias. Si
lo hago es basado en los conocimientos históricos y culturales
que indirectamente me proporciona mi trabajo (profesor de
literatura) y en la observación de algunos acontecimientos
recientes que van delineando ese triple encuentro. Dejo de lado
cosmovisiones como el hinduismo, el budismo, el animismo o el
judaísmo porque me parece que ninguna de ellas tiene la dinámica
o intención globalizadora que caracteriza en su esencia a las
tres primeras y que probablemente por ello acabarán cerradas
sobre sí mismas o integradas en las demás, especialmente en el
secularismo, como ya puede verse ya en el caso de la New Age.
Anticipo también que estoy seguro que al final de este periodo y
al final de la Historia, la Iglesia Católica y con ella (o por
ella) el cristianismo saldrán vencedores, aunque como se ha
dicho muchas veces no puedan precisarse las dimensiones exactas
de ese triunfo, entre otras razones porque la etapa final del
mismo se dará en un reino que "no es de este mundo". En el mismo
sentido, hay que notar que su verdadera victoria no será la
pervivencia propiamente institucional —segura por otra parte—
sino la existencia en ella de individuos bautizados
comprometidos en una lucha personal contra el mal interior y
exterior, es decir contra el pecado y sus consecuencias. Sea
grande o pequeño el tamaño institucional final de la Iglesia, lo
que realmente importará es que en su seno exista la mayor
cantidad de bautizados tratando de imitar a Cristo y a sus
santos.
Me interesa insistir en este carácter victorioso de la Iglesia
porque parece que ni secularistas ni musulmanes acaban de
entenderlo. Como bien se sabe, la Iglesia Católica es la única
institución con dos mil años de existencia continuada y que ha
sobrevivido a numerosos y heterogéneos sistemas políticos,
económicos o sociales más o menos amigables y más o menos
antagónicos. Ni el Islam, ni el judaísmo ni el budismo o el
hinduismo resultan homólogamente comparables, pues no son
propiamente instituciones sino religiones, culturas o formas de
vida, como religión o forma de vida puede ser también el
cristianismo en sí. La pervivencia de éstos se explica más bien
a partir de la dinámica propia de la vida social y de la
naturaleza humana, con sus anhelos de trascendencia y sus leyes
hereditarias y de vida común. Por el contrario, sólo la Iglesia
es una institución centralizada, con representación física y
concreta, con un organigrama que no ha variado en lo esencial
desde su fundación, y muy diferente de instituciones naturales
como la familia, el matrimonio o las asociaciones temporales
(partidos políticos, clanes, etc.) que de forma diferente se dan
en todas las sociedades. Si cabe la analogía, la Iglesia sería
una especie de multinacional que ha superado todas las crisis y
cambios históricos de las sociedades en que le ha tocado vivir y
continúa ofreciendo a sus clientes los mismos servicios y
productos de sus primeros años. Y en esto es única. Y obviamente
el hecho de que a su cabeza (y a sus pies) haya habido personas
completamente impresentables no dice sino que esa perennidad es
imposible de explicar sin recurrir a justificaciones
sobrenaturales. Por eso me hacen gracia —y me dan pena— quienes
pretenden aniquilarla a base de fuerza o de decretos. El
secularismo o los gobiernos anticristianos podrán perseguirla,
marginarla, ilegalizarla o crear una cultura dominante
completamente opuesta, pero nunca podrán destruirla. Se podría
añadir además que la Iglesia es igualmente indestructible por
ser el cuerpo resucitado de Jesucristo, inasequible ya a la
muerte, pero desarrollar esta idea nos llevaría a honduras
teológicas que no son del caso ahora y que, por desgracia,
parecen inalcanzables para los no creyentes. El mismo hecho de
su catolicidad —su dimensión universal— es una de las más
seguras defensas contra esos ataques que casi siempre no pasan
de ser localistas y en cierta forma aldeanos. En este sentido,
las otras dos cosmovisiones y no los gobiernos nacionales serían
los verdaderos rivales de la Iglesia, como en su día lo fue el
ya extinto comunismo.
Si a modo de ejemplo nos referimos a la España actual, es obvio
que el gobierno de Rodríguez Zapatero pasará (¿4, 8, 12 años?)
como pasaron Felipe González, Alfonso Guerra y sus deseos de
crear una España desconocida hasta por "la madre que la parió".
Quizá consiguieron algo de lo que se proponían, pero es obvio
que la iglesia española —y no digamos la Iglesia—, sigue ahí,
con sus obispos, sus sacerdotes y sus fieles, más o menos
numerosos, más o menos ilustrados o más o menos ruidosos. Y es
muy probable que los partidos políticos actuales acaben
desapareciendo con el tiempo —¿cuántos jóvenes españoles
recuerdan al Partido Comunista Español?— o mofidicando su
ideología —es obvio la S del PSOE (Partido Socialista Obrero
Español) corresponde ya más a 'secularismo' que a 'socialismo'—
pero la Iglesia seguirá estable en su forma institucional, en su
doctrina y en sus servicios, con los brazos abiertos a todos sus
hijos pródigos (todos los hombres). En este sentido hace falta
también un poco de perspectiva histórica y globalizante, para
darse cuenta de que la inmigración va a cambiar —está cambiando—
el espectro religioso mundial para hacerlo más cristiano, y
aunque en Europa y España la tendencia dominante sea la
secularizadora, no hay que menospreciar tampoco el componente
evangélico o católico de los inmigrantes latinoamericanos y
africanos. Una lectura de los datos, estadísticas y prediciones
del libro de Philip Jenkins (The Next Christendom: The Coming
of Global Christianity) nos vendría bien a todos. No debemos
olvidar que, con la excepción de los secularistas, el resto del
Globo todavía sigue identificando a Occidente con el
cristianismo, el progreso, y la democracia, y reclamos como
éstos son atractivos muy difíciles o imposibles de erradicar,
por lo menos a corto plazo.
La propia mecánica de la globalización hará que los intentos
secularistas por ocultar la religión de la vida pública vayan a
resultar infructuosos. Así la globalización y los mass media
hacen más conocidos y accesibles todos los fenómenos de
movimientos de grandes masas o con una gran carga comercial. Una
celebración como la Navidad (o incluso el día de san Valentín),
aunque se esté convirtiendo en algo mercantilista o
multicultural, siempre van a llevar consigo también su sentido
original, que obviamente va ser un ideal punto de partida para
explicar y reivindicar su esencia y sus implicaciones morales o
religiosas. Algo semejante ocurrirá a través del incremento de
los viajes, las variedades del ocio o el turismo, que van a
poner en contacto a grandes cantidades de personas con
manifestaciones artísticas o culturales vinculadas a la religión
y a la vida espiritual, y no dejará de ser ocasión para la
inquisición espiritual de más de un despierto viajero. La
religiosidad popular en este sentido puede ser otro de los
puntos de partida de la nueva evangelización y a la vez una de
las formas de conservación de la fe en sus niveles más sencillos
y a la vez numéricamente más extensos. De la misma manera, el
mercado buscará por su propia dinámica la comercialización de
best-sellers religiosos de diferentes tipos (películas, música,
iconografía, costumbres, etc.), que, de nuevo, serán noticia en
los medios de comunicación o se convertirán en objetos de
consumo popular y seguirán dando pie a más de una inquisición
acerca del origen y significado de los mismos.
Catedratico de Lenguas Modernas de la Universidad de Texas
Pan-Americana
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