Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Homilía
de Juan Pablo II
en Santiago de Cuba
24 de Enero de 1998
"Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor" (Sal 32, 12). Hemos
cantado con el salmista que la dicha acompaña al pueblo que
tiene a Dios como su Señor. Hace más de quinientos años, cuando
llegó la cruz de Cristo a esta Isla, y con ella su mensaje
salvífico, comenzó un proceso que, alimentado por la fe
cristiana, ha ido forjando los rasgos característicos de esta
Nación. En la serie de sus hombres ilustres están: aquel soldado
que fue el primer catequista y misionero de Macaca; también el
primer maestro cubano que fue el P. Miguel de Velázquez; el
sacerdote Esteban Salas, padre de la música cubana; el insigne
bayamés Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, el cual,
postrado a los pies de la Virgen de la Caridad, inició su lucha
por la libertad y la independencia de Cuba; Antonio de la
Caridad Maceo y Grajales, cuya estatua preside la plaza que hoy
acoge nuestra celebración, al cual su madre pidió delante del
crucifijo que se entregara hasta el extremo por la libertad de
Cuba. Además de éstos, hay muchos hombres y mujeres ilustres
que, movidos por su inquebrantable fe en Dios, eligieron la vía
de la libertad y la justicia como bases de la dignidad de su
pueblo.
Me complace encontrarme hoy en esta Arquidiócesis tan insigne,
que ha contado entre sus Pastores a San Antonio María Claret.
Ante todo, dirijo mi cordial saludo a Mons. Pedro Meurice Estíu,
Arzobispo de Santiago de Cuba y Primado de esta Nación, así como
a los demás Obispos, sacerdotes y diáconos, comprometidos en la
extensión del Reino de Dios en esta tierra. Saludo asimismo a
los religiosos y religiosas y a todo el pueblo fiel aquí
presente. Deseo dirigir también un deferente saludo a las
autoridades civiles que han querido participar en esta Santa
Misa y les agradezco la cooperación prestada para su
organización.
En esta celebración vamos a coronar la imagen de la Virgen de la
Caridad del Cobre. Desde su santuario, no lejos de aquí, la
Reina y Madre de todos los cubanos -sin distinción de razas,
opciones políticas o ideologías-, guía y sostiene, como en el
pasado, los pasos de sus hijos hacia la Patria celeste y los
alienta a vivir de tal modo que en la sociedad reinen siempre
los auténticos valores morales, que constituyen el rico
patrimonio espiritual heredado de los mayores. A Ella, como hizo
su prima Isabel, nos dirigimos agradecidos para decirle:
"Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor
se cumplirá" (Lc 1, 45). En estas palabras está el secreto de la
verdadera felicidad de las personas y de los pueblos: creer y
proclamar que el Señor ha hecho maravillas para nosotros y que
su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Este convencimiento es la fuerza que anima a los hombres y
mujeres que, aun a costa de sacrificios, se entregan
desinteresadamente al servicio de los demás.
El ejemplo de disponibilidad de María nos señala el camino a
recorrer. Con Ella la Iglesia lleva a cabo su vocación y su
misión, anunciando a Jesucristo y exhortando a hacer lo que Él
nos dice; construyendo también la fraternidad universal en la
que cada hombre pueda llamar Padre a Dios.
Como la Virgen María, la Iglesia es Madre y Maestra en el
seguimiento de Cristo, luz para los pueblos, y dispensadora de
la misericordia divina. Como comunidad de todos los bautizados,
es asimismo recinto de perdón, de paz y reconciliación, que abre
sus brazos a todos los hombres para anunciarles al Dios
verdadero. Con el servicio a la fe de los hombres y mujeres de
este amado pueblo, la Iglesia los ayuda a progresar por el
camino del bien. Las obras de evangelización que van teniendo
lugar en diversos ambientes, como por ejemplo las misiones en
barrios y pueblos sin iglesias, deben ser cuidadas y fomentadas
para que puedan desarrollarse y servir no sólo a los católicos,
sino a todo el pueblo cubano para que conozca a Jesucristo y lo
ame. La historia enseña que sin fe desaparece la virtud, los
valores morales se oscurecen, no resplandece la verdad, la vida
pierde su sentido trascendente y aun el servicio a la nación
puede dejar de ser alentado por las motivaciones más profundas.
A este respecto, Antonio Maceo, el gran patriota oriental,
decía: "Quien no ama a Dios, no ama a la Patria".
La Iglesia llama a todos a encarnar la fe en la propia vida,
como el mejor camino para el desarrollo integral del ser humano,
creado a imagen y semejanza de Dios, y para alcanzar la
verdadera libertad, que incluye el reconocimiento de los
derechos humanos y la justicia social. A este respecto, los
laicos católicos, salvaguardando su propia identidad para poder
ser "sal y fermento" en medio de la sociedad de la que forman
parte, tienen el deber y el derecho de participar en el debate
público en igualdad de oportunidades y en actitud de diálogo y
reconciliación. Asimismo, el bien de una nación debe ser
fomentado y procurado por los propios ciudadanos a través de
medios pacíficos y graduales. De este modo cada persona, gozando
de libertad de expresión, capacidad de iniciativa y de propuesta
en el seno de la sociedad civil y de la adecuada libertad de
asociación, podrá colaborar eficazmente en la búsqueda del bien
común.
