Algunos rasgos de la espiritualidad misionera
José Manuel Madruga Salvador
Podemos decir que la vida del misionero es toda ella una
biografía al servicio del Reino, en cuyo interior hay diferentes
etapas dinamizadas todas ellas por la fuerza del Espíritu a
través de los consiguientes procesos de purificación,
iluminación y unión.
La escucha de la Palabra, la oración, la contemplación, el
estudio, la inserción en la realidad y su lectura y comprensión
en clave de fe iluminan la vida del misionero y le dan nuevas
fuerzas para avanzar en el servicio a la misión.
La evangelización es la fuente principal de la espiritualidad
misionera. No sólo porque a través de ella se evangeliza a los
demás sino porque el misionero mismo es evangelizado, en la
medida en que esté dispuesto a escuchar y acoger y no sólo a
hablar y actuar.
En el contacto con la realidad, el misionero oye gritos y
susurros de “gozos y esperanzas, de tristeza y angustias” de los
hombres y mujeres a los que el Señor le envía y trata de dar una
respuesta evangélica que ilumine esas realidades y ayude a
trascenderlas. Esos gritos tienen innumerables acentos según
épocas y lugares, pero hay algunos más agudos para nuestra
sensibilidad de hombres y mujeres de frontera que el Espíritu
del Señor nos hace vivir con mayor intensidad. Estos gritos van
configurando la espiritualidad del misionero y se convierten así
en rasgos específicos de su espiritualidad y son rasgos que le
vienen exigidos por el contexto y la situación en que encuentra
a sus hermanos cuando intenta mirarlos con los ojos de Cristo y
desde su EspírituI.
Por supuesto que no pretendo agotar todo el tema, pero sí
presentar algunos de los rasgos, que bajo mi punto de vista,
pueden caracterizar mejor la espiritualidad misionera que hoy
podemos estar necesitando.
Es evidente que la espiritualidad misionera actual y,
particularmente, la específica de las instituciones misioneras
surgidas en los siglos XIX y XX se alimenta aún, en parte, de
los grandes motivos que impulsaron a sus inspiradores sin que
ello haya sido un obstáculo para avanzar en el descubrimiento de
nuevas motivaciones y ejes vertebradores de la espiritualidad.
Aquella fue una espiritualidad nacida en un contexto europeo que
alimentó a muchos misioneros pero que entró en crisis a las
puertas del concilio y sobre todo en el postconcilio. Era una
espiritualidad decididamente teocéntrica, cristocéntrica y
eclesiocéntrica. Todo partía de quien envía (Dios, Cristo, la
Iglesia, la institución, la diócesis) e iba hacia el
destinatario. El misionero hacía un viaje desde Dios hacia el
otro, desde su iglesia hacia las otras iglesias. Llevaba para
ellos un mensaje de salvación. Se trataba de un movimiento
unidireccional.
Es una direccionalidad que se percibe, incluso, en documentos
como el Ad Gentes del Vaticano II. Es verdad que se afirma que
la formación del misionero debe tener presente la diversidad de
los pueblos, su religión, su lengua, su cultura... (AG 26). Pero
creo que esa atención va más bien orientada a la mente y al
corazón del destinatario para “anunciar, dar a conocer,
hablar...con más eficacia”. Nada parece indicar que el misionero
pueda recibir o aprender algo del destinatario.
Instalada la crisis en la espiritualidad misionera, SEDOS
promovió en el año 1981 en Roma una amplia consulta mundial y
organizó una semana de estudios para buscar elementos que
ayudaran a reconstruir una espiritualidad que había saltado,
hecha pedazos. En mayo del año 1997, la Unión de Superiores
Mayores en su 51 Asamblea abordó también el tema de la
Espiritualidad.
Al presentar algunos de los rasgos de la espiritualidad
misionera tengo que hablar de algunos rasgos clásicos, que
siguen vigentes, y de otros que se están afirmando y que son
fruto de las nuevas coordenadas, nuevos caminos, nuevas
fronteras y orillas, confines que deben ser superados y
alcanzados por la misión.
5.1. Desde los rasgos más clásicos
5.1.1. Fuerte sentido de la vocación y conciencia de sentirse
llamado
En esta espiritualidad hay un fuerte sentido de la vocación, es
decir, la convicción de haber sido llamado personalmente, de que
la historia de cada misionero no comienza en él mismo, sino en
Dios.
En el punto de partida de toda vocación misionera está siempre,
de alguna forma, la experiencia de fe y de encuentro con Cristo,
la escucha de su llamada, de su envío a la misión, y la
respuesta confiada de quien se ha sentido llamado y se pone en
camino: “Sal de tu tierra y de tu parentela..” (Gen 12,1); “aquí
estoy, envíame..” (Is 6,1-8); “venid en pos de mí y os haré
pescadores de hombres...” (Mc 10,7); “id y curad..” (Lc 10,8-9);
“id y anunciad el Reino de Dios...” (Mt 10,7); “id por todo el
mundo y haced discípulos...” (Mt 28,19); “os envío a segar un
campo que vosotros no sembrasteis...” (Jn 4,38).
