Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de 2008

La mirada inocente

Dora Amador

En todo arte conceptual el artista trata de transmitir una idea o concepto para que el espectador lo interprete. Lo que se busca es que el análisis sobre la obra reemplace a la obra en sí, porque la obra de arte, afirman, debe servir al conocimiento humano, nunca ser un fin en sí misma. Pero curiosa y significativamente, los artistas conceptuales fueron más místicos que racionalistas, intentando llegar a conclusiones inalcanzables a la lógica.

Escena final de la película 2001: Odisea del Espacio, de Stanley Kubrick, protagonizada por Keir Dullea. Música de Richard Strauss, Johann Strauss Jr., Aram Khachaturian y Gyorgy Ligeti.

Eso ha pasado con la obra maestra de Stanley Kubrick, 2001 Odisea del Espacio, filmada en 1968. Primero fue el impacto de la audiencia al presenciar, cautiva y fascinada, ese extraño monolito –¿el conocimiento o el espíritu humano? ¿Dios?– que aparecía en momentos clave de la película; la asombrosa ruptura muy bien lograda entre tiempo y espacio. Y al final, la impactante imagen del feto que, flotando en el cosmos con los ojos muy abiertos mira con inocencia a través de la transparente placenta. A medida que se va acercando a la tierra se escucha la música de Richard Strauss Así habló Zaratustra.

2001 Odisea del Espacio  es la mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos. Innumerables hombres y mujeres han nacido y muerto desde que fue  estrenada. Ya pasó el año 2001, que parecía tan lejano entonces, pero la película tiene más vigencia que nunca en el nuevo milenio.

Reflexiones e interpretaciones sueltas, estética y empatía:

Una belleza terrible, un filme perturbador que a mí me habla de la maravillosa obra de Dios: la creación del universo, del ser humano, de su amor infinito por cada uno de nosotros, creado a su imagen y semejanza. ¿Y qué ha hecho el hombre con la libertad que Dios le dio? ¿Qué hizo la humanidad con la misericordia de Dios revelada en su Hijo amado, salvador y redentor nuestro?

En la película la ciencia y la teología ocupan un lugar central, pero es poesía mística. Y es una obra de arte profética.

Stephen Evans, doctor en filosofía de la Universidad de Yale, ha sido profesor de filosofía y humanidades en varias universidades. Este buscador insaciable de conocimiento y del misterio de la creación es autor de numerosos ensayos publicados en el  Journal of the British Society for Phenomenology; en el Journal of Mind and Behavior, y en el Review of Existential Psychology and Psychiatry, entre otras. Algunos de sus libros son: El misterio de las personas y la creencia en Dios; La búsqueda de la fe; Subjetividad y creencia religiosa en los “Fragmentos” y “Poscritos” de Kierkegaard; La razón pasional y un análisis sobre Las obras de amor de Kierkegaard, donde trata de la  ética cristiana y la teoría del mandato divino.

Ciertamente es causa de temor y temblor comprobar lo premonitoria que puede ser una obra de arte:

Fue Stephen Evans el hombre que demostró cómo los fetos que escuchan determinadas piezas musicales recuerdan y reconocen esa música después del nacimiento.

¿Por qué me llama tanto la atención su búsqueda teológica, religiosa y su reciente hallazgo científico? Porque al ver el impresionante final de la película de Kubrik hace muchos años me parecía que el feto, igual que nosotros, escuchaba, sentía lo que pasaba a su alrededor. Porque ese bebé de mirada transparente que está por nacer eres tú, soy yo, es Dios en cada uno de nosotros. Es Jesús, el Cristo que vino a sacarnos de las tinieblas, a darnos su luz, “y las tinieblas no lo reconocieron”.

Nietzsche, autor de Así habló Zaratustra, fue el autor de aquella famosa frase:“Dios está muerto”. Hoy, este falso profeta es el dios de la cultura posmoderna. El nihilismo, la filosofía que nos dejó, es la doctrina según la cual la sociedad es tan mala que hay que destruirla totalmente; de aquí una de sus principales manifestaciones, el terrorismo. El nihilismo niega cualquier creencia y rechaza todo tipo de valor moral. ¿No es ésta la cultura de la muerte en que vivimos?

Mirando la imagen del niño por nacer, exactamente igual a uno real en el vientre materno, sólo que tiene los ojos abiertos, me vienen a la mente las frases de los grandes profetas del Antiguo Testamento: “Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía, y antes que nacieras, te tenía consagrado”(Jeremías 1, 5).

“Yahvé me llamó desde el vientre de mi madre, conoció mi nombre desde antes que naciera” … ¿Puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo nunca me olvidaría de ti. Mira cómo te tengo grabada en la palma de mis manos”. (Isaías, 49, 1, 15-16).