Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Informe sobre la situación ecuménica actual
Walter Kasper
Presidente del Consejo para la Promoción de la Unidad
de los Cristianos
Roma, 10 de enero de 2008
1.Comenzaré con una primera observación, que considero esencial.
Lo que llamamos ecumenismo -y que es necesario distinguir del
diálogo interreligioso- encuentra su fundamento en el testamento
que nos dejó Jesús mismo la víspera de su muerte: "Ut unum sint"
(Jn 17, 21). El concilio Vaticano II definió la promoción de la
unidad de los cristianos como uno de sus principales objetivos
(cf. Unitatis redintegratio, 1) y como un impulso del Espíritu
Santo (cf. ib., 1 y 4). El Papa Juan PabloII declaró que la
búsqueda ecuménica es un camino irreversible (cf. Ut unum sint,
3); y el Papa Benedicto XVI, desde el primer día de su
pontificado, asumió como compromiso primario el trabajar sin
escatimar energías en el restablecimiento de la unidad plena y
visible de todos los seguidores de Cristo. Es consciente de que
para esto no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos.
Hacen falta gestos concretos que entren en los corazones y
sacudan las conciencias, impulsando a cada uno a la conversión
interior, que es el presupuesto de todo progreso en el camino
del ecumenismo (cf. Homilía en la misa en la capilla Sixtina
ante el Colegiocardenalicio,20deabrilde2005). Por tanto, el
ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado.
Naturalmente, ecumenismo no es sinónimo ni de humanismo ingenuo
ni de relativismo eclesiológico. Se apoya en la firme conciencia
que la Iglesia católica tiene de sí misma y en los principios
católicos, de los que habla el decreto sobre el ecumenismo (cf.
Unitatis redintegratio, 2-4). Es un ecumenismo de la verdad y de
la caridad; ambas están íntimamente unidas y no pueden
sustituirse mutuamente. Ante todo, es preciso respetar el
diálogo de la verdad. Las normas concretas están expuestas de
modo vinculante en el "Directorio ecuménico" de 1993.
El resultado más significativo del ecumenismo en los últimos
decenios -y también el más gratificante- no son los diversos
documentos, sino la fraternidad recuperada, haber redescubierto
que somos hermanos y hermanas en Cristo, haber aprendido a
apreciarnos los unos a los otros, y haber emprendido juntos el
camino hacia la unidad plena (cf. Ut unum sint, 42).
Por este camino, la cátedra de Pedro se ha convertido durante
los últimos cuarenta años en un punto de referencia cada vez más
importante para todas las Iglesias y para todas las comunidades
eclesiales. El hecho de que, tras el entusiasmo inicial, se haya
asumido una actitud de mayor sobriedad demuestra que el
ecumenismo se ha vuelto más maduro, más adulto. Ya es una
realidad diaria, percibida como algo normal en la vida de la
Iglesia. Con gran gratitud debemos reconocer en ese desarrollo
la obra del Espíritu Santo que guía a la Iglesia.
De modo más específico, podemos distinguir tres campos en el
ecumenismo. Ante todo, el de las relaciones con las antiguas
Iglesias orientales y con las Iglesias ortodoxas del primer
milenio, que reconocemos como Iglesias puesto que, a nivel
eclesiológico, han mantenido como nosotros la fe y la sucesión
apostólicas. En segundo lugar, el de las relaciones con las
comunidades eclesiales surgidas directa o indirectamente -como
las Iglesias libres- de la Reforma del siglo XVI; estas
comunidades han desarrollado su propia eclesiología, tomando
como fundamento la sagrada Escritura. Y, por último, la historia
reciente del cristianismo ha registrado una "tercera oleada", la
del movimiento carismático y el movimiento pentecostal, surgidos
al inicio del siglo XX y extendidos luego por todo el mundo con
un crecimiento exponencial.