En ese encuentro contemplativo con el Señor va creciendo la
experiencia gozosa que uno no puede ocultar ni guardar para él
solo: “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos...” ( 1 Jn
1,1-4); “id y contad lo que habéis visto y oído...” (Lc 7,22);
“vuelve a tu casa y cuenta lo que el Señor ha hecho contigo” (Lc
8,39).
Quien ha sentido la llamada tiene conciencia de haber sido
llamado con un objetivo muy concreto: la pasión por la salvación
de los demás que se basa en el descubrimiento de que Dios se
preocupa antes por las personas que nosotros. Dios está
apasionado por la salvación del género humano. El deseo de ir al
encuentro del otro, diferente en cultura y religión, nace de la
acción del Espíritu en nosotros que nos invita a realizar la
voluntad del Padre manifestada en el Hijo que vino para servir y
dar su vida para que todos vivamos en abundancia. La misión es
fruto de la contemplación de la obra y voluntad del Padre, de la
venida de su Reino. La misión es colaboración humilde y confiada
con la obra de Dios, con la misión de Cristo, con la misión de
la Iglesia.
La máxima expresión de la pasión de Dios por la humanidad se
condensa en el crucifijo. El llegar a descubrir que Dios llegó a
dejarse clavar en la cruz por amor al hombre es un resorte que
empuja a los misioneros a salir.
5.1.2. La frontera y las consiguientes rupturas
El amor de Dios manifestado en Cristo crucificado se contagia al
misionero con tal intensidad, que no cabe en las estrechas
fronteras del propio pueblo o nación y se desborda hacia los que
están lejos, hacia las fronteras de todo tipo, sean éstas
geográficas, religiosas o sociológicas.
Con frecuencia, estas tres fronteras coinciden: los lejanos
geográficamente son también los más pobres y abandonados
sociológicamente y los más alejados de la salvación. De esta
forma, ciertos mapas de algunas naciones y continentes se
convierten en símbolos de la misión que llama II. Hoy día,
debido al trastocamiento que se ha dado en las situaciones
misioneras, ya las fronteras geográficas no son tan
determinantes.
La salida hacia los lejanos supone rupturas importantes en la
propia vida del misionero: ruptura con los seres queridos, con
la patria, la lengua materna, la cultura...
Hasta bien entrado el siglo XX fueron muchos los misioneros que
cayeron en la brecha apenas recién llegados debido a la dureza
del clima. No es de extrañar, por tanto, el dramatismo que
entrañaba esta ruptura y la necesidad que se tenía de
profundizar en disposiciones como la donación de sí, la
disponibilidad total, el martirio... renovadas constantemente a
través de la contemplación del crucificado.
5.2.- Nuevas coordenadas, ejes vertebradores de la
espiritualidad misionera
Lo que la espiritualidad misionera de hoy acentúa es, sobre
todo, la atención al otro pero no como el simple destinatario de
una oferta, sino en lo que él es como persona. Podríamos hablar
de la ampliación de lo humano. Es una espiritualidad más
centrada en los aspectos más humanos de la vida: la importancia
de la acogida, de las relaciones humanas, la sensibilidad hacia
lo débil. El descubrimiento de un Dios con connotaciones más
humanas. Si hubiera una palabra clave que pudiera expresar la
nueva percepción sería la palabra ENCUENTRO. Encuentro con el
otro, con el hermano, con los otros, con el pueblo, con el
Otro.... III
Las formas en las que se manifiestan estas nuevas dimensiones de
la espiritualidad son múltiples y muy variadas y algunas,
apenas, son perceptibles dado que se trata simplemente de
actitudes nuevas a la hora de hacer lo mismo que se hizo en la
misión, aunque con un mayor aprecio por los valores de la
cultura, de su historia y de su religión y, sobre todo, a la luz
de un nuevo marco teológico de la misión que es, en definitiva,
fuente y reserva para dinamizar el proceso misionero.
5.2.1. Caminando con la humanidad
El misionero forma parte de un pueblo y participa también de su
espiritualidad. La humanidad forma una gran comunidad guiada por
el Espíritu y en la cual el Espíritu actúa en la diversidad de
pueblos y culturas generando una admirable comunión.
