Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Encuentro con el mundo del dolor en el Santuario de San Lázaro
en el Rincón
24 de Enero de 1998
Amadísimos hermanos y hermanas:
En mi visita a esta noble tierra no podía faltar un encuentro
con el mundo del dolor, porque Cristo está muy cerca de todos
los que sufren. Los saludo con todo afecto, queridos enfermos
acogidos en el cercano Hospital Doctor Guillermo Fernández
Hernández-Baquero, que hoy llenan este Santuario de San Lázaro,
el amigo del Señor. En Ustedes quiero saludar también a los
demás enfermos de Cuba, a los ancianos que están solos, a
cuantos padecen en su cuerpo o en su espíritu. Con mi palabra y
afecto quiero llegar a todos siguiendo la exhortación del Señor:
"Estuve enfermo y me visitaron" (Mt 25, 36). Los acompaña
también el cariño del Papa, la solidaridad de la Iglesia, el
calor fraterno de los hombres y mujeres de buena voluntad.
Saludo a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que
trabajan en este Centro, y en ellas a las demás personas
consagradas pertenecientes a diversos Institutos religiosos, que
trabajan con amor en otros lugares de esta hermosa Isla para
aliviar los sufrimientos de cada persona necesitada. La
comunidad eclesial les está muy agradecida, pues contribuyen así
a su misión desde su carisma particular, ya que "el Evangelio se
hace operante mediante la caridad, que es gloria de la Iglesia y
signo de su fidelidad al Señor" (Vita consecrata, 82).
Quiero saludar también a los médicos, enfermeros y personal
auxiliar, que con competencia y dedicación utilizan los recursos
de la ciencia para aliviar el sufrimiento y el dolor. La Iglesia
estima su labor pues, animada por el espíritu de servicio y
solidaridad con el prójimo, recuerda la obra de Jesús que curaba
a los enfermos (cf. Mt 8, 16). Conozco los grandes esfuerzos que
se hacen en Cuba en el campo de la salud, a pesar de las
limitaciones económicas que sufre el País.
Vengo como peregrino de la verdad y la esperanza a este
Santuario de San Lázaro, como testigo, en la propia carne, del
significado y el valor que tiene el sufrimiento cuando se acoge
acercándose confiadamente a Dios, "rico en misericordia". Este
lugar es sagrado para los cubanos, porque aquí experimentan la
gracia quienes se dirigen con fe a Cristo con la misma certeza
de San Pablo: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Flp
4,13). Aquí podemos repetir las palabras con las que Marta,
hermana de Lázaro, expresó a Jesucristo su confianza,
arrancándole así el milagro de la resurrección de su hermano:
"Sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá" (Jn
11,22); y las palabras con las que le confesó a continuación:
"Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo,
el que tenía que venir al mundo" (Jn 11,27)
Queridos hermanos, todo ser humano experimenta, de una forma u
otra, el dolor y el sufrimiento en la propia vida y no puede
dejar de interrogarse sobre su significado. El dolor es un
misterio, muchas veces inescrutable para la razón. Forma parte
del misterio de la persona humana, que sólo se esclarece en
Jesucristo, que es quien revela al hombre su propia identidad.
Sólo desde Él podremos encontrar el sentido a todo lo humano.
"El sufrimiento -como he escrito en la Carta Apostólica
Salvifici doloris- no puede ser transformado y cambiado con una
gracia exterior sino interior... Pero este proceso interior no
se desarrolla siempre de igual manera ... Cristo no responde
directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el
sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta
salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los
sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta
participación es... una llamada: "Sígueme", "Ven", toma parte
con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se
realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz" (n.
26).
Éste es el verdadero sentido y el valor del sufrimiento, de los
dolores corporales, morales y espirituales. Ésta es la Buena
Noticia que les quiero comunicar. A la pregunta humana, el Señor
responde con un llamado, con una vocación especial que, como
tal, tiene su base en el amor. Cristo no llega hasta nosotros
con explicaciones y razones para tranquilizarnos o para
alienarnos. Más bien viene a decirnos: Vengan conmigo. Síganme
en el camino de la cruz. "Todo el que quiera seguirme, niéguese
a sí mismo, cargue con su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Jesucristo
ha tomado la delantera en el camino de la cruz; Él ha sufrido
primero. No nos empuja al sufrimiento, sino que lo comparte con
nosotros y quiere que tengamos vida y la tengamos en abundancia
(cf. Jn 10, 10).
El sufrimiento se transforma cuando experimentamos en nosotros
la cercanía y la solidaridad del Dios vivo: "Yo sé que mi
redentor vive, y al fin... yo veré a Dios" (Jb 19, 25.26). Con
esa certeza se adquiere la paz interior. De la alegría
espiritual, sosegada y profunda que brota del "Evangelio del
sufrimiento" se adquiere la conciencia de la grandeza y dignidad
del hombre que sufre generosamente y ofrece su dolor "como
hostia viva, consagrada y agradable a Dios" (Rm 12, 1). Así, el
que sufre ya no es una carga para los otros, sino que contribuye
a la salvación de los demás con su sufrimiento.
