Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
|
Homilía
del papa
Juan Pablo II en
Santa Clara
22 de Enero 1998
"Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las
repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y
yendo de camino" (Dt 6, 6-7). Nos hemos reunido en el Campo de
Deportes del Instituto Superior de Cultura Física "Manuel
Fajardo", convertido hoy como en un inmenso templo abierto. En
este encuentro queremos dar gracias a Dios por el gran don de la
familia.
Ya en la primera página de la Biblia el autor sagrado nos
presenta esta institución: "Dios creó al hombre a imagen suya y
los creó varón y mujer" (Gn 1, 27). En este sentido, las
personas humanas en su dualidad de sexos son, como Dios mismo y
por voluntad suya, fuente de vida: "Crezcan y multiplíquense" (Gn
1, 28). Por tanto, la familia está llamada a cooperar en el plan
de Dios y en su obra creadora mediante la alianza de amor
esponsal entre el hombre y la mujer y, como nos dirá San Pablo,
dicha alianza es también signo de la unión de Cristo con su
Iglesia (cf. Ef 5,32 ).
Queridos hermanos y hermanas: me complace saludar con gran
afecto a Mons. Fernando Prego Casal, Obispo de Santa Clara, a
los Señores Cardenales y demás Obispos, a los sacerdotes y
diáconos, a los miembros de las comunidades religiosas, a todos
Ustedes, fieles laicos. Quiero dirigir también un deferente
saludo a las autoridades civiles. Mis palabras se dirigen muy
especialmente a las familias aquí presentes, las cuales quieren
proclamar el firme propósito de realizar en su vida el proyecto
salvífico del Señor.
La institución familiar en Cuba es depositaria del rico
patrimonio de virtudes que distinguieron a las familias criollas
de tiempos pasados, cuyos miembros se empeñaron tanto en los
diversos campos de la vida social y forjaron el País sin reparar
en sacrificios y adversidades. Aquellas familias, fundadas
sólidamente en los principios cristianos, así como en su sentido
de solidaridad familiar y respeto por la vida, fueron verdaderas
comunidades de cariño mutuo, de gozo y fiesta, de confianza y
seguridad, de serena reconciliación. Se caracterizaron también
-como muchos hogares de hoy- por la unidad, el profundo respeto
a los mayores, el alto sentido de responsabilidad, el
acatamiento sincero de la autoridad paterna y materna, la
alegría y el optimismo, tanto en la pobreza como en la riqueza,
los deseos de luchar por un mundo mejor y, por encima de todo,
por la gran fe y confianza en Dios.
Hoy las familias en Cuba están también afectadas por los
desafíos que sufren actualmente tantas familias en el mundo. Son
numerosos los miembros de estas familias que han luchado y
dedicado su vida para conquistar una existencia mejor, en la que
se vean garantizados los derechos humanos indispensables:
trabajo, alimentación, vivienda, salud, educación, seguridad
social, participación social, libertad de asociación y para
elegir la propia vocación. La familia, célula fundamental de la
sociedad y garantía de su estabilidad, sufre sin embargo las
crisis que pueden afectar a la sociedad misma. Esto ocurre
cuando los matrimonios viven en sistemas económicos o culturales
que, bajo la falsa apariencia de libertad y progreso, promueven
o incluso defienden una mentalidad antinatalista, induciendo de
ese modo a los esposos a recurrir a métodos de control de la
natalidad que no están de acuerdo con la dignidad humana. Se
llega incluso al aborto, que es siempre, además de un crimen
abominable (cf. Const. past. Gaudium et spes, 51), un absurdo
empobrecimiento de la persona y de la misma sociedad. Ante ello
la Iglesia enseña que Dios ha confiado a los hombres la misión
de transmitir la vida de un modo digno del hombre, fruto de la
responsabilidad y del amor entre los esposos.
La maternidad se presenta a veces como un retroceso o una
limitación de la libertad de la mujer, distorsionando así su
verdadera naturaleza y su dignidad. Los hijos son presentados no
como lo que son -un gran don de Dios-, sino como algo contra lo
que hay que defenderse. La situación social que se ha vivido en
este amado País ha acarreado también no pocas dificultades a la
estabilidad familiar: las carencias materiales -como cuando los
salarios no son suficientes o tienen un poder adquisitivo muy
limitado-, las insatisfacciones por razones ideológicas, la
atracción de la sociedad de consumo. Éstas, junto con ciertas
medidas laborales o de otro género, han provocado un problema
que se arrastra en Cuba desde hace años: la separación forzosa
de las familias dentro del País y la emigración, que ha
desgarrado a familias enteras y ha sembrado dolor en una parte
considerable de la población. Experiencias no siempre aceptadas
y a veces traumáticas son la separación de los hijos y la
sustitución del papel de los padres a causa de los estudios que
se realizan lejos del hogar en la edad de la adolescencia, en
situaciones que dan por triste resultado la proliferación de la
promiscuidad, el empobrecimiento ético, la vulgaridad, las
relaciones prematrimoniales a temprana edad y el recurso fácil
al aborto. Todo esto deja huellas profundas y negativas en la
juventud, que está llamada a encarnar los valores morales
auténticos para la consolidación de una sociedad mejor.