La espiritualidad del misionero debe alimentarse del caminar
espiritual de los pueblos en los que se inserta, de la realidad
histórica que le desafía y que le estimula, a la vez. El lugar
de su vida y misión es el pueblo que Dios ha elegido como
destinatario de su Reino. Ser misionero es, ante todo, dejarse
evangelizar y participar de la experiencia que ese pueblo va
teniendo con Dios. El misionero se hace compañero de camino de
ese pueblo
5.2.2. La opción por los pobres
La década de los setenta presenció la irrupción del pobre en la
Iglesia y su posterior protagonismo. La presencia del pobre fue
en extremo purificadora. El misionero, solidario con la vida y
causa del pobre se inserta en contextos de marginación y
exclusión y experimenta en su misma vida lo que es el hambre, la
disciplina del clima, el cilicio de una vivienda precaria, el
silencio de la pobreza cultural, la penitencia y el dolor de ver
cómo se va deteriorando por las condiciones de vida el tejido
social y humano del pueblo.
La convivencia con el pobre despierta a un nuevo tipo de
experiencia de Dios, a una nueva experiencia de oración que
arranca de la tibieza y de la mediocridad para experimentar a
Dios en la dura cotidianeidad de la vida. Otra experiencia
importante es aprender a rezar en el conflicto y con él.
Habituados al Dios de la armonía preestablecida, el misionero se
encuentra muchas veces inserto en la conflictividad.
Muchas veces, la misma experiencia de Dios exige por parte del
misionero, rupturas y tomar partido. De esta forma la
experiencia de Jesús en la cruz se convierte en el eje central
de la espiritualidad misionera. Fracaso y esperanza son dos
dimensiones permanentes de la vida misionera en medios pobres.
¡Cuántas veces sólo la esperanza de la fe del pueblo en Dios ha
sido quien ha sustentado la continuidad del trabajo!
En medio de las continuas luchas, el misionero, como Jesús en la
cruz, no puede perder la perspectiva de la fe. El misionero sabe
que en el gesto de entregar su espíritu, de ponerse en las manos
del Padre, Jesús muere y entrega también al mundo el Espíritu
que continua la obra de Dios.
La opción por los pobres es un aspecto particularmente crucial
de la evangelización como respuesta a los desafíos de la
globalización. Desde los países ricos hay que comenzar a
plantearse una serie de preguntas éticas que ayuden a dilucidar
su responsabilidad, no única por cierto, frente al
empobrecimiento, la injusticia. Y el misionero debe tomar
conciencia de su responsabilidad, sobre todo, con respecto al
mundo de donde procede.
5.2.3.- Conciencia del envío eclesial
El misionero es un enviado de cada una de las iglesias locales,
por lo tanto su espiritualidad ha de ser profunda y radicalmente
eclesial. Vive su vocación dentro y desde la Iglesia, aunque los
límites de su acción no coincidan plenamente con los horizontes
de la misma Iglesia.
Podrá haber tensiones o dificultades pero éstas nunca podrán
provocar distancia o desafección respecto a la Iglesia. A veces
cuando el misionero se desentiende de la Iglesia, de las líneas
pastorales de una diócesis, del caminar de una comunidad,
predica su propia misión, lleva adelante su proyecto
excesivamente personalizado y condenado tarde o temprano al más
estrepitoso fracaso.
El misionero debe confrontar continuamente sus actitudes y tomar
posición para evaluar su eclesialidad, siendo consciente de que
siempre es un enviado que actúa en nombre de una comunidad, como
testigo de una experiencia que le antecede. Nunca el misionero
podrá inventar el Evangelio sino servir al Evangelio que le ha
sido transmitido con el sabor de la tradición.
La eclesialidad se tiene que traducir en una serie de actitudes
concretas como espíritu de comunión eclesial, fraternidad,
aceptación de una iglesia concreta con sus luces y sombras,
alegría de pertenencia a esa iglesia, espíritu de catolicidad...
IV
5.2.4.- Hombres y mujeres de encuentro y de comunión
El misionero es la expresión de una Iglesia itinerante, en
movimiento permanente que sale al encuentro de nuevas gentes,
que va descubriendo lo desconocido. Si la Iglesia es una casa,
el misionero está a la puerta, siempre dispuesto al encuentro.V
La iglesia anhela ser “una casa y escuela de comunión” (NMI 43)
El misionero ayuda a la iglesia a vivir en lo provisional, a
abandonar posiciones ocupadas, sedentarias, unidas a un espacio
determinado y a personas conocidas. Su ministerio no consiste en
conservar sino en suscitar respuestas al Evangelio.
La vida misionera es un servicio de comunión, un intercambio de
dones, de fe, de perspectivas diferentes y complementarias entre
las iglesias, las religiones y las culturas.
