Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Christopher Hitchens y el final de la evolución
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Hace tiempo un anónimo benefactor se preocupó de hacerme llegar
como regalo, de parte del editor, el ensayo del conocido
periodista anglo-estadounidense Christopher Hitchens titulado
«Dios no es grande»; el subtítulo es: «La religión envenena
todo» («God is not great. How religion poisons everything»,
Nueva York 2007). Pienso que no lo hizo con afán polémico, sino
con el deseo de ayudarme a salir del engaño en el que, en su
opinión, me encuentro como creyente y como comentarista del
Evangelio en televisión.
Quiero decir enseguida que estoy agradecido a este desconocido
amigo. Muchos reproches que Hitchens dirige a los creyentes de
todas las religiones (el islam no recibe en el libro un trato
mejor que el cristianismo, cosa que revela una buena dosis de
valor por parte del autor) son fundados y hay que tomarlos en
consideración para no repetir los mismos errores del pasado. El
Concilio Vaticano II afirma que la fe cristiana puede y debe
sacar provecho también de las críticas de quienes la combaten, y
éste es ciertamente uno de los casos.
Pero Hitchens mete todo en el mismo saco. Dice atenerse al
criterio evangélico de juzgar el árbol por sus frutos, pero del
árbol de la religión él considera sólo los frutos podridos,
nunca los frutos buenos. Los santos, los genios y los
benefactores dados a la humanidad por la fe, o alimentados de
ella, no cuentan nada. Con los mismos criterios, esto es,
considerando sólo el lado oscuro de una institución, se podría
escribir un libro negro de todas las grandes realidades humanas:
de la familia, de la medicina (recuérdese para qué servía la
medicina en Auschwitz), del psicoanálisis (¡de él se ha escrito
recientemente, de hecho, un «libro negro»!), del propio
periodismo que ejerce el autor (¡cuántas veces ha estado, y
está, a servicio de los tiranos y de los intereses de grupos de
poder!).
De su crítica no se salva nadie. ¿Francisco de Asís? ¡«Un
mamífero que creía hablar a los pájaros»! ¿La Madre Teresa de
Calcuta? «Una ambiciosa monja albanesa», hecha famosa por el
libro «Algo bello para Dios», escrito sobre ella por Malcom
Muggeridge. En otras palabras, ¡un producto como tantos otros de
la era mediática!
Pascal concluye el relato de su descubrimiento del Dios vivo con
las palabras: «Alegría, alegría, lágrimas de alegría», y C. S.
Lewis describe su conversión como haber sido «sorprendido por la
alegría»; pero para Hitchens «hay algo sombrío e incongruente»
en estos dos autores, una fundamental ausencia de felicidad como
en todos los creyentes («¿Por qué una creencia así no hace
felices a sus seguidores?»).
Dostoiewski fue uno de los principales testigos de cargo de la
religión, pero de él se toman en consideración mucho más los
argumentos puestos en boca del rebelde y del ateo Iván que los
del devoto Aliocha, el cual, como se sabe, refleja bastante más
de cerca el pensamiento del escritor.
Tertuliano se convierte en un «padre de la Iglesia» de manera
que su «credo quia absurdum», «creo porque es absurdo», pueda
presentarse como el pensamiento de todo el cristianismo,
mientras se sabe que, cuando escribe tales palabras
(interpretadas, aparte de todo, fuera del propio contexto y de
modo inexacto), Tertuliano está considerado por la Iglesia como
un hereje. Extraña, además, esta crítica a Tertuliano, porque si
existe un apologeta al que Hitchens se parezca
espectacularmente, en la cara opuesta, es precisamente este
africano: la misma capacidad dialéctica, la misma voluntad de
triunfar del adversario, sepultándolo bajo una masa de
argumentos aparentemente, pero sólo aparentemente,
indiscutibles: la cantidad sustituyendo a la calidad de los
argumentos.
Un recensor inglés ha comparado al autor del libro con un
desafiante púgil que en el gimnasio lanza puñetazos furiosos
contra un saco de arena inerte, ignorando que el verdadero
campeón que hay que abatir está en otro sitio. Él no derriba la
verdadera fe, sino su caricatura. A mi la lectura del libro me
ha traído a la memoria el deporte de tiro al plato: se lanzan al
aire blancos artificialmente confeccionados que el tirador, sin
esfuerzo, hace añicos con disparos precisos.
Hitchens combate los
distintos integrismos religiosos con otro de signo opuesto. «El
de Hitchens –observaba Renzo Guolo en "La Repubblica"— se
asemeja al manifiesto militante de un mundo que parece
polarizado entre los inquietantes partidarios del
fundamentalismo, con sus locos proyectos de nuevos,
totalitarios, estados éticos, y los proclives a un
neosecularismo integral que minusvalora la búsqueda de sentido
de muchos en el tiempo del final de las "grandes narraciones"».
Hitchens da prueba de integrismo también en otro sentido. Aún
con intenciones opuestas, él lee las Escrituras exactamente como
lo hacen ciertos representantes del fundamentalismo bíblico de
corte evangélico americano, esto es, a la letra, sin esfuerzo
alguno de contextualización y de hermenéutica histórica. Esto le
permite hablar de «la pesadilla del Antiguo Testamento».
Pero Christopher Hitchens es una persona inteligente. Ha
previsto que la religión sobrevivirá también a su ataque, como
ha sobrevivido a muchísimos otros que le han precedido, y se ha
preocupado de dar una explicación a este embarazoso hecho: «La
fe religiosa --escribe-- es inextirpable porque somos criaturas
en evolución. No se extinguirá nunca, o al menos, no se
extinguirá mientras no venzamos el miedo a la muerte, a lo
oscuro, a lo desconocido y a los demás». La religión no es más
que un estadio intermedio provisional, ligado a la situación del
hombre que es un «ser en evolución».
De esta forma el autor se atribuye tácitamente el papel de quien
ha roto tal barrera, anticipando solitariamente el final de la
evolución e, igual que el Zaratustra nietzschiano, vuelve a la
tierra para iluminar sobre las realidades de las cosas a los
pobres mortales.
Repito: no se puede dejar de admirar la extraordinaria cultura
del autor y la pertinencia de ciertas críticas suyas. Lástima
que haya preferido vencer clamorosamente, renunciando así a
convencer, incluso cuando podría haberlo hecho en provecho de la
sociedad y de la propia religión.
Fraile franciscano, antiguo profesor de Historia de los Orígenes
Cristianos en la Universidad Católica de Milán. Es el predicador
del Papa desde 1980.
© P. Raniero Cantalamessa, OFMCap - 2003-2007 |