Así pues, el ecumenismo debe afrontar una realidad muy variada y
diferenciada, que se caracteriza por fenómenos muy diversos
según los contextos culturales y las Iglesias locales.
2.Comencemos por las Iglesias del primer milenio. Ya en los
primeros diez años de diálogo con las Iglesias orientales
pre-calcedonianas, o sea, en el período comprendido entre los
años 1980 y 1990, logramos resultados importantes. Gracias al
consenso conseguido entre el Papa Pablo VI y el Papa Juan Pablo
II con los Patriarcas respectivos fue posible superar las
antiguas controversias cristológicas surgidas en torno al
concilio de Calcedonia (año 451) y, por lo que atañe a la
Iglesia asiria de Oriente, en torno al concilio de Éfeso (año
381).
En la segunda fase, el diálogo se concentró en la eclesiología,
es decir, en el concepto de comunión eclesial y en sus
criterios. El próximo encuentro se tendrá en Damasco del 27 de
enero al 2 de febrero de 2008. En él se discutirá por primera
vez el borrador de un documento sobre "Naturaleza, constitución
y misión de la Iglesia". Gracias a este diálogo, las Iglesias de
antigua tradición, e incluso de tradición apostólica, toman de
nuevo contacto con la Iglesia universal después de haber vivido
al margen de ella durante mil quinientos años. Es muy normal que
eso suceda sólo lentamente, paso a paso, dadas las
circunstancias, es decir, los muchos siglos de separación y las
grandes diferencias de cultura y mentalidad.
El diálogo con las Iglesias ortodoxas de tradición bizantina,
siríaca y eslava, se inició oficialmente en 1980. Con esas
Iglesias tenemos en común los dogmas del primer milenio, la
Eucaristía y los demás sacramentos, la veneración de María,
Madre de Dios, y de los santos, y la estructura episcopal de la
Iglesia. A estas Iglesias, como a las antiguas Iglesias
orientales, las consideramos Iglesias hermanas de las Iglesias
locales católicas. Ya existían diferencias en el primer milenio,
pero en esa época no se percibían como un factor de división en
el seno de la Iglesia. La separación verdadera se produjo a
través de un largo proceso de alejamiento y alienación, a causa
de una falta de comprensión y de amor recíprocos, como puso de
manifiesto el concilio ecuménico Vaticano II (cf. Unitatis
redintegratio,14). Por tanto, lo que sucede hoy es
necesariamente un proceso inverso de reconciliación mutua.
Los primeros pasos importantes se dieron ya durante el Concilio.
Conviene recordar, por ejemplo, el encuentro y el intercambio de
correspondencia entre el Papa Pablo VI y el Patriarca ecuménico
Atenágoras, el famoso "Tomos agapis" y la cancelación de la
memoria de la Iglesia de las excomuniones recíprocas del año
1054, en el penúltimo día del Concilio. Sobre esas bases fue
posible reanudar algunas formas de comunión eclesial del primer
milenio: el intercambio de visitas, de mensajes y de misivas
entre el Papa y los Patriarcas, sobre todo con el Patriarca
ecuménico; la cordial convivencia y colaboración en muchas
Iglesias locales; la concesión, para uso litúrgico, de edificios
de culto por parte de la Iglesia católica a cristianos ortodoxos
que viven entre nosotros en la diáspora, como signo de
hospitalidad y de comunión.
Durante el Ángelus pronunciado con ocasión de la fiesta de San
Pedro y San Pablo de este año, el Papa BenedictoXVI subrayó que
con estas Iglesias estamos ya en una comunión eclesial casi
plena.