Como expresiones más visibles y llamativas de esta
espiritualidad de encuentro y de comunión hay que destacar el
énfasis que en estos últimos años se ha dado a la inculturación,
al diálogo interreligioso, a la inserción, sobre todo de la vida
consagrada, a las experiencias orientadas a enriquecer la vida
contemplativa cristiana con las aportaciones de otras
religiones, a la presencia misionera “obstinada” en ambientes
totalmente islamizados y refractarios al cristianismo. En
algunas de estas expresiones es inequívoca la influencia de la
presencia testimonial de Carlos de Foucauld, el “hermano
universal” que ha dejado una impronta indeleble en toda la
espiritualidad del siglo XX. VI
Esta espiritualidad de encuentro y de comunión no sólo ha tenido
repercusiones en la relación con los no cristianos sino también
en la relación entre las Iglesias jóvenes y las de antigua
fundación. A medida que las iglesias jóvenes han ido asumiendo
más protagonismo por su dinamismo y vitalidad ha ido también
cambiando el lenguaje. Hoy se habla más de “cooperación
misionera entre Iglesias” y el envío ad extra se entiende como
un vivir la comunión entre Iglesias hermanas.
Como consecuencia de estos cambios, el misionero se ve menos
como un protagonista o un pionero. La nueva realidad le exige
actitudes espirituales nuevas como la simplicidad evangélica, la
humildad, la sencillez, la reciprocidad...
Sin duda alguna que a más de uno se le hará difícil vivir estas
virtudes, especialmente si proviene de los países ricos del
Norte y se siente todavía como aquel que “dona” a los países
“pobres”. De ahí que tenga por delante la tarea de desarrollar
su capacidad de admiración, de aprender a mirar para descubrir,
de aprender a escuchar para poder ofrecer una buena noticia y no
sólo una doctrina, ser capaz de apreciar los dones que puede
recibir de los demás.
En este campo de la fraternidad entre iglesias se sitúa también
la figura del sacerdote Fidei Donum. La Redemptoris Missio
señala como característica específica de su espiritualidad
“poner en evidencia de manera singular el vínculo de comunión
entre las Iglesias, ofrecer una aportación valiosa al
crecimiento de las comunidades eclesiales necesitadas, mientras
encuentran en ellas frescor y vitalidad de fe” (RMi 68). Estas
formas de colaboración temporal nunca deben vivirse como una
especie de turismo sino que deben forjarse como solidaridades
que duren y persistan.
5.2.5.- La calidad de la presencia
En la vida misionera no habría que estar tan preocupados del
hacer como del ser: ser una presencia del amor de Dios que, como
la sal, da sabor, construye una comunidad con los pobres.
Hoy la postmodernidad critica las utopías (de derechas o de
izquierdas) y los grandes relatos de la modernidad (razón,
progreso, revolución, libertad, historia) y prefiere gozar de lo
inmediato, prescindiendo de valores y centrándose, sobre todo,
en el presente, valorando y saboreando la cotidianeidad.
De ahí que los criterios para evaluar nuestra misión no estén
tanto en dar cuentas sobre nuestras realizaciones, en presentar
fotografías de construcciones, montajes de proyectos sino en
evaluar, por un lado, los lazos, los frutos de comunión entre la
gente y, por otra parte la calidad en nuestra manera de “estar
con”, de nuestra fraternidad, de nuestra ternura, de nuestra
comprensión, de nuestra compasión.
5.2.6.-Testigos de la reconciliación
La experiencia de tener que enfrentarse con un pasado violento,
la necesidad de poner fin a la hostilidad y el largo trabajo de
reconstrucción de sociedades rotas ha sido lo que ha llevado a
muchos misioneros a poner en primer plano el ministerio de la
reconciliación y de la sanación.
La idea de reconciliación nos revela el corazón del mismo
Evangelio. La misma Biblia está repleta de historias de
reconciliación hasta encontrarnos con las parábolas de Jesús,
especialmente la del hijo pródigo.
El misionero se está consagrando, en estos últimos años, a
trabajar en la acción sanadora de Dios en aquellas sociedades
que han quedado arrasadas y deshechas por la opresión, la
injusticia, la discriminación, las guerras y cuyas heridas aun
no han sido curadas y, en otros casos, les cuesta cicatrizar.
Cuando surgen las primeras dificultades y conflictos son muchos
los que se van por temor, mientras que el misionero se queda
acompañando al pueblo, por eso es testigo cualificado y creíble
para los momentos y los procesos de reconciliación.
La sanación que el misionero ofrece tiene que comenzar por decir
la verdad, por romper los códigos de silencio que ocultan el
pecado contra los miembros pobres y vulnerables de la sociedad.