El sufrimiento no es sólo de carácter físico, como puede ser la
enfermedad. Existe también el sufrimiento del alma, como el que
padecen los segregados, los perseguidos, los encarcelados por
diversos delitos o por razones de conciencia, por ideas
pacíficas aunque discordantes. Estos últimos sufren un
aislamiento y una pena por la que su conciencia no los condena,
mientras desean incorporarse a la vida activa en espacios donde
puedan expresar y proponer sus opiniones con respeto y
tolerancia. Aliento a promover esfuerzos en vista de la
reinserción social de la población penitenciaria. Esto es un
gesto de alta humanidad y es una semilla de reconciliación, que
honra a la autoridad que la promueve y fortalece también la
convivencia pacífica en el País. A todos los presos, y a sus
familias que sufren la separación y anhelan su reencuentro, les
mando mi cordial saludo, animándolos a no dejarse vencer por el
pesimismo o el desaliento.
Queridos hermanos: los cubanos necesitan de la fuerza interior,
de la paz profunda y de la alegría que brota del "Evangelio del
sufrimiento". Ofrézcanlo de modo generoso para que Cuba "vea a
Dios cara a cara", es decir, para que camine a la luz de su
Rostro hacia el Reino eterno y universal y cada cubano, desde lo
más profundo de su ser, pueda decir: "Yo sé que mi Redentor
vive" (Jb 19, 25). Ese Redentor no es otro que Jesucristo,
Nuestro Señor.
La dimensión
cristiana del sufrimiento no se reduce sólo a su significado
profundo y a su carácter redentor. El dolor llama al amor, es
decir, ha de generar solidaridad, entrega, generosidad en los
que sufren y en los que se sienten llamados a acompañarlos y
ayudarlos en sus penas. La parábola del Buen Samaritano (cf. Lc
10, 29ss), que nos presenta el Evangelio de la solidaridad con
el prójimo que sufre, "se ha convertido en uno de los elementos
esenciales de la cultura moral y de la civilización
universalmente humana" (Salvifici doloris, 29). En efecto, en
esta parábola Jesús nos enseña que el prójimo es todo aquel que
encontramos en nuestro camino, herido y necesitado de socorro,
al que se ha de ayudar en los males que le afligen, con los
medios adecuados, haciéndose cargo de él hasta su completo
restablecimiento. La familia, la escuela, las demás
instituciones educativas, aunque sólo sea por motivos
humanitarios, deben trabajar con perseverancia para despertar y
afinar esa sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, de la
que es símbolo la figura del samaritano. La elocuencia de la
parábola del Buen Samaritano, como también la de todo el
Evangelio, es concretamente ésta: el hombre debe sentirse
llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento.
ALas instituciones son muy importantes e indispensables; sin
embargo, ninguna institución puede de suyo sustituir al corazón
humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa
humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento
ajeno" (Ibíd. 29).
Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía
más si se trata de los múltiples sufrimientos morales y del
alma. Por eso cuando sufre una persona en su alma, o cuando
sufre el alma de una nación, ese dolor debe convocar a la
solidaridad, a la justicia, a la construcción de la civilización
de la verdad y del amor. Un signo elocuente de esa voluntad de
amor ante el dolor y la muerte, ante la cárcel o la soledad,
ante las divisiones familiares forzadas o la emigración que
separa a las familias, debe ser que cada organismo social, cada
institución pública, así como todas las personas que tienen
responsabilidades en este campo de la salud, de la atención a
los necesitados y de la reeducación de los presos, respete y
haga respetar los derechos de los enfermos, los marginados, los
detenidos y sus familiares, en definitiva, los derechos de todo
hombre que sufre. En este sentido, la Pastoral sanitaria y la
penitenciaria deben encontrar los espacios necesarios para
realizar su misión al servicio de los enfermos, de los presos y
de sus familias.
La indiferencia ante el sufrimiento humano, la pasividad ante
las causas que provocan las penas de este mundo, los remedios
coyunturales que no conducen a sanar en profundidad las heridas
de las personas y de los pueblos, son faltas graves de omisión,
ante las cuales todo hombre de buena voluntad debe convertirse y
escuchar el grito de los que sufren.
Amados hermanos y hermanas: en los momentos duros de nuestra
vida personal, familiar o social, las palabras de Jesús nos
ayudan en la prueba: "Padre mío, si es posible, que pase de mí
este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como
quieres Tú" (Mt 26,39). El pobre que sufre encuentra en la fe la
fuerza de Cristo que le dice por boca de Pablo: "Te basta mi
gracia" (2Co 12, 9). No se pierde ningún sufrimiento, ningún
dolor cae en saco roto: Dios los recibe todos, como acogió el
sacrificio de su Hijo, Jesucristo.
Al pie de la Cruz, con los brazos abiertos y el corazón
traspasado, está nuestra Madre, la Virgen María, Nuestra Señora
de los Dolores y de la Esperanza, que nos recibe en su regazo
maternal henchido de gracia y de piedad. Ella es camino seguro
hacia Cristo, nuestra paz, nuestra vida, nuestra resurrección.
María, Madre del que sufre, piedad del que muere, cálido
consuelo para el desalentado: (mira a tus hijos cubanos que
pasan por la dura prueba del dolor y muéstrales a Jesús, fruto
bendito de tu vientre! Amén. |