Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
|
La libertad liberada
Adolfo J. Castañeda
Dios ha creado al hombre con la facultad de la libertad, pero le
ordena que use esa libertad correctamente. "Te pongo delante
vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que
vivas tú y tu descendencia, amando a Yahveh tu Dios, escuchando
su voz, viviendo unido a Él" (Deuteronomio 30:19-20; cf
30:15-18). El hombre usa la libertad correctamente cuando
libremente escoge someterse a la ley de Dios, la cual le conduce
a su propio bien, al de su prójimo y al Bien Supremo, que es
Dios mismo. De manera que la ley de Dios, lejos de estar reñida
con la verdadera libertad, le sirve de guía para alcanzar el
bien, es decir, la realización de su naturaleza y dignidad
humanas.
La libertad humana en realidad tiene dos dimensiones. La primera
es simplemente la capacidad de decidir entre una cosa u otra,
entre el bien y el mal. Es lo que San Agustín llamaba liberum
arbitrium, el libre albedrío. La otra dimensión, que en realidad
corresponde a la libertad cristiana, y por ende a la auténtica
libertad humana, es la libertad que consiste en la capacidad de
conocer y realizar siempre el bien, que es lo que San Agustín
llamaba libertas.
La libertas tiene a su vez dos aspectos. El primero es el de ser
libre de la esclavitud del pecado, por medio de la verdad de
Cristo, que ilumina la mente para conocer el mal del cual hay
que librarse. "Si os mantenéis en mi Palabra, seréis
verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la
verdad os hará libres" (Juan 8:31-32) y la fuerza que da el
Espíritu Santo para romper con el yugo de los malos hábitos.
"Porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te
liberó de la ley del pecado y de la muerte" (Romanos 8:2).
La segunda dimensión de esa libertad liberada es la de, una vez
libres del pecado, conocer y hacer el bien. Ese conocer y hacer
el bien es posible, de nuevo, gracias a la verdad de Cristo que
ilumina la mente y la fuerza del Espíritu Santo que mueve la
voluntad. "Pues en esto consiste el amor a Dios: en que
guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados,
pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo [del pecado].
Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe"
(1 Juan 5:3-4).
Esta segunda dimensión de la libertas es la que da pie a la
creatividad del cristiano o de toda persona de buena voluntad en
la que, de forma sólo por Dios conocida, actúa la gracia de
Cristo. Esa creatividad en la realización del bien, la tuvieron
los santos y la tienen muchas otras personas buenas que usaron y
usan su ingenio e iniciativa para crear nuevas formas de servir
a sus hermanos (hospitales, organizaciones, formas ingeniosas de
resolver dificultades en la realización de la labor apostólica,
etc). Se trata de aquella creatividad que es reflejo de la
creatividad misma de Dios, creatividad que nace del amor. La ley
de Dios, la que nos ordena hacer cosas positivas, como dar de
comer al hambriento, visitar al enfermo, etc., es la que guía e
inspira este aspecto creativo de la libertas (cf Mateo
25:35-36).
La "cultura" de la muerte se aprovecha mucho de la palabra
"libertad" para tergiversar su significado. En particular,
tiende a usar el concepto de libertad confundiendo el libre
albedrío con la determinación del bien y del mal por parte de la
voluntad humana individual. Por ejemplo, la internacional del
aborto, llamada Federación Internacional de Planificación de la
Familia (IPPF, por sus siglas en inglés), les dice a los jóvenes
que sólo ellos pueden decidir qué hacer con su sexualidad.
Esta aseveración tiene en realidad dos significados distintos
que han sido mezclados astutamente. Uno de ellos es que toda
persona tiene una voluntad y por tanto una capacidad para
decidir (libre albedrío). Decirle eso a alguien es decirle lo
obvio. El otro significado es que sólo la persona puede decidir
lo que está bien o lo que está mal para ella. Eso equivale a
decir que la persona es la que determina por ella misma lo que
está bien y lo que está mal. Eso se llama relativismo moral. El
relativismo moral conlleva al individualismo y fácilmente,
debido al efecto del pecado original, al egoísmo.
Al separar la libertad individual del universo de valores
objetivos de la persona, que las normas morales expresan y que
guían su camino hacia el auténtico bien, la libertad individual
queda a expensas de sus propios caprichos y corre el peligro de
hacerse esclava de sí misma. "En verdad, en verdad os digo: todo
el que comete pecado es un esclavo" (Juan 8:34). Es decir, la
libertad mal encaminada se convierte en esclava de sí misma. Esa
"libertad" esclavizada necesita ser liberada por la verdad y por
la fuerza del bien. "Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis
realmente libres" (Juan 8:36). |