Decir la verdad significa superar y corregir las mentiras y
distorsiones con que se avergüenza inmerecidamente a los
inocentes y se enfrenta y aísla a las personas para tenerlas
siempre dominadas. La proclamación de la verdad tiene que ser un
esfuerzo constante por decir toda la verdad, tanto sobre las
víctimas como sobre los pecadores. VII
Para un cristiano, decir la verdad es algo más que relatar los
hechos de manera creíble. Está en juego también Dios, que es el
autor de toda verdad. Verdad en su sentido hebreo es parte de la
naturaleza de Dios que es fiable, es perdurable, es firme y es
fiel. El decir la verdad a este nivel profundo, teológico, está
en la base de la sanación de una sociedad deshecha. Esto
significa que la Iglesia tiene que crear espacios seguros,
hospitalarios, acogedores donde la verdad pueda decirse y
escucharse, donde pueda romperse el silencio y puedan
desenmascararse las mentiras.
Sólo cuando se ha dicho la verdad es posible buscar la justicia.
Cuando se busca la justicia sin esforzarse por establecer la
verdad se corre el riesgo de incurrir en la venganza en lugar de
la verdadera justicia. La lucha por la justicia tiene muchos
aspectos.
La reconciliación tiene que abordar también la reconstrucción de
las relaciones humanas. Sin relaciones de equidad y de
confianza, una sociedad recae rápidamente en la violencia. La
reconciliación exige hacer un trabajo a muchos niveles. Para las
víctimas, supone la sanación de memorias para no quedar presas y
rehenes del pasado. Para quienes han causado el mal supone
arrepentimiento y conversión, lo cual significa reconocimiento
del pecado y pasos de aproximación a la víctima para pedir
perdón y ofrecer reparación. Perdonar no significa olvidar, sino
recordar de manera diferente: es recordar el pasado, pero
recordarlo de manera que haga posible un tipo diferente de
futuro tanto para la víctima como para el pecador. VIII
La Iglesia es una comunidad de memoria pero ante todo es una
comunidad de esperanza. Vivir en la memoria de lo que Cristo ha
atravesado –sufrimiento y muerte, pero no olvidado sino elevado
por Dios- es la fuente de la esperanza.
El misionero sabe que la reconciliación es obra de Dios y él se
siente como instrumento y testigo de la reconciliación en medio
de un pueblo a quien se ha entregado. Sólo desde la experiencia
profunda de sentirse sanado en su propia vida y reconciliado con
Dios, con los seres humanos y con las cosas será posible que el
misionero ejerza este ministerio al que le convoca la misión.
5.2.7.- Una espiritualidad abierta al diálogo interreligioso
El diálogo interreligioso es una de las actividades
características de la misión en el mundo contemporáneo,
particularmente en el contexto de Asia donde viven la mayoría de
los no cristianos, con la presencia de las grandes religiones.
El diálogo interreligioso es un diálogo de salvación, por eso
debe abrazar todos los aspectos de la vida. El diálogo
interreligioso se realiza en diversos niveles: arte, música,
liturgia, teología, mística, etc. Y bajo diversas formas: el
diálogo de vida, diálogo de colaboración, diálogo entre
representantes de religiones, diálogo doctrinal, diálogo como
compartir experiencias espirituales. En la situación actual, el
diálogo interreligioso requiere particularmente el espíritu de
oración y de contemplación y esto por dos motivos: Por un lado,
el diálogo doctrinal está encontrando muchas dificultades a
causa de las diferentes visiones y debido a la falta de un
vocabulario común. Por otro lado, permanece abierta la
posibilidad del diálogo a nivel místico a través del compartir
las experiencias espirituales en clima de oración y
contemplación.
La espiritualidad característica de las religiones de Asia pone
el acento en un muy profundo conocimiento de Dios y todo el yo
en el recogimiento, en el silencio y en la plegaria que se
desborda en la apertura hacia los otros, en la compasión,
no-violencia, generosidad y que se manifiesta de modo
particularmente claro en la realidad del monacato. Son muchos
los monasterios y monjes budistas que nos encontramos en Asia.
Es particularmente en el nivel de la mística, de la experiencia
de Dios, de la contemplación donde la Iglesia debe ir al
encuentro de las grandes religiones de Asia.
5.2.8.- Una espiritualidad atenta al Espíritu
Los misioneros tienen que estar muy atentos ante la acción del
Espíritu, protagonista de la misión, que siempre nos sorprende y
nos descoloca. Si abrimos los ojos quedaremos admirados por todo
lo que es obra del Espíritu y que abarca todo lo que es o ha
sido auténticamente humano y está implícito en valores y
compromisos de las personas de todas las épocas, culturas y
religiones.
El Espíritu nos lleva a abrir más nuestra mirada para considerar
su acción presente en todo tiempo y lugar, nos impulsa a ir cada
vez más lejos, no sólo en sentido geográfico, sino también más
allá de las barreras étnicas y religiosas, para una misión
verdaderamente universal. El Espíritu que nos llama a la oración
para llevar a ella a los hermanos, nos lleva también a abrir los
ojos y el corazón a la realidad, a los signos de los tiempos,
para saber discernir la presencia activa y operante de Dios,
hacia donde nos quiere la misión.
