Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Evangelios, entre historicidad y aportación
de los apócrifos
Mirko Testa
Traducido del italiano por Nieves San Martín, ZENIT.org
La consistencia histórica de los Evangelios está en su misma
génesis, es decir, en la continuidad entre la predicación de
Jesús, la predicación apostólica y su redacción.
Lo afirma en esta entrevista el padre Bernardo Estrada, profesor
de Nuevo Testamento de la Facultad de Teología de la Universidad
de la Santa Cruz de Roma, el cual cita algunos testimonios
ajenos a la Biblia, que enriquecen el contenido de los
Evangelios.
–¿Nos puede
explicar cómo tuvo lugar el proceso de redacción de los
Evangelios?
–Podemos decir que los Evangelios se inician con la predicación
de Jesús, quien no escribió de su puño y letra prácticamente
nada sino aquellas pocas palabras trazadas en la tierra cuando
le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio. De Jesucristo
se sabe, sobre todo, que predicaba. Hay que subrayar a este
respecto que la exigencia de predicar y enseñar de memoria era
una costumbre constante de la época, porque la escritura era
impracticable en condiciones normales.
Sin embargo, después de la pasión y muerte de Jesús, la
predicación de la Iglesia se fundó justamente en el
acontecimiento pascual. Es este el fundamento de toda nuestra
fe, no sólo porque Pablo lo dice al final de la Carta a los
Corintios sino porque precisamente el kerygma, el anuncio
fundamental de la Iglesia tras Pentecostés, fue «Jesucristo
crucificado y resucitado». El Evangelio como tal era, como
afirma San Pablo, proclamación del «gozoso mensaje»: Dios nos ha
salvado de la muerte eterna con la muerte y resurrección de su
Hijo Jesús.
Sólo en la segunda mitad del siglo II, san Justino, al escribir
en el año 160 su «Apología», afirma que las memorias de los
Apóstoles son denominadas «Evangelios». Es el primer testimonio
en el que se pasa del Evangelio como anuncio predicado al
Evangelio como texto. Tras esta declaración apostólica, podemos
decir que los autores sagrados, es decir los evangelistas de los
que al menos dos eran apóstoles, llegan a la redacción de los
libros.
Por esto se puede decir que los Evangelios tienen una
consistencia histórica porque reflejan estos tres estadios en su
formación, dándose siempre una continuidad. Una continuidad que
une la predicación de Jesús, la predicación apostólica y la
redacción de Evangelio.
–Los Evangelios
«canónicos», es decir los aceptados por la Iglesia por su origen
«apostólico» y por su «conformidad con la norma de la fe» de las
primitivas comunidades cristianas y las mayores Iglesias de
origen apostólico, fueron compuestos entre el 60 y el 100.
¿Cuáles son los criterios que atestiguan su historicidad?
Los exponentes más
radicales de la crítica histórica consideraban que había una
distancia tal entre la redacción de los Evangelios y la vida de
Jesús que toda una generación de testigos oculares había
desaparecido. Pero esto no es verdad. El primer Evangelio, que
se sabe que fue escrito por Marcos, se remonta al año 64, es
decir 34 años después de la fecha probable de la muerte de
Jesús. ¿En aquellos años qué se hizo? Esencialmente se predicó
el Evangelio en diversos lugares, se reflexionó sobre ese
anuncio, dándole una sistematización teológica, que es lo que
hizo Pablo. De hecho, los Evangelios se escribieron después de
que Pablo elaborara prácticamente toda su teología. En torno al
64, todas las Cartas habían sido escritas, incluidas las
pastorales, si es verdad que él fue su autor. Podemos decir que,
en aquellos años, los Evangelios sufrieron una evolución más
teológica que biográfica, porque los hechos y dichos de la vida
de Jesús estaban ya comprobados.
–Entonces, ¿cuáles son los criterios para poder separar con
cierta seguridad lo que es histórico de lo que no lo es?
–En la segunda mitad del siglo XX, se desarrollaron diversos
criterios históricos, entre ellos el de la «discontinuidad», que
se concentra en aquellas palabras o aquellos hechos de Jesús que
no pueden derivar ni del judaísmo del tiempo de Jesús, ni de la
Iglesia primitiva después de Él. Por ejemplo, en el Evangelio de
Mateo, Jesús afronta de manera crítica las escrituras y Moisés,
como no lo hubiera hecho nunca ningún rabino, revelando la
superioridad de la nueva ley proclamada por Él, que no calca el
estilo exterior de los fariseos, sino que se asienta en la
intimidad del corazón.
