Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Encuentro con el Mundo de la Cultura
En el Aula Magna de la Universidad de La Habana
23 de Enero de 1998
Señores Cardenales y Obispos, Autoridades universitarias,
Ilustres Señoras y Señores:
Es para mí un gozo encontrarme con Ustedes en este venerable
recinto de la Universidad de La Habana. A todos dirijo mi
afectuoso saludo y, en primer lugar, quiero agradecer las
palabras que el Señor Cardenal Jaime Ortega y Alamino ha tenido
a bien dirigirme, en nombre de todos, para darme la bienvenida,
así como el amable saludo del Señor Rector de esta Universidad,
que me ha acogido en esta Aula Magna. En ella se conservan los
restos del gran sacerdote y patriota, el Siervo de Dios Padre
Félix Varela, ante los cuales he rezado. Gracias, Señor Rector,
por presentarme a esta distinguida asamblea de mujeres y hombres
que dedican sus esfuerzos a la promoción de la cultura genuina
en esta noble nación cubana.
La cultura es aquella forma peculiar con la que los hombres
expresan y desarrollan sus relaciones con la creación, entre
ellos mismos y con Dios, formando el conjunto de valores que
caracterizan a un pueblo y los rasgos que lo definen. Así
entendida, la cultura tiene una importancia fundamental para la
vida de las naciones y para el cultivo de los valores humanos
más auténticos. La Iglesia, que acompaña al hombre en su camino,
que se abre a la vida social, que busca los espacios para su
acción evangelizadora, se acerca, con su palabra y su acción, a
la cultura.
La Iglesia católica no se identifica con ninguna cultura
particular, sino que se acerca a todas ellas con espíritu
abierto. Ella, al proponer con respeto su propia visión del
hombre y de los valores, contribuye a la creciente humanización
de la sociedad. En la evangelización de la cultura es Cristo
mismo el que actúa a través de su Iglesia, ya que con su
Encarnación "entra en la cultura" y "trae para cada cultura
histórica el don de la purificación y de la plenitud"
(Conclusiones de Santo Domingo, 228).
"Toda cultura es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del
mundo y, en particular, del hombre: es un modo de expresar la
dimensión trascendente de la vida humana" (Discurso en la ONU, 5
octubre 1995, 9). Respetando y promoviendo la cultura, la
Iglesia respeta y promueve al hombre: al hombre que se esfuerza
por hacer más humana su vida y por acercarla, aunque sea a
tientas, al misterio escondido de Dios. Toda cultura tiene un
núcleo íntimo de convicciones religiosas y de valores morales,
que constituye como su "alma"; es ahí donde Cristo quiere llegar
con la fuerza sanadora de su gracia. La evangelización de la
cultura es como una elevación de su "alma religiosa",
infundiéndole un dinamismo nuevo y potente, el dinamismo del
Espíritu Santo, que la lleva a la máxima actualización de sus
potencialidades humanas. En Cristo, toda cultura se siente
profundamente respetada, valorada y amada; porque toda cultura
está siempre abierta, en lo más auténtico de sí misma, a los
tesoros de la Redención.
Cuba, por su historia y situación geográfica, tiene una cultura
propia en cuya formación ha habido influencias diversas: la
hispánica, que trajo el catolicismo; la africana, cuya
religiosidad fue permeada por el cristianismo; la de los
diferentes grupos de inmigrantes; y la propiamente americana. Es
de justicia recordar la influencia que el Seminario de San
Carlos y San Ambrosio, de La Habana, ha tenido en el desarrollo
de la cultura nacional bajo el influjo de figuras como José
Agustín Caballero, llamado por Martí "padre de los pobres y de
nuestra filosofía", y el sacerdote Félix Varela, verdadero padre
de la cultura cubana. La superficialidad o el anticlericalismo
de algunos sectores en aquella época no son genuinamente
representativos de lo que ha sido la verdadera idiosincrasia de
este pueblo, que en su historia ha visto la fe católica como
fuente de los ricos valores de la cubanía que, junto a las
expresiones típicas, canciones populares, controversias
campesinas y refranero popular, tiene una honda matriz
cristiana, lo cual es hoy una riqueza y una realidad
constitutiva de la Nación.
Hijo preclaro de esta tierra es el Padre Félix Varela y Morales,
considerado por muchos como piedra fundacional de la
nacionalidad cubana. Él mismo es, en su persona, la mejor
síntesis que podemos encontrar entre fe cristiana y cultura
cubana. Sacerdote habanero ejemplar y patriota indiscutible, fue
un pensador insigne que renovó en la Cuba del siglo XIX los
métodos pedagógicos y los contenidos de la enseñanza filosófica,
jurídica, científica y teológica. Maestro de generaciones de
cubanos, enseñó que para asumir responsablemente la existencia
lo primero que se debe aprender es el difícil arte de pensar
correctamente y con cabeza propia. Él fue el primero que habló
de independencia en estas tierras. Habló también de democracia,
considerándola como el proyecto político más armónico con la
naturaleza humana, resaltando a la vez las exigencias que de
ella se derivan.. Entre estas exigencias destacaba dos: que haya
personas educadas para la libertad y la responsabilidad, con un
proyecto ético forjado en su interior, que asuman lo mejor de la
herencia de la civilización y los perennes valores
trascendentes, para ser así capaces de emprender tareas
decisivas al servicio de la comunidad; y, en segundo lugar, que
las relaciones humanas, así como el estilo de convivencia
social, favorezcan los debidos espacios donde cada persona
pueda, con el necesario respeto y solidaridad, desempeñar el
papel histórico que le corresponde para dinamizar el Estado de
Derecho, garantía esencial de toda convivencia humana que quiera
considerarse democrática.