La espiritualidad no es una realidad cerrada, más bien está
siempre en trance de actualizarse debido a las diferentes
experiencias y resonancias que los seres humanos experimentamos
en nuestro encuentro con Dios, con las personas y con las cosas.
La espiritualidad cristiana es esa experiencia personal de
encuentro que llena de energía y motivación al ser humano. En la
espiritualidad misionera se da una experiencia de reciprocidad
en la que cuentan no sólo nuestras vivencias sino también las
vivencias ya existentes en aquellos a los que somos enviados. Es
como un camino, lleno de novedades y de retos que tiene una
doble dimensión integrada en la unidad de vida de la existencia
de la persona: la experiencia de encuentro con el Señor y las
experiencias de la propia existencia que resulta transformada
por el encuentro con las vivencias de aquellos a los que somos
enviados.
6º.- DIFICULTADES Y TENTACIONES QUE ACECHAN A LA MISIÓN
La unción del Espíritu, que como misioneros hemos recibido para
evangelizar, modela nuestras biografías como un camino
espiritual cuyo objetivo es configurarnos con Cristo, el
misionero del Padre.
Este camino, sugerido por el Espíritu, consta de diversas etapas
y en ellas el misionero se encuentra con dificultades y
tentaciones que, aunque no son sólo propias de la vida
misionera, sin embargo sí tienen unas características y
resonancias especiales.
El camino de la vida misionera es un camino no trazado
previamente y sin reglas preestablecidas. Muchas veces es la
misión con sus urgencias la que marca y define la agenda del
misionero, sus días, meses y años.
El paradigma del camino misionero es el caminar de los primeros
evangelizadores según nos narran los Hechos de los Apóstoles. El
Espíritu Santo los guiaba y vivían movidos por su inspiración.
La vida en el Espíritu de un misionero es la de todo ser humano
con sus diferentes etapas, en cada una de las cuales encuentra
posibilidades y dificultades, tentaciones y obstáculos a su
propio desarrollo y al desarrollo de su misión.
A nivel personal podríamos hablar del individualismo, de la
inmadurez personal y de la falta de fe. El individualismo,
fenómeno en alza en estos tiempos, crece también en el ámbito de
la misión. Generalmente suele ir acompañado de una falta de
comunicación entre quienes participan de un proyecto común.
En los pliegues ocultos de este individualismo se esconde la
tentación del protagonismo que se pone de manifiesto en la
tendencia a creerse insustituible, en la actitud del que no
confía en nadie, del que no sabe escuchar, ni acoger, ni
trabajar en equipo.
La espiritualidad tiene que ayudar al misionero a descubrir sus
límites y su fragilidad y a sentir la necesidad y la compañía de
los otros. El trabajo misionero implica una apertura al otro y
también al Otro con mayúscula que es Dios. La misión es de Dios
y no nuestra y el protagonista es el Espíritu y no nosotros. Ser
misionero es participar en la misión de Dios, de ahí la
necesidad de superar el individualismo y sentirse conectado con
la Historia de la Salvación.
En la vida misionera acecha también la tentación del cansancio y
del fatalismo. Es una tentación que se manifiesta en el
conformismo, en el desánimo ante la rutina o ante la falta de
resultados visibles.
La espiritualidad tiene que llevar al misionero al
convencimiento de que uno es el que siembra y otro el que
recoge, de que el Señor está siempre junto a los que trabajan en
la construcción del Reino del que Él es el titular y el
protagonista. Sólo Dios puede convertir la crisis y los fracasos
en situaciones de crecimiento. Para ello, es necesario esperar,
ser paciente. La paciencia es una de las virtudes más
misioneras. Hay que caminar con la gente, adaptarse a su ritmo.
No tratar de imponer ni de imponerse por la fuerza. El misionero
aprende (haciendo de la necesidad virtud) a esperar con
paciencia, a no buscar resultados inmediatos. Poco a poco tiene
que ir perdiendo la obsesión por la prisa para descubrir que la
eficacia en la misión se mide con otros parámetros.
Otra tentación sutil en la vida del misionero es la tentación
del narcisismo: creernos los mejores, los que mejor trabajamos,
los más sacrificados y entregados, los que hemos dejado todo por
el Evangelio, etc.. La gran tentación es llegar a creérnoslo
olvidándonos de que somos de carne y hueso y por lo tanto puede
también producirse en nosotros el cansancio espiritual y pueden
llegar momentos en los que busquemos compensaciones u ocasiones
en las que acomodarnos.
La espiritualidad tiene que mostrar la lógica redentora y
liberadora de la cruz de Cristo, uniendo la felicidad personal
al servicio misionero dentro de la construcción del plan
salvífico de Dios. Misión, cruz y misionero forman un trío
inseparable. Como en la vida de Jesús, no hay otro camino a
recorrer. La misión nace y crece al pie de la cruz.