En los primeros diez años del diálogo, desde 1980 hasta 1990, se
puntualizó y se puso de relieve lo que tenemos en común con
respecto a los sacramentos (sobre todo, a la Eucaristía) y al
ministerio episcopal y sacerdotal. Sin embargo, el cambio
político de 1989-1990, en vez de simplificar nuestras
relaciones, las complicó. La vuelta de las Iglesias católicas
orientales a la vida pública, después de años de brutales
persecuciones y de heroica resistencia pagada incluso al precio
de la sangre, ha sido vista por las Iglesias ortodoxas como
amenaza de un nuevo "uniatismo". Así, en la década de 1990, a
pesar de las importantes aclaraciones que se hicieron en los
encuentros de Balamand (1993) y Baltimore (2000), el diálogo se
estancó. La situación de crisis se agudizó sobre todo en las
relaciones con la Iglesia ortodoxa rusa después de la erección
canónica de cuatro diócesis en Rusia el año 2002.
Gracias a Dios, después de muchos esfuerzos realizados con
paciencia, el año pasado fue posible reanudar el diálogo; en
2006 se tuvo un encuentro en Belgrado y hace cerca de un mes nos
reunimos de nuevo en Rávena. En esa ocasión, se produjo una
decisiva mejora por lo que respecta al ambiente y a las
relaciones, a pesar de que se ausentó la delegación rusa por
motivos inter-ortodoxos. Así se inició una prometedora tercera
fase de diálogo.
El documento de Rávena, titulado: "Consecuencias eclesiológicas
y canónicas de la naturaleza sacramental de la Iglesia", ha
constituido un vuelco importante. Por primera vez, los
interlocutores ortodoxos han reconocido un nivel universal de la
Iglesia y han admitido que también en este nivel existe un
Protos, un Primado, que sólo puede ser el Obispo de Roma según
la taxis de la Iglesia antigua.
Todos los participantes son conscientes de que este es sólo un
primer paso y que el camino hacia la comunión eclesial plena
será aún largo y difícil; sin embargo, con este documento hemos
puesto una base para el diálogo futuro. El tema que se abordará
en la próxima sesión plenaria será: "El papel del Obispo de Roma
en la comunión de la Iglesia en el primer milenio".
Por lo que atañe más específicamente al Patriarcado de Moscú de
la Iglesia ortodoxa rusa, las relaciones en los últimos años se
han allanado sensiblemente. Podemos decir que ya no hay hielo,
sino deshielo. Desde nuestro punto de vista, sería útil un
encuentro entre el Santo Padre y el Patriarca de Moscú. El
Patriarcado de Moscú nunca ha excluido categóricamente ese
encuentro, pero considera oportuno resolver antes los problemas
que, a su parecer, existen en Rusia y sobre todo en Ucrania.
Conviene recordar, por lo demás, que se han tenido muchos
encuentros también en otros niveles. Entre ellos cabe mencionar
la reciente visita del PatriarcaAlexisIIa París, considerada por
ambas partes como un paso importante.
Resumiendo, podemos afirmar que aún serán necesarias una
continua purificación de la memoria histórica y muchas oraciones
para que, sobre la base común del primer milenio, logremos
colmar la fractura entre Oriente y Occidente, y restablecer la
comunión eclesial plena. A pesar de las dificultades que aún
persisten, es fuerte y legítima la esperanza de que, con la
ayuda de Dios y gracias a la oración de tantos fieles, la
Iglesia, después de la división del segundo milenio, en el
tercero vuelva a respirar con sus dos pulmones.
3.Pasemos ahora a las relaciones con las comunidades eclesiales
surgidas de la Reforma. También en este campo se han registrado
signos estimulantes. Todas las comunidades eclesiales se han
manifestado interesadas en el diálogo, y la Iglesia católica
mantiene el diálogo con casi todas las comunidades eclesiales.
Se ha alcanzado cierto consenso en el ámbito de las verdades de
fe, sobre todo por lo que concierne a las cuestiones
fundamentales de la doctrina sobre la justificación.