Otro criterio es el que se llama de la «dificultad», según el
cual la Iglesia no habría nunca comunicado un hecho que pudiera
humillar a Jesús, como por ejemplo la cruz, que es el caso más
emblemático y paradigmático. El bautismo por obra de Juan, si no
hubiera sucedido realmente, no lo hubiera podido ser imaginado
por ningún autor. Así como la aparición a las mujeres, porque en
aquel tiempo las mujeres no eran testigos cualificados en
Israel.
Las notables afinidades entre los textos de Mateo y Lucas han
llevado adiversos estudiosos a afirmar la existencia de una
fuente común, haciendo pensar que en realidad recurrieron a
fuentes indirectas y no de primera mano. ¿Usted qué piensa?
Podemos admitir que los Evangelios de Mateo y Lucas tuvieran una
fuente común, porque existe una serie de narraciones, sobre todo
de dichos, que no aparecen en Marcos. Pero lo que sorprende no
es que Mateo y Lucas tuvieran una fuente común sino las
diferencias. Por ejemplo, los dos relatan la infancia de Jesús
pero cada uno lo hace a través de eventos que el otro ni
siquiera conoce. En Mateo, el protagonista de la infancia de
Jesús es José, mientras que en Lucas es María. Si se hubieran
dado demasiadas afinidades, esto habría podido llevar a suponer
que hubo un acuerdo entre los dos. Evidentemente, cada
evangelista tenía una fuente propia a la que recurrir y otra
compartida.
–¿Hay fuentes
históricas independientes de los Evangelios canónicos que
enriquecen su contenido?
–La historicidad de los Evangelios sólo es avalada por los
mismos Evangelios, mediante su proceso de formación. Pero hay
sin embargo testimonios ajenos a la Biblia que no hay que
despreciar. El primero es el de Plinio el Joven, que fue
procónsul de Bitinia entre los años 111 y 113, y que en una de
las cartas enviadas al emperador Trajano escribe que los
cristianos «solían reunirse antes del alba y entonar a coros
alternos un himno a Cristo como si fuera un dios». Por tanto,
afirma que estaban convencidos de la divinidad del Cristo.
Suetonio, en
cambio, en su obra «Vida de los doce césares», refiriendo un
hecho acontecido en torno al 50, afirma que Claudio «expulsó de
Roma a los judíos que por instigación de Cresto eran continua
causa de desorden» (Vita Claudii XXIII, 4). Suetonio escribió
«Chrestus» en lugar de «Christus», no conociendo la diferencia
entre judíos y cristianos, y por la semejanza entre Chrestòs,
que era un nombre griego muy común, y Christòs que quería decir
el «ungido», el «Mesías». Por tanto, existían en Roma
judeocristianos y --diría-- judíos no convertidos que discutían
entre sí sobre Cristo y que podían aparecer a los ojos de la
autoridad romana como causa de desorden público.
Y luego está el testimonio del historiador romano Tácito que, en
los «Anales», narra el incendio que estalló en Roma en el año
64, del que fue acusado el emperador Nerón, el cual hizo de todo
«para hacer cesar tal rumor», y por ello «se inventó culpables y
sometió a penas refinadísimas a quienes la plebe llamaba
cristianos, detestándoles por sus hechos nefandos». Tácito
afirma además que «el origen de este nombre era Cristo, el cual
bajo el imperio de Tiberio fue condenado al suplicio por el
procurador Poncio Pilatos; y esta superstición, momentáneamente
dormida, se difundía de nuevo, no sólo en Judea, punto central
de aquel mal, sino también en Roma, donde confluyó de todas
partes y fue considerado honorable todo lo que hay en ello de
torpe y de vergonzoso». («Anales» XV, 44).
–El elenco completo de los 27 libros del Nuevo Testamento es
fijado por primera vez en tiempo de Atanasio de Alejandría en
367 D.C. ¿Cómo se llega a elegir estos cuatro Evangelios en el
canon de las Escrituras?
–Ya antes de finales del siglo II, san Ireneo, obispo de Lyon y
mártir, afirma en un célebre pasaje que «dado que el mundo tiene
cuatro regiones y son cuatro los vientos principales (...) el
Verbo creador de cada cosa (...) revelándose a los hombres, nos
ha dado un Evangelio cuádruple, pero unificado por un único
Espíritu» («Contra las herejías», III 11, 8).
La Iglesia había ya definido entonces los cuatro textos que se
usaba en la liturgia. Veinte años antes de Ireneo, también
Justino habla de los cuatro Evangelios o de la memoria de los
Apóstoles, que eran mencionados o leídos durante las
celebraciones eucarísticas. ¿Entonces cómo se llegó a esta
selección? En realidad se llegó a través de un proceso en el que
el Espíritu Santo se abrió paso de modo natural y espontáneo.
