Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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La nueva Biblia política
de los Derechos Humanos
Los peligros del relativismo, según Janne Haaland Matlary
P. John Flynn, L. C.
Traducción de Justo Amado, ZENIT.org
ROMA, miércoles, 9 enero 2008 – En el discurso de Benedicto XVI
el 1 de diciembre en una audiencia con los participantes en el
Foro de Organizaciones no Gubernamentales de inspiración
católica advertía en contra de basar las relaciones
internacionales en una lógica relativista.
Podemos ver con satisfacción, afirmaba el Papa, como un logro el
reconocimiento universal de la primacía jurídica y política de
los derechos humanos. No obstante, continuaba, el debate
internacional «a menudo parece estar marcado por una lógica
relativista que considera, como única garantía de coexistencia
pacífica entre los pueblos, el negar carta de ciudadanía a la
verdad sobre el hombre y su dignidad, así como a la posibilidad
de una acción ética basada en el reconocimiento de la ley moral
natural».
Si se acepta la postura relativista, advertía el pontífice,
corremos el riesgo de que las leyes y relaciones entre los
estados se determinen por factores como los intereses a corto
plazo o las presiones ideológicas. Benedicto XVI animaba a los
presentes a contrarrestar la tendencia hacia el relativismo,
«presentando la gran verdad sobre la dignidad innata del hombre
y los derechos que se derivan de dicha dignidad».
La preocupación constante del Papa por los peligros del
relativismo es bien conocida. Pero no está solo en este
reconocimiento del peligro que representa en el área de los
derechos humanos.
Janne Haaland Matlary, profesora de política internacional en la
Universidad de Oslo, apoya la tradición de la ley natural como
la defiende la Iglesia católica. Matlary, que fue secretaria de
estado para asuntos exteriores de Noruega desde 1997 al 2000,
publicaba a principios de este año una traducción de su
colección de ensayos titulada «Ensayos sobre Democracia y la
Crisis de Racionalidad» (Gracewing).
Una nueva Biblia
Actualmente, comenta Matlary, los derechos humanos se han
convertido en una especie de nueva biblia política, pero,
desgraciadamente, esta biblia suele verse afectada por un
profundo relativismo cuando se trata de valores fundamentales.
El libro de Matlary se centra en la situación en Europa, donde,
advierte, el relativismo está llevando a intentar redefinir los
derechos humanos. De hecho, continúa, se da un presente
verdaderamente paradójico, porque, de un lado, Europa y
Occidente exigen al mundo que respete los derechos humanos pero,
de otro, rehúsan definir, de forma objetiva, lo que significan
estos derechos.
Matlary explica que el énfasis contemporáneo en los derechos
humanos deriva del rechazo de los males del régimen nazi, que
vio el peligro de sujetos que obedecen órdenes de un dictador
legal que son, sin embargo, contrarias a la moralidad. La
consiguiente Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948
se formuló de forma que quede claro que han de verse como
innatos a cada persona. La declaración puede considerarse, por
tanto, como un documento de derecho natural.
Hoy, sin embargo, los derechos humanos suelen considerarse como
dependientes del proceso político, continúa Matlary. Mientras la
declaración de 1948 defiende el derecho a la vida, muchos
estados han legalizado el aborto. De igual forma, el texto de
1948 proclama el derecho de un hombre y una mujer a casarse,
pero existe una presión creciente en muchos países para
establecer un «derecho» al matrimonio del mismo sexo.
Otro ejemplo es la Convención de Derechos del Niño, aprobada por
la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989. Estipula que
un niño debería tener el derecho a saber a conocer y a ser
cuidado por sus padres. Sólo pocos años después, esto se ignora
al utilizar donantes anónimos para los tratamientos de
fertilización in vitro, comenta Matlary.
Causas principales
Matlary examina algunos factores que han contribuida al triunfo
del relativismo ético en Europa. Uno de estos es la
secularización, que significa olvidar las raíces cristianas del
continente así como los valores que el cristianismo ha aportado
a la política y a la ley. A esto se ha añadido la creciente
inmigración de otras culturas, y la incertidumbre sobre el
concepto de tolerancia. Asimismo, la aversión al concepto de
verdad objetiva, combinada con frecuencia con una mentalidad de
corrección política, mina los intentos de definir valores
comunes.