En muchos lugares existe una fecunda colaboración en el ámbito
social y humanitario. Se ha generalizado progresivamente una
actitud de confianza mutua y de amistad, caracterizada por un
profundo deseo de unidad, que sigue existiendo a pesar de que,
de vez en cuando, se registran tonos más duros y ásperas
desilusiones. De hecho, la intensa red de relaciones, tanto
personales como institucionales, que se han desarrollado
mientras tanto, puede resistir las tensiones ocasionales.
La situación ecuménica no ha sufrido ninguna interrupción, sino
un profundo cambio. Se trata del mismo cambio que han
experimentado la Iglesia y el mundo en general. Aquí me limitaré
a citar sólo algunos aspectos de esta transformación.
1) Después de haber logrado un consenso fundamental sobre la
doctrina de la justificación, ahora debemos nuevamente discutir
temas clásicos controvertidos, entre los que cabe destacar la
eclesiología y los ministerios eclesiales (cf. Ut unum sint,
66). A este propósito, las "Cinco respuestas" dadas por la
Congregación para la doctrina de la fe el pasado mes de julio
han suscitado perplejidad y originado cierto malhumor. La
agitación que se ha producido con respecto a ese documento era,
por lo general, injustificada, pues el texto no afirma nada
nuevo, sino que reafirma de modo sintético la doctrina católica.
Sin embargo, sería de desear que se revisara la forma, el
lenguaje y la presentación en público de esas declaraciones.
2) Las diferentes eclesiologías llevan necesariamente a tener
distintas concepciones de lo que es la finalidad del ecumenismo.
Así, el hecho de que nos falte un concepto común de unidad
eclesial como meta por alcanzar, es un problema. Ese problema es
aún más grave si consideramos que la comunión eclesial es para
los católicos el presupuesto para una comunión eucarística y que
la ausencia de una comunión eucarística conlleva grandes
dificultades pastorales, sobre todo en el caso de matrimonios y
familias mixtas.
3) Mientras, por una parte, nos esforzamos por superar las
antiguas controversias, por otra surgen nuevas divergencias en
el campo ético. Eso atañe de modo especial a las cuestiones
relativas a la defensa de la vida, al matrimonio, a la familia y
a la sexualidad humana. A causa de estas nuevas brechas que se
están produciendo, el testimonio público común se ha debilitado
notablemente, por no decir que resulta casi imposible. La crisis
que se ha verificado en el interior de las respectivas
comunidades se puede ejemplificar con gran claridad en la
situación de la Comunión anglicana, que no es un caso aislado.
4) La teología protestante, marcada durante los primeros años
del diálogo por el "renacimiento luterano" y por la teología de
la palabra de Dios de Karl Barth, ahora ha vuelto a los motivos
de la teología liberal. En consecuencia, constatamos que, en lo
que atañe a la parte protestante, los fundamentos cristológicos
y trinitarios que habían sido hasta ahora un presupuesto común,
quedan a veces diluidos. Lo que considerábamos nuestro
patrimonio común ha comenzado a deshacerse en muchos puntos como
los glaciares en los Alpes.
Pero también hay fuertes corrientes contrarias, que han surgido
como reacción ante los fenómenos que he mencionado. Se registra
en todo el mundo un fuerte crecimiento de grupos evangélicos,
cuyas posiciones coinciden por lo general con las nuestras en
las cuestiones dogmáticas fundamentales, sobre todo en el campo
ético, pero a menudo son muy divergentes en lo que atañe a la
eclesiología, la teología de los sacramentos, la exégesis
bíblica y la comprensión de la tradición.
Hay agrupaciones eclesiales importantes que desean imponer en el
anglicanismo y en el luteranismo elementos de la tradición
católica por lo que se refiere a la liturgia y al ministerio
eclesial. A estas agrupaciones se les añaden cada vez más
comunidades monásticas que, viviendo frecuentemente según la
regla benedictina, se sienten cercanas a la Iglesia católica.
Además, existen comunidades pietistas que, ante la crisis
relativa a las cuestiones éticas, no se sienten totalmente a
gusto en las comunidades eclesiales protestantes; y ven con
gratitud las claras tomas de posición del Papa, que no hace
mucho tiempo criticaban con un tono menos benévolo.