La Iglesia, inmersa en la sociedad, no busca ninguna forma de
poder político para desarrollar su misión, sino que quiere ser
germen fecundo de bien común al hacerse presente en las
estructuras sociales. Mira en primer lugar a la persona humana y
a la comunidad en la que vive, sabiendo que su primer camino es
el hombre concreto en medio de sus necesidades y aspiraciones.
Todo lo que la Iglesia reclama para sí lo pone al servicio del
hombre y de la sociedad. En efecto, Cristo le encargó llevar su
mensaje a todos los pueblos, para lo cual necesita un espacio de
libertad y los medios suficientes. Defendiendo su propia
libertad, la Iglesia defiende la de cada persona, la de las
familias, la de las diversas organizaciones sociales, realidades
vivas, que tienen derecho a un ámbito propio de autonomía y
soberanía (cf. Centesimus annus, 45). En este sentido, "el
cristiano y las comunidades cristianas viven profundamente
insertados en la vida de sus pueblos respectivos y son signo del
Evangelio incluso por la fidelidad a su patria, a su pueblo, a
la cultura nacional, pero siempre con la libertad que Cristo ha
traído... La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo,
asumiendo posiciones valientes y proféticas ante la corrupción
del poder político o económico; no buscando la gloria o los
bienes materiales; usando sus bienes para el servicio de los más
pobres e imitando la sencillez de la vida de Cristo"
(Redemptoris missio, 43).
Al recordar estos aspectos de la misión de la Iglesia, demos
gracias a Dios, que nos ha llamado a formar parte de la misma.
En ella, la Virgen María ocupa un lugar singular. Expresión de
esto es la coronación de la venerada imagen de la Virgen de la
Caridad del Cobre. La historia cubana está jalonada de
maravillosas muestras de amor a su Patrona, a cuyos pies las
figuras de los humildes nativos, dos indios y un moreno,
simbolizan la rica pluralidad de este pueblo. El Cobre, donde
está su Santuario, fue el primer lugar de Cuba donde se
conquistó la libertad para los esclavos.
Amados fieles, no olviden nunca los grandes acontecimientos
relacionados con su Reina y Madre. Con el dosel del altar
familiar, Céspedes confeccionó la bandera cubana y fue a
postrarse a los pies de la Virgen antes de iniciar la lucha por
la libertad. Los valientes soldados cubanos, los mambises,
llevaban sobre su pecho la medalla y la "medida" de su bendita
imagen. El primer acto de Cuba libre tuvo lugar cuando en 1898
las tropas del General Calixto García se postraron a los pies de
la Virgen de la Caridad en una solemne misa para la "Declaración
mambisa de la Independencia del pueblo cubano". Las diversas
peregrinaciones que la imagen ha hecho por los pueblos de la
Isla, acogiendo los anhelos y esperanzas, los gozos y las penas
de todos sus hijos, han sido siempre grandes manifestaciones de
fe y de amor.
Desde aquí quiero enviar también mi saludo a los hijos de Cuba
que en cualquier parte del mundo veneran a la Virgen de la
Caridad; junto con todos sus hermanos que viven en esta hermosa
tierra, los pongo bajo su maternal protección, pidiéndole a
Ella, Madre amorosa de todos, que reúna a sus hijos por medio de
la reconciliación y la fraternidad.
Hoy, siguiendo con esa gloriosa tradición de amor a la Madre
común, antes de proceder a su coronación quiero dirigirme a Ella
e invocarla con todos Ustedes:
¡Virgen de la Caridad del Cobre,
Patrona de Cuba!
¡Dios te salve, María, llena de gracia!
Tú eres la Hija amada del Padre,
la Madre de Cristo, nuestro Dios,
el Templo vivo del Espíritu Santo.
Llevas en tu nombre, Virgen de la Caridad,
la memoria del Dios que es Amor,
el recuerdo del mandamiento nuevo de Jesús,
la evocación del Espíritu Santo:
amor derramado en nuestros corazones,
fuego de caridad enviado en Pentecostés sobre la Iglesia,
don de la plena libertad de los hijos de Dios.
¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre, Jesús!
Has venido a visitar nuestro pueblo
y has querido quedarte con nosotros
como Madre y Señora de Cuba,
a lo largo de su peregrinar
por los caminos de la historia.
Tu nombre y tu imagen están esculpidos
en la mente y en el corazón de todos los cubanos,
dentro y fuera de la Patria,
como signo de esperanza y centro de comunión fraterna.
¡Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra!
Ruega por nosotros ante tu Hijo Jesucristo,
intercede por nosotros con tu corazón maternal,
inundado de la caridad del Espíritu.
Acrecienta nuestra fe, aviva la esperanza,
aumenta y fortalece en nosotros el amor.
Ampara nuestras familias,
protege a los jóvenes y a los niños,
consuela a los que sufren.
Sé Madre de los fieles y de los pastores de la Iglesia,
modelo y estrella de la nueva evangelización.
¡Madre de la reconciliación!
Reúne a tu pueblo disperso por el mundo.
Haz de la nación cubana un hogar de hermanos y hermanas
para que este pueblo abra de par en par
su mente, su corazón y su vida a Cristo,
único Salvador y Redentor,
que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.
Amén. |