El misionero no está libre tampoco de la tentación del
activismo, más bien es una de sus víctimas más frecuentes. Esta
tentación se manifiesta en la tendencia a actuar sin una
motivación de fe y sin conjugar la acción con la contemplación.
Entendemos el activismo como una acción sin motivaciones
enraizadas en la fe, como una acción no fecundada en la
contemplación y como la transición de un proyecto a otro por
razones puramente humanas y sin haber realizado un profundo
discernimiento en el Espíritu. La eficacia de la misión no se
mide tanto por el número y la cantidad de acciones llevadas a
cabo sino por la calidad, la sencillez y la gratuidad de una
presencia.
Es evidente que las obras de caridad, de educación, de
desarrollo han estado siempre presentes en la obra
evangelizadora y, en algunos países, durante mucho tiempo, los
misioneros fueron los únicos en hacerlo. Pero hoy día, estas
obras son hechas también por diversos organismos que tienen, de
hecho, más y mejores medios que la Iglesia.
Los misioneros tienen que huir de la tentación de querer
suplantar a la sociedad civil y de poner la fuerza de su acción
misionera en los medios y en las ayudas económicas llegadas de
fuera. Muchos misioneros se muestran incapaces de marcar
presencia evangelizadora sin tener que recurrir a obras de
construcción, de educación, benéficas, asistenciales, de
promoción humana y de desarrollo. Llama la atención cómo muchos
misioneros, apenas llegados a los campos de trabajo y sin haber
tenido tiempo para asomarse a aquella realidad, comienzan a
solicitar y reclamar ayudas.
La Iglesia está llamada a privilegiar mucho más la calidad de
los servicios ofertados y esto no depende necesariamente de los
medios y de las técnicas, sino del espíritu de las personas que
prestan el servicio y usan los medios.
Cuenta un obispo de Vietnam que en una ocasión la autoridad
comunista local le pidió a la Iglesia religiosas para un
hospital especializado. A su demanda de por qué pidieron
religiosas dado que tenían enfermeras capacitadas, respondieron:
“Es fácil enseñar la técnica, bastarían algunas semanas. Pero no
es esto de lo que tenemos necesidad. Tenemos necesidad del
espíritu y del modo de servir que sólo las religiosas tienen”.
IX
Es evidente que en el contexto de pobreza, de guerra y de
injusticia en el que tantas veces se desarrolla la misión, la
gente es muy sensible a los gestos de caridad. Sin embargo, la
caridad por sí sola no es siempre un lenguaje eficaz de
evangelización porque no siempre es capaz de transmitir el
misterio de Dios o porque las mismas obras de caridad pueden ser
percibidas de forma diferente. A veces el cristianismo por esta
impostación acentuada sobre las obras de caridad, puede aparecer
como una religión mundana, superficial y exterior en la que
echan a faltar la dimensión contemplativa y mística. X
7º.- LINEAS DE FUTURO: ACENTOS NUEVOS Y CAMINOS POR RECORRER
La “vida en el Espíritu” está también sometida al tiempo y a la
evolución. De ahí que hablemos de caminos o de diversas
configuraciones históricas o culturales de la espiritualidad. Se
da la espiritualidad cuando se integran las dinámicas básicas
del conocer, del sentir y del querer (mente, corazón y
voluntad). La espiritualidad asume medios diversos como el
silencio, la meditación, la oración, la contemplación, la
vivencia de los tiempos litúrgicos, el estudio, el trabajo
apostólico, las grandes causas, la red solidaria. La
articulación correcta y equilibrada de todos estos medios
requieren en el misionero convicción, entrega y creatividad.
Hoy como ayer, es desde el testimonio de hombres y mujeres que
nos viene la fragancia del Evangelio. El misionero tiene que
leer los signos de los tiempos y situarse de manera amistosa y
gratuita en una sociedad multicultural, en silencio, en actitud
de escucha y de servicio, con los pobres y desde los pobres.
Juan Pablo II habló del paradigma de la santidad del misionero a
partir de algunas claves de su espiritualidad.
La primera es que el misionero debe dejarse guiar por el
Espíritu, como Pablo que tenía sus planes de evangelización en
Asia Menor, pero el Espíritu lo llevó a Macedonia ante la
llamada del macedonio, “ven y ayúdame” (Hch 16,9). Pablo presta
docilidad al Espíritu. La docilidad al Espíritu compromete
además a acoger los dones de fortaleza y discernimiento, que son
rasgos esenciales en la espiritualidad misionera.
