Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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La búsqueda de la verdad lleva a Cristo, explica el papa
al
presentar la figura de San Agustín
Jesús Colina, ZENIT.org
CIUDAD DEL VATICANO, 9 enero 2008 – La búsqueda de la verdad
lleva a Cristo, constató Benedicto XVI en la audiencia general
de este miércoles en la que presentó la figura de san Agustín de
Hipona (354-430).
La intervención, dedicada al teólogo a quien consagró su tesis
doctoral Joseph Ratzinger, revivió la biografía del «padre más
grande de la Iglesia latina».
«Podría afirmarse», constató el Papa, «que todos los caminos de
la literatura cristiana latina llevan a Hipona», reconociendo
que «pocas veces una civilización ha encontrado un espíritu tan
grande, capaz de acoger los valores y de exaltar su intrínseca
riqueza, inventando ideas y formas de las que se alimentarían
las generaciones posteriores».
El pontífice repasó su biografía dejándose guiar por el libro de
las «Confesiones», que «constituyen precisamente por su atención
a la interioridad y a la psicología un modelo único en la
literatura occidental, y no sólo occidental, incluida la no
religiosa».
«Esta atención por la vida espiritual, por el misterio del yo,
por el misterio de Dios que se esconde en el yo, es algo
extraordinario, sin precedentes, y permanece para siempre como
una "cumbre" espiritual», aclaró.
La catequesis repasó los personajes que marcaron la vida de
Agustín, su madre Mónica, su turbulenta juventud, la mujer con
la que mantuvo una relación sentimental y que le dio un hijo,
Adeodato, a quien amó profundamente y que falleció siendo muy
joven.
«Siempre quedó fascinado por la figura de Jesucristo; es más,
dice que siempre amó a Jesús, pero que se alejó cada vez más de
la fe eclesial, de la práctica eclesial, como les sucede también
hoy a muchos jóvenes», recordó el sucesor de Pedro.
Buscando la verdad descubrió a Cristo, pero decidió seguirle
primero en la red de los maniqueos, «que se presentaban como
cristianos y prometían una religión totalmente racional».
«Afirmaban que el mundo está dividido en dos principios: el bien
y el mal. Y así se explicaría toda la complejidad de la historia
humana», aclaró. «Y sacó una ventaja concreta para su vida: la
adhesión a los maniqueos abría fáciles perspectivas de carrera.
Adherir a esa religión, que contaba con muchas personalidades
influyentes, le permitía seguir su relación con una mujer y
continuar con su carrera».
«Con el pasar del tiempo, sin embargo, Agustín comenzó a
alejarse de la fe de los maniqueos, que le decepcionaron
precisamente desde el punto de vista intelectual, pues eran
incapaces de resolver sus dudas, y se transfirió a Roma, y
después a Milán».
Allí conoció al obispo de esa ciudad, san Ambrosio, quien le
hizo descubrir con sus predicaciones «que todo el Antiguo
Testamento es un camino hacia Jesucristo».
«De este modo, encontró la clave para comprender la belleza, la
profundidad incluso filosófica del Antiguo Testamento y
comprendió toda la unidad del misterio de Cristo en la historia,
así como la síntesis entre filosofía, racionalidad y fe en el
Logos, en Cristo, Verbo eterno, que se hizo carne».
«Pronto, Agustín se dio cuenta de que la literatura alegórica de
la Escritura y la filosofía neoplatónica del obispo de Milán le
permitían resolver las dificultades intelectuales que, cuando
era más joven, en su primer contacto con los textos bíblicos, le
habían parecido insuperables», explicó el Papa.
Tras convertirse al cristianismo, fundó con sus amigos en Hipona,
hoy Argelia, una comunidad monástica. Tras ser ordenado
sacerdote, «quería estar sólo al servicio de la verdad, no se
sentía llamado a la vida pastoral, pero después comprendió que
la llamada de Dios significaba ser pastor entre los demás y así
ofrecer el don de la verdad a los demás». En el año 395, fue
consagrado obispo de Hipona.
«Predicaba varias veces a la semana a sus fieles, ayudaba a los
pobres y a los huérfanos, atendía a la formación del clero y a
la organización de los monasterios femeninos y masculinos»,
explicó, describiendo su acción pastoral.
«Ejerció una amplia influencia en la guía de la Iglesia católica
del África romana y más en general en el cristianismo de su
época, afrontando tendencias religiosas y herejías tenaces y
disgregadoras, como el maniqueísmo, el donatismo, y el
pelagianismo, que ponían en peligro la fe cristiana en el único
Dios y rico en misericordia», evocó.
La narración de su muerte, antes de cumplir los 76 años, estuvo
impregnada de la delicadeza del discípulo.
«Pidió que le transcribieran con letra grande los salmos
penitenciales», recordó Benedicto XVI citando la biografía que
de Agustín escribió un amigo, Posidio, «y dio órdenes para que
colgaran las hojas contra la pared, de manera que desde la cama
en su enfermedad los podía ver y leer, y lloraba sin
interrupción lágrimas calientes».
El Papa anunció que dedicará sus próximas audiencias a este
santo, «a sus obras, a su mensaje y a su experiencia interior».
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