Todos estos grupos, juntamente con las comunidades católicas de
vida consagrada y los nuevos movimientos espirituales, han
constituido recientemente "redes espirituales", agrupadas a
menudo en torno a monasterios como Chevetogne, Bose y sobre todo
Taizé, y también en movimientos como el de los Focolares y el de
"Chemin neuf".
De este modo, podemos decir que el ecumenismo vuelve a sus
orígenes en pequeños grupos de diálogo, de oración y de estudio
bíblico. Recientemente, estos grupos han tomado la palabra
también en público, por ejemplo en los grandes encuentros de los
movimientos en Stuttgart, en 2004 y en 2007. Así, juntamente con
los diálogos oficiales, que cada vez resultan más difíciles, han
surgido nuevas formas de diálogo prometedoras.
Por consiguiente, esta panorámica general nos muestra que no
sólo existe un acercamiento ecuménico, sino que también hay
fragmentaciones y fuerzas centrífugas que están actuando.
Además, si tomamos en cuenta las numerosas "Iglesias" así
llamadas independientes, que siguen surgiendo sobre todo en
África, y la proliferación de grupúsculos a menudo muy
agresivos, comprobamos que el panorama ecuménico ahora resulta
muy diferenciado y confuso. Este pluralismo no es más que el
reflejo de la situación pluralista de la sociedad "pos-moderna",
que a menudo lleva a un relativismo religioso.
En el contexto actual, son particularmente importantes los
encuentros como la asamblea plenaria del Consejo mundial de
Iglesias, que tuvo lugar en febrero del año pasado en Porto
Alegre (Brasil), el "Global Christian Forum" y la "Asamblea
ecuménica europea", celebrada en septiembre de este año en
Sibiu-Hermannstadt (Rumanía). Estos encuentros tienen como
finalidad reunir en diálogo a los diversos grupos divergentes y,
en la medida de lo posible, mantener unido el movimiento
ecuménico con sus luces, sus sombras y sus nuevos desafíos, en
una situación que ha cambiado y que sigue cambiando rápidamente.
4.El tema del pluralismo me lleva a la tercera oleada de la
historia del cristianismo, es decir, la difusión de los grupos
carismáticos y pentecostales, los cuales, con cerca de
cuatrocientos millones de fieles en todo el mundo, ocupan el
segundo lugar entre las comunidades cristianas, desde el punto
de vista numérico, y experimentan un crecimiento exponencial.
Sin una estructura común y sin un órgano central, son muy
diversos entre sí. Se consideran como el fruto de un nuevo
Pentecostés; en consecuencia, el bautismo del Espíritu desempeña
para ellos un papel fundamental.
Refiriéndose a ellos, el Papa Juan Pablo II afirmó que este
fenómeno no debe considerarse sólo de modo negativo, pues, más
allá de los innegables problemas, testimonia el deseo de una
experiencia espiritual. Eso no quita que, por desgracia, muchas
de esas comunidades mientras tanto se han convertido en una
religión que promete una felicidad terrena.
Con los pentecostales clásicos ha sido posible entablar un
diálogo oficial. Con otros siguen existiendo notables
dificultades a causa de sus métodos misioneros un poco
agresivos. Ante ese desafío, el Consejo pontificio para la
promoción de la unidad de los cristianos ha organizado en varios
continentes seminarios para obispos, teólogos y laicos
comprometidos en el ecumenismo: en América Latina (São Paulo y
Buenos Aires); en África (Nairobi y Dakar); en Asia (Seúl y
Manila). El resultado de estos seminarios se refleja también en
el documento final de la VAsamblea general del Episcopado
latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida en mayo de
este año.
