Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, febrero de
2008
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Rumbo a la patria
Dora Amador
El Nuevo Herald, 17 de septiembre de 1995
El fundamento de la resistencia cívica de Mahatma Gandhi, o del
Movimiento de Derechos Civiles de Martin Luther King, radica en
reparar la injusticia basándose en el sufrimiento para resistir
al adversario sin rencor y en la lucha sin violencia. Y la llama
prende precisamente porque es un movimiento espontáneo y masivo
en el que sus seguidores no comparten la misma visión política,
o militan, si es que militan, en un mismo partido. Los une un
ideal, una injusticia padecida, y deciden ser libres ejerciendo
su derecho a serlo. Y triunfa la ética, la moral, los principios
que los mueve. En las protestas y las largas marchas de ambos
líderes hubo percances, también hubo intrigas y zancadillas por
parte de compañeros, que en realidad eran adversarios solapados
en busca de la luz de otros para su propia agenda. Pero los que
portan la luz del amor a la justicia, a la libertad, a la paz y
la fraternidad no se dejan robar la antorcha, porque se
apagaría, la mantienen en alto sin detenerse, y sin detenerse
tampoco se dejan cegar por la luz súbita y poderosa que esa
antorcha despide, porque en fuego fatuo se transmutaría.
Esta noche, como tantas otras con fecha 7 de septiembre,
esperaré despierta las 12. A esa hora encenderé el fuego y
oraré. De rodillas ante la llama voy a pedirle a la Virgen la
libertad de Cuba, que salve a los cubanos, que haga realidad mi
anhelo mayor: el regreso. Lo haré de nuevo.
Que la Virgen de la Caridad, cuyo día celebramos mañana, haya
surgido sobre las aguas para salvar a tres cubanos que
zozobraban hace casi 400 años, fue el doloroso presagio de
nuestro destino, un incesante naufragio. Ese designio
incomprensible se repitió el sábado 2 de septiembre, día en que
zarpó la flotilla del Movimiento Democracia rumbo al límite de
las 12 millas de Cuba. Cuando comenzaron a llegar las noticias a
través de la radio y después las imágenes del desastre del
Sundown II; cuando vi aquellos cuerpos flotando en el mar
naufragó mi espíritu. Cuando supe la muerte de Lázaro Gutiérrez,
un hombre a quien no conocía, sentí tan cerca su fervor, el mío,
y me golpeó comprender súbitamente que este hombre encarnaba a
todo un pueblo, patético e impotente. A Lázaro lo quemaba una
llama que lo llevó a la muerte. Cuando después vi la congoja
reflejada en el rostro de Ramón Saúl Sánchez, líder del
Movimiento Democracia, y escuché su decisión de abortar la
flotilla, mi angustia creció, pero comprendí: en la lucha
pacífica de protesta y desobediencia civil se contemplan esas
desgracias: hay accidentes, hay muertes, pero jamás ocasionadas
por un acto de violencia de parte de quienes ejercen esta
táctica. Cierto que fue irresponsable abordar ese barco y
permitir su salida, pero no nos detengamos ahora solo en
inculparnos, lamentarnos o avergonzarnos del "rídiculo", porque
no lo fue. Fue una tragedia, una desgracia. Otra más.
Miro la llama débil, pequeña, vacilante, vulnerable, y pienso en
las inmensas posibilidades que guarda si solo logra extenderse y
hacer arder lo que tiene a su alrededor. El fuego, ese gran
destructor, es también, como su enemigo, el agua, un elemento
purificador. Se mueve vehementemente, y a medida que devora se
vuelve más y más voraz. Vive en el cielo, nos llega con el rayo,
y vive en las entrañas de la tierra, en el volcán. El fuego
alumbra y quema, transmuta, eleva.
Perdidos en esta noche oscura, los cubanos necesitamos una llama
que nos alumbre, que nos abrace, que nos conduzca rumbo a la
patria. Esa llama la tiene en estos momentos el Movimiento
Democracia.
Y afortunadamente, una de las opciones que el movimiento está
considerando, como me afirmó Ramón Saúl, es entrar en Cuba y
realizar sus actos de protesta allí. Creo que sería uno de los
mayores logros del exilio: comenzar a pensar en el regreso como
vía válida y eficaz de acabar con la dictadura. Uno de nuestros
derechos humanos que está siendo violado es la libre entrada y
salida del país: es hora de reclamarlo. Como es hora de que los
de allá reclamen el derecho a entrar en todos los hoteles,
tiendas y restaurantes y exigir servicios y mercancías que sean
pagables en pesos cubanos, la moneda nacional, no en dólares.
Debemos iniciar las marchas de protesta pacífica en todas las
ciudades; las iglesias deben iniciar procesiones con velas por
las noches; y sin tregua exigirles a los gobernantes su renuncia
y la celebración de elecciones libres vigiladas por Naciones
Unidas. Hay que dirigirse a Varadero, al Hotel Nacional, a la
Plaza de la Revolución, al Malecón y lanzar el grito de
libertad.
El 2 de septiembre, día en que zarpó la flotilla, me desperté
muy temprano, antes del amanecer, y encendí dos velitas: uno en
honor a Félix Varela, José Martí, Antonio Maceo, José Antonio
Echeverría, Antonio Guiteras; el otro a la Caridad. Y a esa hora
recé porque la llama de la desobediencia civil y la resistencia
cívica no violenta que había prendido en el exilio, prendiera en
Cuba.
Esta noche cumpliré yo también el designio, y frente a la
Caridad del Cobre, símbolo de libertad nuestra, arderán de nuevo
mis velitas. Yo sé que la lumbre no arderá en vano.
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