Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Homilía del papa Juan Pablo II en Camagüey:
23 de Enero 1998
“No te dejes vencer por el mal; vence al mal a fuerza de bien''.
[Romanos, 12,21] Los jóvenes cubanos se reúnen hoy con el Papa
para celebrar su fe y escuchar la Palabra de Dios, que es el
camino para salir de las obras del mal y de las tinieblas y
revestirse así con las armas de la luz para obrar el bien. Con
este motivo, me complace tener este encuentro con todos ustedes
en esta gran Plaza, donde en el altar se renovará el sacrificio
de Jesucristo. Este lugar, que lleva el nombre de Ignacio
Agramonte, ``El Bayardo'', nos recuerda a un héroe querido por
todos, el cual, movido por su fe cristiana, encarnó los valores
que adornan a los hombres y mujeres de bien: la honradez, la
veracidad, la fidelidad, el amor a la justicia. El fue buen
esposo y padre de familia y buen amigo, defensor de la dignidad
humana frente a la esclavitud.
Ante todo quiero saludar con afecto a monseñor Adolfo Rodríguez
Herrera, Pastor de esta Iglesia diocesana, a su Obispo auxiliar,
monseñor Juan García Rodríguez, así como a los demás obispos y
sacerdotes presentes, que con su labor pastoral animan y
conducen a los jóvenes cubanos hacia Cristo, el Redentor, el
Amigo que nunca falla. El encuentro con El mueve a la conversión
y a la alegría singular, que hace exclamar, como a los
discípulos después de la resurrección: ``Hemos visto al Señor''
[Juan 20,24]. Saludo asimismo a las autoridades civiles, que han
querido asistir a esta Santa Misa, y les agradezco la
cooperación para este acto cuyos invitados principales son los
jóvenes.
``¿Cómo podrá el joven llevar una vida limpia? ¡Viviendo de
acuerdo con Su palabra!'' [Salmo 119,9]. El Salmo nos da la
respuesta al interrogante que todo joven se ha de plantear si
desea llevar una existencia digna y decorosa, propia de su
condición. Para ello, el único camino es Jesús. Los talentos que
han recibido del Señor y que llevan a la entrega, al amor
auténtico y a la generosidad fructifican cuando se vive no sólo
de lo material y caduco, sino ``de toda palabra que sale de la
boca de Dios'' [Mateo 4,4]. Por eso, queridos jóvenes, los animo
a sentir el amor de Cristo, siendo conscientes de lo que El ha
hecho por ustedes, por la humanidad entera, por los hombres y
mujeres de todos los tiempos. Sintiéndose amados por El podrán
hablar de verdad. Experimentando una íntima comunión de vida con
El, que vaya acompañada por la recepción de su Cuerpo, la
escucha de su palabra, la alegría de su perdón y de su
misericordia, podrán imitarlo, llevando así, como enseña el
salmista, ``una vida limpia''.
¿Qué es llevar una vida limpia? Es vivir la propia existencia
según las normas morales del Evangelio propuestas por la
Iglesia. Actualmente, por desgracia, para muchos es fácil caer
en un relativismo moral y en una falta de identidad que sufren
tantos jóvenes, víctimas de esquemas culturales vacíos de
sentido o de algún tipo de ideología que no ofrece normas
morales altas y precisas. Ese relativismo moral genera egoísmo,
división, marginación, discriminación, miedo y desconfianza
hacia los otros. Más aún, cuando un joven vive ``a su forma'',
idealiza lo extranjero, se deja seducir por el materialismo
desenfrenado, pierde las propias raíces y anhela la evasión. Por
eso, el vacío que producen estos comportamientos explica muchos
males que rondan a la juventud: el alcohol, la sexualidad mal
vivida, el uso de drogas, la prostitución que se esconde bajo
diversas razones, cuyas causas no son siempre sólo personales,
las motivaciones fundadas en el gusto o las actitudes egoístas,
el oportunismo, la falta de un proyecto serio de vida en el que
no hay lugar para el matrimonio estable, además del rechazo a
toda autoridad legítima, el anhelo de la evasión y de la
emigración, huyendo del compromiso y de la responsabilidad para
refugiarse en un mundo falso cuya base es la alienación y el
desarraigo.
Ante esa situación, el joven cristiano que anhela llevar ``una
vida limpia'', firme en su fe, sabe que está llamado y elegido
por Cristo para vivir en la auténtica libertad de los hijos de
Dios, que incluye no pocos desafíos. Por eso, acogiendo la
gracia que recibe de los Sacramentos, sabe que ha de dar
testimonio de Cristo con su esfuerzo constante por llevar una
vida recta y fiel a El.