Ante todo, es necesario hacer un examen de conciencia pastoral y
preguntarnos de modo auto-crítico: ¿Por qué tantos cristianos
abandonan nuestra Iglesia? No debemos comenzar preguntándonos:
¿qué es lo que no está bien en los pentecostales?, sino más
bien: ¿cuáles son nuestras carencias pastorales, y cómo podemos
reaccionar ante este nuevo desafío con una renovación litúrgica,
catequética, pastoral y espiritual?
5.Esta pregunta nos
lleva a la pregunta conclusiva: ¿De qué modo proseguir el camino
ecuménico? No es posible dar una respuesta única. La situación
es demasiado diversa según las regiones geográficas, los
ambientes culturales y las Iglesias locales. Son las
Conferencias episcopales, en particular, las que deben asumir
sus responsabilidades.
En línea de principio, debemos partir del patrimonio común de fe
y permanecer fieles a lo que, con la ayuda de Dios, ya hemos
conseguido ecuménicamente. En la medida de lo posible, debemos
dar un testimonio común de esta fe en un mundo cada vez más
secularizado. Eso significa, en la situación actual, también
redescubrir y reforzar los fundamentos de nuestra fe. De hecho,
todo se tambalea y se vacía de sentido si no tenemos una fe
firme y consciente en el Dios vivo, uno y trino, en la divinidad
de Cristo, en la fuerza salvífica de la cruz y de la
resurrección. Para quien ya no sabe lo que es el pecado y lo que
es estar implicado en el pecado, la justificación del pecador no
tiene ninguna importancia.
Sólo apoyándonos en la fe común es posible dialogar sobre
nuestras diferencias. Y ese diálogo debe realizarse de un modo
claro pero no polémico. No debemos ofender la sensibilidad de
los demás o desacreditarlos; no debemos señalar con el dedo lo
que nuestros interlocutores ecuménicos no son y lo que no
tienen. Más bien, debemos dar testimonio de la riqueza y de la
belleza de nuestra fe de un modo positivo y acogedor. De los
demás esperamos la misma actitud. Si esto sucede, entonces podrá
existir entre nosotros y nuestros interlocutores, como dice la
encíclica Ut unum sint (1995), no sólo un intercambio de ideas,
sino también de dones, con el que nos enriqueceremos ambos (cf.
nn. 28 y 57). Ese ecumenismo de intercambio no es un
empobrecimiento, sino un enriquecimiento mutuo.
En el diálogo fundamentado en el intercambio espiritual, el
diálogo teológico desempeñará también en el futuro un papel
esencial. Sin embargo, sólo será fecundo si está sostenido por
un ecumenismo de la oración, de la conversión del corazón y de
la santificación personal. En efecto, el ecumenismo espiritual
es el alma misma del movimiento ecuménico (cf. Unitatis
redintegratio, 8; Ut unum sint, 21-27) y a nosotros nos toca
promoverlo en primer lugar. Sin una verdadera espiritualidad de
comunión, que permite dejar espacio al otro sin renunciar a la
propia identidad, todos nuestros esfuerzos desembocarían en un
árido y vacío activismo.
Si hacemos nuestra la oración que Jesús pronunció en la víspera
de su muerte, no debemos desalentarnos y vacilar en nuestra fe.
Como dice el Evangelio, debemos confiar en que lo que pedimos en
el nombre de Cristo será escuchado (cf. Jn 14, 13). A nosotros
no nos toca decidir cuándo, dónde y cómo. Eso corresponde a
Aquel que es el Señor de la Iglesia y que congregará a su
Iglesia desde los cuatro vientos. Nosotros debemos contentarnos
con hacer todo lo que esté de nuestra parte, reconociendo con
gratitud los dones recibidos, es decir, lo que el ecumenismo ha
realizado hasta ahora, y mirar al futuro con esperanza. Basta
echar, con un mínimo de realismo, una mirada a los "signos de
los tiempos" para comprender que no hay ninguna alternativa
realista al ecumenismo, y sobre todo ninguna alternativa de fe. |