El camino para vencer estos males no es otro que Jesucristo, su
doctrina y su ejemplo de amor total que nos salva. Ninguna
ideología puede sustituir su infinita sabiduría y poder. Por eso
es necesario recuperar los valores religiosos en el ámbito
familiar y social, fomentando la práctica de las virtudes que
conformaron los orígenes de la Nación cubana, en el proceso de
construir su futuro "con todos y para el bien de todos", como
pedía José Martí. La familia, la escuela y la Iglesia deben
formar una comunidad educativa donde los hijos de Cuba puedan
"crecer en humanidad". No tengan miedo, abran las familias y las
escuelas a los valores del Evangelio de Jesucristo, que nunca
son un peligro para ningún proyecto social.
"El ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo:
Levántate y toma al niño y a su madre" (Mt 2, 13). La Palabra
revelada nos muestra cómo Dios quiere proteger a la familia y
preservarla de todo peligro. Por eso la Iglesia, animada e
iluminada por el Espíritu Santo, trata de defender y proponer a
sus hijos y a todos los hombres de buena voluntad la verdad
sobre los valores fundamentales del matrimonio cristiano y de la
familia. Asimismo, proclama, como deber ineludible, la santidad
de este sacramento y sus exigencias morales, para salvaguardar
la dignidad de toda persona humana.
El matrimonio, con su carácter de unión exclusiva y permanente,
es sagrado porque tiene su origen en Dios. Los cristianos, al
recibir el sacramento del matrimonio, participan en el plan
creador de Dios y reciben las gracias que necesitan para cumplir
su misión, para educar y formar a los hijos y responder al
llamado a la santidad. Es una unión distinta de cualquier otra
unión humana, pues se funda en la entrega y aceptación mutua de
los esposos con la finalidad de llegar a ser "una sola carne"
(Gn 2, 24), viviendo en una comunidad de vida y amor, cuya
vocación es ser "santuario de la vida" (cf. Evangelium vitae,
59). Con su unión fiel y perseverante, los esposos contribuyen
al bien de la institución familiar y manifiestan que el hombre y
la mujer tienen la capacidad de darse para siempre el uno al
otro, sin que la donación voluntaria y perenne anule la
libertad, porque en el matrimonio cada personalidad debe
permanecer inalterada y desarrollar la gran ley del amor: darse
el uno al otro para entregarse juntos a la tarea que Dios les
encomienda. Si la persona humana es el centro de toda
institución social, entonces la familia, primer ámbito de
socialización, debe ser una comunidad de personas libres y
responsables que lleven adelante el matrimonio como un proyecto
de amor, siempre perfeccionable, que aporta vitalidad y
dinamismo a la sociedad civil.
En la vida matrimonial el servicio a la vida no se agota en la
concepción, sino que se prolonga en la educación de las nuevas
generaciones. Los padres, al haber dado la vida a los hijos,
tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por
consiguiente, deben ser reconocidos como los primeros y
principales educadores de sus hijos. Esta tarea de la educación
es tan importante que, cuando falta, difícilmente puede suplirse
(cf. Decl. Gravissimun educationis, 3). Se trata de un deber y
de un derecho insustituible e inalienable. Es verdad que en el
ámbito de la educación a la autoridad pública le competen
derechos y deberes, ya que tiene que servir al bien común; sin
embargo, esto no le da derecho a sustituir a los padres. Por
tanto, los padres, sin esperar que otros les reemplacen en lo
que es su responsabilidad, deben poder escoger para sus hijos el
estilo pedagógico, los contenidos éticos y cívicos y la
inspiración religiosa en los que desean formarlos integralmente.
No esperen que todo les venga dado. Asuman su misión educativa,
buscando y creando los espacios y medios adecuados en la
sociedad civil.
Se ha de procurar, además, a las familias una casa digna y un
hogar unido, de modo que puedan gozar y transmitir una educación
ética y un ambiente propicio para el cultivo de los altos
ideales y la vivencia de la fe.
Queridos hermanos y hermanas, queridos esposos y padres,
queridos hijos: He deseado recordar algunos aspectos esenciales
del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia para
ayudarlos a vivir con generosidad y entrega ese camino de
santidad al que muchos están llamados. Acojan con amor la
Palabra del Señor proclamada en esta Eucaristía. En el Salmo
responsorial hemos escuchado: "Dichoso el que teme al Señor y
sigue sus caminos... tus hijos como renuevos de olivo, alrededor
de tu mesa... Esta es la bendición del hombre que teme al Señor"
(Sal 127, 1.3.4).
Muy grande es la vocación a la vida matrimonial y familiar,
inspirada en la Palabra de Dios y según el modelo de la Sagrada
Familia de Nazaret. Amados cubanos: ¡Sean fieles a la palabra
divina y a este modelo! Queridos maridos y mujeres, padres y
madres, familias de la noble Cuba: ¡Conserven en su vida ese
modelo sublime, ayudados por la gracia que se les ha dado en el
sacramento del matrimonio! Que Dios, Padre, Hijo y Espíritu
Santo, habite en sus hogares. Así, las familias católicas de
Cuba contribuirán decisivamente a la gran causa divina de la
salvación del hombre en esta tierra bendita que es su Patria y
su Nación. ¡Cuba: cuida a tus familias para que conserves sano
tu corazón!
Que la Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de todos los
cubanos, Madre en el Hogar de Nazaret, interceda por todas las
familias de Cuba para que, renovadas, vivificadas y ayudadas en
sus dificultades, vivan en serenidad y paz, superen los
problemas y dificultades, y todos sus miembros alcancen la
salvación que viene de Jesucristo, Señor de la historia y de la
humanidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los
siglos. Amén. |