Por otra parte no hay evangelización si previamente no hay
encuentro con Cristo, por eso el misionero debe vivir el
misterio de Cristo “enviado” y amar a la Iglesia y a los hombres
como Jesús los ha amado; es el hermano universal que lleva
consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a
todos los pueblos, particularmente a los más pequeños y pobres.
Para el misionero tiene también mucha importancia el
acompañamiento espiritual no sólo en su juventud sino en todas
las etapas de su vida. Las instituciones misioneras tienen que
privilegiar el acompañamiento u otras formas de estar cerca del
misionero. El servicio que estas instituciones ofrecen no se
puede reducir a una sencilla preparación antes de salir a la
misión. El envío es mucho más que una salida: el envío es una
realidad que toma forma progresivamente en el corazón mismo de
quien es enviado.
Hoy el envío no es tan geográfico. Los misioneros son enviados a
los otros, distantes de ellos por su cultura, su religión o su
historia. Lejos de nosotros pero no forzosamente de una forma
física. La globalización está surcada de divisiones, de
fracturas que nos hacen extranjeros, seres incomprendidos y a
veces hasta enemigos.
El papel específico y primario de las instituciones misioneras
es el acompañamiento del envío que implica a toda la persona. Se
trata de acompañar, con los medios adecuados, esta llamada a
salir de sí, de su contexto cultural, social e histórico, a
arriesgar toda su vida en este ir hacia el otro. Este
acompañamiento tiene que ser también aceptado y asumido por el
misionero, para superar todo atisbo de protagonismo e
individualismo que siempre está al acecho.
La espiritualidad misionera es esa vida en el Espíritu que se
abre al reconocimiento de todas las irrupciones de la vida, a
todos los nacimientos y alumbramientos, en cuanto que son signos
del poder de la resurrección. El misionero es el que enseña a
ver lo que los otros no ven. Es el que está más apto para
comprender lo que está naciendo, dado que él viene de otro lugar
y es más capaz de descubrir la novedad.
Hay otra clave espiritual que el misionero tiene que trabajar
como una línea de futuro y es la dimensión contemplativa. El
misionero que trabaja para invitar al mundo a entrar en comunión
con Dios si quiere ser creído, debe ser un contemplativo en la
acción, con una profunda vida de oración. Lo que comunica, en
definitiva, es la alegría y la experiencia de su encuentro con
Dios.(RMi 91)
El contacto con las tradiciones espirituales no cristianas, nos
lleva a pensar que el futuro de la misión dependerá en gran
parte de la contemplación. El misionero al contemplar y
sumergirse en la riqueza de las otras tradiciones espirituales,
quedará enriquecido y fecundado, y el mismo efecto se producirá
en sus compañeros de camino.
“El misionero ha de ser un contemplativo en acción. Él halla
respuesta a los problemas a la luz de la palabra de Dios y con
la oración personal y comunitaria. El misionero, si no es
contemplativo no puede anunciar a Cristo de modo creíble. El
misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder
decir con los apóstoles: “Lo que contemplamos...acerca de la
palabra de vida... os lo anunciamos” (1 Jn 1,1-3) (RMi 91).
José Manuel Madruga Salvador es sacerdote de la diócesis de
Burgos y miembro del IEME. Trabajó en la República Dominicana
(1973-1988). Durante quince años (1988-2003) desempeñó tareas en
los Servicios Comunes del IEME. Actualmente es el director de la
revista Misiones Extranjeras. Este trabajo fue presentado en la
58 Semana Española de Misionología, Burgos, julio de 2005.
I Cfr. Material del Foro de Debate de Misiones Extranjeras.
II Cfr. NÚÑEZ, Juan. “Una mirada a la espiritualidad misionera
de hoy”, Revista Mundo Negro, n.461 (2002)
III Cfr. NÚÑEZ, Juan, ac, 37.
IV Cfr. BUENO, Eloy, Corresponsables en la misión, Instituto
Internacional de Teología a Distancia, Madrid, 1998, p.173.
V MASSERDOTTI, Gianfranco, Misioneros por el Reino, Editorial
Mundo Negro, Madrid, 1989, p. 16.
VI Cfr. NÚÑEZ, Juan, “Una mirada a la espiritualidad misionera
de hoy”, Mundo Negro, n 461 (2002).
VII Cfr. SCHREITER, Robert, “La reconciliación como nuevo
paradigma de la misión”, Atenas, CMI, (2005) SEDOS.
VIII Cfr.
SCHREITER, Robert, op. cit.
IX Testimonio de Mons. Nguyen Van Hoa, obispo de Nha Trang
(Vietnam), Misiones Extranjeras, n. 195 (2003), p. 292.
X Cfr. DINH DUC DAO, Joseph, Oración: fuente, camino y campo de
la misión, Misiones Extranjeras, n. 195 (2003), p. 286.
Missionari della Consolata (sss.ismico.org)