Cuando se difundía un texto que afirmaba algo extraño, los
mismos fieles, unidos a su pastor, lo rechazaban. Por tanto, no
habían sido preparados por nadie, aunque ya en el siglo II
existía la conciencia de que el Evangelio era cuádruple: es
decir, uno solo, porque una sola es la predicación sobre la
vida, las obras y las palabras de Jesús, pero con cuatro
imágenes diversas, cada una de las cuales ofrece un toque
personal.
–La otra cuestión que surge ahora es cómo la tradición
apostólica llegó a incluir entre los Evangelios canónicos
también el Evangelio de Juan, el más diverso respecto a los
otros en cuanto a contenido y exposición, tejido a menudo de
reflexiones espirituales y teológicas. Además, algunos
estudiosos atribuyen la paternidad de este escrito a discípulos
pertenecientes a diversas «escuelas de Juan», como se puede
notar en este pasaje: «Este es el discípulo que da testimonio
sobre estos hechos y los ha escrito; y nosotros sabemos que su
testimonio es verdadero» (Juan, 21,20).
–El hecho de que sus autores no fueran necesariamente los cuatro
que son mencionados en los títulos, no desmerece la historicidad
de los Evangelios. Querría decir también que ni siquiera hay
motivo para dudar si no hay razones serias. Por lo que se
refiere al Evangelio de Juan, es cierto que un núcleo se remonta
al apóstol pero también que hubo discípulos que reflexionaron
sobre las palabras de Jesús y encontraron otras fuentes y
redactaron un Evangelio que se aparta un poco de los demás. De
hecho, es el Evangelio más espiritual, donde no se habla nunca
de la crucifixión y del sufrimiento, porque para el evangelista
Juan la hora de la pasión se identifica con la glorificación y
la suprema «elevación» de Jesús.
Juan presenta ya la misión del Cristo a partir de la
Resurrección. Es un Cristo que ha triunfado y vencido a la
muerte. Por otra parte, es imposible explicar el relato tan
detallado y crudo de la Pasión sino a la luz de la plena
convicción que los evangelistas tenían de la Resurrección. ¡De
lo contrario, habría sido simplemente masoquismo! El sufrimiento
sirvió para nuestra salvación.
Juan relata muchísimos diálogos de Jesús con el Padre como si no
tocara la tierra sino que estuviera constantemente inmerso en la
contemplación del rostro de Dios y ya glorificado. Mientras que
en los otros Evangelios Jesús es un hombre con todas sus
características y sus límites humanos. El hecho de que el
Evangelio de Juan haya sido retocado por una comunidad de
discípulos, que se encontraba probablemente en Éfeso, y ampliado
o quizá ensamblado de otro modo, se comprueba en el pasaje que
usted ha citado, y que es considerado un apéndice, un añadido
posterior por parte de un discípulo que hace de Juan un testigo
veraz. Si se lee el capítulo 20 se comprende que estamos ante un
final: «Estas cosas han sido escritas para que creáis que Jesús
es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida
en su nombre» (Jn, 20, 31)
–Lucas en su Evangelio, compuesto en torno a los años 80 del
siglo I, alude a los «muchos otros» que han escrito sobre los
sucesos de Jesús, casi atestiguando la existencia de una
multiplicidad de Evangelios, aquellos mismos Evangelios que
luego fueron considerados apócrifos...
–En realidad, cuando Lucas inicia el prólogo el Evangelio y dice
«porque muchos se han puesto a escribir un relato sobre los
acontecimientos que sucedieron entre nosotros», no se está
refiriendo a libros sino a los testimonios de muchas personas
que recibieron la predicación apostólica y que trataron de poner
por escrito los hechos y las palabras de Jesús.
Ciertamente esas son las fuentes a las que acuden también los
evangelistas. Pero de ello no debemos deducir necesariamente que
se tratara de verdaderos libros. Quizá Lucas, que tenía presente
el Evangelio de Marcos, se dio cuenta de que otros trataron de
redactar o poner en orden los hechos ligados a la vida de Jesús.
Pero eso no quiere decir que en el siglo II se hubieran
difundido los Evangelios apócrifos. El fragmento más antiguo del
«Evangelio de Tomás» se remonta a finales del siglo II, que
probablemente es la fecha de composición de aquél Evangelio. No
antes. Mientras que nosotros sabemos que muchos Evangelios son
fechados en el siglo I incluso en las citas contenidas en la
Primera Carta de Clemente, un texto atribuido al Papa Clemente I
(88-97) escrito en griego hacia finales del siglo I.