Matlary observa que ha habido también una marcada politización
de los derechos humanos, como resulta evidente de algunas
conferencias organizadas por las Naciones Unidas en los noventa,
sobre temas como la demografía, la familia y los derechos de la
mujer.
El debate sobre los valores y los derechos humanos, indica
Matlary, está marcado también por un profundo subjetivismo. En
muchos países la religión ha dejado de basarse en estar adherido
a una identidad institucional y se convierte en una «religión a
la carta».
El subjetivismo también ha contribuido al declive de la
ideología, pero la ha reemplazado con un deseo superficial de
seguir a la última personalidad pública de moda y las tendencias
que popularizan los medios de comunicación.
Basado en la verdad
La última sección del libro de Matlary considera cómo puede
presentarse la ley natural en medio del relativismo dominante.
El cristianismo juega un papel vital en este esfuerzo, a través
de sus enseñanzas en el área de la antropología, incluyendo el
fuerte énfasis que pone la Iglesia en la dignidad humana
inherente.
No podemos imponer las normas cristianas en la esfera política,
reconoce Matlary. No obstante, en muchos puntos que tienen que
ver con la persona humana y sus derechos no hay contradicción
entre fe y razón. La tarea, por tanto, no es crear estados
cristianos, sino estados basados en la verdad sobre el ser
humano. Lo que necesita Europa, en consecuencia, son políticos
que estén preparados para dedicarse al bien común, según lo que
es universalmente correcto o erróneo basándose en la dignidad
humana.
Matlary admite que incluso entre cristianos suele haber
pluralidad legítima en la arena política, permitiendo
flexibilidad entre diversas formas de acción. Hay, no obstante,
algunos temas sobre los que no puede haber compromiso, los que
tienen que ver con la dignidad humana.
Esta sección conclusiva también considera la aportación hecha
por el Vaticano al debate sobre los derechos humanos. En un
capítulo dedicado al Papa Juan Pablo II, Matlary comentaba su
cuidadosa diplomacia pública, así como por la callada, pero
eficaz, aportación hecha por los diplomáticos vaticanos por todo
el mundo.
Un ulterior capítulo examina el análisis de la racionalidad
moderna hecha por el actual Papa, en muchos de sus escritos
cuando todavía era el cardenal Joseph Ratzinger. Uno de los
temas tratados por él fue la noción de libertad humana, que
muchos consideran actualmente que no tiene límites.
La falta de voluntad de limitar la autonomía personal, comenta
Matlary, descansa en última instancia en la incapacidad de
definir el ser humano y lo que es bueno y malo en cuanto a la
naturaleza humana.
Razonar correctamente
Otro defecto identificado por el cardenal Ratzinger, según
Matlary, es la idea de que la racionalidad sólo está limitada al
área técnica. Aceptar esto significa que no tenemos ya noción
alguna sobre cómo razonar sobre lo bueno y lo malo, así como
negar que haya un marco ético fuera del individual.
Además, el cardenal Ratzinger criticaba el concepto meramente
materialista de la racionalidad que ignora las dimensiones
filosóficas y teológicas de nuestra naturaleza, reduciendo así
la idea del progreso a dimensiones meramente técnicas y
económicas, una postura todavía presente en el pensamiento de
Benedicto XVI.
Es necesario que las normas jurídicas se funden en la moralidad,
que a su vez encuentra su fundamento en la misma naturaleza,
explicaba el Pontífice en su mensaje para el Día Mundial de la
Paz. Sin este sólido fundamento, indicaba el Papa, las normas
jurídicas quedarán «a merced de consensos frágiles y
provisionales» (No. 12).
«El crecimiento de la cultura jurídica en el mundo depende
además del esfuerzo por dar siempre consistencia a las normas
internacionales con un contenido profundamente humano, evitando
rebajarlas a meros procedimientos que se pueden eludir
fácilmente por motivos egoístas o ideológicos» (No. 13). Un
oportuno recordatorio de que el proceso político no es un amo
absoluto, sino que es necesario que se oriente por las verdades
inherentes a la naturaleza humana. |