El Padre Varela era consciente de que, en su tiempo, la
independencia era un ideal todavía inalcanzable; por ello se
dedicó a formar personas, hombres de conciencia, que no fueran
soberbios con los débiles, ni débiles con los poderosos. Desde
su exilio de Nueva York, hizo uso de los medios que tenía a su
alcance: la correspondencia personal, la prensa y la que
podríamos considerar su obra cimera, las Cartas a Elpidio sobre
la impiedad, la superstición y el fanatismo en sus relaciones
con la sociedad, verdadero monumento de enseñanza moral, que
constituye su precioso legado a la juventud cubana. Durante los
últimos treinta años de su vida, apartado de su cátedra
habanera, continuó enseñando desde lejos, generando de ese modo
una escuela de pensamiento, un estilo de convivencia social y
una actitud hacia la patria que deben iluminar, también hoy, a
todos los cubanos.
Toda la vida del Padre Varela estuvo inspirada en una profunda
espiritualidad cristiana. Ésta es su motivación más fuerte, la
fuente de sus virtudes, la raíz de su compromiso con la Iglesia
y con Cuba: buscar la gloria de Dios en todo. Eso lo llevó a
creer en la fuerza de lo pequeño, en la eficacia de las semillas
de la verdad, en la conveniencia de que los cambios se dieran
con la debida gradualidad hacia las grandes y auténticas
reformas. Cuando se encontraba al final de su camino, momentos
antes de cerrar los ojos a la luz de este mundo y de abrirlos a
la Luz inextinguible, cumplió aquella promesa que siempre había
hecho: "Guiado por la antorcha de la fe, camino al sepulcro en
cuyo borde espero, con la gracia divina, hacer, con el último
suspiro, una protestación de mi firme creencia y un voto
fervoroso por la prosperidad de mi patria" (Cartas a Elpidio,
tomo I, carta 6, p. 182).
Ésta es la herencia que el Padre Varela dejó. El bien de su
patria sigue necesitando de la luz sin ocaso, que es Cristo.
Cristo es la vía que guía al hombre a la plenitud de sus
dimensiones, el camino que conduce hacia una sociedad más justa,
más libre, más humana y más solidaria. El amor a Cristo y a
Cuba, que iluminó la vida del Padre Varela, está en la raíz más
honda de la cultura cubana. Recuerden la antorcha que aparece en
el escudo de esta Casa de estudios: no es sólo memoria, sino
también proyecto. Los propósitos y los orígenes de esta
Universidad, su trayectoria y su herencia, marcan su vocación de
ser madre de sabiduría y de libertad, inspiradora de fe y de
justicia, crisol donde se funden ciencia y conciencia, maestra
de universalidad y de cubanía.
La antorcha que, encendida por el Padre Varela, había de
iluminar la historia del pueblo cubano, fue recogida, poco
después de su muerte, por esa personalidad relevante de la
nación que es José Martí: escritor y maestro en el sentido más
pleno de la palabra, profundamente democrático e
independentista, patriota, amigo leal aun de aquellos que no
compartían su programa político. Él fue, sobre todo, un hombre
de luz, coherente con sus valores éticos y animado por una
espiritualidad de raíz eminentemente cristiana. Es considerado
como un continuador del pensamiento del Padre Varela, a quien
llamó "el santo cubano".
En esta Universidad se conservan los restos del Padre Varela
como uno de sus tesoros más preciosos. Por doquier, en Cuba, se
ven también los monumentos que la veneración de los cubanos ha
levantado a José Martí. Y estoy convencido de que este pueblo ha
heredado las virtudes humanas, de matriz cristiana, de ambos
hombres, pues todos los cubanos participan solidariamente de su
impronta cultural. En Cuba se puede hablar de un diálogo
cultural fecundo, que es garantía de un crecimiento más armónico
y de un incremento de iniciativas y de creatividad de la
sociedad civil. En este país, la mayor parte de los artífices de
la cultura católicos y no católicos, creyentes y no creyentes
son hombres de diálogo, capaces de proponer y de escuchar. Los
animo a proseguir en sus esfuerzos por encontrar una síntesis
con la que todos los cubanos puedan identificarse; a buscar el
modo de consolidar una identidad cubana armónica que pueda
integrar en su seno sus múltiples tradiciones nacionales. La
cultura cubana, si está abierta a la Verdad, afianzará su
identidad nacional y la hará crecer en humanidad.
La Iglesia y las instituciones culturales de la Nación deben
encontrarse en el diálogo, y cooperar así al desarrollo de la
cultura cubana. Ambas tienen un camino y una finalidad común:
servir al hombre, cultivar todas las dimensiones de su espíritu
y fecundar desde dentro todas sus relaciones comunitarias y
sociales. Las iniciativas que ya existen en este sentido deben
encontrar apoyo y continuidad en una pastoral para la cultura,
en diálogo permanente con personas e instituciones del ámbito
intelectual.
Peregrino en una Nación como la suya, con la riqueza de una
herencia mestiza y cristiana, confío que en el porvenir los
cubanos alcancen una civilización de la justicia y de la
solidaridad, de la libertad y de la verdad, una civilización del
amor y de la paz que, como decía el Padre Varela, "sea la base
del gran edificio de nuestra felicidad". Para ello me permito
poner de nuevo en las manos de la juventud cubana aquel legado,
siempre necesario y siempre actual, del Padre de la cultura
cubana; aquella misión que el Padre Varela encomendó a sus
discípulos: "Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria
y que no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad". |