La fe y el obrar moral están unidos. En efecto, el don recibido
nos conduce a una conversión permanente para imitar a Cristo y
recibir las promesas divinas. Los cristianos, por respetar los
valores fundamentales que configuran una vida limpia, llegan a
veces a sufrir, incluso de modo heroico, marginación o
persecución, debido a que esa opción moral es opuesta a los
comportamientos del mundo. Este testimonio de la cruz de Cristo
en la vida cotidiana es también una semilla segura y fecunda de
nuevos cristianos. Una vida plenamente humana y comprometida con
Cristo tiene ese precio de generosidad y entrega.
Queridos jóvenes, el testimonio cristiano, la ``vida digna'' a
los ojos de Dios tiene ese precio. Si no están dispuestos a
pagarlo, vendrá el vacío existencial y la falta de un proyecto
de vida digno y responsablemente asumido con todas sus
consecuencias. La Iglesia tiene el deber de dar una formación
moral, cívica y religiosa que ayude a los jóvenes cubanos a
crecer en los valores humanos y cristianos, sin miedo y con la
perseverancia de una obra educativa que necesita el tiempo, los
medios y las instituciones que son propios de esa siembra de
virtud y espiritualidad para bien de la Iglesia y de la Nación.
``Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?''
{Marcos 10,18]. En el Evangelio que hemos escuchado un joven
pregunta a Jesús qué debe ``hacer'', y el Maestro, lleno de
amor, le responde cómo tiene que ``ser''. Este joven presume de
haber cumplido las normas y Jesús le responde que lo necesario
es dejarlo todo y seguirlo. Esto da radicalidad y autenticidad a
los valores y permite al joven realizarse como persona y como
cristiano. La clave de esa realización está en la fidelidad,
expuesta por San Pablo, en la primera lectura, como una
característica de nuestra identidad cristiana.
He ahí el camino de la fidelidad trazado por San Pablo: ``En la
actividad, no sean descuidados... sean cariñosos unos con
otros... Que la esperanza los tenga alegres... Practiquen la
hospitalidad... Bendigan... Tengan igualdad de trato unos con
otros... Pónganse al nivel de la gente humilde... No muestren
suficiencia... No devuelvan a nadie mal por mal... No se dejen
vencer por el mal, venzan al mal a fuerza de bien'' [Romanos,
12, 9-21]. Queridos jóvenes, sean creyentes o no, acojan el
llamado a ser virtuosos. Ello quiere decir que sean fuertes por
dentro, grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos,
valientes en la verdad, audaces en la libertad, constantes en la
responsabilidad, generosos en el amor, invencibles en la
esperanza. La felicidad se alcanza desde el sacrificio. No
busquen fuera lo que pueden encontrar dentro. No esperen de los
otros lo que ustedes son capaces y están llamados a ser y a
hacer. No dejen para mañana el construir una sociedad nueva,
donde los sueños más nobles no se frustren y donde ustedes
puedan ser los protagonistas de su historia.
Recuerden que la persona humana y el respeto por la misma son el
camino de un mundo nuevo. El mundo y el hombre se asfixian si no
se abren a Jesucristo. Abranle el corazón y emprendan así una
vida nueva, que sea conforme a Dios y responda a las legítimas
aspiraciones que ustedes tienen de verdad, de bondad y de
belleza. ¡Que Cuba eduque a sus jóvenes en la virtud y la
libertad para que pueda tener un futuro de auténtico desarrollo
humano integral en un ambiente de paz duradera!
Queridos jóvenes católicos: éste es todo un programa de vida
personal y social fundado en la caridad, la humildad y el
sacrificio, teniendo como razón última ``servir al Señor''. Les
deseo la alegría de poderlo realizar. Los esfuerzos que ya se
hacen en la Pastoral Juvenil deben encaminarse hacia la
realización de este programa de vida. Para ayudarlos les dejo
también un Mensaje escrito, con la esperanza de que llegue a
todos los jóvenes cubanos, que son el futuro de la Iglesia y de
la Patria. Un futuro que comienza ya en el presente y que será
gozoso si está basado en el desarrollo integral de cada uno, lo
cual no puede alcanzarse sin Cristo, al margen de Cristo o mucho
menos en contra de Cristo. Por eso, y como dije al inicio de mi
Pontificado y he querido repetir a mi llegada a Cuba: ``No
tengan miedo de abrir sus corazones a Cristo''. Les dejo con
gran afecto este lema y exhortación, pidiéndoles que, con
valentía y coraje apostólico, lo transmitan a los demás jóvenes
cubanos. Que Dios todopoderoso y la Santísima Virgen de la
Caridad del Cobre les ayuden a responder generosamente a este
llamado''.
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