En la «Didajé» o «Doctrina de los doce Apóstoles», que se puede
considerar como el catecismo cristiano más antiguo, habiendo
sido escrita algún decenio después de la muerte de Cristo, se
cita el «Padrenuestro» tal como lo recitamos hoy.
Además sabemos que el fragmento más antiguo del Nuevo Testamento
está dentro del papiro Rylands (P. 52), que contiene partes del
Evangelio de Juan y se remonta a en torno al 125 D.C., y es por
tanto una copia escrita a menos de 30 años de distancia del
original.
–Aunque descartados porque no contienen verdades divinas
reveladas, algunos Evangelios apócrifos han llegado hasta
nosotros en largos fragmentos, como el «Evangelio copto de
Tomás» o el «Evangelio de Pedro», siendo incluso utilizados
entre los monjes cristianos de Siria y de Asia Menor. ¿Qué valor
tienen? ¿Añaden informaciones útiles al relato de los cuatro
evangelistas?
– Sobre todo, es necesario decir que entre los Evangelios
apócrifos hay algunos que, al presentar la figura de Jesús o al
renovar la enseñanza se inspiran en el gnosticismo, que es la
teoría filosófico-religiosa que, en los primeros siglos del
cristianismo (I-IV), se contrapuso violentamente a la Iglesia
católica. En 1945, en la aldea de Nag Hammadi, en el Alto
Egipto, se descubrió una antigua biblioteca copta que custodiaba
13 códices, todos escritos en el siglo IV, algunos de los cuales
contenían dichos de Jesús, para expresar sin embargo conceptos
no cristianos.
Todos los estudiosos concuerdan, por ejemplo, en afirmar que el
«Evangelio de Tomás» --el que ha suscitado mayor interés-- es un
Evangelio gnóstico que contiene las doctrinas y las
orientaciones de una comunidad, nacida como herejía dentro del
cristianismo, y que pretendía atribuir a Jesús su concepto de la
salvación y todos los principios de la fe según su punto de
vista. Por ejemplo, no reconocen la muerte en cruz porque la
única salvación vendría de la «gnosis», es decir del
conocimiento. Mientras que la materia es siempre causa de pecado
o está ligada al demonio. El «Evangelio de Tomás», como los
otros Evangelios gnósticos, se limita a notificar dichos de
Jesús sin insertarlos en la narración de lo que hizo. Es una
especie de «Confucio cristiano» del siglo II.
Entonces, podemos preguntarnos si los Evangelios apócrifos
contienen alguna verdad. Ciertamente. Por ejemplo, los
protoevangelios nos cuentan los primeros años de vida de Jesús.
En este sentido, el más famoso es el «Protoevangelio de
Santiago», atribuido a Santiago, hijo de José, que lo habría
tenido, junto con otros tres hermanos y dos hermanas, de un
matrimonio anterior al suyo con María. Este texto tuvo cierta
influencia en la tradición y en la iconografía, tanto que la
presencia del buey y el asno en la gruta del Nacimiento y el
nombre de los padres de María, Joaquín y Ana, nos llegan justo
de esta fuente.
Ciertamente el contenido de los Evangelios apócrifos puede
diferir. Algunos contienen verdades y amplificaciones
fantasiosas respecto a los Evangelios canónicos, así como un
gusto teatral propio de un cristianismo popular, aún
permaneciendo en lo fundamental de la ortodoxia; mientras que
muchos otros, sobre todo aquellos de orientación gnóstica,
contienen falsedades porque quieren convencer de la validez de
su herejía.
Bajo el perfil histórico, no nos dicen nada más de lo que ya
sabemos por los Evangelios según Mateo y Lucas, de los que ellos
dependen. Su intención no es histórica, quieren hacer obra de
edificación. Frente a la sobriedad de los Evangelios, que
relatan también realidades sobrenaturales de manera «natural» y
sobria, sin añadir circunstancias innecesarias, se elige
responder al deseo del pueblo cristiano añadiendo de manera más
amplia y colorida detalles para subrayar aspectos y hechos de la
infancia y la adolescencia de Jesús y María. Pero en realidad de
esa manera dan una imagen de Jesús no conforme con la realidad,
como sucede en el «Evangelio de la Infancia», de Tomás, donde se
le describe como un niño que ya es capaz de hacer milagros.
Por tanto, se puede decir que si no tuvieran aunque fuera una
pequeña parte de verdad nadie los hubiera aceptado. Su
importancia está en el hecho de hacer ver una época, un
desarrollo del cristianismo, una confluencia de varias
corrientes teológicas y religiosas. Su utilidad está en lograr
mostrar la evolución del cristianismo. |